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Capítulo 1. Riesgos y… ¿Libertad?

Parte 2/2

Al salir del edificio, luego de dedicarle una seña de saludo al recepcionista amargado, se dispuso a caminar por las calles masticando el remordimiento que sentía. Incurrir en prácticas de matonería no era precisamente lo que causaba la sensación culposa, más bien, el hecho de pedir ayuda a un ser tan detestable como su tío, eso era lo que lo desarmaba; un golpe certero al orgullo.

Cuando a los trece años, a lomos de un hipogrifo, decidió darse a la fuga, lo hizo derechamente como consecuencia de un impulso. En su cabeza, la idea era asombrosa: un paso hacia la libertad. No fue eso precisamente lo que consiguió. El prontuario de Sirius los obligaba a vivir en el más estricto anonimato, ya que toda la comunidad mágica sabía que andaban juntos por ahí. Riesgos y… ¿libertad? esa ha sido la formula de los últimos años, con una ración triple de lo primero y una muy escasa pizca de lo segundo. Sirius nunca quiso que Harry lo siguiera, sólo que al verlo tan firme y convencido, no pudo decir que no. Más allá de la nula tranquilidad, la decisión, tuvo ciertos ribetes favorables. Aunque de cuando en vez se apareciera algún dementor o los mortifagos les siguieran la pista. Harry, al lado de Sirius, aprendió mucho más de lo que hubiese podido aprender en el colegio, y, como pensaba que ocurriría, encontró una familia… Todo iba de maravillas. ¿No?

Las vitrinas de las tiendas últimamente llamaban mucho la atención de Harry, le gustaba comprar, y lo hacía nada más que por deporte, como si desperdigar billetes le ayudara a acrecentar sus bíceps. En su defensa, puedo decir, que no se trataba de consumismo desaforado, su conducta apenas alcanzaba para remendar la terca mezquindad de los Dursley y el agrado de sentir el olor a nuevo en objetos muggles (a Harry le encantaba ese olor). Mientras caminaba hacia el banco, junto al reflejo de una de las vitrinas que, casualmente volteó a mirar, pudo advertir una sombra. Se le cruzó por la cabeza la idea de que lo estaban siguiendo, pero se la quitó tan pronto como recordó que debía llegar al banco antes de que lo cerraran. Siguió caminando rápido y aparentemente distraído, apretando con fuerza dentro del bolsillo de su saco rocanrolero su varita mágica; siempre, siempre debía estar alerta, cada vez que salía a lidiar con sus "asuntos", o si iba a dar un simple paseo, Sirius se lo recordaba. Y no, por supuesto que no estaba de más. Sentir que por su culpa, Harry debió alejarse de Hogwarts, del ministerio de magia y de la protección de Dumbledore, era algo que le pesaba bastante. Siempre se lo repetía, pero él, no le hacía mucho caso. Prefería evadirlo, olvidarse de la existencia del mago tenebroso que diecisiete años atrás mató a sus padres; si, eso era lo mejor, no pensar en el asunto. Aunque en más de una oportunidad hubieran tenido que arrancar de los mortifagos, era mejor no pensar en eso; pese a que el clima y las catástrofes inexplicables azotaran Londres, por supuesto que era mucho mejor no pensar en eso. Ser Harry Potter, últimamente, no importaba, a él no le importaba. La presión en el pecho y la bruma que en ocasiones lo invadía, ya era castigo suficiente. No quería, no estaba preparado para levantar la mano y decir ¡aquí estoy!, no. La comunidad mágica tendría que buscarse otro héroe al que apostar fichas y otra víctima para proteger; él, ya había tenido suficiente. La cicatriz se lo recordaba a diario. No pretendía recibir una vez más un avada kedavra certero, no habría una Lily Potter ahí para salvarlo…

Aun no ocurría algo lo suficientemente grave para que Harry decidiera salir de las sombras; asumiendo la existencia de dios, a él le rogaba para que todo siguiera igual. Los últimos seis años sin Tom Riddle – desde su particular manera de entender las cosas – habían sido fabulosos. No lo quería de vuelta, no quería sentir su amenaza. Ni la de él, ni la del sequito de trastornados que adoraba su memoria. Tampoco quería las miradas de admiración, mucho menos la fama que había ganado de bebe sin tener más meritos que la casualidad o la mala suerte. Todo estaba bien así, aunque fuese un cuasi prófugo de la justicia, no hubiese terminado de recibir la educación formal, no pudiera disponer de la fortuna que sus padres le dejaron y tuviera que obligar al gordo abusador de su tío a que le diera dinero todos los meses; todo, absolutamente todo estaba bien. Eso pensaba, eso se repetía cada día, a cada segundo, casi como un mantra.

El techo interminable y el ancho de las inmediaciones del banco muggle, siempre le hacía recordar Gringotts. Nostalgia, eso sentía cuando pensaba en el mundo mágico, añoraba transitar allí sin la necesidad de beber una poción multjugos o tener que cubrir su frente con pañuelos de aspecto rebelde… El cielo nublado del invierno londinense aportaba mal aspecto al aire del día. Pese a que hubiese gente por todos lados, las calles, con el tono gris que cubría el suelo, parecían desoladas. Eso acentuaba aún más la expresión taciturna que se podía apreciar en el rostro de Harry, quien en ese minuto, con la vista pegada en la caja más próxima, contaba las personas que debían pasar por ahí antes que él. Mínimo saldré de acá en una hora, refunfuñó internamente con un gesto de hartazgo, resoplando hacia arriba, moviendo con el suspiro las hebras de pelo que cubrían su frente. La espera seguramente le traería problemas con Sirius, un asunto más de qué preocuparse... De pronto, un sonido estruendoso se oyó cerca de la puerta de acceso, interrumpiendo las divagaciones de Harry. El chico se volteó inmediatamente, pero al recorrer el lugar, no encontró nada extraño. Por un segundo, creyó ser el único ahí en advertir el ruido. Malas señales, pensó. Los ojos purpuras y saltones de una chica rubia, se cruzaron con los suyos. Ella, hacía lo que él hacía; al parecer, ambos habían oído el mismo ruido. Como nada pasó, a los pocos segundos Harry la perdió de vista. Siguió concentrado entonces en contar, con aburrimiento y detención, las personas que debían pasar antes que él, pensando eso sí, mientras lo hacía, en los ojos de esa muchacha. Algo extraño pudo percibir en ellos.

Su turno llegó poco antes de que se quedara dormido de pie. El tramite era breve, sólo le llevó un par de minutos cambiar el cheque y depositar el fardo de billetes en el bolsillo interior de su saco. Para cuando eso sucedió, un frio inmenso y una terrible desolación invadió tanto el espacio inmediato como los sentimientos de Harry. Si, definitivamente algo andaba mal. Volvió a apretar todavía con más fuerza la varita dentro de su saco. Sabía que frente a los muggles no podría usarla, de todas formas, aferrarse a ella le daba seguridad. Caminó lentamente, examinando el rededor; necesitaba un lugar en donde pudiera ponerse la capa sin que nadie lo viera. Pero no, no hallaba donde. Cuando por fin pensó en una idea, vio aparecer tres enormes figuras inmundas, negras, con gigantes capaz: eran dementores. Harry se echó a correr, aterrado. En medio de miradas inquisitivas, eludiendo como podía a las personas que se le atravesaban, logró llegar hasta una puerta. Al entrar, se encontró con un cuarto obscuro y vacio. Las energías comenzaban a escasear, ya no tenía fuerzas. El patronus, no, no podía usar su patronus. Todo se tornó aun más oscuro, dentro de su cabeza, en el cuarto, en todos lados. Sentía la presencia de las criaturas; absorbiéndolo, quitándole la felicidad. Sus garras apestosas lo asfixiaban, no, ya no podría hacer nada… De un momento a otro, una luz roja se hizo espacio fuera del cuarto, pudo notarlo porque comenzaba a filtrarse por las rendijas. Le pareció verla de lejos, muy lejos. Una bola de fuego incorpórea, cálidamente, atravesaba la puerta; las bestias retrocedieron, si, ¡retrocedieron! Harry sintió alivio. Se puso la capa de invisibilidad lo más rápido que sus fuerzas le permitieron y cuando la puerta comenzaba a abrirse, desapareció. ¿La chica de ojos saltones fue quién lo salvó? Mientras giraba sobre sí mismo, pensó que se quedaría para siempre con la duda. Estaba equivocado.

Un sonido sordo y desconcertante, sacó a la anciana encargada del Mini market de su lectura de las tardes. Inspeccionó el lugar con la mirada y cuando se aseguró de que, aparentemente, no hubiera nadie, se sentó, cruzó los brazos y arrugó el ceño.

- Te he dicho miles de veces, niño, que no puedes hacer eso – regañó la mujer con el pulso un tanto acelerado.

- Perdón señora Kate, no volverá a ocurrir – respondió Harry, sobándose la cabeza, aun con la capa puesta. El "aterrizaje" en lugares cerrados era lo que más le costaba.

- Esto es serio Larry, terminarás espantando a mis clientes.

- No volverá a ocurrir, lo prometo - se disculpó, incorporándose.

La señora Kate, era una Squib (hija sin magia de un matrimonio de magos). La primera vez que vio a Harry, no tardó mucho en adivinar su naturaleza. Y pese a que las fotos que circulaban por ahí acompañadas de un "se busca", fuesen del niño enjuto y huesudo; y que cubriera su cicatriz con pañoletas y cintillos, también notó que él, era Harry Potter. Jamás se lo dijo, le caía bien y no quería espantarlo; además, su contacto con el mundo mágico había cesado hace ya mucho, nadie se lo preguntaría.

- Eso espero – respondió, esforzándose por prolongar la actitud distante, cuestión que, no pudo hacer por mucho tiempo – me imagino que si te apareciste acá es porque quieres comprar.

- Así es Kate, traigo efectivo – dijo Harry, orgulloso.

- Eso me gusta – respondió –. Ah, casi lo olvidaba Larry, tu perro estuvo parado aquí afuera toda la tarde. Creo que te esperaba.

Kate sabía perfectamente que el perro, en realidad, era Sirius, pero lo omitía, por la misma razón que lo llamaba Larry.

- ¿ah, sí? – preguntó, haciéndose el distraído.

- Si – afirmó, seria –. Perdón niño, ¿podrías hacerme el favor de sacarte la capa? Si me ven hablando con el aire, creerán que en verdad estoy loca.

- Lo siento – dijo Harry. Miró en todas direcciones. No, no había nadie cerca. Se quitó la capa y la escondió dentro de su saco.

- ¡Larry! ¿Qué te pasó? – preguntó horrorizada al ver su rostro blanquecino. Antes de que el muchacho contestara, ella ya había sacado sus conclusiones y le hizo señas para que no respondiera. Acercó una silla y también una gigantesca barra de chocolate – Come – le ordenó. Harry asintió con la cabeza. Ya cuando el chico comenzó a recobrar el color, ella volvió a hablar– debe ser grave, los dementores no aparecen porque si, ¿te lastimaron mucho?

- No, por suerte.

- Qué bueno hijo, tienes que tener cuidado – le aconsejó, honestamente preocupada – tal vez andar por ahí no sea una buena idea, será mejor que no salgas por un tiempo – Él la miró ceñudo, pero prefirió evadir.

- Si, intentaré no andar por ahí… sin mi varita.

El sol ya comenzaba a esconderse, apenas aportaba un par de rayos lastimeros. Harry se puso de pie, estimó que lo mejor era volver a casa.

- ¿Llevas lo de siempre?

- Si Kate, lo de siempre.

- Aquí tienes – se aceleró a decir, y sacó de la parte baja del mostrador unas cuantas bolsas, en las que agregó un par de barras de chocolate – estás van por cortesía de la casa – estiró sus manos con los plásticos blancos repletos y Harry los recibió, algo sorprendido, abriendo el fajo de billetes para entregar los que más o menos creía, debía pagar por todo – No, no te preocupes, págame otro día. Anda a casa, rápido. Recuerda que tu perro te está esperando – dijo la anciana, saliendo del mostrador para arrastrarlo hacía la puerta.

- Gracias Kate, nos vemos – se despidió Harry, y entre agradecido y confundido, comenzó a caminar en la dirección que creía correcta.

Si bien, restaban varias cuadras para llegar a casa, aparecerse no era opción, ya no tenía energías suficientes. Sirius, pensaba en Sirius. Su padrino venía mostrándose más sobre protector que de costumbre, eso a Harry no le agradaba; hacía esfuerzos por entenderlo, pues sabía que sus temores eran reales. Él también los sentía. De todas formas, no estaba dispuesto a quedarse encerrado dentro de los muros de la casa. Luchar contra la libertad restringida y ponerse en riesgo, era lo que en este último tiempo venía endulzando su vida; si el precio de sus acciones era un sermón de Sirius, estaba dispuesto a aceptar; las aventuras lo valían…fiestas, mujeres y rock and roll, esa era la formula de sus salidas nocturnas. El tiempo de los misterios y los grandes desafíos había terminado. Era hora de divertirse, si, eso debía hacer.

Poco antes de llegar al número 12 de Grimmauld Place, una extraña sensación comenzó a subir desde sus pies hasta su cabeza. Se mareó, se mareó bastante. Su cicatriz, de pronto su cicatriz comenzó a arder; hace mucho no ardía. A lo lejos, acompañada de un enano – de pelo castaño y rizado – y de un tipo no mucho mayor que Harry – de barba y pelo negro – apareció la muchacha de ojos purpuras saltones. Logró verla justo antes de que su silueta y la de sus acompañantes desapareciera tras la puerta de una de las casas aledañas al número 12. La cicatriz comenzó a doler todavía más, tanto, que no fue capaz de sostenerse. Aturdido en el suelo, pudo notar cómo una sombra desde la azotea de la casa donde había entrado la muchacha, comenzaba a alejarse y se perdía entre las nubes…