¡Hola de nuevo mis amados lectores!
Aquí me reporto de nuevo con actualizaciones tras largos días de espera.
Bueno, tras dejarles el prólogo anterior, aquí les traigo el primer capitulo de esta historia nueva.
Espero que les guste.
Y sin más que agregar… ¡A leer!
01- Bienvenido
Atem bostezó por tercera vez consecutiva, observando con aire distraído el atardecer que se ahogaba en el límite entre el mar y el cielo.
Aquellos rayos anaranjados iban muriendo paulatinamente, arrastrando consigo a la luz del día y autorizando el ingreso de las sombras nocturnas.
La blanca espuma del mar le cubría los pies descalzos y la brisa marina, fría y fuerte, le alborotaba tenuemente su peculiar cabello tricolor. Sus ojos color violeta con leves destellos escarlata seguían observando el mismo lugar. Aquella línea recta que delimitaba al cielo y al mar ya comenzaba a perder su nitidez, al punto en que ya no podía ser divisada.
Se apartó un mechón rubio de la cara y giró sobre sus talones, dispuesto a regresar a ninguna parte. Dio siete pasos, se inclinó a recoger sus zapatos, volvió a erguir su postura y siguió con su trayecto. Volvió a detenerse, esta vez para colocarse su calzado y siguió su rumbo sin destino.
Con el rostro inexpresivo y la mirada apagada.
De hecho, siquiera comprendía por qué estaba allí, en Ciudad Domino, en primer lugar. De un momento a otro su familia, en especial su padre, había tomado la decisión de enviarlo a aquella ciudad lejos de Egipto, su tierra natal. Siquiera consultaron su opinión.
Aunque, claro… ¿Cuándo lo habían escuchado en su vida? Nunca, era la respuesta.
Excepto cuando se trató de…
Sacudió la cabeza con brusquedad, disipando los pensamientos que trataban de colarse sin su consentimiento. Odiaba recordar aquello. Pues solo le ocasionaba más dolor.
Intentando distraerse de aquellos recuerdos cargados de amargura, intentó analizar meticulosamente el por qué de su instancia allí. Recordaba las palabras huecas de su padre; que al llegar se detuviera en la orilla de la única playa existente en la ciudad, cuya ubicación era junto al puerto. No le dio más detalles, como cuanto tiempo, para qué o si debía esperar a alguien.
Ahora que lo pensaba con mayor claridad, el único idiota había sido él mismo, por seguir tales ordenes sin siquiera consultar el por qué, o al menos indagar el objetivo de todo eso.
Suspiró frustrado y se restregó los ojos con el dorso de la mano, intentando quitarse el enfado consigo mismo. Fue en vano.
La brisa helada le recordó la presencia de la noche y la necesidad básica de encontrar un lugar donde alojarse. Alternativa al parecer imposible de conceder. Apenas si tenía dinero y en la mochila que cargaba en su espalda solo llevaba algo de ropa. No tenía teléfono celular. Odiaba esos pequeños aparatos capaces de hipnotizar e idiotizar a las personas. Decidió comenzar por abandonar las ya excesivamente heladas arenas de la playa.
- ¿Atem Aranki?
Su nombre y apellido anunciados por una voz desconocida le hicieron detenerse en seco. Confundido, mas no asustado, se giró sobre sus talones, encontrándose de frente y a poco menos de un metro de distancia de la persona que le había llamado. Un chico de piel morena como la suya, ojos rasgados y cabello hasta los hombros, algo rebelde y color amarillo cenizo le observaba con una mueca similar a un amago de sonrisa. Vestido de jeans, polera sin mangas de color negro y un collar de oro que cubría su cuello. Por sus rasgos y aquel adorno, Atem sospechó que era egipcio.
- ¿Te conozco? – dijo con frialdad.
- Tomaré eso como un sí a mi pregunta – el contestó el desconocido con expresión divertida – aunque no fue difícil reconocerte con ese cabello.
- ¿Cómo sabes de mí? – inquirió Atem a la defensiva.
- Es una larga historia – resumió el chico – Por cierto, mi nombre es Marik Ishtar. Tu padre dijo que te encontraría aquí.
- ¿Mi padre? – repitió el tricolor aun más confundido que antes.
- Aknakanon Aranki – reafirmó Marik – Al parecer los rumores no mentían respecto a que era un hombre muy reservado.
- Yo no sé nada al respecto – dijo el contrario exigiendo una explicación implícitamente – Me envió aquí sin darme razón alguna.
- Muy reservado – murmuró el joven de cabello cenizo para si mismo mientras llevaba una mano empuñada a su mentón – Supongo entonces que no tienes ni la más remota idea de por qué le pedí a tu padre que te enviara aquí.
- ¡Ve al asunto y dilo! – exigió el otro ya al límite de su paciencia.
- No es buena idea discutirlo aquí – respondió Marik – Acompáñame. Te lo explicaré en el camino o cuando lleguemos a destino.
- ¡No iré a ninguna parte contigo! – se negó Atem, cruzándose de brazos y mirando desafiante a su interlocutor – No te conozco.
- ¡Hey! Que desconfiado – se quejó el joven fingiendo indignación – A pesar de que compartimos raíces. Yo provengo de Egipto.
- No me vengas con excusas baratas – amenazó el tricolor, a la vez que confirmaba su idea de que el adolescente frente a él también era de origen egipcio.
- Tu padre ya me advirtió sobre tu excesivo orgullo, así como de tu amplio conocimiento y habilidad en artes marciales y defensa personal – relató perezosamente Marik – Y no quiero acabar con una costilla rota o postrado en la cama de un hospital por tu culpa. Así que haré las cosas fáciles.
Atem pudo haber jurado que una sonrisa algo retorcida se había formado en los labios del otro chico de piel morena. Esto activó sus cinco sentidos, alerta a cualquier movimiento sospechoso. Marik llevó su mano derecha hacia el bolsillo de su pantalón del mismo lado, extrayendo un curioso cetro que llevaba calcado el ojo de Horus. Lo colocó con brusquedad delante de él, apuntando al tricolor.
- ¿Pero qué…? – soltó el señalado.
- Buenas noches – sentenció con malicia Marik. Del objeto dorado escapó un brillo amenazante que cegó por una centésima de segundo a Atem. Su cerebro se desconectó, sus sentidos se apagaron y sus perdieron el poco brillo que indicaba que estaba vivo. Ni un solo suspiro escapó de su boca levemente entreabierta. Finalmente, su cuerpo cayó pesadamente sobre la arena, aun con sus orbes abiertos y muertos.
- Esto me costará un buen regaño por parte de Ishizu – murmuró Marik para si mismo mientras regresaba el cetro a su bolsillo – Pero, tratándose de alguien como este sujeto, mejor no arriesgarse.
Se acercó al cuerpo inerte del tricolor y cogiéndole de los brazos, lo arrastró por las arenas de la playa, extrañado en cierto punto de lo ligero que era el chico.
Llegó hasta una camioneta color grisáceo que permanecía mal estacionada en la carretera. Abrió la puerta de atrás, donde iban los pasajeros, y subió el cuerpo de Atem sin ningún cuidado. Una vez que lo dejó sentado, cerró la puerta trasera y avanzando hasta el puesto del conductor, abrió la puerta y se sentó al volante. Arrancó con cuidado, vigilando cada cierto tiempo que la cabeza del otro chico no azotara contra alguna zona sólida. O tendría peores problemas de los que ya tenía.
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Sentía que su cabeza le daba vueltas, generando una sensación muy desagradable. Era como si toda la sangre se le hubiese acumulado en esa zona, generando una sensación palpitante y dolorosa. Abrió los ojos con lentitud, tratando de evitar que aquel dolor físico creciera o se expandiera.
Para su sorpresa, notó que ya no se encontraba en la playa. Todo a su alrededor era oscuridad absoluta. Lo último que recordaba era a aquel sujeto apuntándole con un cetro extraño y murmurando algo entre dientes…
¡Alto! ¿Qué demonios le había hecho? ¿Por qué de repente había sentido que su cuerpo no respondía y que su mente se apagaba de un solo golpe?
"Maldito bastardo" pensó con veneno.
Hubiese hecho lo que le hubiese hecho, había provocado que perdiera el conocimiento y que ahora se encontrara en aquel oscuro y enigmático lugar.
¿Acaso era un secuestro?
Con gran esfuerzo, trató de incorporarse, pues aun sentía el cuerpo dormido y la cabeza pesada. Impulsándose con ayuda de sus manos, comenzó a erguirse hasta al menos conseguir sentarse sobre sus rodillas. Se llevó una mano a la cabeza, gruñendo ante la dolencia infernal que sentía aún.
- Maldito dolor de cabeza – masculló entre gruñidos roncos.
Un chasquido similar al de un pestillo siendo removido lo alertó en el acto. Viró despacio su cabeza, mirando hacia la dirección desde donde creía haber oído ese sonido.
Efectivamente, en medio de las sombras, una línea recta de luz se marcó no muy lejos de donde él se encontraba. Reconoció de inmediato que era una puerta abriéndose. Parpadeó un par de veces, intentando acostumbrarse al halo de luz que ingresaba en el reducido espacio. Una silueta desconocida bloqueó el paso de aquel resplandor. Atem se bloqueó los ojos con el antebrazo, intentando reconocer a la persona al mismo tiempo.
Era de apariencia femenina, mas no de alguien que conociera. Vestía, al parecer, una larga túnica color crema con decoraciones en los bordes que casi tocaban sus pies cubiertos por zapatos de color café abiertos. Cabello negro hasta la cintura. Y a pesar de la oscuridad que cubría su parte delantera, unos ojos azules, exóticos y profundos lo miraban con seriedad y consternación.
- Lamento los inconvenientes – se disculpó la mujer. Su voz era profunda, segura y a la vez hermosa – ¿Se encuentra bien?
- Mi cabeza… me duele demasiado – se quejó el tricolor – Siento que me podría estallar.
Escuchó nuevamente los pasos de la mujer acercarse hacia su persona. Una mano tibia se posó en su frente. El joven alzó la mirada, algo desconcertado, encontrándose con la mirada fija contraria. Una cálida sensación le embargó y parecía provenir desde la mano de la mujer. Cuando esta se retiró, el dolor de cabeza ya no se sentía tan punzante. Era soportable al menos.
- Me disculpo por los métodos empleados por mi hermano para haberte traído hasta aquí – insistió ella.
- ¿Marik? – recordó el tricolor el nombre del acusado. La mujer frente a él solo asintió.
- Mi nombre es Ishizu Ishtar, hermana mayor de Marik Ishtar y representante del plano terrenal.
- ¿Cómo dice? – Atem ladeó la cabeza, haciendo un mohín de confusión. No entendía absolutamente nada.
- Veo que mi hermano no te explicó al respecto – ella movió la cabeza de un lado a otro a modo de negación, o mejor dicho reprobación – Te lo explicaré todo, Atem.
- Eso espero – respondió desafiante el egipcio mientras se ponía de pie muy despacio. Una nueva punzada le atacó la cabeza, pero no dijo ni hizo algo al respecto.
- Atem Aranki – lo nombró ella con formalidad – Tú eres… uno de los senshi espirituales que hemos estado buscando.
- ¿Senshi? – repitió el tricolor sin comprender.
- Guerrero – explicó Ishizu – Un guerrero capaz de comunicarse con el plano espiritual.
- No quiero ofenderla, pero sus palabras no me han explicado absolutamente nada – reclamó él en un intento de no perder la paciencia – Es más, me encuentro aun más confundido que antes.
- Permítame explicar desde el principio – dijo la egipcia, luego dio pie de inicio a su relato y explicación – Nuestra cultura, así como muchas otras, apoyan el concepto de la existencia terrenal y espiritual. Dos planos que conviven y forman un equilibrio. Del mismo modo, la luz y la oscuridad existen en ambos espacios y ambas poseen un equilibrio aparte y propio.
- ¿Y eso que tiene que ver con el hecho de que prácticamente me secuestraron y trajeron hasta aquí? – alegó Atem.
- No lo considere como un secuestro, joven Atem – habló calmadamente Ishizu – Su padre no mostró resistencia alguna cuando le pedimos explícitamente que nos permitiera traerte hasta aquí.
- ¡Ese bastardo haría cualquier cosa para deshacerse de mí! – alzó la voz el tricolor. La sola mención de su progenitor provocaba que le hirviera la sangre de rabia.
- No es necesario que grite, joven Atem – dijo Ishizu – No estoy sorda.
- ¡Usted no tiene la más mínima idea de la clase de monstruo que es mi padre! – siguió quejándose el otro – ¡De haber sabido que planeaba enviarme aquí, hubiese hecho cualquier cosa para evitarlo!
Ishizu resopló en señal de creciente fastidio. Sin duda alguna, Atem no era fácil de tratar. Ya comenzaba a comprender, pero sin justificar, por qué su hermano había recurrido al método del "Mind Crush" temporal para llevarlo a ese lugar. Incluso el padre del chico había hecho alusión de su complejo carácter.
- Joven Atem, no es de mi incumbencia ni mucho menos de mi interés los conflictos familiares que usted tenga – retomó ella la palabra – Pero la razón por la cual usted está aquí, es porque necesitamos tu ayuda.
- ¿Y qué es exactamente lo que quieren de mí? – exigió saber Atem de una buena vez. Se tomó la molestia de antes de hablar, inhalar y exhalar profundamente para no explotar.
- Nuestro plano y el que lo sostiene, o sea el espiritual, se encuentran en un enorme peligro – explicó la egipcia con voz consternada – El equilibrio de la luz y la oscuridad en el segundo plano se ha destruido y eso amenaza la existencia de la humanidad.
- ¿La existencia de la humanidad? – repitió Atem incrédulo.
- Si el equilibrio en uno de los dos planos se rompe, ambos mundos podrían destruirse – prosiguió ella – Tanto la luz como la oscuridad deben permanecer al mismo nivel. Y ahora en el plano espiritual, la oscuridad ha predominado. Nosotros para definir esa oscuridad, la llamamos Tenebris.
- ¿Tenebris? – volvió a repetir el tricolor. Aquella información comenzaba a abrumarlo.
- Tenebris es la oscuridad más peligrosa que puede existir para los seres humanos, dado que pertenece a un plano que difiere de este – continuó Ishizu – Y como si eso fuera poco, su poder puede verse alimentado por la oscuridad del plano terrenal. De la oscuridad del corazón de las personas.
Atem se abstuvo de decir algo. Si bien aquella explicación podía parecer extraída de un cuento de hadas o una vieja leyenda, no podía ser una invención de la mujer parada frente a él. Después de todo ¿Qué podía ganar ella con decirle todo eso?
- Tenebris aun no ha traspasado los límites de ambos terrenos – continuó Ishizu tras un momento de silencio – pero sí ha conseguido que los demonios que pertenecen a sus dominios se hayan adentrado en el plano terrenal y ya lograron que varias personas de corazón vulnerable a las tinieblas ya hayan sucumbido a ellas.
- ¿Y qué se supone que debo hacer yo al respecto? – inquirió Atem cruzándose de brazos en una pose con cierta arrogancia.
- No te creas tan especial, joven Atem – le detuvo la mujer – No eres el único senshi al que hemos encontrado.
- Aún no me has aclarado el por qué de mi presencia aquí – reclamó el joven de mala gana.
- Tenebris no puede ni debe ser destruido, debe volver a su lugar correspondiente e impedir que sus dominios se sigan expandiendo – respondió la mujer de cabellos negros – Los seres espirituales que corresponden a la luz son los que deben hacerse cargo de esa tarea, mas no pueden hacerlo solos. Necesitan el apoyo del plano terrenal, para así eliminar a quienes conforman a Tenebris y que ya pisaron este plano.
- ¿Te refieres a los seres provenientes de las tinieblas que rompieron las reglas y ahora están en este plano, alimentándose de la oscuridad de personas débiles que escogieron sucumbir a la oscuridad? – intentó resumir Atem y a la vez indicar que el tema ya estaba más claro para él.
- Veo que comprendes rápido – dijo Ishizu con vaga sonrisa – Pero los seres espirituales no pueden combatir por si solos si pisan este plano. Necesitan establecer un lazo de comunicación y conexión a través de un senshi, pues ellos son los únicos con la capacidad de controlarlos de la forma adecuada.
- ¿Es por eso que me han traído hasta aquí? – preguntó el tricolor.
- Así es, joven Atem – contestó la mujer de cabello negro – Y yo como representante del plano terrenal y con la ayuda de los representantes del plano espiritual, hemos conseguido localizar a los pocos senshi que aun siguen con vida. Tú eres uno de ellos, Atem Aranki. Y por eso, te pedimos que te unas a nuestra causa.
El aludido guardó un profundo silencio, haciendo un recuento mental de toda aquella conversación con Ishizu. La sola mención de Tenebris le causaba cierto temor, aun cuando la explicación de la mujer frente a su persona resultaba algo confusa y hasta fantasiosa. Pero su sexto sentido le repetía con insistencia de que aquellas palabras no eran una simple invención.
Pero ese no era el verdadero dilema; eso era qué decisión tomaría el joven al respecto.
Si se quedaba y aceptaba unirse a la causa, o dar pie atrás y fingir que nada de ello había pasado.
Aunque…
Si lo analizaba mejor, no ganaba ni perdía nada independiente de lo que escogiera.
Si se negaba a aceptar, debería volver…
¿Volver a dónde? ¿A ese lugar de Egipto que ocupaba cientos de hectáreas llamado propiedad o casa? ¡Primero muerto!
Ya de antemano a lo que estaba ocurriendo estaba resentido. Y con este nuevo secreto, había sido la gota que desbordó el vaso. Era muy obvio, a sus ojos, que su padre se había aprovechado de las circunstancias para quitárselo de encima de una vez.
Y eso… era imperdonable.
Marcharse en ese momento era el equivalente a vagar en medio de la nada.
Pero si se quedaba, solo Ra sabía que sería de él. El solo saber que era un senshi o lo que fuera, le despertaba su estado de alerta. Algo realmente peligroso se ocultaba tras ese término y desconocerlo era una gran desventaja.
Sin embargo, si se quedaba al menos tendría techo y comida por un tiempo. Ni idea si tendría que sufrir torturas o enfrentar demonios o algo por el estilo. Pero al menos estaría resguardado por un tiempo y si al final terminaba muerto… nadie lo extrañaría.
Aceptar la oportunidad ofrecida le resultaba en ese momento una mejor salida. Pues poco le importaba lo que ocurriera consigo mismo.
- De acuerdo – respondió con frialdad – Voy a acceder a tu extraña petición.
- Me alegro que hayas aceptado – dijo Ishizu con alivio disimulado – Bienvenido a la base secreta de los guerreros terrenales y espirituales, Atem Aranki.
Levantó su brazo, ubicando su mano frente al joven. Este, aun con ciertas dudas, estrechó la mano de ella con rigidez.
- Si me permites, te guiaré hasta tu habitación – habló la egipcia tras soltar su mano – Tus pertenencias ya se encuentran allí.
- De acuerdo – respondió Atem – ¿Hay algo más que deba saber?
- Los cuartos no son individuales – explicó la azabache – Tienes un compañero de habitación. Aunque a juzgar por la hora que es, dudo mucho que puedan platicar o al menos conocerse. Tal vez se puedan presentar mañana. Después de todo, ya es más de medianoche.
- ¡¿Más de medianoche?! – se asombró al tricolor al tomar conciencia de que había perdido la noción del tiempo.
- Olvidé ese minúsculo detalle – le sonrió Ishizu con cierta malicia.
- Da lo mismo – articuló el joven mientras suspiraba con pesadez, llevándose una mano a la cabeza y masajeando su frente.
- Por favor, sígueme – ordenó suavemente la mujer, para así encaminarse hacia la salida, con el joven egipcio a sus espaldas.
Al salir de aquel cuarto en penumbras, ambos se encontraron en un largo corredor, cuyo suelo era de cerámica con mosaicos circulares. En las paredes, por un lado, solo habían enormes ventanas y del lado opuesto, algunas puertas que daban acceso a distintas salas. Eso era lo que Atem veía mientras recorría el pasillo siguiendo los silenciosos pasos de Ishizu. Ni un solo ruido se escuchaba y unos pocos focos en forma de vara gruesa adheridos al techo eran la única iluminación presente.
Por más extraño que pareciera, todos estos detalles para Atem no le parecían propios de una guarida, sino el típico pasillo de un instituto escolar. Eso lo confundió aun más, pero se reservó sus preguntas y comentarios.
Tras recorrer aquel pasillo, llegaron a una escalera de metal que los condujo a un piso subterráneo. Al terminar allí, Atem notó que aquel nuevo espacio era muy diferente. Era un corredor más pequeño, con puertas en ambos lados y la distancia la una de la otra no era tanta como en el pasillo anterior.
- Acá son las habitaciones – habló Ishizu una vez más – La tuya es la puerta 07.
- Como digas – respondió Atem con fingida indiferencia.
- Tu compañero de cuarto debe de estar durmiendo – asumió la mujer – Te aconsejo que no hagas mucho ruido. Mañana se les llamará a todos a las ocho de la mañana para que inicien sus clases.
- ¿Clases? – el tricolor cada vez entendía menos las explicaciones de la mujer. Había demasiados cabos sueltos – ¿Qué quieres decir con eso?
- Mañana lo comprenderás – le dijo ella y tras guiarlo y dejarlo plantado frente a la puerta de la habitación asignada, dio media vuelta y se retiró sin siquiera despedirse.
Atem la observó irse, completamente confundido. Una vez que la vio desaparecer en la escalera, volteó la mirada, fijándola en la perilla de la puerta. La abrió despacio, ingresando al interior de aquel espacio.
Todo estaba en penumbras y la única fuente de luz era aquella que se filtraba por la única ventana, desde el exterior, emitida por la luna.
Pese a la escasez de luminiscencia, Atem pudo distinguir algunos detalles de la habitación. No había muchos muebles. Había dos camas, una en cada extremo del cuarto. Una mesita de noche ubicada al centro del cuarto, sobre la cual estaba la ventana, la cual era muy extensa, lo que permitía más acceso de luz, ya fuese del astro del día o de la noche. Una de las camas estaba vacía, sobre la misma yacía su mochila de viaje. Respiró aliviado, al menos sus pocas pertenencias que había traído consigo estaban a salvo. En el otro lecho pudo notar claramente que alguien dormía profundamente en este. Sin embargo, no pudo reconocer sus rasgos, pues la luz no tocaba directamente las camas. Aunque tampoco era como si le importara demasiado.
Se acercó a la cama que le correspondía, abrió la mochila y a ciegas buscó su pijama. Al reconocerlo, por medio del tacto de sus manos, lo extrajo lentamente. Cerró su equipaje, lo dejó en el suelo a los pies de la cama. Se desvistió, para luego colocarse su ropa de dormir. Su otra ropa la dejó sobre su mochila. De mala gana, abrió las cobijas de la cama y se acostó, arropándose mucho y dándole la espalda a la otra cama donde descansaba su enigmático compañero.
No tenía frío y las cobijas se sentían algo rígidas para su gusto, pero la acción de arroparse en exceso y encogerse hasta quedar en posición fetal como lo hacía ya desde hace un buen tiempo, le ocasionó una sensación de sueño repentino. Llevó una mano a su cuello, buscando el cartucho que llevaba su nombre grabado en escritura egipcia antigua. Una reliquia personal muy valiosa para él. Una vez que sintió el metal del que estaba hecho aquel colgante, entre sus dedos, su semblante cambió a uno más triste y nostálgico.
Finalmente, cerró los ojos y se quedó dormido.
Y eso es todo… por el momento.
Uuufff, debo confesar que este es el primer capitulo más largo que haya podido escribir en mi vida. Así que espero que sea de su agrado.
¿Va bien, mal, intermedio?
Como interrogante del día ¿Quién creen ustedes que es el compañero de cuarto de Atem? Quiero leer sus opiniones.
Y antes de retirarme:
Ikaros Tolstoi: ¡Vaya! Parece que te deje descolocada esta vez. Pues sí. Me quise inclinar por probar algo diferente, y como en mis fics nunca falta el romance, acabé creando unos cuantos shippeos que no son solo mis OTP. A futuro lo verás. Y sí, tienes razón ¡Se desató mi alma de escritora como nunca antes! Espero verte pronto en otros reviews.
Judy Potts: Créeme que fue una verdadera sorpresa encontrarte leyendo uno de mis trabajos, además de un gran honor, pues yo personalmente admiro mucho tu escritura. Espero que te agrade este long fic, al cual considero uno de mis principales cambios en la escritura. ¡Saludos y gracias por leerme!
Espero verlos a todos y a muchos más en una futura actualización.
¡Saludos!
