Yukihana-Hime: Nueva Capítulo que espero disfruten.
TÍTULO: El lento de katsudon-sensei
RESUMEN: Ese día en la escuela compartirían con sus compañeros sus planes a futuro, el pequeño rubio estaba emocionado porque tenia muy bien definido lo que deseaba y lo que conseguiría, por lo que no dudo a la hora de hablar cuando la maestra pidió pasar al frente de la clase.
-Tengo dos grandes planes para mi futuro deseo ser un gran patinador artístico, mas famosos y superior que mi padre, pero mi principal plan es hacer de Mi lento katsudon-sensei, mi mamá...
CATEGORÍA: Yuri! On Ice
GÉNERO: Romance, Comedia.
Capítulo 2 - Te amamos.
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En su no tan vieja ni joven vida, Katsuki Yuuri jamás pensó que su vida cambiaria de tal manera solo por incluir a cierta familia rusa en su rutina cotidiana, no es que se quejara, para nada, por el contrario, todo se había vuelto divertido con la llegada de los extranjeros. Ambos rusos habían sido completamente adoptados por su familia y por él. El pequeño Yuri era consentido como un nieto/sobrino por los señores Katsuki y Mari respectivamente, por su parte al ruso mayor lo querían como un hijo más. En definitiva su familia había crecido y era algo que ya no podía cambiar.
Habían pasado varios días desde aquel en que se vio arrastrado a aceptar la petición del pequeño rubio, quien le exigió ser su entrenador y aunque aún le costaba asimilar que convivía con la familia Nikiforov, comenzaba a pensar que no le fue tan mal. El menor había heredado muy bien los genes de su padre, era una estrella que brillaba sobre el hielo a pesar de tan solo tener 8 años. Yuri aprendía muy rápido lo que él le enseñaba y si intercedía a mitad de la rutina, era solo porque el rubio se arriesgaba con saltos o movimientos peligrosos a su corta edad. Y pese a la terquedad que mostraba por hacer su voluntad, el japonés agradecía que fuera escuchado y obedecido perfectamente por su alumno.
Su rutina del día al día había sido modificada bastante. Lo primero que había cambiado para él, fue su forma de despertar; antes despertaba al oír su reloj despertador, después de apagarlo y si aun así no se levantaba, su amado perro Vicchan terminaba el trabajo, ahora, el despertador y los jalones a su cobija o las lamidas en la cara de parte de su mascota habían quedado en el olvido, ya que lo primero en su mañana era un golpe a su barbilla de parte del tierno Yuri que tenía muy mala forma de dormir, moviéndose por toda la cama durante la noche.
El menor de la familia Nikiforov había desarrollado el gusto por dormir con él en su habitación, con el pretexto de profundizar su relación como entrenador-alumno, excusa que obtuvo gracias a su padre, quien a pesar de las quejas por ser excluido dormía en el suelo de la habitación del pelinegro. El mayor había intentado dormir también sobre la cama con el argumento de que necesitaba profundizar su relación con el entrenador de su hijo ya que no podía dejarlo en manos inexpertas, sin embargo y después de usar la excusa de su padre a su beneficio, el pequeño Yuri había obtenido nuevamente su capricho dejando a su padre fuera, obligándolo a dormir en el suelo ya que la cama era muy pequeña para tres personas y no quería ser aplastado.
Lo siguiente en su rutina sería una pequeña carrera por la playa, a la cual se había unido Viktor después de tres días de que se conocieron. No mentiría diciendo que fue lo más normal del mundo correr mano a mano al lado de su ídolo pero después de ese tiempo y de varias charlas con el ruso -en las cuales se enteró de cosas sobre su infancia, adolescencia e incluso el motivo por el cual estaban en Japón- había descubierto que no eran tan diferentes. Tal vez Viktor fuera más llamativo y alegre que él, tal vez era un gran patinador mundialmente famoso, multimillonario gracias a los constantes premios en las competencias como por sus buenas jugadas a la hora de invertir, sin embargo eso solo era parte de su encanto natural...
Había descubierto que el mayor solo era un hombre que se esforzó demasiado por obtener todo aquello, que amo a una mujer que le engaño y lo abandono con un hijo, así como también era un padre amoroso, dispuesto a dar lo que fuera porque su retoño fuera feliz, un hombre que disfruta de las cosas más sencillas, que ama patinar, pero sobretodo que esconde al mundo su lado infantil y caprichoso, con cero consciencia sobre el cómo gastar el dinero. Al final, Viktor Nikiforov resulto ser solo un humano más. Bello tanto por fuera como dentro.
De regreso en la casa era hora de tomarse su tiempo en arreglarse, disfrutando de un relajante baño en las aguas termales pero aquello cambio a la hora de "clase de enseñanza de pudor a un par de rusos". Su tiempo de relajación dentro del agua se convirtió en una persecución a un pequeño diablillo rubio que no se quedaba quieto debido a que no quería tomar un baño, ya fuera porque el agua estaba demasiado caliente, había mucha gente o cualquier cosa que pudiera usar de excusa, cuando la verdad era que solo quería tener la atención del pelinegro.
Lo siguiente en su día seria el desayuno en familia, y al menos eso no había cambiado del todo. La única diferencia es que ahora dos personas más comían con su familia y el personal de la posada, haciendo el momento más alegre y ajetreado. Sucesivamente de preparar las cosas para el trabajo, entrenador y alumno se retiraban juntos hacia la pista de hielo. El pequeño Yuri se había integrado al grupo al que enseñaba por las mañanas y eso era algo que Yuuri todavía no acababa de comprender, el rubio no necesitaba repasar las bases del patinaje sin embargo se negaba a quedarse en la posada hasta que terminara su primer grupo y tuviera el tiempo libre para darle clases privadas.
Al terminar su primera clase del día llego el momento que el pequeño ruso espero impaciente a lo largo del día; el inicio de sus lecciones privadas con su nuevo entrenador, a las cuales ponía fin cuando comenzaba el siguiente horario de enseñanza del mayor. El segundo grupo de estudiantes llegaban a la pista y el japonés daba por concluido su cargo de entrenador privado del infante Nikiforov, dejándolo bajo la custodia de su padre. Viktor llegaba a la pista a esa hora debido a su doble intención; pasar tiempo sobre el hielo con su amado hijo y disfrutar del espectáculo de ver al Yuuri pelinegro en una faceta más profunda como patinador gracias a que su segundo grupo de alumnos estaba conformado por adolescentes, a los cuales entreno desde pequeños. Katsuki se movía con mayor fluidez por la pista, enseñando los saltos, piruetas, pasos y otros elementos con mayor dificultad que los que podía mostrar a los niños de la mañana y al pequeño rubio.
En ocasiones, el pequeño Yuri deseo integrarse a ese grupo, queriendo demostrar a su entrenador que era tan bueno o más que aquellos chicos que le doblaban la edad, deseaba escuchar también aquellas palabras dulces y alegres que Yuuri soltaba maravillado cuando la pirueta más difícil era realizada por aquellos chicos que vio crecer, sin embargo, tanto Viktor como el japonés le impedían realizar los saltos peligrosos y eso le frustraba. Era tanta la intervención de parte de aquel par ruso durante la clase, que los alumnos de Katsuki terminaron por tratarlos como parte del grupo, tan familiarizados estaban con ellos que trataban a Yuri como el hermanito menor al cual molestaban o consentían y a Viktor como a un entrenador más, pidiéndole consejos o preguntando sobre el mundo del patinaje profesional.
Tal vez lo que más extrañaba Yuuri de su vieja rutina eran sus horas de patinaje libre después de su trabajo, aquel par de horas que patinaba por su cuenta solo por el deseo de sentirse libre al deslizarse sobre el hielo, sin ataduras a la tierra, sintiendo el frio recorrer su cuerpo y a su vez el calor de la emoción de hacer lo que amaba. Había cambiado aquel hermoso pasatiempo por una caminata de tres y dos canes por las calles de Kyūshū. De un patinador solitario y secreto, había pasado a ser el guía turístico de dos rusos, los cuales no se medían a la hora de expresar su euforia cuando conocían un nuevo lugar; brincando, gritando, probando los platillos de los diferentes locales, comprando recuerdos para la familia Katsuki y con ojos brillantes sacándose fotos, dando a los reporteros del mundo su ubicación y lo que hacían. Por su parte, el pelinegro solo rogaba porque se moderaran y dejaran de interrumpir la tranquilidad de las demás personas, de comprar cosas inútiles a sus familiares -aunque agradecía el detalle de que los consideraran- y de que la prensa no invadiera su amada ciudad solo por conseguir la nota del momento.
Llegaban a la pasada cargados de bolsas, cansados y hambrientos en ocasiones. Disfrutaban de un baño nuevamente pero en lugar de preocuparse por corretear a Yuri por el lugar para poder lavarlo adecuadamente, se debía preocupar porque el infante no se quedara dormido en el agua, causando un seguro ahogamiento, a la par que intentaba no prestar atención a la mirada que Viktor ponía sobre él como si intentara de resolver un misterio. No sabía a qué se debía que peli-plateado lo mirara tan fijamente mientras estaban en las termas, no era como si tuviera un gran cuerpo a comparación del contrario, además de que ambos eran hombres lo que significaba que tenían lo mismo. ¿Que podía llamar tanto la atención del extranjero sobre él?
Justo después de acostar a un casi o un durmiente Yuri -dependiendo si se quedó dormido en la terma- sobre su cama, salía un rato con su mascota a dar un paseo nocturno por la playa. Viktor había descubierto el hecho de que se escapaba, por lo que en ocasiones -si no estaba igual de cansado que su hijo- se unía a la caminata junto con Makkachin. Su rutina terminaba cuando al regresar ambos adultos tomaban lugar sobre su respectiva cama, dejándose envolver por los brazos de Morfeo.
Aun teniendo su rutina diaria, ese día en particular había sido diferentes debido a que se trataba de uno de sus pocos días libres. Fue secuestrado nuevamente y como de costumbre por la familia rusa, la cual lo había llevado para conocer uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad y tomarse un centenar de fotos en el castillo de Hasetsu. Satisfechos con su pequeña aventura ambos rusos habían elegido el siguiente y último destino del día; el Ice Castle. Una vez llegaron a la pista de patinaje tanto su alumno como su padre le insistieron que les mostrara una de sus viejas rutinas. Horrorizado con la idea se negó innumerable veces pero antes de que se diera cuenta, ya se encontraba en medio de la pista con un padre e hijo expectantes de sus movimientos. ¿Cómo es que siempre terminaba accediendo a lo que esos dos le pidieran? Suspiro, dudaba siquiera poder negarse aun sabiendo la respuesta.
— ¡Vamos Yuuri!
El pequeño Nikiforov sonrió un poco al escuchar el grito de parte de su padre, que sonreía verdaderamente a la par que agitaba la mano animando a su entrenador. Comenzaba a pensar con gran sinceridad que no fue tan mala idea ir hasta otro país si su padre comenzaba a mostrar su personalidad infantil que perdió tras el divorcio y como un bonus a su pequeño sacrificio de vivir en un lugar extraño, había encontrado un gran entrenador, Yuuri Katsuki era tan bueno enseñando que entendía a la primera, además de que se sentía bien ser alabado de manera tan sincera y cariñosa de parte de una persona como el japonés.
Regreso su mirada jade a la pista una vez la música inundo aquel lugar vacío, reservado solamente para ellos llegada la noche. Era la primera vez que vería un programa completo hecho por el pelinegro tan cerca y en vivo. Días atrás y junto a su padre había investigado a quien sería su entrenador y se sintió satisfecho de no haberse equivocado al tomar tan apresurada decisión, aquella hermosa y perfecta coreografía que vio en el video que le mostraron las trillizas no había sido un día de suerte para el pelinegro.
Todos los videos que encontraron en internet solo reprodujeron hermosas coreografías realizadas por su entrenador, y aunque cometía errores que le costaban puntos en la calificación, sabía que tanto su padre como él se sintieron atraídos por los movimientos realizados por Yuuri, los cuales les transmitían sus emociones al son de la música que parecía ser producida por el cuerpo del japonés. Y ahora, ahí, detrás del muro que los separaba del hielo, Yuri y Viktor sentían nuevamente aquella atracción que les impedía alejar aunque fuera por un segundo la mirada del antiguo profesional. Era como si la melodía fuera generada desde el interior del cuerpo del nipón para después ser entregada al par de rusos a través de sus ojos y oídos, calando hasta la más pequeña fibra del corazón, embriagándolos de las diferentes emociones que quería transmitir el patinador.
Cada deslizamiento, cada salto o pirueta, cada movimiento de Yuuri era dedicado a sus dos espectadores, quería hacerlos olvidar un poco el pasado y brindarles un momento de alegría, y era por esa razón que había escogido una música más alegre de la que acostumbraba a interpretar. No es que se considerara una súper estrella en el patinaje como lo era el peli-plateado, de hecho, se sentía nervioso de que su ídolo lo observara tan profundamente a la vez que lo invadía cierta felicidad por tener el privilegio de mostrarle su patinaje al mayor. Era un honor.
Envuelto en la coreografía del ex-patinador japonés Viktor no sentía el dolor de los sucesos pasados, aquellos recuerdos de su vida en Rusia que aún lo atormentaban en algunas ocasiones durante el día y por los cuales le gustaba pasar el rato con el japonés. Había descubierto que al lado de Yuuri se sentía feliz y se olvidaba de los tragos amargos de la vida, disfrutaba de cada momento observando a su hijo y al pelinegro a su lado. De algún modo que no entendía del todo, observar y provocar las diferentes expresiones del joven Yuuri se había vuelto un lindo pasatiempo, y el sentimiento cálido de saberse bienvenido e integrado en la familia Katsuki era algo nuevo que le daba felicidad.
Que él recordara nunca se sintió en familia con sus padres, y el único que le brindo un sentimiento paternal fue su entrenador de años, Yakov. Ahora que sabía y conocía lo que era crecer rodeado del amor familiar gracias a los Katsuki, quería darle esa oportunidad a su hijo. Deseaba que su pequeño Yuri creciera en un entorno igual al del joven pelinegro. En el pasado le prestaba toda la atención a su hijo cada vez que estaba en casa pero siendo sincero, se olvida de que tenía una familia cuando se sumergía en el entorno de las competencias. Muchos decían que era un padre tonto, ya que se podía pasar horas alardeando sobre su pequeño a la par que presumía las fotografías de su retoño pero eso era lo único que podía hacer, después de todo, aquellas imágenes enviadas a su celular era de momentos que su pequeño vivía mientras él estaba lejos. Pero eso cambiario, estaba decidido a cumplirlo. Ahora que solo se tenían ellos dos, se aseguraría de ser parte de la vida de su hijo.
A mitad de la coreografía del japonés, Viktor no pudo evitar silbar sorprendido y atraído, aun no lograba comprender como es que Yuuri Katsuki podía ser tan diferente una vez estaba en la pista. Era sorprendente el cambio que podía provocar el hecho de peinar su cabello hacia atrás y sustituir los anteojos por lentes de contacto. Cuando lo vio por primera vez le atrajo la simplicidad del chico, no era secreto para sus amigos que tenía un gusto especial por las personas sencillas, pero después de conocerlo, se sintió atraído por su personalidad. Incluso recordaba con algo de gracia cuando busco por internet los viejos videos de las presentaciones del pelinegro, había buscado por horas por culpa de que ignoraba los videos correctos por culpa del cambio físico que se mostraba en pantalla, no podía creer que aquel chico sexy fuera la misma persona carente de personalidad que se hizo entrenador de su hijo horas atrás.
Era la primera persona que el ruso no lograba comprender del todo pero lejos de molestarle, se sentía tentado a descubrir todas las facetas del chico, que de sencillez tenía poco y era más complejo de lo que demostraba. Yuuri parecía ser un pequeño perrito que temblaba cada segundo por diferentes razones pero una vez que estaba decidido a hacer algo, ponía todo su esfuerzo en cumplirlo. Un ejemplo rápido era ese momento: minutos atrás Yuuri se había negado con todo su ser a aceptar su petición de que les mostrara una rutina, y ahora que lo estaba haciendo, Viktor podía sentir claramente los sentimientos del contrario, aquel deseo de demostrarle que aun existían cosas por las cuales alegrarse en la vida.
― ¡Bravo! ¡Bravo! ―gritaba con gran animo el ruso de cabello plateado segundos después del término de la demostración de patinaje.
Yuuri suspiro, liberándose de los nervios que le atacaron al pensar que probablemente no les gusto a los rusos al verlos estáticos en su lugar. Debido a su mala visión, no alcanzaba a ver la expresión de los contrarios por lo que asumió que el silencio era porque había fallado en su cometido de alegrarles el momento. Deducción errónea, ya que padre e hijo se sentían conmovidos por tan alegre presentación, habiendo recibido de manera perfecta el mensaje y estaban más que dispuestos a vivir su vida disfrutando de los momentos felices.
El japonés sonrió al oír los gritos del peli-plateado elogiando lo magnifico de la presentación, con paso decidido el pelinegro comenzó a deslizarse para encontrarse con los familiares que ya habían ingresado a la pista para ir a su encuentro.
— Wao, eres realmente genial. ―continuo el ruso al momento de abrazar al japonés, provocándole un sonrojo por el contacto.
— Gra… Gracias…―tartamudeo, alejando al mayor y desviando la mirada.
Aunque le molesto la distancia que interpuso el japonés, Viktor decidió restarle importancia. Minutos atrás el ruso mayor no comprendía ni sus propios sentimientos hacia el pelinegro, pero ahora, después de verlo sobre la pista de hielo lo entendió. Ahora sabía a qué se debía el incremento en su ritmo cardiaco y sus constantes deseos por tocar al pelinegro, así como su deseo de monopolizarlo y a la vez demostrarle al mundo lo maravilloso que era Katsuki Yuuri. Si, ahora lo comprendía, contra todo pronóstico estaba comenzando a enamorarse de aquella dulce persona que desde que lo conoció, solo le brindo alegrías.
La verdad era que a pesar de todo el tiempo que pasaban juntos, Yuuri no podía acostumbrarse del todo a tener un contacto tan directo con la persona a la que admiro por años, los nervios y la vergüenza se apoderaban de su ser. Creo una barrera al apretar su codo izquierdo con la mano contraria, y distanciándose dos pasos atrás, tranquilizando el ritmo de su corazón, opto por prestarle atención al más pequeño, quien parecía no ser consciente de su propia expresión; ojos brillantes y una gran sonrisa, a leguas se notaba su fascinación.
―…Aunque me sorprende de que haya salido bien. ―admitió con vergüenza― Hace tiempo que no patinaba una rutina completa.
De manera inesperada, Yuuri sintió un jalón en su mano izquierda, al buscar la causa descubrió al pequeño rubio colgado de su chaqueta.
― ¡Fue fantástico! ―expreso con gran alegría el menor.
― Gracias, Yurio. ―revolvió los finos cabellos rubios.
Ante el contacto, el pequeño recapacito sobre su actitud fuera de su personalidad, se había dejado llevar por la emoción del momento. Pasando de una expresión alegre a una mortificada para terminar en una molesta, dejo libre su agarre y regreso a su actitud de siempre.
― Maldito katsudon, no me llames así. ―demando de manera furiosa.
Odiaba el apodo que le había dado la hermana mayor del japonés para no complicarse la vida al llamarlos desde que anunciaron que su estadía se alargaría de manera indefinida. La familia Katsuki había adoptado rápidamente el nuevo nombre y antes de que pudiera negarse a ser llamado de esa manera, su padre también le llamaba así. Mientras hacia un puchero, volvió a sentir como acariciaban su cabeza y escucho las palabras de disculpas de parte del adulto que realmente no sentía haber cometido algún error. Al parecer del pelinegro, el hecho de llamarlo "Yurio" era realmente lo adecuado, le quedaba muy bien.
― Esta bien, te perdonare, pero solo porque me has mostrado una fantástica presentación. ―remarco con esfuerzo el motivo del porque aceptaba las disculpas, no podía perder su estilo de niño difícil― Aunque era algo obvio, era de esperarse de mi katsudon.
El pequeño estaba muy feliz, ya que una vez más se había demostrado que no se equivocó en escoger a su entrenador al estilo Nikiforov, una manera bonita de llamar al hecho de que hizo una decisión apresurada, algo muy común en su familia. Su padre tenía la mala costumbre de hacer de ese modo sus elecciones, un juego de dardos fue lo que uso Viktor para escoger el país donde comenzarían una nueva vida.
― Llámame sensei. ―le reprendió Yuuri, cansado de no ser llamado de manera adecuada por su alumno estrella.
― Katsudon-sensei. ―Yurio sonrió superior.
― Quita el katsudon. ―demando haciendo un puchero infantil, que encanto a cierto peli-plateado.
― No.
― Solo llámame sensei. ―volvió a exigir.
― Katsudon-sensei.
― ¡Ahh! ―desesperado jalo unos mechones de su cabello negro, era incapaz de tratar con el pequeño cuando se ponía terco.
―Yurio... ―advirtió su padre
Aunque se estaba divirtiendo por la situación al ver las expresiones del entrenador de su hijo, Viktor opto por intervenir antes de que Yuuri realmente se arrancara los mechones de cabello, a él le gustaba realmente el cabello oscuro del contrario.
― ¡No me llames así, viejo! ―se quejó, olvidando su meta de desquiciar a su entrenador.
― Se amable con Yuuri. ―le ordeno.
― Lo que sea. ―dijo el menor con sus brazos cruzados.
― De cualquier manera, viejo, vete de aquí. ―ordeno el infante, confundiendo a los adultos. ― Es la hora de entrenar.
― ¿Eh? ¿Entrenar? ―preguntaron a la vez.
― Creí que solo veníamos a pasar el rato. ―comento Yuuri.
― Los grandes patinadores no descansan. ―aseguro el rubio con soberbia. ― Si voy a ser alguien grande, debo estar preparado.
― Venga, Yurio. Dejemos a un lado el entrenamiento solo por hoy. ―pidió Viktor, disculpándose con un gesto de manos con el japonés por la actitud de su pequeño.
― No, quiero continuar con el entrenamiento. La última pirueta que me enseño el katsudon aún no la he logrado. ―tomo la mano de su entrenador, dispuesto a usar su última arma. ― ¿No podemos?
El joven Katsuki paso saliva con dificultad, deseaba negarse ya que se suponía que era un día de descanso pero la mirada brillosa apunto de derramar lágrimas y un lindo puchero suplicante que le dedicaba el pequeño Nikiforov, era lo que le impedía articular la negativa. Era incapaz de negarse a concederle algo a aquel angelito. Era consiente que estaba siendo manipulado pero, ¿qué importaba? Solo quería complacerlo.
― Yurio, no es…
Viktor dejo la frase a medias al reparar que había sido muy tarde, su intervención era inservible, Yuuri había caído ante los encantos de su hijo. La prueba, era que ahora el japonés se había unido al ruego del infante, mostrando la misma expresión suplicante y anhelante de un permiso. Y él, él era incapaz de negarle algo a los dos juntos, solo deseaba complacerlos y verlos felices.
― Está bien. ―soltó un suspiro de derrota, haciendo su cabello platinado hacia atrás. ― Pero solo una hora.
― ¡Sí! ―grito eufórico el menor. ― Ya puedes irte viejo.
― ¿Eh? ―no podía creer que era echado.
― El katsudon no me puede entrenar si estas por aquí. ―el pequeño se mostró molesto por tener que explicarse, estaban perdiendo tiempo valioso.
― Pero…―Viktor hizo un mohín al saberse excluido por su propio hijo.
― Regresa a la posada, vie…
― Yurio…―los rusos dejaron su pelea de lado ante el dulce tono con el que hablo el pelinegro.
Ninguno de los presentes podía ignorar al japonés cuando usaba aquel tono tranquilo y amable con el que hablaba cuando quería tranquilizar el ambiente, habían descubierto que en momentos así Yuuri mostraba un lado maternal sorprendentemente efectivo para cualquiera, todos terminaban cediendo a sus encantos y acataban el pedido con gusto. Ambos rusos suponían que se trataba de la sangre materna dentro del pelinegro, después de todo, Hiroko era una mujer que desprendía un aura maternal a todas horas.
― No creo que este mal que tu padre este aquí, de hecho pueda brindarte algún consejo. Es probable que al ser familia, él pueda explicarte las cosas que no entiendas. ―Yuuri sonrió al tener la atención de sus acompañantes, agachándose lo suficiente para quedar a la altura del pequeño, quien lo mirada fijamente atento a lo que decía― ¿No se dice que cada familia tiene su lenguaje privado?
Yurio se sonrojo por la gran sonrisa que le regalo su entrenador, desviando el rostro a un lado. Por un segundo pensó aceptar al comprender que el mayor tenía un punto a su favor, en ocasiones le costaba entender los términos debido a la diferencia de idioma, aun así al final deseaba negarse.
― Pero yo quiero supe…
― Lo sé. ―le aseguro el pelinegro.
Yuuri interrumpió el susurro del infante al saber lo que estaba a punto de decir, después de todo se suponía que Viktor desconocía la meta final que tenía su pequeño al pedirle que fuera su entrenador; el pequeño Yurio quería aprender de los mejores patinadores del mundo para de ese modo en el futuro, demostrarle a su padre que lo supero y que podía estar orgulloso de que fuera su hijo. Razón por la que lo silencio antes de que revelara su propio secreto.
― Además, para superar al mejor en el patinaje ¿no deberías de conocer todas sus armas? ―le susurro el japonés al pequeño muy cerca del oído. ― Si quieres ser el mejor, debes aprovechar todas las herramientas que te sean otorgadas. ¿Ne~?
El rubio abrió los ojos llenos de sorpresa, nunca había considerado la posibilidad de que su padre formara parte de sus entrenadores. Asintió fervientemente generando una sonrisa divertida en su entrenador, el cual después de levantarse suspiro, había sido más fácil de lo que pensó convencer a su pequeño estudiante.
― Papá, puedes quedarte. ―acepto el menor antes de comenzar a deslizarse alrededor de la pista.
― ¿Qué fue lo que paso? ―pregunto al aire el albino. ― ¿En verdad está bien que me quede?
― No se preocupe, señor Viktor, puede quedarse a ver. ―Yuuri rio un poco al ver la expresión tan infantil del mayor mientras se señalaba, incapaz de creer que su terco hijo accediera tan rápido.― A mí no me molesta y por lo que vio, a Yurio mucho menos.
― Gracias, Yuuri. ―sonrió verdaderamente feliz. Algo que había aprendido en su pequeña estancia en el país oriental, fue a inclinarse levemente cuando agradecía.― Gracias por cuidar de mi pequeño tigre como si fuera tu hijo. Desde que eres el entrenador de Yurio lo veo más alegre.
El pequeño rubio se detuvo unos metros alejado de los adultos al escuchar aquel agradecimiento de su padre. ¿Hijo? ¿Yuuri lo trataba como un hijo? Siempre pensó que lo trataba como a los demás niños, no obstante, ahora que recapitulaba sus momentos juntos, en verdad el pelinegro le daba un trato especial; era el único estudiante al que había aceptado entrenar de forma privada, el único que convivía más tiempo con el japonés -por no decir que se la pasaban juntos las 24 horas del día, los 7 días de la semana-, era al único que al le había hecho su comida favorita, entre otras cosas.
Aquellos hechos provocaron un calor en el cuerpo del pequeño, haciéndolo sonreír de manera sincera. Si, le gustaba recibir la atención del japonés, por lo que no le parecía mala idea que Yuuri fuera algo así como su padre… ¡Alto! Ya tenía un padre, por lo que no podía ser de ese modo… ¿o se valía cambiar a Viktor por Yuuri? Ladeo la cabeza al no encontrar respuesta, deslizándose de un lado a otro sobre el hielo buscándola.
― Yo… yo no he… no he hecho nada en realidad. ―tartamudeo por culpa de la vergüenza el joven pelinegro por culpa de las palabras de su mayor admiración.
Viktor sintió grandes deseos de acariciar con la yema de sus dedos las hermosas mejillas del pelinegro, el cual había agachado la mirada para ocultar sus mejillas sonrojadas. Deseaba tanto tocarlo pero antes de poder hacerlo, la voz de su retoño resonó por todo el lugar dando una orden después de llegar a una solución a su problema.
― ¡Papá, puedes quedarte pero no molestes a katsudon-sensei! Estamos entrenando.
― ¡Yo no molesto! ―grito de modo infantil el mayor de los tres, suspirando pesadamente segundos después. ― A veces pienso que Yuuri me ama más que tú.
Saco a flote su lado melodramático, incrementando más el sonrojo del azabache. Yurio rodo los ojos, acostumbrado a esa faceta de su padre, tomo la mano de su entrenador y lo jalo para alejarlo de ahí y comenzaran con el entrenamiento. Esta vez lograría hacer aquel salto. Si le volvía a costar trabajo entender la explicación del pelinegro, le exigiría a su padre algún consejo o alguna sugerencia.
― Sí, si, como digas. Comencemos, katsudon. ―avanzo al centro de la pista.
― ¿Algún día me llamaras de forma correcta? ―pregunto con tristeza el japonés, intentando hacerse a la idea de que su alumno le seguiría faltando al respeto.
El pequeño rubio sonrió de lado, victorioso nuevamente. ¡Oh, claro que lo haría! Le dejaría de llamar sensei, le pondría un honorifico más adecuado y acorde a sus planes pero eso sería más adelante. Sin más obstáculos, el entrenamiento comenzó y tal como en el anterior, el infante tuvo dificultades al realizar la pirueta, por lo que Viktor se unió a ellos para explicar a su pequeño una forma de lograr aquel salto de manera adecuada.
Viktor solo observo como los contrarios se divertían, estaba feliz de ver a su hijo contento y aquel chico oriental no solo le estaba alegrando los días a Yurio, sino también a él. Ambos adultos aplaudieron y felicitaron al infante cuando lo logro después de un rato de caídas y repeticiones. Tan emocionado estaba el rubio que le pidió a su entrenador que le mostrara una secuencia de pasos adecuada para complementar su nuevo salto.
Yuuri acepto mostrarle un par de secuencias, después de todo es lo que se le daba mejor. Tiempo atrás fue conocido gracias a su gran técnica de pasos, muy bien desarrollada y única, y era algo de lo que estaba orgulloso actualmente, había sido el fruto de su esfuerzo en las clases de ballet y su entrenamiento de horas sobre la pista.
Fueron solo unos segundos en los que Yurio alejo la mirada de su entrenador, al sentir curiosidad de ver la expresión de su padre y sonrió de lado al notar que su progenitor no prestaba atención a nada de su alrededor, centrado solamente en observar al japonés. La mirada oji-azul de su padre mostraba una alegría que no veía desde hace tiempo o bien pudo nunca haberla visto, e incluso él tenía que aceptar que se estaba divirtiendo allí junto al azabache. Si, otra vez había tomado una decisión correcta.
Quiso a Yuuri como su entrenador y lo obtuvo…
Ahora lo quería como una mamá y lo obtendría. Costará lo que costara.
Yuuri Katsuki pronto seria parte de la familia Nikiforov o bien ellos podían ser parte de la familia Katsuki.
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Desde aquella tarde-noche que decidió que Yuuri sería su nueva madre, no pudo quedarse quieto buscando la manera de conseguir su propósito. Por su corta edad no sabía bien que tenía que hacer para lograr su meta, así que se dedicó a buscar rigurosamente en internet las respuestas, encontrando solo una; para que el japonés fuera su mamá primero debía enamorarse de su padre y viceversa, para luego casarse.
¿Qué si no se cuestionó el hecho de que ambos fueran hombres? Si, lo hizo. Tiempo atrás había visto un programa en su natal Rusia donde insultaban a varias parejas de hombres -razón por la que sabía que su padre y el pelinegro no serían los primeros- y donde anunciaban que era algo que estaba mal, no obstante, él no veía nada de malo en ese tipo de relación, ¿no se dice que no hay barreras mientras haya amor? Él se encargaría de que sus padres se amaran y él los amaría a ellos, así no habría problemas. Y en el caso de que hubiera alguien que aún no se sintiera conforme con el asunto, todo se arreglaría colocándole una falda al pelinegro, Yuuri podía ser más lindo y tierno que cualquier mujer de eso estaba seguro.
Si había algo que no le gustaba del asunto, eso sería que tendría que compartir a su entrenador con su padre. El hecho de tener que compartir las sonrisas, las caricias en el cabello, la comida hecho por el japonés, así como el tiempo juntos no era algo que quisiera ceder, pero era un precio que estaba dispuesto a pagar con tal de que fueran madre e hijo. Viktor debería estar agradecido con su sacrificio, se notaba que era un niño de gran corazón.
Una vez que encontró la respuesta sobre lo que tenía que hacer, busco los pasos para que dos personas se enamoraran. Algunas le parecieron asquerosas, como los besos en la boca, no podía creer que los adultos hicieran eso, pero leyó que era una muestra que demostraba cuando había amor, así que esa sería una de sus metas a lograr que hicieran Viktor y Yuuri. Como niño listo y preparado para todo, Yurio realizo una pequeña lista de sus metas.
La primera muestra de que su plan iba bien seria hacer que ambos hombres pasaran mucho tiempo juntos, ese punto no le preocupaba, técnicamente estaban las 24 horas del día juntos. Les daba la oportunidad de estar tiempo a solas a los mayores, pero no mucho, él también quería la atención del japonés. El segundo paso según el blog de una chica, sería que los adultos sintieran alguna atracción, no lo entendió del todo, pero Yuuri admiraba a su padre, ¿eso valía? Si, lo tomaría como un asunto arreglado.
El tercer paso consistía en que los adultos mantuvieran algún tipo de contacto físico, que se tomaran de las manos por ejemplo, y para ello realizaría algunas jugarretas; empujaba levemente a Yuuri a los brazos de su padre, pedía que los tres se bañaran juntos en las termas y había aceptado que su padre durmiera con ellos en la misma cama.
Hacia todo para juntar a los mayores, quizás así lograba convertirlos en pareja al llegar al cuarto punto, donde se volverían novios y se besarían, llegando rápidamente a la quinta meta, su padre le pediría matrimonio al cerdito y este aceptaría, convirtiéndose en su madre para siempre. Serian una familia. Un plan muy sencillo. ¿Qué podía salir mal?
Yurio pensó que sería fácil pero después de algunos días en ello se dio cuenta que no todo salía como a uno le gustaría. Habían pasado casi dos semanas desde que paso del punto 2 al 3, sin embargo ahí se había estancado. Había más contacto entre su padre y Yuuri, parecían grandes amigos pero realmente no veía intenciones de su padre de ayudar en su plan secreto y aunque Viktor ignoraba que tenía que ayudar al plan de su hijo eso no lo excusaba de no aportar nada.
*Padre inútil.* Era el constante pensamiento del infante al ver como su padre y Yuuri se alejaban de manera rápida si por accidente sus manos se tocaban o cuando desviaban las miradas después de que se daban cuenta que se habían quedado mirando fijamente por mucho tiempo. Parecía que su padre rehuía del japonés y viceversa, lo que terminaba molestándolo a él.
Lo que ignoraba el pequeño es que aquel contacto no les era desagradable a los adultos y que si se alejaban de manera apresurada era debido a la corriente eléctrica generada cuando se tocaban y recorría sus cuerpos por completo. O que duraban tanto tiempo observándose fijamente debido a que se perdían en la mirada del contrario, creando un mundo donde solo existían ellos y donde eran felices, evitando volver a sumergirse en la fantasía al desviar la mirada y con un poco de suerte, ocultar el sonrojo que se apoderaba de sus mejillas.
Yurio se encontraba un poquito desesperado… bueno, bastante desesperado. No era conocido como alguien que tuviera gran paciencia. Ya no sabía que más hacer para que su padre viera con otros ojos -que no fueran amistosos- a su entrenador. Era pequeño, impaciente y deseoso de saberse importante para esos dos adultos a los que amaba y admiraba. Y era por esas razones por las que se vio obligado el día anterior a hacer algo que nunca creyó hacer… Él… Él tuvo que recurrir a doblegar su orgullo y solicitar ayuda de la familia Nishigori.
Durante el entrenamiento del día anterior, aprovechando un pequeño receso que le concedió Yuuri y mientras el japonés se distraía al platicar con Viktor, corrió en busca de la madre de las trillizas, a la cual encontró entregando unos patines a alguna familia que había ido a patinar a la pista.
Con mucha vergüenza por sentirse tan expuesto de manera emocional, le conto a aquella alegre mujer su deseo y su plan para convertir a Yuuri en su madre, pensó que tal vez Yuko lo regañaría, negándose a ayudar en semejante idea y les contaría a sus padres, pero contrario a eso, la dueña de la pista se mostró emocionada y dispuesta a colaborar. Como una vieja amiga del pelinegro se le ocurrieren muchas cosas que podrían hacer pero al final, la mujer le explico el siguiente plan que podría generar la oportunidad correcta para que hubiera algún avance.
El pequeño rubio suspiro cansadamente, al final todo volvía a depender de él. Lo que propuso Yuko había sido que él invitara a sus futuros padres a salir en una "cita". Ignoraba en que se diferenciaba a las salidas que ya habían tenido con anterioridad pero se había prometido a sí mismo en confiar en aquella mujer, después de todo, se suponía que ella debía tener mayor conocimiento en esos asuntos. La señora Nishigori había sido muy clara al remarcarle que debía usa la palabra "cita" cuando les anunciara a los adultos que deseaba salir a pasear.
Así que listo para poner su plan en acción, se aseguró que ellos tres eran los únicos en el comedor de la posada. Ese día en particular se encontraban desayunando solos, puesto que los otros miembros de la familia desayunaron más temprano ya que saldrían a hacer un recado fuera. Viktor y Yuuri se encontraban muy callados, avergonzados porque minutos antes de que Yurio los alcanzara en el comedor habían tenido un pequeño accidente, uno donde el pelinegro tropezó y donde Viktor intento sostenerlo pero debido a la mala postura del momento, ambos terminaron irremediablemente en el suelo. Sus rostros quedaron demasiado cerca, sintiendo la respiración contraria e intercambiando miradas, sumidos en sus deseos de reducir la distancia entre sus labios, sin embargo los ladridos de Makkachin y Vicchan los regresaron a la realidad, haciéndoles notar lo que estuvo a punto de pasar y de que el pequeño rubio estaba llegando al comedor.
Yurio simplemente ignoro el extraño comportamiento de los mayores, aunque sentía cierta curiosidad por saber el motivo que hizo que ninguno levantara la mirada de la mesa mientras comían, se permitió por unos segundos observar la madera, ¿había algo diferente en la mesa? Él no veía nada, era la misma de siempre. Se encogió levemente de hombros restándole importancia al asunto, tenía prioridades.
― Quiero ir a un parque de diversiones. ―soltó de manera tranquila antes de llevarse una cucharada de arroz a la boca.
Ambos adultos levantaron el rostro y observaron curiosos al menor por el repentino tema, pero el pequeño actuaba como si no hubiera dicho nada. Creyeron haberlo imaginado, por lo que intercambiaron un poco avergonzados miradas en busca de respuesta pero solo vieron la misma duda en el contrario.
― ¿Un parque? ―se animó a preguntar Yuuri.
Si el pequeño no dijo nada solo obtendría una mirada confusa y en caso contrario, obtendría una respuesta.
― Sí, vayamos los tres. ―respondió el pequeño oji-verde.
― ¿Por qué tan de repente quieres ir a un parque de diversiones? ―pregunto Viktor incrédulo, su antisocial y arisco hijo quería ir a un lugar con mucha gente.
― Simplemente quiero ir. ―respondió cortante el menor.― ¿No se puede?
A Viktor se le dificulto pasar saliva un momento al ver una mirada en su pequeño llena de esperanza por su pedido y a la vez miedo ante la posible negativa. Incapaz de negarle algo, suspiro.
― Yo no tengo problemas pero este es el día de descanso de Yuuri, deberías dejarlo descansar. Vayamos solo nosotros dos…
― ¡No! ―grito el rubio interrumpiendo a su padre. ― Katsudon viene. ―Si el pelinegro no iba, la salida carecía de sentido.
― Yurio.
― ¿Verdad que vienes con nosotros, Yuuri? ―ignorando el tono de regaño de su padre fijo su mirada en el japonés. ― ¿Verdad?
― Yurio, no molestes a Yuuri. ―le regaño nuevamente Viktor.
La verdad era que él también se moría por que se realizara esa salida entre los tres, pero no quería causarle problemas al pelinegro, ya lo habían acaparado lo suficiente durante la semana como para robarle aquel poco tiempo que tenía para sí mismo.
― Él quiere venir. ―aseguro el menor, frunciendo el ceño porque su padre no ayudara y se interpusiera en su plan. ― ¿Te molesta que venga?
― ¡Claro que no! ―Viktor se apresuró a responder.― Pero Yuuri debe descansar, ha trabajado arduamente esta semana.
― Él no está cansado. ―negó el rubio, seguro de la gran resistencia que tenía su entrenador.
El joven Katsuki miro alternadamente a ambos rusos que comenzaron una riña, le causaba un poco de risa ver que en algunas ocasiones, Viktor olvidara su edad y de que su rival era menor, perdiendo la compostura y se peleara como un niño con su propio hijo.
― Que no. ―decía Viktor.
― Que sí. ―contraataco Yurio, gruñéndole a su padre.
― Yuuri, ¿quién tiene razón? ―preguntaron al unísono y con la misma expresión en su rostro.
El joven japonés no pudo evitar reír abiertamente repentinamente desconcertando a los extranjeros. Padre e hijo se observaron un poco avergonzados por su recién comportamiento, le habían mostrado una faceta vergonzosa a la persona que más querían impresionar, incluso a mitad de la pelea se olvidaron realmente del porque iniciaron la discusión. El pelinegro suspiro para tranquilizar su risa, regalándoles una sonrisa que tranquilizo a su compañía. Le había dolió un poco que el peli-plateado se negara al principio que los acompañara, no obstante se sintió estúpidamente feliz al oír que lo hacía porque le preocupaba que no descansara, gastando otro valioso día de descanso cuidándolos a ellos y es que le hacía feliz saber que Viktor consideraba su bienestar.
― Si a ninguno le molesta que yo vaya…
― ¡No nos molestas! ―le interrumpieron los rusos.
― Pero yo creo que deberías descansar, podemos ir otro día si…
― En realidad me gustaría ir. ―continuo el japonés de manera amable.― Agradezco que te preocupes, Viktor, pero Yurio también quiere ir y creo que es una buena idea salir a divertirse.
El ruso mayor miro al pelinegro, regresándole una sonrisa en respuesta.
― Bien, en ese caso vayamos al parque de diversiones. ―grito entusiasmado.
― ¡Sí! ―grito un poco más bajo Yuuri debido a la vergüenza pero animado ante la idea.
― Sí, es una cita.
― ¿Eh?
Ambos adultos miraron al pequeño, quien tranquilamente junto sus platos y se retiró para lavarlos, inevitablemente un sonrojo se apodero de sus mejillas. ¿Cita? ¿Era una cita? Aquella palabra se repetía en sus mentes una y otra vez, avergonzándolos por sentirse feliz al pensar en ello y es que siendo así, era algo muy importante. Una cita con la persona que te gusta es importante.
Lejos de la mirada de los adultos el pequeño rubio al lado de sus perrunos amigos observaba a escondidas a los mayores, bufando ante la actitud de sus padres, quienes se habían cubierto el rostro color rojo y habían empezado a rodar en el piso. ¡Por dios, eran adultos! Deberían comportarse como tal. Negando repetidamente prefirió alejarse, había descubierto que aquella palabra en verdad era efectiva.
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Después de que los adultos se tranquilizaran por la repentina emoción y terminaran de ordenar lo utilizado para el desayuno, tomaron las cosas necesarias para disfrutar de su salida a un parque de diversiones cercano. Avergonzados hasta cierto límite debido a que el pequeño Yurio los corregía y remarcaba de que aquello no era una "salida familiar" o "un paseo", era una "cita".
No tardaron mucho en llegar a su destino, un parque de diversiones modesto ya que no era ni muy grande pero tampoco tan pequeño, con las suficientes atracciones para pasar alegremente el tiempo en familia. El pequeño rubio observo el lugar con ojos llenos de emoción, veía en los diferentes juegos mecánicos grandes oportunidades de acercar a su padre y su futura "madre". Yendo en contra de los deseos del japonés, Viktor se encargó de pagar las entradas sintiéndose en verdad feliz por seguir pasando su tiempo al lado de las dos personas que amaba.
El peli-plateado vio cómo su pequeño Yuri avanzaba unos pasos tomado de la mano de su entrenador, quien le sonreía mientras le preguntaba a qué quería subirse primero, sonrió, para él aquella seria su primera vez en un parque de diversiones con su hijo, siendo realista todos aquellos paseos que había hecho con su hijo durante su estancia en Japón eran sus primeros paseos, le dolía admitirlo pero antes se encontraba tan ocupado en su carrera como patinador que raramente salía a algún lugar en familia.
Y los pocos paseos que tuvo con su ex-esposa y su hijo realmente no los había disfrutado, tal vez para Yurio eran grandes recuerdos ya que se encargó de que siempre se entretuviera en algo más pero mientras el infante disfrutaba de su alrededor, Viktor solo puede recordar los reclamos de su ex-mujer por cualquier cosa que hiciera y que a ella le pareciera mal.
Yuuri se sintió nervioso cuando un sonriente Viktor se colocó a su lado y le tomo su mano, no era la primera vez que el peli-plateado hacia algo así, pero aun no terminaba de acostumbrarse a tener tanto contacto con la persona a la que admiro por años. Tal vez para los extranjeros era un secreto pero no para la familia Katsuki, quienes sabían de sobra la gran fascinación que tenía Yuuri por el patinador mundial. Por años Yuuri miro a la lejanía la grandeza de Viktor Nikiforov, lo admiro e idolatro. Aprendió todo lo que pudo del ruso y aunque algunos pudieran tacharlo de acosador, él no lo sintió así, no deseaba a aquel hombre de manera enfermiza solo para él, solo deseaba conocer cosas de la persona por la cual sintió emociones muy fuertes desde pequeño.
La primera vez que vio a Viktor fue por la televisión que transmitía la final del Grand Prix final junior, fue cautivado desde el momento en que sus ojos color miel enfocaron la esbelta figura de aquella persona que parecía flotar sobre el hielo contando una hermosa historia. Fue hasta que llego a la adolescencia que descubrió que sus sentimientos de admiración se desarrollaron de manera inesperada, siempre se sintió atraído por las mujeres pero al final terminaba invocando la imagen de Viktor, encontrando fallas en aquellas mujeres. Quiso negar lo que su corazón le decía al considerar que posiblemente se trataba de un error, pero después de tener un sueño sugestivo protagonizado por el ruso y por él, le fue imposible negar más sus sentimientos.
Sin razón ni fundamento, estaba enamorado de Viktor Nikiforov, un hombre extranjero con fama mundial gracias a sus numerosas victorias en competencias sobre hielo y a su suerte en las inversiones que le concedieron grandes ganancias. En aquel entonces quiso reír y llorar al mismo tiempo, había encontrado a su persona amada, aquella que se convertiría en su todo pero el destino fue cruel y no le dio un bajo porcentaje de ser correspondido, sino que le dio un 0%. Comprendió que su amor era un imposible por lo que decidió continuar su vida, viendo a la lejanía a quien se robó su corazón sin saberlo y deseándole lo mejor de la vida, que continuara brillando en grandes escenarios.
Aun cuando la tristeza lo mato al enterarse de la boda de Viktor, deseo que fuera feliz y rogo por el bienestar de quien fue su primer hijo, aquel dulce niño a quien ahora sujetaba su mano mientras decidía a cual atracción quería subir primero, así como compartió su dolor al enterarse del motivo que lo llevo a viajar lejos de su país natal. Todos esos momentos al lado de padre e hijo eran como un sueño para el joven japonés, un sueño del que suplicaba nunca despertar y aunque ciertamente al principio se dedicó a huir de ellos, temiendo que si los veía en persona en vez de la televisión o el periódico solo sufriría, sumándole la vergüenza y nervios de tener a la persona amada tan cerca -en un sentido físico- y a la vez tan lejos -en un sentido sentimental-.
No obstante, su deseo de mantenerse al margen fue inservible al convertirse en el entrenador privado de Yurio, y aun en esos momentos no era como si tuviera la esperanza de ser correspondido, era realmente feliz solo estando a su lado y verlos sonreír. A lo único que anhelaba era ser testigo de su felicidad aun si en un futuro cercano se separaban nuevamente, rogando a los dioses que llegado el caso, tanto Viktor y el pequeño fueran amados de manera correcta por la mujer que se convirtiera en la nueva pareja del ruso mayor.
― Quiero ir a ese.
Saliendo cada uno de sus pensamientos, los adultos observaron en dirección en donde el pequeño señalaba, palideciendo un poco al ver que se trataba de la montaña rusa.
― ¿Se… seguro que… que quieres… su… subir a ese? ―tartamudeo Yuuri, sintiéndose repentinamente débil.
― Sí. ―aseguro.
― Pero…
― Quiero ir a ese. ―interrumpió firmemente el rubio con el ceño fruncido.
No permitiría que los adultos impidieran más el avance de sus planes, aquel juego era esencial, había leído en una revista de su futura tía Mari -en realidad fue ella quien le leyó el articulo-, que una cita en un parque de diversiones enamoraba más a las personas y que la mejor atracción que brindaría mayor acercamiento en las parejas era la montaña rusa, ya que siempre había alguno de los dos que temía por su seguridad en el juego y terminaba abrazando la persona a su lado.
― Creo que eso es mucho para ti…―Viktor intercedió, ocultando con éxito su deseo de tampoco experimentar la adrenalina en aquella atracción.
― Y es por eso que papá y Yuuri subirán por mí, ¿cierto? ―tomando la decisión de usar otra técnica, el pequeño los miro con ojos suplicantes y voz suave― Subirán y me dirán lo que se siente, por favor~
Justo en ese momento, Yuuri sintió la total seguridad de que el pequeño Yurio era en verdad hijo de Viktor, no era que antes dudara, pero era la primera vez que veía una actitud acorde con su edad en el menor. Muchas veces al día Viktor tenía una actitud infantil -lo cual lo hacía verse lindo- y por el contrario Yurio todo el tiempo parecía muy maduro -lo que provocaba que a veces olvidaran su edad real-, eran tan diferentes todo el tiempo y los roles parecían inversos -Viktor el hijo y Yurio el papá- y sin embargo en ese momento el rubio tenia la misma expresión suplicante que su padre. Ojos a punto de derramar lágrimas, un lindo puchero y ambas manos juntas rogando.
― Claro. / Está bien. ―aceptaron ambos adultos a la vez, incapaces de negarse.
― Y no se preocupen, yo estaré esperando en esta banca. ―informo el infante con seriedad, adelantándose para arruinar la última posible excusa de los mayores. ― No me moveré de ahí, ni hablare con ningún extraño. Y en caso de que me quieran robar peleare y gritare muy fuerte secuestro, ¿bien?
― Ah, sí. ―acepto Viktor.― Haz eso.
Ambos adultos se miraron avergonzados, tan nerviosos se sentían por tener que subir a aquella atracción, temiendo demostrarle al opuesto su terror y pasar un vergonzoso momento, que se olvidaron de lo más importante, la seguridad del pequeño que tendría que quedarse solo. Yurio se despidió de la mano al verlos avanzar hacia su destino, sonrió con malicia al tomar asiento e imaginar como por temor Yuuri se abrazaría a su padre, quien como todo hombre le regresaría el abrazo para confortarlo. Primera oportunidad del día, lista.
Después de un rato, el menor sonrió al visualizar a los adultos que caminaban hacia él, su sonrisa se esfumo y frunció el ceño al sentirse realmente confundido cuando en vez de verlos tomados de la mano y sonriéndose, estaban separados por una pequeña distancia y cada uno mirando al lado contrario. Por lo que veía su plan había fallado, no habían tenido ningún acercamiento.
― Regresamos. ―anuncio Viktor, sonriendo a su pequeño.
― ¿Y bien? ―pregunto de manera forzada el rubio, no pudo evitar hacerlo con la esperanza de que las cosas fueran mejor de lo que se mostraba en el rostro de los adultos.
― Ah… si… bueno…―el señor Nikiforov tartamudeo, desviando el rostro para que su retoño no viera su sonrojo.
― ¿Katsudon? ―miro al pelinegro al no obtener respuesta satisfactoria de parte de su progenitor.
― Es… es… estuvo bien. ―igualmente tartamudeo con el rosto rojo, caminando rápidamente.― Bien, ¿entonces a donde vamos ahora?
El niño suspiro, pidiendo a los dioses por un poco de paciencia, en sus planes no estaba la palabra rendición.
― Quiero ir ahí. ―señalo la casa del terror.
Los adultos asintieron aunque un poco preocupados por el menor, ignoraban que tan valiente podría llegar a ser. Una vez que entraron la oscuridad los invadió, algo que ambos adultos agradecieron ya que realmente querían evitar ser vistos después de lo sucedido en la montaña rusa. Y es que lo que le ocultaron al infante era demasiado vergonzoso.
Durante la atracción anterior se sentaron uno al lado del otro justo en el primer carrito, un poco nerviosos sonrieron cuando el juego mecánico comenzó. La adrenalina comenzaba a sentirse así como la anticipación de lo que vendría. La subida no fue problema para ninguno, de hecho disfrutaban de ello, lo vergonzoso y lo que les impedía verse a los ojos directamente vino después, una vez el carrito comenzó el descenso ambos gritaron y alzaron las manos, riendo por la velocidad. Y justo cuando la subida más alta llego, Viktor no pudo evitar abrazar a Yuuri, sintiendo que el carrito saldría de las vías.
Sus rostros estaban tan juntos que sus mejillas se tocaban, los brazos del ruso estaban sobre los hombros del japonés, mientras que las manos del pelinegro estaban rodeando el torso contrario, ambos gritando, disfrutando, asustados y sintiendo la adrenalina recorrer sus venas. Ninguno noto el cómo se tocaban hasta que al final, cuando el carrito se detuvo en la meta, giraron un poco el rostro y sus labios se unieron. Sorprendidos por el beso accidental tardaron en reaccionar hasta que el encargado del juego les llamo pidiendo que bajaran para que los demás pudieran subir. Torpemente bajaron y se distanciaron para ocultar el sonrojo que los atacaba, llegando al lado de Yurio con la vergüenza de lo sucedido.
Yuuri salió de aquel recuerdo cuando sintió unos pequeños temblores en su cuerpo mientras caminaban, era imposible que fueran por que tuviera miedo, después de todo había estado sumido en sus pensamientos y no puso atención a las dos primeras apariciones. Miro hacia abajo y ayudado con la poca iluminación pudo visualizar a un dulce rubio aferrado a su pantalón, y los temblores provenían de aquellas pequeñas manos estrujando su pantalón. Sonrió un poco y toco el hombro del ruso mayor para llamar su atención y señalo con su dedo al infante. Viktor le regreso la sonrisa al pelinegro olvidándose de lo sucedido en la montaña rusa, tomando en sus brazos a su hijo. Tal vez Yurio era muy maduro pero después de todo seguía siendo un pequeño temeroso de la oscuridad y los monstruos que habitaban en ella.
Cuando habían entrado en la casa y la oscuridad los rodeo, Yurio recordó algo muy importante… la oscuridad no era su amiga. Quiso hacerse el valiente pero mientras más estaban ahí, toda valentía se esfumaba por culpa de las personas que aparecían con horribles disfraces, la música de fondo tenebrosa, término buscando refugio con el pelinegro, aferrado al pantalón del mayor hasta que repentinamente fue levantado en los brazos protectores de su padre, acariciado y confortado por unas dulces palabras de parte de su "mamá". Sí, eso fue lo único que necesito para poder aguantar aquel espantoso lugar, sentirse rodeado de dos personas que lo amaban.
― Jajá… Yurio, no recordaba que fueras tan cobarde. ―dijo el mayor una vez el pequeño se tranquilizó gracias al japonés, en un tonto intento de distraerlo para que olvidara su temor.
El rubio iba a gritar en su defensa pero enmudeció ya que sin que ninguno se lo esperara, una mano huesuda toco el hombro del peli-plateado y rozando su manita que tenía ahí.
― ¡Kyaaa! ―un grito poco varonil provino de parte de Viktor y de Yurio.
Los rusos terminaron abrazados al pobre de Yuuri, ahorcándolo. El joven Katsuki sonrió un poco, aunque le había asustado en un principio la calaca, la olvido por completo al oír las palabras en ruso que soltaban sus acompañantes. Como buen japonés, su nivel ante el terror estaba por encima de muchos, no cualquier cosa lo asustaba.
Una vez salieron de la casa del terror la familia no tarda en seguir divirtiéndose en las demás atracciones. Y aunque los adultos estaban pasándola bien, el humor del menor empeoraba con cada juego mecánico al que subían y es que a pesar de que hacía de todo por juntar a sus padres, ellos terminaban colocándolo en medio. Suspiro, las cosas no iban como deseaban. Comenzaba a pensar que su única solución sería confesar su deseo en voz alta hasta que lo vio, su posible salvación.
En uno de los locales de comida del parque de atracciones había un enorme promocional de una bebida para parejas o al menos eso pudo interpretar gracias a las fotografías del cartel, porque en realidad no sabía leer las letras escritas en japonés. Les dijo a sus padres que tenía hambre, viendo por un segundo su plan arruinado debido a que Yuuri había preparado un obento para la familia, no obstante, sonrió cuando el japonés se disculpó al olvidar lo que beberían.
Señaló el cartel de la bebida, los adultos aceptaron pedirla. Yuuri fue el encargado de encargarla, aunque lo hizo con un sonrojo, era la primera vez que pedía una bebida para parejas y el nombre no ayudaba a omitir el detalle, "Licuado del amor".
Se sintió mejor, al fin algo comenzaba a salir bien, o eso creyó al ver los dos popotes que traía el jugo, más no contó con que sus padres no quisieran tomárselo juntos o más bien, fue Viktor quien se negó a probarla debido a que no le gustaba el kiwi, la fruta principal de la bebida. *¡Maldito viejo arruina planes!* Pensó el rubio irritado hasta que Yuuri lo invito a compartir entre ellos.
— ¿O no quieres compartir conmigo? —pregunto dulcemente el pelinegro al no obtener una respuesta del niño, quien sólo lo miraba como si le hubiera salido otra cabeza. — ¿Yurio?
— No... No es que... Que me moleste compartirla contigo...—tartamudeo el rubio al tener los ojos de su entrenador en su personita— Yo... Yo fui quien la pidió... Tu... Tú eres el que tomará... Tomará de mi bebida...
Ambos adultos hicieron un esfuerzo sobrehumano para contener la risa enternecida que les causaba ver los nervios en el pequeño, el cual estaba sonrojado hasta las orejas y con el rostro fijo hacia la mesa para que no lo vieran. No lo admitiría pero el menor se sintió feliz al compartir el jugo con su futura "madre", nunca rechazaría algún recuerdo con él.
Quien terminó riendo y enojando al pequeño, fue Viktor, ya que no pudo aguantar más cuando su hijo completamente rojo de vergüenza tomaba jugo al mismo tiempo que lo hizo el japonés. Yuuri miraba fijamente a su compañero para no perder detalle de las reacciones del infante.
Aprovechando que el peli-plateado era víctima de los abundantes golpes de su hijo a causa de que se rio, Yuuri al fin pudo soltar una leve risa al ver tan cómico y feliz momento, los rusos detuvieron su pelea y admiraron la risa del tercero uniéndose al poco rato.
Después de golpear al ruso mayor, pasar un lindo momento familiar durante la comida y de reposar un rato mientras hablaban, el pequeño Yurio decidió la siguiente atracción, una en la cual desquitaría el estrés acumulado de ese día en el que nada salía como quería.
― ¡Quiero jugar eso! —señalo en dirección a los carritos chocones.
― Claro, será divertido. —acepto Viktor, en verdad estaba disfrutando de esa salida familiar.
Cada uno se sentó en diferente carro, algo que alabó el menor ya que al menos le permitirían manejar uno. Era la hora de la venganza. Sin piedad empezó a chocar contra los carros de sus padres, los cuales le regresaban el golpe con menor fuerza.
― Yurio, no juegues tan rudo. —exclamo su padre preocupado porque se lastimara.
Más aquello fue un grave error, el rubio se fue en su contra con mayor fervor, después de todo era por culpa de Viktor que nada avanzará. Al acabar el juego el infante se encontraba más relajado, había dejado salir su estrés de una manera que disfruto al lado de los adultos, quienes al rendirse de que no haría caso sobre no ser rudo se permitieron reír y disfrutar del juego.
Se sintió tan cansado después de dos atracciones más en las que rendido en su plan -por ese día solamente - solo se divirtió. Había sido un día tan largo y estresante, pero lo había pasado muy bien. A punto de marcharse habían hecho una parada en unas bancas cerca de los baños, a los cuales Yuuri había ingresado dejando a los rusos esperando. Yurio comenzó a cabecear a causa del sueño que le invadió, quedando dormido segundos antes de que el japonés saliera.
— Creo q es hora de retirarnos. —dijo el pelinegro al estar al lado de los extranjeros y ver al dulce angelito que dormía en la banca.
— Si, es lo mejor. —apoyo Viktor con una sonrisa en su labios.
— Déjame ayudarte. —pidió el joven entrenador.
El peli-plateado acepto, por lo que el contrario tomo en sus manos los peluches que Viktor había ganado tanto para su hijo como para él en los juegos de azar, dejando al ruso mayor la libertad para que tomara en brazos a su hijo.
En un cómodo silencio se encaminaron hacia la salida, habían disfrutado de la salida y la sonrisa en los labios del contrario les informaba que también lo hicieron. Cerca de la entrada, Yuuri se detuvo viendo a Viktor que se había detenido repentinamente pasos atrás.
— ¿Viktor? —atrajo la atención del mayor, quien con una sonrisa e hijo en brazos lo miro.
―Vamos ahí. —señalo la noria.
— ¿Eh? —Yuuri lo miro confundido — Pero Yurio…
― No creo que despierte. Será el último juego, lo prometo. ―le dijo de forma tranquila acercándose para tomarlo de la mano y halarlo hasta la atracción― Además, ¿no crees que para Yurio sea una buena vista la que hay en la cima en caso de que despierte? ―agrego al notar la duda en los ojos cafés.
Yuuri asintió con un poco de más confianza, estaba seguro de que en caso de que el rubio despertara en verdad disfrutaría el paisaje. El menor parecía tener cierto gusto por las alturas, o eso creía debido a que los juegos en que Yurio parecía más interesado subir eran las atracciones de altura, lástima que en algunos no pudo ingresar debido a su edad, sin embargo se encargó de obligar a Viktor y a él a subir para que después le contaran que tal estuvo.
Los tres entraron a la cabina de la noria, en donde se sentaron de frente. Yuuri con los peluches a un lado y el ruso mayor con su pequeño en el regazo. El silencio no era incomodo, aunque el japonés comenzaba a alterarse al tener la mirada azulina de su acompañante sobre él.
―Yuuri…
― ¿Qué… que sucede? ―tartamudeo, evitando mirar al mayor.
Viktor sonrío tranquilamente, apretando el pequeño cuerpo de su hijo contra el suyo buscando un poco de valor para confesar lo que había estado guardando desde hacía varias semanas.
―Sé que es repentino lo que te diré pero…―respiro profundamente, dejando escapar el aire antes de volver hablar― Me gustas.
― ¿Eh? ―al fin intercambio mirada con el contrario al no creer lo que escucho.
― Me gustas y quiero… No. ―se corrigió― Me gustaría que formaras parte de nuestra familia.
Decir que estaba feliz era poco, sus mejillas enrojecieron totalmente cuando su mente proceso aquellas palabras. Movió sus labios para decir algo pero el sonido nunca salió, comenzaba a temer que todo aquello fuera un sueño o algo creado por su imaginación que había imaginado escenarios parecidos en el pasado. Se forzó a concentrarse en su alrededor para asegurarse de que aquello era la realidad.
La adrenalina que circulaba por sus venas, el acelerado ritmo de su corazón, la presencia de la persona enfrente de él y solo para asegurarse un pellizco en su mano derecha, fue lo que le aclaro a Yuuri que aquello era real. Una sonrisa boba amenazaba con formarse en sus labios por culpa de la felicidad que sentía. En verdad le parecía un sueño que el hombre del que siempre estuvo enamorado le dijera que lo quería. ¿Era siquiera posible eso?
El hecho de que se conocieran actualmente y fueran amigos ya era algo que años atrás pensó era imposible. Estuvo a punto de contestar con un efusivo grito que declarara también sus sentimientos, pero al momento de buscar un poco de valor agacho su mirada, topándose con algo que no considero en todo ese tiempo.
El pequeño Yurio dormía pacíficamente sobre las piernas de su padre. Fue en ese momento que otra realidad llego a su mente, el menor seguramente necesitaría y querría a una madre, a alguna mujer que le brindara un amor incondicional al lado de su padre. Por supuesto que él amaba a ese niño y estaría dispuesto a cuidarlo con tanto o más amor que cualquier mujer, pero no sabía si eso era algo que querría Yurio.
Después de todo, ellos no serían una pareja convencional, una pareja de hombres debía enfrentarse a las habladurías y muchas cosas más, y aunque claramente estaba dispuesto a pelear al lado de Viktor contra el mundo, ya que no le importaba lo que dijeron de ellos personas ajenas, la situación cambiaba si se trataba del pequeño rubio. Estaba seguro que no podría soportar un rechazo de ese ángel y era más que obvio que Viktor tampoco lo soportaría. Había tantos contras. No podía confesar su amor, el cual debía permanecer en secreto.
― ¿Yuuri? ―pregunto Viktor con un poco de angustia al no tener respuesta― ¿No quieres salir conmigo?
―Yo… yo lo siento. ―el corazón del peli-plateado se detuvo ante el rechazo― Pero no puedo salir contigo.
― ¿No te gusto? ―pregunto con voz quebrada, nunca considero ser rechazado.
―Yo… yo… no es que no me gustes. ―tartamudeaba con la mirada abajo y las mejillas rojas.
― ¡¿Entonces?! ―grito más fuerte de lo que pensó.
Viktor arrullo a su pequeño que se movió inquieto cuando trato de acercarse a Yuuri para abrazarlo y exigirle una respuesta más satisfactoria, no estaba dispuesto a rendirse sin pelear. Era consciente que pudo haber tomado por sorpresa al menor pero algo dentro de él le decía que Yuuri también lo quería, que era mutuo aquel sentimiento. No se rendiría fácilmente. Tomo una mano del japonés para brindarle apoyo y que continuara hablando, acariciándola antes de entrelazar sus dedos.
― Pero… ¿y Yurio?...―ante la pregunta comprendió el temor de su amor nipón― No creo que le guste que su padre salga con un hombre…
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RW Contestados...
Adriana454 ¡No te daré nada! ¡Soy malvada! Me alegro que te gustara, no te preocupes no eres la única directa. Nos vemos~
angel' -love Qué bueno que te gusto, actualizare lo más pronto que pueda. Bye~
Me alegro que te guste, y no te hago esperar con la nueva actualización y Viktor no acosa a Yuuri, solo se es el deseo de saber todo de la persona querida, incluso tenerla en la cama pero no es acoso. Adiós~
Guest Que bueno que te gusto, espero te guste el nuevo capítulo. Bye~
IZZY No tienes que preocuparte por ello, acabare la historia. Espero te guste el nuevo capítulo. Nos vemos~
Coco Me alegro que te haya gustado, aquí está la continuación y espero que el último capítulo te guste.
sakura uchiha Haruno Yo también puedo imaginármelo, gracias y me alegra que mi redacción te guste.
GriisleChan Me alegra que te guste y espero disfrutaras del nuevo capítulo n3n
kaname lin-chan Que bueno que lo disfrutes.
Icara Jajá Yo también logro imaginármelo, Yuuri sería una madre histérica. Nos vemos~
SatachiUchiha1 Pedido escuchado.
DarkDragonfly ¡Hola! Me alegra que te haya gustado aun cuando no leas AU, espero disfrutaras del nuevo capítulo. Bye~
Aly Zama ¡Yurio de niño es un amor! Me alegro que te gustara el cap uno y espero que el dos te guste. Bye~
HaruSong Gracias, me alegro mucho.
Serena Azul ¡Me alegro! Me alegra que te gustara que Viktor fuera padre de Yurio, bueno yo soy de las que pienso que Viktor esta viejo para seguir patinando xD
Uta no monogatari Me alegra que te encantara todo, tanto mi redacción como la historia. Espero que el nuevo capítulo lo disfrutaras y te encantara las travesuras de Yurio.
New comencement Gracias. Me alegre que te gustara, yo adoro a Yuri, amo a su molesto a su padre e idolatro a su lento sensei, por el contrario, gracias a ti por leer este fic. Bye~
AnaVanderWaal Claro que Yuri es la cosa más hermosa del mundo con ocho años, espero que no estuvieras gritando en la calle y te vieran mal por mi culpa. Yo también solo tuve rosca y atole, lamento la demora en la actualización. Bye~
Angeli Murasaki Gracias por comentar y espero te gustara el nuevo capítulo.
Laraila Me hace feliz que te gustara.
Yukihana: Jajajaja… la verdad no sé qué decir, gracias por el apoyo a esta pequeña historia. En verdad me hace muy feliz el gran recibimiento que tuvo el primer capítulo. Ahora traigo la continuación y en unas semanas espero subir la última parte de esta pequeña historia, deseando continuar teniendo su apoyo. Muchas gracias. Los comentarios son agradecidos. Recuerden que soy de las autoras que entre mas apoyo vea en la historia mas rápido actualiza.
Nos vemos~
Bye~ Bye~
