La comitiva que acompaña a Michaela es... ridícula, en palabras de la misma princesa. Consiste en un carruaje pintado de color negro con un par de banderillas de color verde agua para identificar su procedencia. Delante y detrás del carruaje viene una guardia escoltando a la princesa, doce caballeros en total sobre caballos blancos. Había más guardias, pero se quedaron atrás para no parecer tan intimidantes al penetrar en las murallas rumbo al palacio.
Sin embargo, la estrella del show está dentro del carruaje.

Michaela mantiene la vista fija en su regazo mientras su sirviente personal charlotea como si no pasara absolutamente nada. Veintidós años de su vida preparándose para esto, y Michaela se da cuenta de que no quiere casarse. ¿Pero qué otra cosa va a hacer?

—El Príncipe puede ser un aliado poderoso o un enemigo temible —le había dicho su padre antes de salir—. Sin embargo, lo hemos conocido en el funeral de la Reina del Reino Blanco. El Príncipe es un caballero, y no cabe ninguna duda de que te tratará como la princesa que eres. Además, Reina Michaela. Tiene un lindo sonido, ¿verdad?

Nada de lo que su padre le dijo tuvo el efecto que buscaba, y el rostro incómodo de Michaela se lo hizo saber. Lo último que hizo el rey fue abrazarla con fuerza, desearle suerte y permitirle emprender el viaje.

Que Michaela nunca haya visto al famoso príncipe en persona tampoco ayuda con sus miedos. Desde joven, Michaela aprendió que los reyes y príncipes venían en muchas formas y tamaños, y no siempre eran agradables a la vista. Cuando lo eran, podían llegar a ser prepotentes y de modales cuestionables.
Es por eso que Michaela está esperando una caja de sorpresas como su prometido. Observa por la ventanilla del carruaje el reino, bien estructurado y ordenado, limpio, lo que habla muy bien de Allen como administrador de su poder. Sabe que hay algo más, algo escondido, porque oye los rumores y siempre hay algo que no se muestra.

Detrás y a la par de la comitiva corren niños intentando alcanzarlos. La gente observa por las ventanas de sus casas, dejan de hacer lo que están haciendo para darse vuelta y observar el espectáculo. Los vendedores dejan de hacer negocios en sus puestos para mirar con atención a quien va a ser su futura reina. Michaela siente el color subírsele a las mejillas, y no de vergüenza, de miedo. A medida que la comitiva se abre paso entre la muchedumbre que se juntó a observar, Michaela empieza a sentir el bicho de la curiosidad picándole en la nuca. ¿Qué clase de persona se encuentra en el palacio, que ya es visible? Michaela cierra la cortina de la ventanilla para tener un poco más de privacidad.

—Anímese, su alteza. He oído que tiene unos ojos azules preciosos... —su sirvienta parece estar tres veces más feliz que ella.

Finalmente, tras lo que parece una eternidad, Michaela siente el carruaje detenerse. Se alisa un poco el vestido, se asegura una vez más de que esté en perfectas condiciones y abre la puerta.

Frente a los escalones del palacio hay una comitiva de sirvientes vestidos exactamente con la misma ropa y dos personas que sobresalen. La primera es una chica, vestida con un uniforme de sirviente un poquito más elaborado que el de los demás. Michaela admira en ella un vestido negro con detalles dorados, largo hasta las rodillas y un poco acampanado. Las piernas están cubiertas por calcetines blancos y sus pies están cubiertos por un par de zapatos negros, brillantes y perfectamente lustrados. La famosa sirvienta del príncipe, supone.

La otra persona no puede ser más que el príncipe, Michaela nota decepcionada. Alto, de cabello gris y ojos azules, vestido con un saco sencillo y pantalones. Zapatos marrones. Se para como si le dolieran las piernas o la espalda, y Michaela supone que es así. Esta persona pasa de los cincuenta años. No parece realmente una persona de porte real, pero Michaela sabe perfectamente que la realeza pocas veces ostenta esa capacidad de ser realmente realeza. El hombre le susurra un par de palabras a la muchacha, gira sobre sus talones, y se mete al palacio sin decir nada. Otros asuntos, demasiado ocupado para conocer a su futura esposa.

—Mi nombre es Rilliane —en algún momento, la sirvienta personal del Príncipe se acercó a ella y ahora comienza a presentarse—. Soy la Sirviente Personal del Príncipe, y le daré una breve visita guiada por algunas habitaciones del palacio. El Príncipe se encargará de enseñarle lo demás, como son sus órdenes. En este momento está discutiendo algunas cosas con el Jefe de Personal, pero nada de lo que usted deba preocuparse.

—Agradezco la cálida bienvenida, Rilliane.
—Sígame, por favor.

Tal y como lo hizo el Príncipe, Rilliane gira sobre sus talones y se dirige al interior del palacio. Michaela la sigue. Su comitiva se encargará de todo lo demás.

Ingresan a un vestíbulo pequeño que da a la Sala del Trono. Pasan por ahí y Rilliane se dirige a una de las dos enormes puertas a los lados de la plataforma. Ahí, ingresan al vestíbulo y suben por las escaleras hasta el segundo piso. Toman un pasillo y pasan por múltiples puertas que Michaela no sabe que son.

—Sus aposentos temporales se encuentran en el Ala Este, tiene la biblioteca cerca, y el Conservatorio. Por aquí, la llevaré al Salón de Té. Llega a tiempo para la merienda —explica la muchacha, y dobla a la derecha en cuanto el pasillo se bifurca. Michaela la sigue en silencio. Finalmente, Rilliane se detiene ante un par de puertas dobles y las abre.

—Adelante, tome asiento junto a la ventana. Su Alteza la verá en breve —y la deja sola.

Michaela se toma ese momento para observar mejor la sala. Un enorme ventanal ocupa toda una pared, desde el suelo hasta el techo. La habitación tiene un par de cómodos sillones en un rincón, una chimenea, está conectada a un par de puertas que no sabe que son...

Toma asiento en la mesita junto a la ventana y apoya sus manos sobre el mantel blanco. Delante de ella, una silla vacía, y Michaela sabe a quién le pertenece.

Espera unos minutos y la puerta se abre. Entra un joven rubio, los ojos más azules que vio en su vida y rostro serio. Está vestido bastante simple, zapatos negros, pantalones del mismo color, una camisa blanca y un chaleco de vestir a juego con los pantalones. No tiene ningún adorno en el cuello, Michaela supone que es un sirviente. El joven la observa con detenimiento unos segundos hasta que finalmente se acerca a la mesa y toma asiento. Apoya sus manos sobre su regazo, y pese a que sus movimientos eran simples, Michaela nota que tienen más gracia de la que deberían tener. Este sirviente —porque no puede ser otra cosa— no parece humano. El muchacho estira una pequeña soga que cuelga del techo y se oye una campanilla. Casi al instante, como ensayado, un pequeño grupo de sirvientes se acerca con una tetera y dos tazas y bocadillos.

—Retírense —dice el joven, y los sirvientes se van tan callados y rápidamente como llegaron—. Lamento mi terrible descortesía, por motivos de seguridad no suelo salir a recibir las visitas. Confío en que Rilliane y el Jefe de Personal te hicieron sentir a gusto.

Jefe de Personal, entonces ese debía ser el hombre que ella vio al entrar. Lo que significa que el chico que tiene delante...

—No he podido intercambiar palabras con su Jefe de Personal...
—Comprendo. Tenía que discutir unos asuntos con respecto a su acomodación y no soy conocido por ser paciente. Es mi culpa y de nuevo, me disculpo por ello.

Hasta el momento, el Príncipe no intentó ser formal o pretencioso con ella. Simplemente se disculpó, y ahora la observa con ojos curiosos y ligeramente entretenidos.

—Fue un viaje largo. Adelante, no esperes a que yo empiece a tomar el té primero. Me gusta tomarme mi tiempo. Son las cinco, terminé mis obligaciones del día y puedo estar tranquilo por ahora. El Consejo se encargará de lo demás.

Se hace un silencio un poco incómodo mientras Michaela toma un sorbito de té y se entretiene con un scone. Allen finalmente toma un sorbo de su taza, pero no come nada por el momento. Parece estar más preocupado en observarla que en la merienda.

—¿No tiene corona, su Alteza? —pregunta Michaela con voz trémula, y los ojos de Allen se enfocan en la mano que sostiene la taza con una rapidez envidiable. Michaela está siendo terriblemente grosera. Una princesa nunca permite que su mano tiemble.
—No es costumbre nuestra, a no ser que sea para una ceremonia. Y sólo la usan los reyes.

Michaela se pregunta que clase de corona le tocará a ella, y empieza a imaginarse a sí misma colgada del brazo de Allen como un trofeo. Michaela se obliga a cortar sus pensamientos, para ésto la criaron. Mejor Allen que ese horrible duque...

—¿Qué es lo que esperas de este matrimonio exactamente? Ya he hablado con tu padre acerca de las implicaciones políticas. Me interesa conocer tus expectativas.

Michaela traga saliva y baja la mirada.

—No tengo muchas ambiciones, no puedo tenerlas. No conozco muy bien como funciona su reino, pero desde ya puedo ver que es muy distinto al mío. No espero nada, solamente... ¿compañía? Me gusta leer. Y hablar.
—Compañía...
—Si al menos pudiera dedicarme media hora de su tiempo...
—¿Sólo media hora?

Michaela suspira, y sus ojos hacen conexión con los del Príncipe.

—No sé que hacer. Hasta el momento fui acosada con clases de etiqueta y niñeras y lecciones, pero ahora ya no tengo ninguna de esas responsabilidades. Quisiera saber que es lo que usted espera de mí.

—No espero nada —le responde él—. Pero si quiero la corona al cumplir los veintiuno, necesito sí o sí una reina. Me gusta que hables con franqueza y que me mires a los ojos, eso nunca lo hace nadie.
—¿Por qué yo?
—Políticamente hablando es por comercio. Algunos recursos que son exclusivos de tu reino pueden ser bastante beneficiales para nosotros y vice versa. Eso, y que militarmente también nos podríamos llegar a beneficiar. Somos un reino muy excluido, pero por cuenta nuestra. No hay mucha comunicación con el exterior más allá de un par de alianzas políticas. Ahora, tu padre había propuesto una alianza. Pero yo había oído de la hija menor. Eso es todo. Tu padre se beneficia de que seamos aliados y yo, además, consigo esposa. Media hora, ¿no te parece muy poco?
—Supongo está ocupado, su Alteza, entonce-
—Len.
—¿Disculpe?
—Mi nombre es Allen, pero nadie me llama de esa forma. Es considerado una falta de respeto cuando son mis súbditos, y cuando son mis iguales simplemente no me gusta. Pero va a ser muy raro que me llames "su Alteza" si vas a casarte conmigo.
—Entonces...
—Tómalo como una versión corta de mi nombre.

Iguales. Allen se acaba de referir a ella como su igual en vez de sólo un trofeo.

—No solemos hacer actos enormes por el sólo hecho de hacerlos, así que no esperes ni por un momento que sólo serás una figura decorativa.

—Supongo que ayudaré a planear la boda.
—Ambos. O puedes dejarle todo eso a Rilliane, pero creo que va a caerse muerta de pura presión.

Y le dedica una sonrisa.

Y Michaela se la devuelve.

Siguen tomando la merienda, pero cambian en tema a otras cosas un poco menos serias. Michaela descubre, para su deleite, que Allen es una persona muy interesante.

No tiene idea de cuanto.


El mes pasa rápido, quizás porque está ocupada o porque se encuentra con buena compañía, pero un mes es suficiente para planear una boda. Allen no quiere algo demasiado grande, así que quedan con una ceremonia pequeña y un tanto privada. Doscientas personas, ni más ni menos, y para la realeza eso es un escándalo. Entre los invitados se encuentran nobles, dignatarios extranjeros, la comitiva entera de los padres de Michaela y su hermano...

Rilliane también es parte, desde las sombras, pero lo es. Parece ser una persona muy presente en la vida de Allen.

El novio está vestido simple, y ella eligió también un vestido bastante sencillo para combinar. Parecían fuera de lugar, pero justamente eso era lo que Allen buscaba. Entre tanta pompa, que ellos dos sean los más sencillos los hacía destacar más.

Allen estaba conversando con un hombre de cabello morado y porte noble (un Duque, le dijo Allen a Michaela, pero no especificó más) y la soberana de otro reino (una extraña mujer que estaba mordisqueando el tenedor) cuando notó el mendigo que se había metido por quien sabe dónde.

Michaela dirige su mirada a su —aún no puede creerlo— esposo, quien perdió en algún momento toda sonrisa y ahora observa al mendigo como un lobo a su presa.

El hombre observa todo el lujo, la fiesta... No hay austeridad, lejos está el régimen impuesto por el príncipe, que parece fuera de lugar entre tanta pompa, con su traje simple. Michaela traga saliva y observa al mendigo. Ella ya se sentía fuera de lugar por su vestido sencillo y humilde, siquiera por combinar con Allen, a quien no le gusta vestirse como si se hubiera bañado en oro líquido. Pero ahora que ve al hombre sucio y zaparrastroso y con hambre, se le hace un nudo en el estómago.

No así al Príncipe.
—¡Sáquenlo de aquí, el palacio está cerrado!

Michaela se da vuelta al oir la voz de Allen.

—¿Qué no obedeces órdenes? —le dice al mendigo— ¡Largo! O eres la próxima persona que paso por la horca.
—No, su Alteza, de verdad lo siento... vivo en...
—Sé exactamente dónde vives. Y también sé por qué los dejo vivir así. ¿Qué sucede, te has hartado de cuidar rebeldes y has venido a robar comida?

—No —murmura el hombre, y saca un puñal de su abrigo—. ¡Muerte a la familia real! ¡Larga vida a Germaine!

Y se lanza contra Allen, quien se mueve con gracia sobrenatural y le saca la espada a uno de los guardias. Detiene el golpe con agilidad y otros guardias saltan sobre el mendigo y se lo llevan. Todo en el espacio de un minuto.

—Mañana me encargo personalmente de él —dice, y se hace un silencio abrumador en sala—. Lamento mucho los incidentes de hoy, sean bienvenidos a continuar con los festejos.

No dice nada más. Le ofrece el brazo a Michaela y entra al palacio, con silbidos y exclamaciones detrás de ellos.

—Es el alcohol que ya les está haciendo efecto —le explica, y la guía hacia sus aposentos.

En tanto, en algún otro lugar, las noticias de que uno de sus miembros había sido capturado y que posiblemente enfrentaba ejecución llegan a oídos de Germaine.
No dice nada, aprieta los labios y decide no decir nada contra Ney. Es sólo la mensajera, no su enemiga. Además, aún tienen a Clarith en el palacio.

—Kyle, ¿hemos hecho algo mal? —le pregunta al hombre que tiene cerca, y él niega con la cabeza.

—No lo creo, es sólo que Allen es...
—Entiendo.
—Yo podría hacerlo —interrumpe Ney—. O incluso Clarith, pero preferiría evitar que Clarith se manchara las manos...

Claro que quiere hacerlo, todo el mundo sabe que a Ney le encantaría descubrir si la sangre de Allen es realmente azul, pero no. Tiene que venir desde dentro. De la única persona con la que Allen nunca bajaría la guardia.

—Kyle, ¿sigues hablándote con Rilliane?
—P-Por supuesto —murmura el hombre, y se sonroja ligeramente.
—Necesitamos hablar con ella.

Y Len se despertó por segunda noche consecutiva, pero más calmado que antes. Entonces notó con horror lo inevitable.

Se estaba acostumbrando.