-1. Hojas que caen-
Dormía y profundamente. Para el ruso, que tenía un sueño muy ligero era increíble ver como el albino dormía.
En su rostro se podía ver claramente todas sus expresiones, aquellas que no era capaz, o simplemente no quería mostrar mientras permanecía despierto.
Sonreía y de golpe su ceño de fruncía, el paso de un dulce sueño a una amarga pesadilla, '¿Pondré yo también esas expresiones cuando duermo?' pensaba Rusia sin quitarle ojo al prusiano. 'No, lo dudo', esa fue su conclusión con la que quedó totalmente satisfecho.
Hacía unas cuantas horas que mando a sus criados que fuesen a por Prusia a su celda, bajo cualquier concepto debían de llevarle a la habitación de Iván, así que incluso dormido, lo cargaron con gran maestría y sin que despertase de su sueño fue trasladado a la confortable cama rusa.
-¿Cuándo vas a despertar, Gilbert?... - preguntó al aire Iván mientras se sentaba a su vera en la cama.
Ante su peso, el colchón cedió un poco, hundiéndose bajo él. Prusia era tan tierno cuando dormía, aunque la palabra tierno no englobaba lo que Rusia pensaba de ese estado en el que se encontraba. Sin cortarse en lo más mínimo hizo que la cabeza albina reposase en su regazo, donde le acarició el cabello, con delicadeza y dedicación.
-Vamos Gilbert, despierta... - volvió a decir mientras dejaba escapar una de sus infantiles risitas.
Dicho y echo, Gilbert abrió los ojos. En un primer momento, totalmente aturdido por encontrarse en un lugar que no conocía, miró a su alrededor. Al cabo de unos segundos se percato de que no estaba en la celda, eso era correcto, y que se encontraba en una cama muy cómoda, eso estaba bien, pero al alzar la cabeza y encontrarse de frente con el rostro de Iván, el cual le sonreía de forma tierna, le descoloco demasiado.
Se alejo de golpe del ruso, casi cayendo por uno de los extremos de la cama.
-¿¡Qué diablos hago aquí! - preguntó con una mezcla de enfado y aturdimiento en la voz.
La pregunta provocó en el contrario una nueva carcajada infantil mientras se rascaba la cabeza.
-Estas en mi habitación, y antes de que preguntes nada más, he sido yo quien mando a que te trajesen aquí. -
-¿¡Por qué! ¿¡Qué quieres hacerme? Ya no tengo nada más que darte, me has quitado todo. - continuaba a la defensiva, ¿Qué sino iba a hacer con la persona que le mantuvo preso durante tanto tiempo y que de la noche a la mañana le trataba de forma totalmente diferente?
Por su parte de Rusia se dio cuenta de que tendría que tomarse con mucha más calma lo que tenía planeado. No le sorprendía que el prusiano tuviese esa actitud defensiva y atacante hacía él, comprendía que estaba dolido y temeroso de un nuevo ataque por su parte. Lo que no sabía el albino es que nada de eso ocurriría, todo había caído.
Puso su mano sobre la boca de Gilbert para que este dejase de hablar.
-Antes de que sigas hablando, dejame decirte un par de cosas que debes de saber, después de eso podrás seguir quejándote de lo poco que te gusta vivir aquí y lo que me odias. - Tras acabar de hablar dejo caer su mano, destapando la boca de Prusia de nuevo.
La cara del albino era un poema, donde se mezclaba la sorpresa y desconcierto, nunca antes hubo visto esa faceta de Iván, pensó que le golpearía para callarlo o cualquier otra cosa violenta, pero ¿taparle la boca así sin más? Realmente lo dejo callado y atento a lo que fuese a decir.
-Han cambiado muchas cosas, Gilbert. La guerra terminó como ya te dije anteriormente y tú hermano y quienes formaban el bando del eje fueron los derrotados, pero ese no es al punto que quiero llegar. - Tomó algo de aire antes de continuar hablando. - Quiero que recuerdes que muchas cosas han cambiados, y que a partir de ahora vivirás en mi casa para siempre, no puedo devolverte los territorios que te quite, pero sigo manteniendo tu capital, aunque, obviamente, con un nuevo nombre... -
A la mitad del discurso Gilbert había dejado de escuchar, para ser concretos dejo de escuchar al ruso en el momento que dijo que tendría que vivir con él para siempre, ¿No podría volver a casa de West? ¿Ni ir a molestar al pijo de Roderich ni a los demás países?...
-¿No podre irme de esta casa nunca más?... - pregunto, interrumpiendo el discurso.
-No, ahora eres parte de mi, Gilbert, tú casa ahora es esta. -
Ahí estaban las palabras mágicas que terminaron de hacerle reaccionar. Se puso en pie a una velocidad impresionante y corriendo cuanto podía se marcho de aquella habitación.
No lo admitía, no podía creer que a partir de ese momento no podría salir más de aquella enorme casa rusa donde lo único que reinaba era un frío mortal.
Desde que fue apresado tuvo la esperanza de que cuando todo acabase volvería a ser libre, y volvería a casa de su hermano menor, no tendría territorio, pero vivirá como en casa. En sus planes de futuro no estaba el tener que pasarse el resto de lo que le quedase de existencia viviendo con Rusia en su invierno eterno.
No quería un invierno eterno en su vida.
Continuó corriendo como alma que lleva el diablo al infierno, sentía el frió en sus huesos, en sus músculos y en su piel, en cada uno de los rincones físicos de su cuerpo.
Cada pasillo por el que escapaba lo encontraba más desierto, o al menos eso imaginaba Prusia.
'¿Donde están los tipos que vivían en su casa?' pensó mientras corría.
A quienes Prusia se refería eran los países bálticos y los del este, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorusia y Ucrania. Los recordaba a la perfección, debían de estar en algún lado, pero lo que no sabía era, que ellos ya habían escapado de aquel lugar y habían vuelto a sus hogares.
Dejo de correr una vez que se encontró de frente con la enorme puerta que daba al exterior, miró atrás para estar seguro de que nadie le seguía y la abrió de par en par. Le costó cierto trabajo pues estás eran muy pesadas y él estaba falto de fuerza física a causa de la larga carrera y de su estancia en la cárcel rusa.
Lo que sus pupilas rojas vieron, ni en sus mejores sueños o quizás sus peores pesadillas habría aparecido.
En el enorme jardín ruso las banderas comunistas, rojas como la sangre, caían como hojas envueltas en llamas y en su lugar se alzaban con orgullo banderas de tres colores diferentes, blanco, azul y rojo.
El albino no comprendía que era lo que a Rusia le estaba sucediendo, ¿Por qué caían las banderas y en su lugar aparecían unas nuevas?
¿Comprendes ahora, Gilbert? - Una voz habló a su derecha, aparecida de la nada.
El nombrado se volvió, ante aquella voz tan familiar, pero lo último que recordó fue oscuridad.
