A pesar de que el cansancio consumía todas mis ganas de vivir, no podía dejar que me dominara.

Miré a mi padre, bueno, en lo que éste se había convertido, única y exclusivamente para evitar dejarme caer en la inconsciencia pues, si bien confiaba en que no sería abandonado, tampoco quería suponer una carga aún mayor.

Me sentía un poco abrumado y no podía dejar de temblar, los instantes anteriores volviendo una y otra vez a mi mente. Mi familia ahora estaba rota, y jamás podría volver a unir las piezas sin importar cuánto lo intentase. Me apreté más al pecho del enorme titán que me mantenía a salvo con una de sus manos; tenía, al menos, un consuelo ¿era pequeño? Diminuto, pero era algo.

No recuerdo muy bien el momento exacto en el que llegamos a nuestro destino, más sí recuerdo el pesado cuerpo de mi progenitor apoyándose contra el mío al perder el equilibrio luego de separarse de su coraza humanoide; mis piernas temblaron, pero no lo solté, al contrario, lo afirmé lo mejor que pude y, lento, nos fui acercando hasta un solitario árbol que proyectaba sombra suficiente para ambos.

–Zeke– murmuró, abriendo apenas los ojos– perdóname– había tanto sentimiento, tanto significado guardado en esa simple palabra.

Me quedé callado, más que nada porque trataba de evitar derramar algunas lágrimas. En ese momento comprendí de forma exacta lo que Grisha Jaeger significaba para mí: no era mi inspiración sino, en realidad, mi ancla en este mundo. Pensé, durante un segundo, que pasaría si lo perdía; el miedo casi consume mi interior.

Debimos haber pasado horas así, su cuerpo laxo desparramado en el suelo mientras yo permanecía expectante, efecto de la adrenalina corriendo por mis venas. La presencia de titanes era otro factor más que añadir. Lo que sí sé con certeza es el motivo por el cual mi padre despertó, alarmado, y me atrajo hacia su pecho dispuesto a huir.

Un hombre montado en un fuerte e imponente caballo apareció de improviso. Palabras de asombro en la punta de mi lengua que fueron obstaculizadas al ganarme el terror a lo desconocido.

A pesar de ello era una oportunidad y, antes de que pudiera notarlo, mi padre ya la había tomado.


La jarra de agua se vació en apenas dos segundos; estaba sediento. Mi padre palmeó mi espalda de forma algo distraída al escuchar el fatal ataque de tos que se produjo al tragar mal.

La jarra pasó a las manos de una muchacha, la hija del dueño de la casa frente a la cual nos encontrábamos parados. Ella me sonrió, amable, pero yo ni intenté devolver el gesto; padre suspiró y le agradeció en mi lugar antes de voltear en mi dirección. Contrario a lo que esperaba, no había reproche, sólo cansancio y algo que no supe entender.

– Zeke, ve a sentarte en esas escaleras.

Durante un momento quise negarme, aterrado ante la simple idea de alejarme esos fatales veinte pasos, más padre me miró de esa manera y cerré la boca trotando directo al lugar señalado. Me dejé caer al descuido en el primer escalón.

Padre y el hombre del caballo -Keith Shadis- estuvieron conversando de cosas serias, lo sé porque, alterado como estaba, intercalaba la mirada entre el canal que corría frente a mi y sus rígidas expresiones. A padre sólo lo había visto así una vez, cuando él y mamá discutieron pensando que yo dormía, y no me gustaba nada. Pero no me molestaría que volvieran a pelear, si eso significase que ella estuviese aquí.

Miré sobre mi hombro otra vez.

Prácticamente salté de mi lugar cuando vi que me llamaban con señas. Apenas llegué me paré cerca, dejando claro que no quería ser apartado otra vez.

–Según tu padre me ha contado, tu nombre es Zeke ¿no es así?– miré al hombre apenas, no me gustaba la mirada profunda que poseía– mh... soy el comandante de la legión de reconocimiento, Keith Shadis.

Quise decirle que ya lo sabía, pues había estado ahí cuando se presentó por primera vez pero, sencillamente, no tuve la voluntad suficiente para ello. Creo que lo notó, porque no insistió.

–¿Hay un lugar donde podamos hospedarnos?

Solté una exhalación al encontrarme repentinamente en el aire; apoyé la cabeza en el hombro de mi padre, aceptando el abrazo al que era sometido y, finalmente, cediendo al cansancio que me estaba consumiendo.

Cuando desperté a la mañana siguiente, había una nota puesta en el rústico escritorio de madera que se encontraba entre las dos camas individuales. Decía:

"No vayas a salir. Estoy tratando unos asuntos.

Grisha."

Leí la nota varias veces, antes de dejarla donde estaba y volver a enterrarme bajo las sábanas.