Hola, de nuevo.
Bueno, primero que nada debo aclarar que mis publicaciones mensuales "sí serán mensuales", pero como en el capítulo anterior no pude mencionar muy bien porqué es que Edward decide cederle cierta libertad su amada y única hija adorada con tanta facilidad, me tomé la libertad de subir estos dos documentos tan repentinamente consecutivos.
Vuelvo a repetir que quizá este fic parezca soso y sin forma alguna, pero en esta cabeza tan obstinada que solo podría ser mía, la historia esta tornándose interesante y hasta cierto grado sorprendente. Espero que durante el viaje ustedes también aprecien ese yo-que-sé-que-sé-yo que me motivo a no dejar desaparecer en mi imaginación la tórrida relación entre Jake y Nessie.
Sin más por el momento, les dejo leer.
PD: Sus reviews me ayudan a mejorar y no dejar inconclusa la relación de este par (mi autoestima igual lo agradece pero ese no es el punto). Les agradecería que la finalizar no me dejen en el olvido.
*Disclaimer: Los personajes y el mundo en el que se basa la historia, no me pertenecen. Todo se lo debemos a Stephenie Meyer ;)
Una semana en el infierno
Primera Parte
Alice
Aunque no quieras ver
Take this broken wings
And learn to fly…
Blackbird, The Beatles
Su mundo cambió en cuanto Jasper apareció en su vida.
Antes, todo eran sombras.
Apenas y podía vislumbrar entre sus recuerdos como humana, pero bastaba un solo día de remembranza de aquellos días oscuros para agradecer tener muy mala memoria.
Y todo era gracias al día de su transformación.
Las paredes del hospital psiquiátrico eran de un verde deslavado, que junto a las lámparas amarillentas y los camastros con sabanas desgastadas, daban el toque exacto a un ambiente deprimente y melancólico.
Eso sin contar los sedantes.
Alice siempre se encontraba atada de manos y pies con ataduras de cuero, postrada en una posición lamentable sobre la cama haciendo que su menudo y pequeño cuerpo se viera aún más minúsculo y frágil. El tubo por el cual se le suministraba un calmante con potencia basta para dormir a un caballo, la hacía dormir por horas, dejándola inconsciente más de la mitad de su adolescencia entre las espesas sombras de sus difusas visiones que le eran arrebatadas por los sedantes. Era un milagro que en esa condición, aun se acordara de como respirar. Sus redondos ojos negros en su afilado rostro miraban expectantes en los momentos de lucidez las apariciones frecuentes de un enfermero nuevo en su habitación. Luego de unos días, el enfermero la visitaba constantemente por las noches.
—Hueles muy bien—le susurraba el extraño al oído con su aliento gélido cerca del pómulo de su oreja. El cabello largo y rubio ajeno le caía a un lado del rostro mientras el hombre se dedicaba a olfatearla e intimidarla con su presencia estoica, con su fuerza de acero tomando sus muñecas delgadas y posicionándolas por encima de su rebelde cabellera azabache mientras los incisivos ajenos se clavaban levemente en la piel del cuello de Alice, succionando su vida por pausas.
Una noche el juego cambió. El hombre rubio platinado con sus ojos rojos combinando con una mueca que pretendía una sonrisa cruel, se acercó a una Alice lucida, completamente consiente. Fue entonces que ella supo que corría peligro, su vida estaba a punto de cambiar. Lo había visto.
—¿Qué eres?—le inquirió la pelinegra con su voz ronca por el desuso de la misma.
El hombre se le acercó hasta rozar su nariz, con una velocidad sorprendente, sobre humana.
—Estas a punto de descubrirlo—le susurró con tono que la dejo petrificada en su lugar. Su voz, la voz de él, era seductora, atrayente, pero tenía un filo de peligrosidad, como un cuchillo de plata.
Después de eso, todo fue rojo.
Alice recordaba con un escalofrío fantasma recorriéndole la espalda, el ardor que estalló en su cráneo a la primer mordida que recibió en su antebrazo. Recordó no haber gritado cuando el segundo mordisco atacó la parte baja de su clavícula, estaba demasiado débil para eso. Solo cerró los ojos, y sucumbió a la oleada de dolor que amenazaba su cuerpo como millones de agujas calientes sobre su piel lacerada, con la visión enrojecida detrás de sus parpados. De entre sus delirios, creyó oír la voz masculina de otro ser de igual belleza fría a la de su atacante.
—¡Suéltala, James!—le gruñó el hombre con vestimenta de conserje, recibiendo como respuesta un golpe a puño cerrado acertado en la mandíbula y seguido de otro en un costado. Nada de eso basto para derribar al hombre. El rubio recibió golpes más precisos, nada de fuerza bruta, parecía que el hombre predijera los puntos donde el rastreador dejaba sin proteger. Siendo así como el acosador de Alice fue derrotado, solo lo suficiente para que aquel hombre sin rostro tomará a la chica y huyera lejos del hospital.
—Puedo darte otra oportunidad—le había dicho el hombre bajo la lluvia, que ahora tomaba más forma en las imágenes de su cabeza—Te mereces otra oportunidad.
La sangre corría borbotones por las heridas abiertas de Alice, mezclándose con las gotas de agua creando a consecuencia un charco escarlata debajo de ambos. La pelinegra estaba muriendo desangrada, cuando la mordida ponzoñosa le disparó un dosis de adrenalina que la hizo despertar de entre las sombras y verlo todo desde una visión rojiza.
Fue entonces cuando las visones volvieron, más nítidas, más largas, más congruentes. De las primeras imágenes, guardó en un lugar especial dentro de los recovecos de su mente, la imagen de un muchacho delgado, musculoso y belleza cruel como una estatua perfilada de mármol. El rubio llegaría a ella y entonces podría decir las más simples palabras que anhelaba con pronunciar, porque no solo significaba dejar de lado la soledad con la que vagaba, significaba también en comienzo de una nueva vida; todo eso con tan solo pronunciar: Te he estado esperando.
Ella había esperado por fin vivir desde hace mucho tiempo.
Es por eso que, al ver una nueva visión dentro de su cabeza después de un largo periodo, la alerta de peligro se encendió en el centro de Alice. La imagen era corta, sin sentido, pero poco bastaba para que los bellos imaginarios de su piel blanca amenazaran con alzarse.
Sangre.
Sangre y caos.
De nuevo.
Todo aprecia apuntar a un enfrentamiento. ¿Pero de quiénes?, ¿Sería acaso que los Vulturi estuvieran maquilando un plan de venganza en contra de los Cullen?, ¿Había algún otro vengador que quisiera ver la muerte del clan?, ¿O era acaso que la visión no se refiriera a ellos, sino a los mortales?
Luego de la reunión con la familia, Alice se dispuso a subir a su habitación para concentrarse mejor en su don, carente de control por su parte por falta de desuso. Avecinar lo que cada miembro de la familia iba a vestir cada día de la semana, no era un entrenamiento certero. Eso le estaba afectando.
Con las manos sobre las rodillas cerca de su pecho, Alice le fruncía el ceño a su reflejo en el gran espejo con marco de plata mientras trataba sin éxito, de obtener más información sobre la visión.
—Menudo don—soltaba entre dientes, irritada y frustrada consigo misma. Frunciendo los labios en un puchero, trató de recordar su visión hasta el más mínimo detalle. Sus destellantes ojos dorados veían dentro de sus negro iris, como si dentro de estos se guardara el secreto que la acongojaba cuando de pronto, con un flash que la hizo caer de bruces sobre su espalda, vio una imagen más del suceso que estaba por ocurrir.
—No…—exhaló con horror mientras se incorporaba de un salto, impulsada por la misma fuerza descomunal interna que tenía cada vampiro. Sin poder contenerlo, seguía mascullando—No, no, no.
—¿Alice?—la voz limpia y gruesa de Jasper le llamaba detrás de la puerta—¿Estas bien?
La pequeña duende dio un respingo, sin poder controlar el pánico que amenazaba con salir en un alarido. Se obligó a centrarse, a calmar sus nervios. Respiró profundamente (aunque no lo necesitaba), se estiró un poco y con paso decidido, camino hasta la puerta. Vaciló unos minúsculos segundos antes de girar en pomo con un solo movimiento.
—¡Jas!—soltó ella con exasperación—Iba a buscarte ahora mismo—atinó a decir mientras una sonrisa genuinamente falsa se dibujada en su rostro. Jasper hizo como que no lo notó—Es solo que…bueno, la muerte de Charlie me afecto más de lo que espere.
Ni siquiera tuvo que mentir en eso último, era verdad. Pero lo que también era verdad era la entereza que Alice mostraba ante las situaciones nostálgicas, por lo que Jasper tuvo sus dudas. Alice lo notó en su cara.
—¿Segura que estas bien?—le dijo el rubio, con un deje de temor en su pregunta.
Alice trató con todas sus ganas de poner su mejor cara.
—Estoy más que bien cuando estás conmigo—le susurró haciendo un mohín al tiempo que tomaba la mano del rubio con delicadeza—Es perfecto.
Sin soltar sus manos unidas, Jasper tiró con el brazo libre de la cintura de la pelinegra un poco, solo para acortar el espacio entre sus cuerpos. Parándose de puntitas, Alice se permitió olvidar por un momento los malos pensamientos que perturbaban su mente y se dejó besar por él lo suficiente como para aparentemente volver a sentir el calor de sus alientos mezclados y los choques eléctricos de piel contra piel como cuando eran humanos.
Aunque fuera solo una ilusión, una que se sentía muy real.
Edward estaba apoyado con el peso de sus brazos sobre sus piernas sobre el sillón de la sala. Giró la cabeza en sincronía mientras las pequeñas pisadas de Alice hacían eco en la estancia. La morena miró a su hermano igual que siempre: hermoso, pálido y joven. Absurdamente joven después de más de un siglo de vivir en el mundo. Y absurdamente entrometido con los pensamientos de los demás.
—Ambos sabemos lo que viste, Alice—dijo Edward, sin rodeos—Los Vulturi vienen hacia nosotros, de nuevo.
Alice acortó la distancia entre ambos, parando cuando solo le faltaban tres metros llegar al pelirrojo.
—No estés tan seguro—su voz adquirió un tono oscuro—Hay algo que no has visto.
Edward frunció el entrecejo.
—¿Es por eso que estas traduciendo las partituras de la Quinta Sinfonía de Mozart en tu cabeza mientras te hablo?
—Estoy tratando de hacerte esto lo más fácil posible—argumentó suspirando al final.
—Si es algo que tiene que ver con mi familia—le dijo—Quiero saberlo ahora, Alice.
La pelinegra apretó las manos a sus costados.
—Solo…no enloquezcas.
—Entonces enséñame la visión—pidió con amabilidad.
Alice lo miró a los ojos con miedo.
—Bien.
Sin más, dejó ir la melódica sinfonía de sus pensamientos, para rebuscar en las profundidades de su mente la imagen más espeluznante de sus sueños oscuros. Y ya era algo que decir. Liberó primero el escenario donde todo no era más que sangre, baños y baños de sangre que corrían por las calles de un lugar no identificado. Unos hombres y tal vez algunas mujeres con capas negras que les cubrían el cuerpo y el rostro, se deslizaban entre el fuego y el caos que era la cuidad, como si no les importara en los más mínimo lo que pasara a su alrededor…luego, en medio del fuego, la ceniza, la sangre y los extraños encapuchados, estaba una chica. Su cabello castaño rojizo estaba cubierto por icor escarlata, al igual que piel pálida de sus manos y su ropa hecha girones. Los brazos le temblaban visiblemente, y al ir alzando gradualmente la cabeza, la mirada parda de esos ojos era inconfundible, y la vez contradictoria. Renesme Cullen se alzaba como la Princesa de los Caídos entre los escombros, con una mirada de determinación, no con la misma que con tan solo verla de reojo te sacaba una sonrisa amistosa, aquella era una mirada consumida por el odio, radiante e inquisitiva, sus brazos estirados hacia el cielo, como en una plegaría silenciosa, mechones de su cabello pegados a su frente dándole un aspecto más cruel, más inhumano, la hacían una imagen llena de perdida, de maldad consumida, de peligro.
Edward, impactado con las imágenes que corrían en su mente, dio varios tras pies, llevando una mano a la sien derecha.
—¿Qué fue eso?—inquirió con tono áspero el pelirrojo a la morena. Alice se quedó quieta e inmutable en su lugar.
—La otra parte de la visión—le respondió.—La parte que no tiene sentido alguno. Todos sabemos que Ness es incapaz de matar a una mosca…claro, sin contar los animales que caza pero sabes a lo que me refiero con esto.
—Mi Nessie…mi pequeña—murmuraba descolocado el castaño pelirrojo—No puede ser verdad, algo debe andar mal con tu visión, Alice.
La morena posó los brazos en jarras.
—Mis visones siempre son certeras Edward Anthony Cullen—le reiteró molesta, continuó sin antes suspirar y dejar caer al tiempo sus manos a los costados con actitud derrotada—Aunque duela admitirlo, nunca me equivoco, aun con las visiones más problemáticas.
El pelirrojo ya daba vueltas de un lado para otro cuando Alice tuvo una idea. Edward paró en seco, mirando directamente a los ojos miel de su hermana.
—No—le dijo rotundamente a la morena.
Alice hizo un puchero.
—Pero ni siquiera he dicho nada.
—Afortunadamente solo lo pensaste—le devolvió con tono suave, nada acorde a la situación—Esa idea es totalmente…
—¿Fabulosa y certeramente correcta?—probó a decir. Edward le puso mala cara—Escucha, Nessie es un persona muy madura para su edad, además de inteligente y virtuosa—suspiró tomando enseguida un falso aire—Ya es tiempo que la veas volar, está lista para salir del nido.
El pelirrojo dudó, no sabiendo que decir. Su hermana acortó la distancia, tomando por sorpresa la mano de Edward.
—Deja que explore el mundo, no la asfixies poniéndole límites.
—Solo quiero protegerla—murmuró mirándola a los ojos.
—Así como queríamos proteger a Bella, —contraatacó—la subestimamos. Míranos ahora, mírate ahora, eres feliz con la mujer que amas y eres un padre mimador y sobreprotector.—Alice hizo un pausa—No quiero imaginarme que la ciudad que vimos era Rio de Janeiro.
Sus pequeñas manos blancas envolvieron la larga mano de pianista de su hermano en una súplica silenciosa. Sus ojos no cortaron el contacto visual en ningún momento, haciendo sonreír a ambos por igual.
—Deja que elija su camino—lo persuadió con suavidad y tacto.
Un minuto después, como no queriendo la cosa, Edward asintió.
Día uno
Renesme
The regular, she'd rearrange
The girl knew how to chop and change
Chop and change, The Black Keys
[Catorce días después]
Los cambios son parte cumbre de la vida.
Nessie aún tenía que aprender algo sobre eso.
Desde el momento que ella había decidido quedarse a vivir en Forks, los ocho integrantes de la familia (incluidos sus padres), respetaron su decisión sin discusiones, a excepción de la Tía Rosalie, quien la había persuadido hasta el cansancio para viajar con ella y el Tío Emmet a Europa, a lo que Renesme tuvo que decir: Gracias, pero no. Todo, desde luego, en un tono amable y con palabras más cándidas. En ese aspecto se parecía a su padre.
Lo que la pelirroja nunca espero, fue las dificultades que incumben el vivir sola en una casa.
Lavar, ordenar, hacer de comer, fregar los trastos, volver a hacer de comer…apenas y le quedaba tiempo para practicar el piano. En fin. Todo hubiera sido más sencillo si la hubiera dejado quedarse en La Reserva. Con Jacob. O en casa de los Clearwater. Ambas eran mejores opciones que vivir sola en la casa de su recién fallecido abuelo.
El día comenzaba apenas, con los rayos de luz matinal entrando por la que antes era la recamara de su madre cuando humana. La escena no había cambiado demasiado: seguía ahí la antiquísima mecedora de madera y las cortinas amarillentas que se lavaban con poca frecuencia, el estante por igual, esta vez con más libros de los que pudiera contar (ese gusto los había adquirido por sus padres desde pequeña), tenía una variedad de tomos y series de obras multivariados. Si quería un libro de cocina, seguro lo conseguía de su biblioteca privada. A lado, reposaba su computador portátil (un costoso y novedoso portátil) regalo de su padre, a la izquierda, un ropero nuevo que apenas y podía cerrarse debido a tanta ropa que su Tía Alice le había confeccionado, siguiendo la regla de "no ponerse el mismo atuendo más de dos veces", luego estaba su cama nueva con la ropa de cama violeta y la araña de cristal vintage que colgaba del techo, regalo de Rosalie. Corrección: la recamara si había cambio del todo, pero en esencia era la misma.
La ventana principal daba la vista al bosque de follaje verde y cielo raso que ahora se notaba gris. La vista perfecta, y seguía ahí después de tantos años. Nessie se acercó lo suficiente para vislumbrar un auto rojo aparcado a las afueras de su casa justamente a lado de su BMV negro. El auto de Jacob, era perfecto para pasar desapercibido por el pueblo; después de la muerte de Charlie, la pelirroja lo último que quería era atrapar las miradas de lastima de los pueblerinos. Todos en el pueblo, literalmente, sabían ya que la nieta del Jefe de policía Swan había decidido mudarse con su abuelo unas cuantas semanas antes de la muerte del mismo. Lo que muchos esperaban era conocer en persona a la hija de dos figuras tan nombradas al paso del tiempo dentro del pueblo lluvioso, y tal vez hacer preguntas acerca de los Cullen.
Renesme tenía un plan para acabar con los chismes que Jessica Stanley se encargó de correr por boca de los lobos, y no precisamente aquellos que vivían cerca de la Push, estos lobos estaban ansiosos por comerse vivo a cualquiera que no quisieran en su pueblo, alguien que fuera nuevo, un allegado e indiferente cordero. Alguien como ella.
Todo pintaba bien…desde luego…
Se preparó lo más rápido posible, escogiendo un simple tejano y una blusa berenjena de mangas largas que su madre le dio para recibir a Jacob que ya tocaba la puerta impaciente. Salió de su habitación como un bólido, con la rapidez que le confería ser mitad vampiro y antes del tercer toque abrió la puerta, abalanzándose encima del lobo como si su vida pendiera de ello.
—Si me recibes así cada mañana, te aseguro que vendré todos los días—le susurró Jacob al oído al tiempo que correspondía con delicadez el efusivo abrazo de la pelirroja. Renesme soltó una risa corta, causa de las cosquillas que le provocaba el aliento del metamorfo en el lóbulo de la oreja. Se separaron apenas solo para mirarse. Los ojos negros de Jacob estaban posados en los labios rosados de la pelirroja con deleite, pero cuando alzó la vista su sonrisa se hizo más ancha y se limitó solamente a besar la punta de su respingada nariz.
El primer beso de ese par tendría que esperar hasta que Nessie estuviera lista. Y la pelirroja era recatada en ese aspecto, como su padre y sus viejas costumbres.
—Puedes venir siempre que quieras—le dijo de vuelta la pelirroja mientras jalaba a Jacob con las manos unidas de ambos hasta la cocina.—¿Qué es?—señaló la bolsa de papel que el lobo traía en su mano desocupada. Jacob sonrió con sus dientes filosos y perlados, haciendo que ella se derritiera un poco por dentro.
—Pescado frito, cortesía de Sue—Nessie arrugó su pequeña nariz, haciendo reir al moreno—Esta bien, si no quieres puedo ir a comprar otra cosa.
La pelirroja negó con la cabeza.
—No, está bien, me gusta el pescado, es solo que llevó comiendo eso más de una semana—dijo mientras soltaba la mano de Jake y se dirigía a la alacena para sacar dos platos de porcelana blanca.—Extrañó salir a cazar—murmuró en un suspiro.
—Regla número uno—comenzó el lobo cruzándose de brazos, tratando de imitar la voz firme y suave de Edward—Prohibido salir a cazar.
Nessie se giró, enfrentado divertida a un Jacob que trataba de ser serio y bromista a la vez.
—Regla numero dos—disparó la pelirroja, atinando al timbre exacto de su padre—Llamadas a la familia cada noche.
Jacob se estremeció bruscamente.
—Uf, no hagas eso, sonaste igual que él—dijo haciendo una mueca de disgusto—No podré mirarte sin ver la cara de Edward.
—¡Tu empezaste!—la acusó la castaña.
—Claro, ahora échame a mí la culpa, ¡Tu seguiste el juego!—le dijo tratando de tomar una postura imponente. Nessie guardó silencio, viendo directamente a los ojos del lobo cruzándose con una mirada joven y audaz, nada que ver con el físico musculoso y torneado de Jacob. Dentro, el metamorfo seguía siendo un chico adolecente.
—Bien, tu ganas—dijo la pelirroja tomando asiento sin cortar el contacto visual—Aunque regresando a las reglas, se supone que no deberías estar aquí.—le acusó formando una sonrisa triunfante. Jacob le devolvió el gesto.
—La regla dice que no debo estar a solas contigo, pasada la noche—miró su reloj invisible en la muñeca—Son las seis de la mañana, no he roto el pacto.
Bajando la mirada, Nessie apenas y frunció el ceño
—Me muero de hambre, Jacob—cambio de tema antes que una nueva discusión se avecinara. El lobo sonrió abiertamente sin dejar de mirar un segundo a la pelirroja, el color de su blusa le quedaba perfectamente y se ajustaba a su menudo cuerpo curveado como un guante. Sacudió la cabeza alejando pensamientos subidos de tono y reparó en la silla, concentrándose le la comida y alimentar a Ness solamente.
Por eso no puedo quedarme solo con ella por las noches, pensó Jacob mientras daba el primer mordisco. Alzó la vista de nuevo viendo con ternura las pequeñas mordidas que Nessie le daba su pescado, haciendo unas muecas cómicas. Algo extraño pellizcó el centro de su pecho, rodeándolo de calidez y se halló sin poder despegarla vista de Renesme, sintiendo que si algo le pasaba, no podría perdonárselo, y luego estaba lo que Edward le había confesado de la visión de Alice, no podía ser una coincidencia que el sentimiento se le hubiera instalado en las entrañas.
Debo protegerla.
El viaje a la escuela estuvo lleno de música y pelea.
Mientras Nessie cambiaba la estación de radio a música clásica o algo más suave, Jacob bufaba y presionaba el botón hasta dar con algo más country o música cañera. Al final, llegaron a un acuerdo mutuo de música rap. A ninguno le gustaba, pero ninguno iba a discutir por eso. Nessie se encontraba nerviosa unos metros antes de llegar al estacionamiento, lo que hizo que Jacob la tomara de la mano y disminuyera la velocidad.
—Los caras pálidas pueden ladrar—le dijo Jacob mientras aparcaba a unos pasos de la entrada—pero no morder.
Nessie le dio un ligero codazo en un costado.
—Oye, soy una cara pálida, recuérdalo.
—No eres como ellos—le aseguró inclinándose en su asiento con una sonrisa—Tu cara pálida me agrada más.
El moreno estaba cerca de su rostro, casi podían rosarse las puntas de sus narices, y al notarlo Nessie, dejó escapar un gemido quedo. Jacob se le acercó un poco más, tentando sus labios con los propios para luego desviarlos hasta la frente de ella y depositar un beso casto.
—Buena suerte, Ness—se hizo hacia atrás en su asiento de conductor—Vendré por ti más tarde.
Mareada por la cercanía intima que acababa de experimentar con Jake, Renesme se obligó a abrir la puerta, tomar sus cosas y despedirse con un simple y tímido adiós. Al alejarse el Ford rojo por la carretera, Nessie pudo sentir como la sonrisa de su rostro desaparecía gradualmente dejándola con un sentimiento vacuo en su estómago. Aquel iba a ser un día difícil sin Jacob.
La entrada principal a colegio era obvia, pero más obvio eran los señalamientos con un número enorme en cada uno de los salones. Renesme no tuvo problema en identificar en su croquis y en la lista de sus clases los salones donde debía ir. La primera era Biología, y con una sonrisa de oreja a oreja entró al salón vacío recordando la historia que Alice le contaba de cómo sus padres se hablaron por primera vez. Sin prestar mucha atención, ensimismada en sus pensamientos, fue a sentarse cerca de la ventana perdiendo la vista entre los cedros y demás arboles a las afueras del instituto. Por eso fue que no notó el chico que entró primero que los demás. El chico era delgado, pálido y absolutamente torpe. Cada tres pasos tropezaba con las mesas y pedía disculpas a las que ya estaban ocupadas. Cuando estuvo cerca de la mesa de Renesme, tomó fuerte los libros contra su pecho al percatarse de a quién era el pie que había pisado.
—Yo-lo-lo siento—tartamudeó el chico haciéndose para atrás, golpeando con el codo a otro tipo rubio que le lanzó una mirada asesina mientras los libros del chico caían al suelo—Perdón.—se disculpó con timidez al tiempo que se agachaba a recoger sus cosas.
La pelirroja oyó el sonido de los libros estamparse contra las baldosas y se apresuró a auxiliar al chico torpe. Estiró la mano con un solo movimiento y esta chocó con los dedos fríos del chico. Él se apresuró a quitar su mano sin sutileza, dejando a Nessie un poco descolocada. Tal vez yo esté muy helada, pensó mientras cruzaba miradas con el chico y le sonreía con soltura.
—Es un día frío—comentó la chica, reanudando su tarea de levantar los libros mientras se arrodillaba en el suelo.—Tus manos deben haberse congelado.
Apiló bien los libros sin despegar la vista de los tomos. Unos eran obras de la escuela, pero había otros que llamaron la atención de la castaña-pelirroja. Al alzar la vista, su sonrisa se ensancho al ver al chico mirarla con la boca abierta, sin disimulo, mientras mantenía sus manos al frente, como si esperara que ella le diera algo.
—Ah, claro—pensó en alto—Tus libros—dijo al tiempo que extendía sus delgados brazos con un montón de tomos en sus manos. Por la ventana, comenzaba a filtrarse un rayo de luz, haciendo que el cabello oscuro y húmedo del chico, se mostrara más claro, como un castaño dorado.
—Ammm…—balbuceó él—Gra-gracias—tomó con delicadeza, pero fallando en el intento, sus libros de las manos de la pelirroja. El castaño miró a la chica como si no diera crédito a lo que tenía frente a él, y en cierta forma eso incomodaba a Nessie—¿Tu…eres…Renesme Cullen?
Todos guardaron silencio y entonces Nessie deseo poder cambiarse el nombre alguna vez. Los murmullos no tardaron en llegar, mientras que su intento por pasar desapercibida se caía a pedazos frente a su nariz. Podía oír zumbar en sus oídos el nombre de sus padres al tiempo que lentamente iba alzándose sobre sus pies, recibiendo todo tipos de miradas: descaradas, principalmente, luego furtivas, y hasta el último estaban las inquisitivas, como si ella hubiera cometido un delito y estuviera en una sala de declaraciones. Los cuchicheos se alzaron y cesaron solo cuando un hombre de barba mal cortada y rizos oscuros rebeldes con algunas canas entró el cubículo.
—Bienvenido todo el mundo—dijo cordialmente el profesor Valdez. Su voz era lenta, pausada y grave—Ahora siéntese y guarden silencio, está estrictamente prohibido hablar de sus fabulosas vacaciones cuando un servidor se quedó cuidando a los rebeldes que reprobaron el curso.—hubieron algunas risas, ya todos tomaban asiento—Por otra parte, me complace informarles que durante este último curso he decidido emparejarlos—una chica con largo cabello rubio alzó la mano, Valdez la miro con sus parpados caídos—Si su pregunta es que si seré yo quien decida quién será su pareja el resto del semestre, está en lo correcto señorita Abernaty—la chica dejó caer el brazo—Bien, prosiguiendo con mi sermón de siempre—más risas—Debo recordarles sobre el viaje anual que hacemos al Centro de Forestación y Composta Orgánica, además de los viernes verdes en la cafetería del instituto.—hubo algunas risas y un chiste sobre algo de una hierba que Nessie no escuchó—Sin más por mi parte, pueden seguir chismeando en lo suyo mientras la señorita Dorotea viene con mis listas.
El barullo se alzó de nuevo sin muestras que ningún fijara su atención a Renesme. La pelirroja suspiró aliviada demasiado pronto, solo hasta que el señor Valdez se giró de nuevo a la clase, buscando con la mirada vieja y opaca algo entre los alumnos. Sus ojos negros chocaron con los pardos de la pelirroja.
—Por cierto señorita Cullen—comenzó Valdez y todos absolutamente posaron de nuevo sus ojos en la menuda figura de la castaña-pelirroja que se esforzaba por no hacerse pequeña en su asiento.—Es un placer tenerla en nuestra clase.
Los alumnos entornaron los ojos hacia Renesme con descaró.
Fue entonces cuando ella debió imaginar las proporciones que su estadía como estudiante en el instituto de Forks provocaría la envidia de muchos y la admiración de otros, pero no podía pasar desapercibida ni un solo momento, siendo la hija de Edward Cullen y Bella Swan, dos admirables estudiantes estrella, menos se podía esperar de su primogénita.
Su presencia presagiaba brillantez, no había cavidad para la mediocridad.
