Estaba recostada en el alfeizar de la ventana, apoyada sobre el cristal y las piernas estiradas sobre la madera que constituía el soporte, en busca del frescor que le proporcionaba el vidrio. Con el ceño fruncido y mordiéndose el labio inferior, parecía estar pensando en las formas de torturar prisioneros, en vez de estarse tomando unas vacaciones de verano; Allí estaba ella, Hermione Granger, la bruja más poderosa de una generación entera, más aburrida que una ostra mirando por la ventana con cara de amargada a sus amigos, que jugaban fuera inocentemente, sin imaginarse la tormenta que estaba a punto de avecinarse sobre ellos.
Una bludger voló en su dirección, acercándose peligrosamente cerca hasta casi causarle una taquicardia, aunque George fue capaz de pararla antes de que ocurriera una catástrofe de atentado contra su persona y la casa, evitando un cataclismo de furia por parte de la morena, y volvió a incorporarse al juego en un abrir y cerrar de ojos, aunque no sin antes dedicarle una sonrisa.
Suspiró profunda y sonoramente, claramente irritada, aunque con alivio.
¡Maldito Quiditch! No se podía librar de él ni un segundo.
Cuando aceptó ir a pasar el verano a la Madriguera con los Weasley había esperado de todo menos paz y tranquilidad, al fin y al cabo sabía perfectamente que iba a tener que convivir con los gemelos, Harry, Ron y Ginny más sus padres; todos juntos en una misma casa. En definitiva, una combinación explosiva.
Pero esto ya se pasaba de la raya; Se había convertido en su obsesión en los últimos meses. Tras las pruebas preliminares de Ginny en las Arpías de Holyhead y su preselección para un puesto fijo en el equipo, todo giraba alrededor del quiditch. Se pasaban todo el día entrenando a la pelirroja como locos, preparándose para la convocatoria final para la plaza en el equipo en septiembre.
Mientras comían hablaban de quiditch, mientras dormían soñaban con el quiditch, mientras descansaban leían sobre quiditch. ¡Aquello era de locos! ¡Hasta se habían improvisado su propio campo en el jardín! No es que fuera gran cosa, pero daba el pego, y allí se pasaban la vida practicando como si no hubiese mañana, todos ayudando a la menor de la familia a conseguir su sueño.
¡Incluso tenían espectadores! ¿Increíble, verdad? Bien, pues no era raro que de vez en cuando Luna o el señor Lovergood se tiren sobre alguien desde el banquillo mientras pasea por el jardín alegando perseguir algún bicho imaginario... Ella misma se había visto en la situación un par de veces, siendo francamente desagradable. ¿Por qué no podían tener un público normalito? ¿Es que encima tenía que aguantar que le dijeran que le salían pratzols por las orejas? Adoraba a Luna, de verdad, pero tenerla por ahí las veinticuatro horas del día se podía hacer muy pesado.
Por supuesto todo le había parecido genial, cuando todo aquello empezó; las primeras semanas ayudó a colocarlo todo e incluso se esforzó por aprender a jugar ella misma, aunque no fuese muy bien. Pero todo tenía un límite, y el suyo estaba rebasando las fronteras de la cordura.
Su libro favorito, Historia de la magia, yacía apoyado en su regazo, abierto de par en par, aunque se había convertido en su cruzada personal durante las últimas horas. Ni que decir tienen que leerlo se había vuelto una misión imposible gracias al batallón Weasley y compañía, que librando el acalorado partido no hacían más que estruendos y distracciones que llegaban hasta todos los rincones de la casa, haciendo imposible cualquier intento de concentración o relajación.
Así, privada de su principal pasatiempo, se había empezado a desesperar seriamente. Además, sentía que sobraba allí, excluida de las bromas y los temas de conversación. Era como si estuviera viviendo en un universo paralelo al de sus amigos; les quería con toda su alma, pero estaba desando poder salir de allí cuanto antes y poder ir a la universidad, no podría aguantar ni un minuto más de todo aquello. Estaba segura de que les echaría de menos, sin embargo, en esos momentos necesitaba su espacio.
Un poco de tiempo a solas consigo misma, un poco de tiempo para descansar de todo. Sí, lo estaba deseando.
Crookshanks saltó a sus pernas, sobresaltándola, para tumbarse sobre el libro abierto y ronronear contra su pecho. Le hizo un par de mimos, acariciándole con ternura y disfrutando de la textura de su pelaje, sintiendo el masaje de sus patitas amasando su piel.
Tras varios minutos así, intimando con el gato y sin poder llegar a ninguna parte con el libro, decidió sacar de entre las páginas de Historia de la Magia la carta de Hogwarts que le había llegado días atrás, que había estado usando a modo de marca páginas.
Lo cierto es que le había sorprendido recibirla, ya que hacía un tiempo que se había distanciado de los asuntos de su antiguo colegio, tras haberse graduado con honores. No es que no se llevara bien con McGonagall, al contrario, pero simplemente no había encontrado algo que le hubiera merecido propio para escribirle a su antigua profesora, sobre todo ahora, a finales de agosto y a dos días de empezar el nuevo curso en la Universidad.
Quizás fuese por eso por lo que no la había leído aún, su mente se hallaba en otras partes, divagando sobre si tomo la decisión correcta al matricularse en un campus muggle para distanciarse de todo el ajetreo mágico y la reparación post guerra.
Recuperando su curiosidad, desgarró el envoltorio de la carta, rompiendo el sobre de cera, aunque intentando causa el menor daño posible a su interior.
Según fue leyendo el contenido, no pudo evitar sino un grito de sorpresa y frustración, seguido por un salto de rabia reprimida.
Debía ser una broma. No había otra explicación.
Crookshanks bufó y se bajó corriendo, en un intento de atacar a cualquiera que fuera la amenaza que causaba la irritación de su dueña, sin éxito, mientras que la morena sintió como un ataque de pánico se apoderaba de ella.
No puede ser…
