Sintió su corazón latir de prisa, como cuando sabía que en los siguientes cinco segundos anotaría una clavada; sin embargo, no le dio importancia, pues supuso que se debía al cambio atmosférico y al largo viaje en avión.
Una mueca divertida asomó a su rostro al notar que los buitres de la prensa creían que arribaba del campamento de seleccionados, y sufrían por no poder entrevistarlo. No obstante, la diversión le duró muy poco, pues recordó el suceso por el cual ningún reportero podía acercársele sin arriesgar su integridad física.
Contuvo el suspiro exasperado que amenazó con salir de sus labios. Un jugador de básquetbol tan talentoso como él no sentía tristeza, seguro que no. No le importaba ser un solitario, ni tampoco haber sido el protagonista del escándalo deportivo más ventilado de la década; tampoco importaba que Haruko le hubiera regresado el anillo de compromiso después de tan memorable acontecimiento, ya que nada podía hacer para retroceder el tiempo e impedir que aquéllo ocurriera.
También estaba seguro de que no existía ninguna explicación sobre la tierra que pudiera convencer a la única mujer que había amado, de que todo había sido una mentira inventada por una sarta de estúpidos que no tenían nada mejor qué hacer que sacrificar vidas en el altar de los encabezados sensacionalistas y los récords de ventas.
De cualquier forma, no importaba más. Haruko era parte de su pasado, y ahí debía permanecer: si quería conservar la cordura y continuar con su vida, su única opción era olvidarla.
La empleada tras el mostrador sonrió, tendiéndole el boleto solicitado y devolviéndole su tarjeta de crédito. Comprendió que era la señal no convenida para mover el esqueleto y alejarse de ahí; pues ya había demorado la fila demasiado tiempo, gracias a un pequeño error en la captura digitalizada de un itinerario adicional que había solicitado: el plan era permanecer solamente una noche en Kanagawa y de ahí emprender un largo viaje. Un viaje que lo llevaría lejos del básquetbol y de la vida que había conocido hasta entonces.
Sin más razón para continuar ante el mostrador, sonrió a la empleada, agradeciéndole su atención y, dando un paso hacia un lado, se inclinó para tomar su equipaje. A lo lejos, los reporteros permanecían observándole; y su sonrisa se amplió al comprender que maldecirían cada instante de ese día, cuando se enteraran de la noticia que cambiaría el panorama y las expectativas para la selección olímpica de básquetbol del Japón.
Tampoco que lo disfrutara en demasía; pues nada, ninguna humillación a la prensa, ningún golpe bajo a esos bastardos podría devolverle lo único que era importante para él: el amor de Haruko.
Emitiendo un sentido suspiro, aferró el asa de la singular mochila que siempre, desde el día que la adquiriera, le había acompañado en cada aventura deportiva y suscitado más de algún comentario malintencionado; aunque ninguno, aparte de él, supiera la verdad tras lo que la prensa había considerado una más de sus excentricidades.
Fue entonces cuando lo escuchó; el sonido de esa voz, un tono tan bajo, apenas un susurro, que casi estuvo a punto de pasar desapercibido para él.
─Disculpe, el supervisor me ha dicho que usted podría informarme respecto a mi reasignación de viaje. Sucede que mi equipaje registrado partió sin mi y me he quedado solo con el equipaje de mano.
─¿Y cual es el problema, señorita Akagi?
─Pues, es que...
No entendió una sola palabra de las que siguieron. Bastó lo dicho por la empleada para que su corazón, comenzara una carrera frenética de latidos, confirmándole que no se había equivocado al escuchar su voz.
Era ella. Ahora estaba seguro por completo.
Haruko. El nombre le sabía delicioso al murmurarlo; sin apresurarse, dejó que la suave vibración acariciara sus labios y resonara en su garganta, perdido por un momento en sus agridulces recuerdos, hasta que el murmullo, vivo y palpitante de su voz, alternada con la de la empleada, lo devolvió a la realidad, recordándole que debía irse de inmediato, que debía tomar su equipaje y proseguir su camino, si quería conservar la poca dignidad que le quedaba.
─Y por eso me interesa asegurar que no destinen mi equipaje al área de resguardo; la última vez que ocurrió algo similar me tomó diez días y otras tantas vueltas a la oficina, recuperarlo ─concluyó.
Ojalá a él le hubiera tenido diez días y otras tantas vueltas al departamento, recuperar a su prometida; sin embargo, el hubiera no existía; como no existía la posibilidad de volver a estar cerca de ella, de escuchar su risa y sentir sus labios contra los suyos; de caminar a su lado, tomados de la mano, por aquel centro comercial que ambos adoraban; de compartir sueños, de trazar ambiciosos planes para un futuro que jamás sucedería.
Curiosamente, por primera vez, se preguntó si el amor que existía entre ellos de verdad había sido tan grande y, por primera vez también, fue capaz de pensar en una respuesta negativa. De haber sido de esa forma, de haber sido su amor lo suficientemente sólido, Haruko jamás habría dudado de él o por lo menos le hubiera concedido la oportunidad de explicarse ¿O no?
La respuesta lo evadió en aquel momento; pero la duda estaba sembrada y comenzó a germinar, consumiendo vorazmente su interior, enraizándose en el vacío que anteriormente había llenado la ilusión del amor correspondido. Era apenas una mísera flama; pero pronto se convertiría en un fuego que crecería hasta devorar sus ilusiones, destruyéndolas para regalarle la posibilidad de un futuro sin sombras.
El tiempo apremiaba, y pronto su tren partiría; consciente de ello, se obligó a tomar su equipaje y dar el primer paso para alejarse definitivamente de una vida jamás consolidada y comenzar a enfrentar la dura realidad; una realidad en la que Haruko ya no existía.
Haruko debía quedar atras; como en ese momento, en que permanecía en el mostrador, conversando con la dependienta, mientras él, sin mirar atrás, avanzaba rumbo al destino elegido.
No permitiría otra vez un golpe bajo a su corazón.
