Capítulo 1: La Maldición
El inglés leía tranquilamente en la biblioteca como todas las tardes. Era el encargado de la misma, pero al haber tan pocos alumnos merodeando, estaba solo y en silencio. Y al encontrarse con un libro de viejos cuentos folklóricos no pudo hacer más que sentarse a leerlo. Estaba en eso cuando su amigo de toda la vida entró al salón, armando escándalo.
-¡Arthur!- corrió hasta el escritorio de la recepción y se detuvo justo antes de llevársela por delante.
-¿No puedes ser un ser humano normal y entrar en silencio a la biblioteca, pedazo de animal?- le escrutó con cierto cansancio el ojiverde, suspirando al cerrar el libro que tenía en sus manos y dejarlo sobre el escritorio.
-¿Y ser aburrido como tú? Ni de broma- contestó despreocupadamente, obteniendo una cara de "Muérete" por parte del otro rubio. –Bueno, pero no te molestes conmigo, la verdad es la verdad-
-¡¿Por qué no te vas por dónde viniste maldita sea?- le gritó y Alfred lo calló cubriéndole la boca con ambas manos.
-¡Shhh! No grites en la biblioteca- le susurró y el inglés tenía el incontenible impulso de agarrarlo de la nuca y aplanarle la cara contra el escritorio. Bufó cuando el otro retiró sus manos.-Tengo un favor que pedirte-
-No romperé con otra chica por ti si es lo que pretendes- le contestó secamente, recordando la última vez que lo hizo hacer eso y terminó corriendo por su vida mientras era perseguido por una desquiciada peliblanca.
-No, no eso- rió divertido y acomodó sus lentes- Necesito ayuda con otra cosa- se desconcertó ante el brillo soberbio que centelleó en los ojos de Arthur.
-¿Tú? ¿Necesitando ayuda?- se burló arqueando las cejas y Alfred infló las mejillas molesto.
-Calla que es enserio. Nadie más puede ayudarme con esto. ¡Estoy maldito!- le dijo desesperado. Iba a reírse de sus desgracias hasta que escuchó lo último. ¿Maldito? ¿Había oído bien? Mirándolo con un poco más de atención logró divisar una especie de "aura" oscura que lo rodeaba.
-Cielos, es cierto. ¿Cómo es que pasó?- le preguntó, un poco más tranquilo y curioso sobre ello. Alfred abrió la puerta que separaba el mostrador del resto de la biblioteca, entrando al pequeño espacio donde estaba instalado su amigo y se sentó sobre el escritorio.
-Bueno, esto empezó la semana pasada cuando…-
~Flashback~
Era hora del almuerzo y, como de costumbre, el estadounidense corría de aquí para allá entre las diversas mesas, saludando a todos sus amigos. Sin notarlo, en una de sus carreras, se llevó por delante a una chica que acabó volcando su propia bandeja llena de comida sobre ella misma. Tenía el pelo largo negro, lacio, sujeto en una cola baja. Sus ojos negros resplandecían indignación.
-¡Ten más cuidado! Casi termino lleno de comida- le criticó el rubio mirándola a los ojos y ésta, manteniendo el rostro impasible, lo miró con rencor.
-…-mantuvo silencio unos segundos y luego pasó a su lado como si nada, bañada en sopa, arroz y pescado. –Mucha suerte en el partido del domingo, capitán- le susurró en un fantasmagórico hilo de voz mientras seguía su camino.
Alfred estalló a carcajadas y se dirigió a la mesa donde estaban reunidos sus mejores amigos. Sin embargo, en los días subsiguientes fallaba en todos los entrenamientos de fútbol americano y baseball. Erraba, tropezaba con la nada e, incluso, acababa lastimando a sus compañeros.
Y, por supuesto, en el partido del domingo, el equipo de soccer perdió por una gran diferencia con el equipo de la otra escuela. Cortesía de una inusitada torpeza de Alfred.
~Fin del Flashback~
-Y por eso vine a verte, eres especialista en esto ¿no? ¡Sácame esta maldición antes de que mi reputación se vaya a pique!-
-Realmente no puedo creer que le hayas dicho semejante cosa si tú la chocaste….-
-No he sido yo, ella no vio por dónde iba- replicó, seriamente convencido de lo que decía. "Eres un imbécil adicto a la comida chatarra, todavía no entiendo cómo te toleré tantos años" pensó el inglés, avergonzado del comportamiento del otro. Alfred carraspeó para sacarlo de sus pensamientos- Como sea, ¿me ayudarás?-
-Si no se ha ido sola después del partido, no puedo hacer nada. La única que puede sacarte la maldición es la chica que me mencionas… ¿Quién es, por cierto?-
-Está en tu mismo año…Creo que es compañera de Francis si no me equivoco. Es estudiante de intercambio… Pero ¡¿Qué haré ahora? No voy a pedirle disculpas por algo que no hice…- Ahora era Arthur quien carraspeaba- ¡Lo tengo! ¡Por favor, Iggy, tú puedes pedírselo!-
-Tienes que estar de broma- le cortó de raíz el ambiente y, al notar recordar ese molesto apodo que le había dado cuando niños, se molestó aún más- Y muchos menos si me llamas de esa forma ¡Bruto desagradecido!... Además tienes al trío de idiotas para pedirles eso, después de todo nadie sabe con cuántas y cuántos han estado ya-
-Pero ella no es del tipo que respondería bien ante uno de ellos… ¡Por favor Arthur, tú eres un caballero inglés! Eres al único al que puedo pedírselo, no creo que nadie más esté a la altura de las circunstancias- sería un idiota, pero sabía perfectamente que apelando a su orgullo obtendría lo que quería. El mencionado lo meditó unos segundos.
-Bien, lo haré. Pero déjame averiguar sobre ella antes. Si llego a descubrir que es otro asesina psicópata en potencia, olvídate de que te ayude ni ahora ni nunca. ¿Fui claro?-
-Síp, clarísimo Capitán Kirkland- le respondió felizmente con una de sus sonrisas. "¿Por qué siento que acabo de meterme en las mismísimas fauces de un lobo?" pensó algo preocupado Arthur mientras ambos abandonaban la biblioteca y el edificio para dirigirse a sus casas, ya que eran vecinos por muy poca distancia el uno del otro.
