La Herencia Psicológica

Hoag era un edificio frío, gris y nada acogedor. Ciertamente era una penitenciaría, que no pretendía que los huéspedes se sintieran cómodos allí, pero incluso antes de cruzar los muros pude notar como su aura deprimente afectaba a mi ánimo.

Como desde el internamiento de los hermanos MacManus, un numeroso grupo de seguidores que apoyaban las acciones de los justicieros se apostaban a los muros de la prisión con carteles y entonando eslóganes, pidiendo la liberación de los irlandeses y su compañero mexicano.

Paré frente a la garita de seguridad y le mostré mi nueva y reluciente acreditación al guarda.

–¿Sabe por dónde tiene que dirigirse para ir a administración? –preguntó el hombre.

–¿Eh? Adminis... No, no, tengo que ver al Alcaide –le informé.

–Sí, señorita, pero debe pasar por administración para que le informen a él.

–Oh –lamenté, no he cruzado lo límites de este lugar y ya me siento idiota, pensé sin poder evitarlo.

–Tiene que dar la vuelta al edificio de la izquierda, ahí está el aparcamiento de personal, la puerta... –con tono tranquilo y como si hubiera repetido aquella información cientos de veces, el funcionario me indicó cómo debía llegar a dónde debía ir.

Seguí sus instrucciones y dejé a Miss Daisy aparcada lo más cerca que pude de la puerta de personal. Psicológicamente hablando, poner nombre a objetos no es algo maduro, y conozco sobradamente la opinión de algunos colegas al respecto, pero todo el mundo tiene sus manías. Y pese a que jamás reconoceré en voz alta que soy algo infantil, lo soy,. Precisamente por eso, en esos instantes, mientras caminaba sobre el suelo de gravilla, rezando para no tropezar con mis zapatos de tacón, que cumplían la norma de ser femeninos pero profesionales, me sentía insegura. No confiaba completamente en estar preparada para ese trabajo que era el mejor trabajo de campo que nadie pudiera desear.

Solté todo el aire de mis pulmones, mirando mi reflejo en el cristal de la puerta de entrada, y pensé para mí, que sí estaba capacitada para aquello, que era algo que yo sola había conseguido y nadie más que yo se merecía la oportunidad. Entré.

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Al igual que todo aquel lugar, los trabajadores con los que hablé, hasta conseguir llegar en el despacho del Alcaide, tenían un aura a tristeza, decaimiento y pesadumbre. Lo que me llevo a plantearme el hecho de no volver a ponerme un traje gris para trabajar, o al menos no hacerlo con una sosa camisa blanca. Desde ese día el amarillo y el violeta serian mis colores secundarios, necesitaba vitalidad y alegría, si quería no acabar yo misma yendo a terapia tras pasar seis meses visitando aquel lugar cuatro días a la semana.

El Alcaide no fue una excepción, ni en su apariencia ni en su talante para conmigo. Tras dudar de mi profesionalidad, diciendo que no esperaba a alguien tan joven, lo que dio claras muestras de que mi moño bajo, estilo abuela no había logrado su objetivo, pasó a indicar que invitaría a un guardia para que me acompañase a mi despacho, y que sin ninguna molestia también permanecería conmigo durante las entrevistas con los reclusos.

–Eso no podrá ser posible –le indiqué –las sesiones con mis pacientes son personales y están amparadas bajo la confidencialidad que caracteriza mi profesión.

–Es por seguridad –reiteró.

–El abogado de los MacManus fue muy claro en ese sentido –alegué con la mayor seriedad que pude, sin perder la paciencia –. Cualquier incidencia que se produzca durante mis consultas podría peligrar mi investigación y eso es algo que no estoy dispuesta a permitir.

–Sí eso es lo que usted quiere, aceptaré –asintió finalmente –. Pero será bajo su responsabilidad, está institución y mucho menos yo, me haré cargo de cualquier daño o percance que esos depravados le hagan. ¿No se si sabe con que tipo de hombres está usted apunto de tratar?

–Llevo varios años estudiando a la familia MacManus, estoy más que familiarizada con el tipo de hombres que son –contesté de forma cortante.

–Pero jamás los ha visto directamente, ¿me equivoco? –preguntó con una risa ladeada.

–No –tuve que admitir –, puesto que es la primera vez que han sido encarcelados.

–En cuanto al recluso Romeo Salamanca (1) que fue acusado junto a...

–Él no es mi competencia. Mi estudio e investigación trata sobre la Herencia Psicológica, sí ha leído mi informe previo, lo sabrá. El Sr. Salamanca no pertenece a la familia MacManus, y por lo tanto su perfil psicológico y los motivos que le llevaron a sus actos y la justificación de los mismos no me importan en absoluto –dije de carrerilla, intentando parecer lo más competente y profesional posible.

–Sí.. sí –dijo sin importancia, levantándose de su sillón y acompañándome a la puerta –El agente Vega la acompañará a su despacho, el resto de días diríjase directamente hacia a el...

–De acuerdo –asentí.

Acompañada del agente Vega, un cuarentón con cara de tener un perpetuo dolor de muelas y pelo que empezaba a volverse cano, me dirigí a mi despacho.

Una fría, como todo aquel edificio, y diminuta sala, con una librería de pie, un escritorio, una silla de escritorio, y tres sillas rígidas y de aspecto endeble, dos frente al escritorio y otra apoyada en la pared. Lo único bueno, una ventana que daba al exterior de aquel lugar, evidentemente con barrotes.

–Bienvenida al paraíso... –me dije a mí misma.

Paseando por la sala hice una lista mental de lo que necesitaba llevar hasta ese lugar, para al menos no sentir ganas de morirme por la falta de estímulos que desprendía esa habitación.

Plantas, un plan de cuadros de tonos cálidos, otro de fríos claros, algún adorno sin significado religioso o étnico, libros, los libros siempre son acogedores, y más plantas... y un diván. ¿Qué clase de Psicóloga sería sin diván?

Cuando terminé de decidir cómo y con qué decoraría mi despacho se senté en la silla de escritorio y subí los pies sobre la mesa.

–De a aquí, a ser el articulo central de todas las publicaciones psicológicas del país... –sonreí – y de Europa.

Comprobé la hora en mi reloj plateado de mi muñeca y recuperé la compostura, justo un segundo antes de que el teléfono a mi lado sonase.

–Sí..

–¿Dra. Tazia? –preguntaron, al otro lado del aparato, confuso

–Sí, soy yo –contesté, dándome cuenta que debería haber dicho mi nombre al descolgar.

–Le informamos que los reclusos Connor MacManus y Murphy MacManus están siendo llevados a su despacho en estos momentos.

–De acuerdo, Gracias.

Agitada saqué de mi maletín las carpetas y los informes que me harían parecer más seria incluso que mi traje pantalón, y me coloqué las gafas. Durante varios minutos disimulé estar leyendo unos documentos a la espera de la llegada de mis nuevos pacientes, pero realmente no podía concentrarme.

La puerta sonó, pude ver a un guardia tras el pequeño cristal de seguridad, y le hice un gesto para que pasara, pero me miró confuso, tras unos instantes comprendí que debía presionar un interruptor en la pared para que la puerta se abriera. Tonta, me dije mentalmente.

–Lo siento, el Agente... Vega, no me informó –me justifiqué.

–Es un despiste –comentó el guardia, con la primera sonrisa del día –damos muchas cosas por sentado aquí dentro.

–Y que lo digas –comentó uno de los hermanos MacManus, por las fotos que tenía en mi poder le identifiqué como Connor.

–Que tengas un buen día, Harry –deseó Murphy al carcelero.

–Lo intentaré chicos, creo que os dejo en buenas manos –contestó el guardia.

Ambos hermanos me miraron, haciendo que me sintiera incómoda y más nerviosa que nunca, y asintieron cordialmente a su carcelero.

–Creo que no te equivocas –afirmó Connor.

Sin duda la buena relación y ánimo de los hermanos MacManus con aquel guardia me sorprendió, pero también me hizo suponer que sí ese hombre estaba tan contento, era por la compañía de esos chicos durante el trayecto.

–Buenos días, caballeros –les saludé, mostrando una sonrisa que más que cordial lo que pretendía era disimular mis nervios.

De ese instante en adelante, como tratase y se dieran las cosas con esos dos individuos, dependía que yo, una reciente doctorada en psicología, pudiera demostrar con pruebas de campo y datos empíricos, que la mente humana posee un patrón hereditario que determina cómo y quiénes seremos nosotros, que nos es dado por nuestros antepasados.

Los MacManus no sólo eran unos conocidos y mediáticos conejillos de indias, sino que eran los conejillos de indias perfectos para mi investigación. Ellos sin haber conocido, ni tan siquiera tenido referencias de su progenitor paterno, habían seguido sus mismos pasos, de la misma manera y contra el mismo tipo de víctimas, en el instante en que la vida les brindó la oportunidad. Y si eso no era grandioso de por si. Yo, la recién doctorada Caterina Tazia había conseguido el permiso de la fiscalía e incluso de los abogados de la defensa para poder tratar a esos dos conejillos de indias. Era sublime.

–¿Podemos fumar? –preguntó Murphy, cuya voz me sacó de mi propia versión del cuento de la lechera.

–¿Eh? – pregunté confusa –No.

–Entonces nos negamos a esto –afirmó comenzando a levantarse de la silla.

–No, no... ¡No! –grité agitando las manos nerviosa –No os podéis negar ahora, tengo un acuerdo a tres partes...

–Hey.. Hey... come-cocos.. sólo deje que me fume un cigarro –explicó volviendo a tomar asiento.

–A los dos –apuntó Connor.

–No tengo tabaco –intenté justificar.

–Nosotros sí –afirmó Murphy, sacando una cajetilla arrugada del bolsillo trasero de sus pantalones –. ¿Quiere? –me ofreció un pitillo tras darle uno a su hermano.

–No, lo he dejado... –comenté.

Ese era el motivo de mis reticencias a que alguien fumase en mi presencia, podía ser cabezota, podía ser tenaz, podía ser constante... siempre y cuando mi escasa fuerza de voluntad no me fallara. Era la quinta vez en siete años que dejaba el tabaco, y como siempre era la definitiva.

Intenté ignorar el provocativo olor a nicotina.

–Creo que su abogado les ha informado de las características de estas reuniones y los objetivos de las mismas, ¿no es cierto? –pregunté para romper el hielo.

–Sí, pero le hemos despedido –contestó Connor, con la mayor normalidad del mundo.

–¿Cómo? –pregunte sorprendida.

–Ese picapleitos quería que nos declarásemos culpables –explicó su hermano –Cómo si hubiéramos hecho algo malo.

–¿Niegan entonces haber acabado con la vida de más de medio centenar de personas, junto con su padre Noah MacManus, el Sr DelaRocco y el Sr. Salamanca?

–No –dijeron al unísono ambos tras mirarse.

–Bueno entonces...

–Nosotros sólo somos culpables de liberar a la sociedad de una sucia escoria, que hacía peligrar la paz y la seguridad de la buena gente de esta ciudad –declaró Connor, con verdadera convicción.

–Ergo son culpables –apunté yo.

–Sí, pero en el sentido bueno –contestó Murphy recolocándose en su silla.

–Yo no estoy aquí para juzgarles, a ninguno, no soy juez, soy psicóloga.

–Y, ¿qué se supone que tenemos que hacer? – volvió a tomar la palabra Murphy –¿hablarle de cosas mientras escucha y toma notas?

–Tomaré notas y, si no les incómoda, grabaré las sesiones –ambos se miraron al escucharme –, pero eso que describes es el psicoanálisis, yo soy menos "froidiana", suelo preguntar, utilizar diversas técnicas no agresivas y otro tipo de estímulos en mis sesiones.

–¿No estará hablando de electrochoque o cosas de esas? –preguntó Connor.

–Ah... no, yo paso de calambres y mierdas.

–No, no, nada de eso –les tranquilicé –, me refiero a música, olores, imágenes, nada que les pueda producir un daño físico, por supuesto.

–Y con eso, ¿qué pretende demostrar? –preguntó Murphy, con un tono sutilmente desconfiado.

–Que la Herencia Psicológica es real, y que lo que somos o podríamos llegar a ser esta determinado por nuestros padres, al igual que nuestro color de ojos o tono de piel –expliqué brevemente.

–¿Quienes son sus padres? –preguntó Murphy.

Me había preparado para esa pregunta de mil y una maneras, y sin embargo cuando la escuché, no puedo negar que se me encogió el estómago.

–No estamos hablando de mí –contesté con tono cortante y procedía a cambiar de tema rápidamente –. Haremos sesiones durante una hora al día, de forma individual tres días por semana y un cuarto día dos horas conjuntamente, ¿están de acuerdo?

De nuevo ambos se volvieron a mirar y asintieron al unísono.

–Esta pequeña reunión sólo ha sido informativa, comenzaremos mañana.

–¿Qué? ¿Ya? –preguntó Murphy.

–Sí, hemos pagado por una sesión completa –continuó Connor.

–Eso, no puede dejarnos ahora, apenas han pasado veinte minutos.

Debo reconocer que no había esperado semejante reacción, y no pude evitar reírme ante aquella representación teatral tan coordinada.

–Seguro que en un par de semanas no estarán con tanto ánimo –afirmé.

–¿Por qué lo dice? –preguntó Connor –Si no nos va a electrocutar, esto es mejor que estar en el pabellón de aislamiento.

Aquella afirmación contestó a mi pregunta de porque no querían terminar la reunión, ambos se encontraban en celdas especiales, lejos del resto de reclusos, por su condición de justicieros. Prácticamente todos los internos de Hoag querían acabar con "Los Santos", y por ello apenas salían de sus celdas, exceptuando un par de horas al día de manera individual. Yo no era una defensora de su causa, como la gente que se manifestaba tras los muros, pero reconocía que había gente peor en el mundo, aunque no estaba en contra de que fueran juzgados y condenados por sus crímenes, eso sí, tras mi investigación.

–Si quieren, podríamos comenzar con una entrevista previa, ¿les parece? –propuse –Así mañana entraremos directamente en profundidad.

–Me gusta –asintió Murphy

–Sí, me parece bien...

–En ese caso... ¿Qué les hizo tomar la determinación de aplicar su propia justicia? –pregunté tomando mi bloc de notas.

–Dios –contestaron al unísono.

–¿Dios? –pregunté intentando disimular mi sorpresa.

–Sí, Dios nos hablo –Explicó Connor.

–A los dos –especificó Murphy.

–Sí, a los dos a la vez

–Y nos dijo que para que lo bueno pudiera florecer...

–...Se debía destruir todo lo que era maligno –terminó la frase Connor.

Escucharlos hablar con tanta convicción y devoción de aquello me sorprendió, incluso tras haber leído y estudiado sus perfiles durante meses. No se trataba de una excusa, lo decían realmente, pero sus perfiles psicológicos previos no indicaban que parecieran alteración de la realidad. Estaba confusa, ciertamente.

Continuamos hablando sobre como se convirtieron en "Los Santos", y sus pensamientos morales al respecto durante más de una hora, y luego ellos volvieron a sus celdas acompañados por dos guardias.

Les vi alejarse de mi despacho entre bromas y comentarios entre ellos con los guardias, pensando que esos dos hombres, locos o enviados por Dios, eran realmente carismáticos. Casi habían conseguido que olvidase el entorno lúgubre donde nos encontrábamos.

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Cuando salí de la prisión me quedaba más de la mitad del día por delante, pero tenía muchas cosas que hacer, entre ellas buscar lo necesario para convertir mi despacho en un lugar agradable y estimulante donde estar, tanto por mi como por mi investigación.

Visité varias tiendas de decoración, floristerías, y en la tienda de muebles donde fui a adquirir el diván me aclararon algo en lo que no había reparado.

–¿Quiere que lo llevemos a la prisión de Hoag? –preguntó el dependiente visiblemente sorprendido.

–Sí, a la atención de la Dra, Caterina Tazia, en el horario que le he dicho –le informé.

–Pero, ¿Tiene permiso para que podamos meter esto dentro de una prisión? –preguntó, lo que me dejó sin palabras –Hemos llevado algunos muebles a un psiquiátrico en alguna ocasión y no suelen tramitarse los pedidos de esta manera.

–Ya... claro –asentí, dándome cuenta que no podía meter lo que me diera la gana dentro de una prisión.

Intenté buscar alguna forma de justificar mi absurdo y desinformado comportamiento, pero no la hallé, por lo que avergonzada me disculpé con el dependiente y me marché a mi casa.

Allí me esperaban diez mensajes en el contestador y el indiferente de mi gato. Los mensajes todos de mi abuela, para hundirme más si cabía mi amor propio. Cuando le devolví la llamada su voz al otro lado del aparato casi me deja sorda.

–¡¿Para qué quieres el móvil?! –preguntó indignada.

–Me lo dejé en el coche... lo siento –me disculpé.

–Creía que te habían raptado y puesto de rehén para provocar un motín en la prisión y poder escapar –se lamentaba con voz dramática –no he podido comer si quiera.

–Nona deberías escribir novelas, tienes una imaginación increíble.

–No bromees –dijo aún más indignada.

–Estoy bien, perfectamente. Mis pacientes son muy agradables. –Nada más pronunciar esa frase me lamenté, llevándome las manos a la frente.

–¿Agradables? Son asesinos, asesinos que usan a Nuestro Señor para matar –contradijo al otro lado del auricular –. No matarás, es el quinto mandamiento, y no hay excepciones con la ley...

–Lo sé... lo sé, Nona. –la intenté calmar –Sólo quería decir que no dan miedo, no son temibles... así al verles.

–Miedo o no, son lo que son –sentenció –¡Ay! Que poco me gusta que tengas que hacer eso... que se pasen pronto estos meses, porque me estas quitando la vida.

–Dramática y chantajista –La acusé.

–Pero si ya eres doctora, ¿qué te van a dar por esto? ¿Un re-doctorado o presidencia?

–Un disco de platino –bromeé –Nona, pues prestigio, esto lo hago por prestigio.

–Bueno, como tú quieras –me ignoró, habíamos tenido esta conversación un millar de veces –te llamo mañana. Ti voglio tanto bene*

–Ti voglio anch'io**, Nona.

Tras aplacar la preocupación de mi abuela, por lo menos durante doce horas, me puse a repasar la entrevista con los dos hermanos MacManus. Habían aceptado que les grabase, y tengo que reconocer que mientras escuchaba la grabación sonreía tontamente ante alguno comentarios. Piaget, mi gato, me miraba curioso desde el sofá donde estaba tumbado.

–¿Qué? –le pregunté molesta –Sé que son unos fanáticos religiosos con más sangre en las manos que Charles Manson, pero... son... son agradables.

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~Continuará~


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(1) El personaje de Romeo no tiene apellido en la película, así que le he puesto el apellido Salamanca, en homenaje a "Tío Salamanca" de la serie Breaking Bad, la cual es mi favorita, permitirme la licencia.

* Ti voglio tanto bene: Te quiero mucho en italiano

** Ti voglio anch'io: Yo también te quiero en italiano

NdA:¿Qué tal el primer capítulo? Pinta bien y con posibilidades o ha sido un tremendo WTF?

Se aceptan criticas (argumentadas), propuestas, apuntes y sugerencias varias.

Infinitas gracias a mi musa multicolor, no hay día que no agradezca que recayeras en mi primer fic y haberte conocido, no sólo por tu apoyo más valioso que el platino, sino por lo mucho que he aprendido y crecido como autora gracias a ti. Gracias eternas!

Gracias por leer!