Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola a todos, gracias por entrar en este ichiruki! Porque sí, les aseguro que es un ichiruki, aunque no los llame por su nombre original. Gracias a todos los que lo han aceptado así, a partir de este capi las referencias a lo que sabemos sobre ellos irán profundizándose. Espero que les guste :D
Capítulo II: Visiones
-Una mujer –repitió Kumagai en un murmullo. Sus manos aflojaron su agarre y dejó que la chica se deslizara poco a poco hacia el piso. Dio un paso atrás, abstraído.
Ella no pudo sostenerse en pie, no solo a causa del amarre de las sogas, sino también por la debilidad que venía adueñándose de su cuerpo. No había consumido ningún alimento, ni siquiera agua. Sin embargo, lo que más la consternaba era haber sido descubierta. No podía imaginar lo que ocurriría, ni qué haría ese sujeto con ella. Se mordió el labio inferior con impotencia y ocultó su rostro entre las rodillas flexionadas. No sabía qué hacer, ni si debería hacer algo, porque de todos modos había renunciado a vivir.
Para Kumagai, la verdad fue como una tormenta de nieve azotándole en el rostro. Si hasta hace poco se sentía absolutamente desconcertado por el influjo que el cautivo llegó a tener sobre él, el verificar que en realidad se trataba de una mujer lo desorientó aún más. Si antes se había identificado con el resentimiento y el dolor que había visto en sus ojos, ahora se hallaba completamente confundido, tironeado entre sentimientos encontrados.
Nunca había tenido que matar a una mujer. No era que estuviese fuera de su código, sobre todo si se trataba de un rival, pero era una regla que se había impuesto a sí mismo hacía mucho tiempo. Había visto morir a su madre... Si en ese mismo momento hubiese entrado Benkei con la orden de ejecutarla, él no hubiera podido hacerlo.
Sabía de la existencia de mujeres que se habían desempeñado como habilidosas guerreras, pero también estaba al tanto de que ya no entraban en batalla, aunque se formaran en las artes marciales. Si se las adiestraba era con el único fin de defender el hogar mientras los hombres se ausentaran en épocas de guerra, no para que intervinieran en una. Además, ningún samurai estaba dispuesto a granjearse el honor solo por asesinar a una mujer. Que alguien como ella se haya atrevido a asaltar el campamento enemigo para matar al líder, sola, cuando todos los del clan al que servía habían huido, le admiró profundamente. No solo era cuestión de agallas, tenía que tener una razón muy poderosa para haberlo intentado.
Kumagai no sabía cómo manejar la situación. Enfocó su ceñuda mirada sobre ella, que estaba hecha un ovillo en el suelo y contra la pared. Apenas podía entender cómo alguien en apariencia tan pequeño había degollado a varios de los suyos sin que nadie se diera cuenta. Evidentemente, había recibido un entrenamiento serio y disciplinado, que la dotó de una gran destreza y de un gran vigor. Aun así…
-Dime tu nombre –exigió.
Todo lo que recibió como respuesta fue un inalterable silencio.
-¡Tu nombre! –volvió a demandar él, elevando la voz de tal modo que la hizo sobresaltar.
-Taguchi –susurró ella, sin modificar su contraída postura.
-¡No te escucho, maldita sea!
-¡Taguchi! –estalló la joven, reaccionando con rabia por primera vez desde que la capturaron. Levantó la cabeza y observó a Kumagai con ojos oscuros y rencorosos, como si quisiese insultarlo solo con la mirada-. ¡Pertenezco al clan Taguchi, vasallo del clan Taira!
-¡Tu nombre completo!
-¡Eso no es asunto tuyo!
-¿Qué dijiste? –El joven luchó para contenerse. Se sentía tan ofendido que ya no le importó que la otra fuese una mujer-. ¡Dímelo de una vez o te mataré aquí mismo!
-¡Por mí puedes hacer lo que quieras! ¡Yo ya estoy muerta, maldito imbécil! –vociferó ella, dejando salir por fin toda la amargura contenida.
-Maldición… -masculló el otro, acercándosele de nuevo y sujetándola de los brazos para obligarla a ponerse de pie.
La muchacha ahogó un gemido de dolor. Su cuerpo estaba siendo maltratado desde la noche anterior no sólo por el guerrero, sino también por el frío y el hambre. Pero ya nada le importaba, solo tenía que resistir un poco más hasta que hallara la forma de morir por sí misma.
-Ese estúpido orgullo no te servirá de nada –siseó él. La miraba a los ojos con el entrecejo fruncido, furioso por la testarudez de alguien que se hallaba en evidente desventaja. No obstante tuvo que reconocer que la pequeñita tenía valor-. ¿Quieres morir? ¡Pues bien! Si no colaboras con nosotros, ¡pronto serás ejecutada! Y si no haces lo que te ordeno…
En ese preciso momento, una súbita sombra se cruzó por su campo visual y cortó en seco sus palabras. Esa sensación… No podía ser… no podía ser… Kumagai ahogó un gemido y una maldición. Giró su cabeza con lentitud, casi con dificultad, y sus ojos se abrieron con espanto.
El tiempo pareció detenerse. Su corazón latía, aunque desde lejos y con retraso. Una muchacha permanecía de pie en un ángulo de la improvisada mazmorra. Vestía un yukata oscuro y corroído, su cabello estaba desarreglado, una desgastada cadena pendía de su pecho, adherida a él de una forma que no era natural. Su mirada parecía perdida, hasta que de pronto la fijó en él, como suplicándole. Kumagai se paralizó y un nuevo gemido ronco brotó de entre sus labios.
Taguchi notó que las facciones del guerrero se contraían en una mueca de horror y que sus ojos se abrían desorbitadamente, como si estuviese contemplando una terrible aparición. Sin embargo, aunque ella siguió el rumbo de su mirada, no pudo ver nada. Sintió más flojo el agarre de sus manos, parecía que se había olvidado de ella.
-No –gimió él.
La prisionera se asustó. Nunca había visto un rostro como ese, atravesado por un miedo glacial. Comenzó a desprenderse de a poco de su sujeción, retrocediendo hacia la pared sin quitarle la vista de encima. Le acometió una inquietud tal que no sabía cómo reaccionar. El rostro del joven había empalidecido notoriamente y continuaba fijo en un ángulo del recinto, donde ella solo podía ver el vacío. No entendía nada, y el espanto que parecía experimentar el otro se le contagiaba.
-¡Basta! –imploró lastimosamente el joven, con voz quebrada, dirigiéndose a alguien que Taguchi todavía no podía ver-. ¡Déjame en paz! ¡Vete!
¿Por qué ahora, por qué? Kumagai comenzó a temblar. Ese atávico miedo que lo atenazara de niño, cuando lo asaltaban aquellas inesperadas visiones, resurgió dentro de sí para anular por completo su sentido de la realidad. Ya no podía determinar con certeza en dónde se encontraba, si con los vivos o con los muertos. Las piernas no le respondían, sus entrañas se revolvían y comenzó a sentir náuseas, hasta que no lo soportó más y cayó al suelo a gatas, expulsando todo lo que atascaba a su conmocionado organismo.
La prisionera presenciaba la insólita escena sin podérselo creer. No podía discernir lo que estaba sucediendo allí, todo aquello le parecía de un absurdo intolerable. En un momento era ella la débil y expuesta, la manoseada y la humillada, y al siguiente instante su captor sucumbía delante de sus propios ojos, bajo los efectos de algún misterioso hechizo. Ese giro de los acontecimientos le resultaba incomprensible, inaudito.
Y de repente, como si una vela se hubiese encendido dentro de su fatigada mente, la idea de huir comenzó a picarla por dentro. No había pensado en ello antes, ni siquiera se había planteado la posibilidad de seguir con vida. Su muerte había sido la única certeza desde que fuese capturada, se había convencido de que solo a eso se reducía su futuro. Semejante vuelco de la suerte se le antojaba un desatino, casi una burla.
Y sin embargo, la salida estaba allí. Del otro lado, si esta misma suerte la acompañaba, le aguardaban la vida y una nueva oportunidad. Contempló el amarre de sus manos, insegura. Después, casi sin pensarlo, empezó a forcejear. Era demasiado posible, demasiado posible…
-Oye…
La débil voz provenía del guerrero, que continuaba en la misma postura después de haberse descompuesto. Taguchi se detuvo en el acto, temerosa de haber sido descubierta.
-Oye –repitió Kumagai, sin fuerzas para levantarse, sin valor para volver a mirar hacia el rincón. Aun así, desde algún remoto lugar de su conciencia, recordó en dónde estaba-, ni se te ocurra.
Era una advertencia. Ella se sostenía contra la pared, indecisa. Las cuerdas por fin habían cedido. Por un lado surgía la posibilidad de vivir, una alternativa que había desechado desde el instante mismo en que había decidido tomar la vida de Benkei como reparación por la derrota de su clan y la muerte de su maestro. Su propio orgullo estaba en juego. Había querido medirse como guerrera y demostrarle al mundo que ella era mucho más que una simple mujer, que podía desempeñarse en el campo de batalla con tanta habilidad como el mejor samurai. Pero en eso ya había fracasado, y ni siquiera había podido morir con honor. Por otro lado…
-Aún estoy aquí… no me he rendido…
Esa áspera voz la estremeció. Por alguna extraña razón, le recordó la de su maestro.
Cuando era una niña, quiso demostrar que podía luchar. Entrenaba a escondidas por su cuenta, con ingenuidad, ignorante de la técnica. Una vez terminó tirada sobre la hierba, magullada, sin fuerzas para levantarse, hasta que sintió unos pasos que se acercaban. Era él. Taguchi le pidió ayuda, y desde ese momento su maestro no se la negó jamás.
Su cálida voz siempre le había hablado con dulzura, la había guiado con ética y con nobleza, inculcándole el orgullo propio de los guerreros, del guerrero que ella quería ser. En ese instante, en esa sucia y oscura mazmorra que le había parecido una tumba, creyó reconocer en esta otra boca aquella voz tan amada en el pasado. En un punto, sabía que se estaba engañando y hasta se odió por esa flaqueza. Sin embargo, dudó.
Kumagai hizo acopio de lo poco que le quedaba de energía para erguirse sobre sus piernas. No era que esperara nada de ella, su cabeza y su corazón habían sido invadidos por una maraña de pensamientos y sensaciones que hacía mucho tiempo no experimentaba, por lo cual estaba incapacitado para pelear. Dio por sentado que la chica aprovecharía para escapar. En el fondo, no le importaba. En lo único que podía pensar era que aquello había regresado, que aquello se había desatado una vez más, vaya a saber por qué razón. Era un irrefrenable remolino que lo devoraría desde adentro, igual que antaño, socavando los cimientos de su conciencia.
Si su padre lo supiera... Se sonrió con ironía. A fin de cuentas nunca nadie le creyó, cada vez que enfermó (inmediatamente después de las visiones) fue adjudicado a la supuesta debilidad de su constitución. Cada vez que les contaba lo que veía, lo ignoraban y le prohibían repetirlo fuera de la casa, advirtiéndole que los demás lo tendrían por loco. Tuvo que soportar mucho por sí mismo, en soledad, y tuvo que esforzarse continuamente para cumplir con lo que se esperaba de él y para demostrar que era fuerte. Por desgracia, ahora todo volvía a comenzar.
Maldición… No quería mirar otra vez hacia allí, pero tenía que hacerlo. La muchacha del yukata ya no estaba. Al pensarlo, un nuevo vahído lo acometió, haciéndole caer hacia adelante.
Sin embargo, antes de estrellarse contra el frío suelo de piedra unos brazos lo envolvieron y lo sujetaron con firmeza.
-No me malinterpretes, no lo hago por gusto –musitó ella, al notar su interrogadora mirada. Lo arrastró como pudo hasta el muro, donde lo sentó derecho, de modo que su espalda descansara contra la superficie. Después, lo encaró con ceñudo talante-. Antes de que me vaya me dirás qué diablos pasó aquí.
-o-
-No es de tu incumbencia –farfulló Kumagai. Por fin lograba readueñarse de sí mismo. El frío del muro le despejaba las ideas, lo reconfortó de su altibajo emocional. Maldijo por dentro al tomar conciencia de que los roles se habían invertido drásticamente, que ahora era él quien estaba a merced del otro. Se preguntaba por qué no habría huido ya esa chica.
Al escuchar esa respuesta, Taguchi se irritó. Fue una estúpida al encontrar algún tipo de similitud entre la voz de su maestro y la voz de su enemigo. Con el cambio de situación, volvió a sentirse segura de sí misma. Si lograba escapar de allí, nunca más se permitiría una flaqueza como aquella.
-Vete al infierno –le espetó, mientras se incorporaba.
-Esa es mi línea –repuso él, siguiendo su movimiento con la mirada. ¿Por qué no se había ido?
Taguchi chasqueó la lengua. Le echó una última y rencorosa mirada, y se giró para marcharse. Solo un pie pudo mover.
-¡Te dije que aún no me he rendido! –masculló él, sujetándola del tobillo izquierdo con fuerza. Todavía no se había recuperado, pero conservaba suficiente energía como para retenerla. Y aunque no figuraba dentro de sus planes asesinarla, a esas alturas ya no podría permitirse la afrenta de dejarla ir.
-Mocoso engreído –gruñó ella, forcejeando. Tiraba de la pierna con tenacidad, pero el otro estaba decidido a no liberarla-. ¡Suéltame! –gritó, sin poder explicarse cómo es que después de haberse descompuesto de esa forma aún le quedaran ánimos para luchar. Tironeó con tal ímpetu que terminó cayendo sentada, emitiendo un quejido de dolor. Había olvidado que, tal vez, ella estaba tan débil como él-. ¡Maldito seas!
-No te dejaré ir –amenazó Kumagai con los dientes apretados, sin soltarla-. Nunca te irás.
Teniéndola en el suelo, la sujetó también de una muñeca. Ambos pujaban denodadamente, ninguno estaba dispuesto a darse por vencido. Había mucho en juego: el honor, el orgullo, la historia que cada uno cargaba.
Súbitamente, Kumagai cejó, aunque sin desasirla. La otra intentó asestarle un golpe en la cara, pero él pudo detenerla con una de sus grandes manos y la obligó a recostarse sobre el duro suelo, echándosele encima con todo su peso para paralizarla, como la noche anterior.
-¡¿Qué demonios crees que haces, idiota?
-Sshhh –profirió él, tapándole la boca con la mano. Asumió una actitud alerta, sin mirarla. Luego la encaró con el entrecejo fruncido, acercando su rostro hasta el de ella de tal forma que casi rozaba su nariz. Taguchi abrió los ojos con estupor-. Escucha, se están acercando mis compañeros, seguramente para que el general Benkei te interrogue. Ellos no saben que eres una mujer.
La prisionera se desconcertó, no entendía adónde quería llegar. Lo observó con interrogadora mirada, entonces Kumagai continuó.
-No tienen que saberlo, podría ser un motivo para alterar el sistema de tortura.
Ella logró liberar la boca de su sujeción.
-¿Por quién me tomas, imbécil? ¿Crees que soy tan débil que no podré soportarlo? Y además, ¿a ti qué demonios te importa?
-¡Y una mierda! –exclamó él, irritado-. ¡Harás lo que yo te diga!
-¿Por qué maldito motivo debería hacerlo? Eres el enemigo que me capturó, ¿por qué tendría que confiar en ti?, ¿y por qué quieres ayudarme?
Kumagai se crispó, para disimular su desconcierto. ¿Por qué lo hacía…? No tenía la menor idea. La única certeza que tenía era que, si los demás se enteraban de que se trataba de una mujer, el sufrimiento y la vejación la matarían antes de emitir una sola palabra, por más delatora que sea. Por alguna extraña razón, no estaba dispuesto a permitir que eso suceda, debía protegerla.
Sin responder, se estiró para tomar el olvidado casco. Se levantó, la obligó a ponerse de pie y se lo colocó de tal modo que buena parte de su rostro quedase oculta. Taguchi se dejó hacer, entre sorprendida e indignada.
-Eres mi enemigo y yo soy tu enemiga –repitió, mirándolo ceñuda-. Tu deber es matarme, yo no te pedí que me ayudes.
El guerrero se acercó tanto a ella que la chica tuvo que levantar la vista para poder sostener su mirada. La luz escaseaba, sin embargo llegó a vislumbrar el suave color de sus ojos y el extraño tono de sus cabellos. Insólitamente, le recordaron el color del cielo al atardecer. Pero allí había mucho más, había una historia, un dolor y una lucha, sumamente parecidos a los suyos. De repente le acometió la irresistible necesidad de huir, aún más que antes, porque sentía que estaba cayendo en unas redes de las cuales ya no podría zafarse. Era como si en esos ojos se hubiera topado con su propio destino, un destino que la había estado esperando y que la llamaba. Era demasiado extraño, demasiado.
-No me malinterpretes –respondió él, sin dejar de observarla. Al estar más cerca de la única fuente de luz del lugar, de nuevo se encontró con sus ojos, esos grandes ojos que le mostraban un abismo tan profundo como el océano, y tan incierto como la suerte. Indefectiblemente, se sintió tan atraído que no supo encontrar un asidero mental del cual sostenerse, solo se veía caer-. No te protejo por piedad, lo hago porque quiero.
-Esa razón no es suficiente.
-Pues a mí me basta.
-Dime tu nombre.
El joven dio media vuelta para dirigirse a la salida. Podía oír el ruido de las pisadas de sus compañeros, que se acercaban. De entre todas las cosas que nunca podría explicarse desde el momento en que la conociera, aquella de detenerse unos segundos para responderle no sería la de menor importancia.
-Pertenezco al clan Kumagai, vasallo del clan Minamoto.
-¿Y tu nombre completo?
-Dime primero el tuyo.
Taguchi calló. Él no lo sabía, pero si ella hubiese podido, hubiera borrado su nombre para siempre. No se lo decía a nadie, tampoco se lo diría a él.
Al recibir el silencio como respuesta, el guerrero reinició su marcha.
-Algún día tendrás que decírmelo –murmuró, y luego salió.
Gracias por leer n.n
Saludos para misa y Basi, muchas gracias por sus afectuosos y entusiastas reviews :D Saludos también para los demás que me dejaron un comentario, creo que pude responderles a todos. Sus mensajes son muy motivadores, justamente porque la historia es muy particular, pero es un sueño que no pude evitar poner en palabras. De verdad, gracias por su apoyo a este proyecto :D
Hasta la próxima!
