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Un mal día para Thérèse

Comenzaba a ser un mal día para Thérèse Leblanc, pese a que era el cumpleaños de su única hija. Se sentía irritada y estuvo de malhumor toda la mañana. Después de dar una conferencia en la Universidad de Columbia, en pleno corazón de Manhattan, sobre su más reciente libro, se dirigió a la cafetería de la universidad, pidió un café espresso y se sentó en una de las mesas, lo más apartada posible. Luego, hizo la llamada: la temible llamada. La cual había resultado sorpresivamente muy corta, precisa, pero aparentemente positiva. Sin embargo, en lugar de calmar sus nervios, los aumentó. Dejó el móvil sobre la superficie de la mesa, muy lejos de ella, mirándolo aprehensiva: había hablado con él, había escuchado su voz entre monosílabos, después de muchos años. No sabía cómo sentirse al respecto, pensó que el café desvanecería la serie de pensamientos que traía en mente, pero no dio resultado.

Thérèse tenía las miradas estudiantiles sobre ella. Todos estaban enterados ya de que se trataba de la famosa escritora de una de las series detectivescas y de aventura juvenil más famosa de todos los tiempos; además, a simple vista era una mujer muy guapa e interesante, que desconcertaba un poco. Algunos estudiantes se acercaron para pedirle que firmara algunos libros, pese a que ya lo había hecho en el auditorio, luego de la conferencia. Thérèse intentó mostrarse lo más amable posible, pero estaba bastante irritada. De pronto, en la cafetería, apareció Arthur, su editor, quien la miró y reconoció ese gesto ofuscado en ella cuando perdía la paciencia.

─¿Nos dan un minuto, por favor? ─dijo Arthur, esparciendo al grupo de estudiantes que se habían arremolinado entorno a la escritora.

─Gracias ─musitó ella cuando el grupo de jóvenes se alejó.

─¿Qué haces aquí? ─preguntó él, sentándose en una de las sillas, frente a ella─. ¿No deberías estar camino a la agencia?

─Lo sé ─respondió Thérèse, con la mirada atenta al móvil─. Hoy es el cumpleaños de Anaís, ¿sabes? Y ella aún no ha decidido dónde quiere cenar.

─¿Y por eso el gesto de preocupación? ─preguntó Arthur, divertido.

─Sí… No ─dijo al fin Thérèse─. Yo… cometí un error.

─Bueno, con los hijos uno siempre comete errores, ¿no? De eso se trata. ¿Qué puede ser tan grave?

─Verás… ─Thérèse suspiró y dejó el vaso de cartón que contenía al café─ tú sabes que Anaís ha crecido lejos de su padre, ¿cierto?

─Sí, algo he sabido.

─Y con lejos me refiero a que ella no sabe absolutamente nada de él ─siguió Thérèse─. En cuanto comenzó a tener dudas sobre su origen, como a los seis años, yo no quise inventarle que él estaba en la guerra o muerto, nada de esas tonterías que algunas madres solteras se sacan de la manga con tal de que los niños sigan fantaseando… No, por el contrario creí que si le hacía una promesa a largo plazo, con el tiempo, lo olvidaría. Así que, aquella vez, le dije que su padre vivía, por supuesto, pero que ella no sabría nada de él hasta que cumpliera dieciséis años.

─Oh, vaya…

─Exacto. Hoy cumple dieciséis ─Thérèse bebió el café y lamentó que estuviese tan quemado─. Creí que lo había olvidado, ¡fue hace tanto tiempo! Pero esta mañana me lo preguntó, me dijo si por fin le diría quién es su padre.

─Vaya aprieto en el que te metiste ─dijo Arthur, sacando una caja de cigarrillos, ofreciéndole uno a ella.

─Lo sé ─respondió la mujer, aceptando el cigarrillo y encendiéndolo con el fósforo de Arthur─. A veces odio que sea tan inteligente. Me asusta.

─Bueno, ya no hay manera de que te eches para atrás, ¿o sí?

─En lo absoluto. En cuanto una idea se le mete en la cabeza a esa niña, es imposible.

─¿Y cuándo se lo dirás?

─No lo sé ─respondió Thérèse, exhaló el humo del cigarro y luego agregó─. Pero ya he hablado con él.

─¿Con quién?

─Con su padre.

Arthur se quedó mudo, estuvo a punto de tragarse el humo del cigarrillo. Cuando por fin salió de su trance miró a Thérèse, confundido.

─O sea que, ¿él está enterado?

─¿De Anaís?

─Sí.

─Por supuesto. ¿Quién crees que ha pagado la educación de esa niña? Yo no habría podido costear todos los colegios privados cuando trabajaba como mesera. Tú mejor que nadie sabe bien que todo esto de los libros comenzó cuando Anaís ya iba al colegio.

─O sea que él está al tanto de todo, ¿pero nunca quiso ver a su hija?

─Es un hombre muy extraño, Arthur ─dijo Thérèse con la mirada perdida─. No te imaginas cuánto.

─¿Y qué dijo ahora?, ¿está de acuerdo?

─Sí. Está de acuerdo. En realidad es algo que ya habíamos acordado en cuanto nació Anaís. Él dijo que se haría cargo de todo y que la conocería hasta que yo decidiera cuándo.

─Pero si no tenía problema con eso, ¿por qué no conocerla desde el inicio? No sé, convivir con su hija como un padre normal.

─Te he dicho que no es un hombre común ─respondió Thérèse con una breve sonrisa─. Yo estaba acostumbrada a eso, pero no quería que Anaís sufriera. Por eso hicimos el trato. Todo mundo lo sabía: mi madre, mi hermana y él.

A Arthur le pareció curiosa la forma en que Thérèse se refería al padre de su hija como "él", cuando era el hombre con el que sin duda se había relacionado emocionalmente en algún momento y que, por un motivo desconocido, se había apartado de su vida.

─En fin, creo que no puedo hacer nada más. Ella es muy lista, no iba a poder ocultarle todo esto por más tiempo ─dijo Thérèse resuelta.

─Buena suerte con eso: los adolescentes pueden ser muy difíciles.


Anaís Leblanc era en realidad una muchacha sencilla, de gustos simples. El día de su cumpleaños, luego de haber asistido a la cita que su madre había tenido cuidado en agendar, se dirigió al Starbucks de la Avenida Madison acompañada por Lizbeth, su mejor amiga desde la escuela primaria. Ambas pidieron un té helado y un par de sándwiches, se sentaron a pasar el rato. Lizbeth no paraba de hablar sobre una nueva tienda de discos que había descubierto en Brooklyn el fin de semana anterior. Sin embargo, Anaís no prestaba atención, se encontraba inmersa en sus pensamientos y con unos dedos nerviosos no paraba de alinear las servilletas de papel que estaban sobre la mesa.

─Hoy mamá me contará sobre mi padre ─dijo Anaís, sin importarle interrumpir el monólogo de Lizbeth.

─¿Qué?, ¿bromeas? ─preguntó Lizbeth, incrédula, olvidando su propia conversación.

─No, hoy es el día ─respondió Anaís, sorbiendo el té por la pajilla─. Ella prometió contarme todo sobre mi padre cuando cumpliera dieciséis años.

─Vaya, ¿por qué no me lo habías dicho antes?

─No era necesario.

─¿Y?, ¿estás emocionada?

─Un poco, sí.

─Bueno, no se nota ─bromeó Lizbeth.

Anaís sonrió. En verdad estaba emocionada, pero tenía miedo. ¿Qué pasaría si lo que dijera su madre no le gustaba? Ella había idealizado un poco la figura de su padre. Había deducido algunas cosas a través de los años y estaba segura de que era un buen tipo. Sin embargo, en realidad, nunca lo habían necesitado: ni ella ni su madre. Ésta había sido siempre autosuficiente y crio a Anaís bajo ese mismo precepto. Vivían solas desde que tenía memoria, se habían mudado de casa una decena de veces, pero habían habitado en la última (que era la actual) desde hacía un par de años. La abuela y la tía Ángela solían visitarlas, incluso quedarse algunos días, pero nunca demasiado tiempo, pues Thérèse, su madre, solía tener un ritmo de vida muy acelerado, el cual sólo Anaís podía soportar. Ella había crecido entre esos muros inquebrantables de roles femeninos y se sentía segura. En cuanto su madre había comenzado a ganar mucho dinero con la publicación de sus novelas juveniles, Anaís gozó de una vida mucho más cómoda y holgada, sin embargo, estaba acostumbrada, pues asistió a los mejores colegios de la ciudad aun cuando habían vivido en casas alquiladas en barrios poco enriquecidos. Anaís estaba segura de que aquello era obra de su padre anónimo, quien se encargaba de mantener su educación y un seguro médico, aunque su madre intentaba mantenerlo en secreto. Se alegró mucho cuando Thérèse comenzó a ganar su propia fortuna, pues se le notaba mucho más satisfecha y feliz.

─Iremos a cenar esta noche, ¿quieres venir? ─preguntó Anaís a Lizbeth.

─Seguro. ¿Crees que tu madre invite a tu padre a la cena?

─No creo que eso pase.

─¿Por qué no? Tal vez sea una sorpresa.

─Él vive lejos.

─¿Cómo lo sabes?, ¿te lo dijo tu mamá?

─No. Pero sé que es inglés.


Sherlock no podía evitar dejar de sonreír al ver el rostro pálido de su hermano, además de las gotas de sudor que se le habían formado en las sienes. Watson no entendía muy bien lo que estaba pasando entre ellos, pero intuía que nada tenía que ver con el ajedrez. Hacía una hora que Mycroft había recibido una llamada y se había quedado prácticamente inmóvil en su sitio desde entonces. Watson no se había ido, después de todo, estar con los Holmes siempre era un asunto más divertido que ayudar a Mary con la lista de compras.

─¿Y cómo fue hablar de nuevo después de qué… doce años? ─preguntó Sherlock, al fin.

─¿Quién es "ella"? ─preguntó Watson. Sin embargo, pensó que fue un error, pues la mirada de Mycroft se posó en él, amenazante.

─Si te lo digo, temo que después tendrás que desaparecer, John ─respondió Mycroft y se levantó del sillón, dirigiéndose a la ventana.

─¿Y bien?, ¿cuándo llegará? ─preguntó Sherlock, acercándose la tetera y vertiendo infusión en su taza vacía.

─¿Cómo…? ─iba a preguntar Mycroft, pero luego recordó a quién tenía enfrente─. Olvídalo.

─Por tu cara y a sabiendas de que era "ella", existen dos posibilidades: la primera, que las torres gemelas volvieron a caerse, lo cual es total y absolutamente improbable, o la segunda, que ella va a venir.

─¿Quién?, ¿quién va a venir? ─preguntó Watson por inercia.

─Su hija ─respondió Sherlock.

─Mi hija ─dijo Mycroft al unísono.