Hola que tal chicos,aqui el capi numero 02. Disfrutenlo y saludos a todos..


Capitulo 02

Por fin, se dio cuenta de que era impropio admirar a un criado, y dijo:

—¡Hola!

Todos se quedaron inmóviles. La primera en recuperar los modales, fue la señora Schmitt.

—¡Hola, señorita!

Michiru entró y cerró la puerta con suavidad.

—¿A qué hora van a acostarse?

—Ya casi nos íbamos, señorita,estábamos terminando.

Un reloj hexagonal del tamaño de una panera colgaba de la pared y Michiru le echó un vistazo.

—¿A la una veinte de la madrugada?

—Mañana es nuestro día libre,señorita. En cuanto acabe el desayuno podremos irnos al templo. Lo único que tenemos que hacer es dejar preparados platos fríos para las otras dos comidas del día.

—Oh... sí, por supuesto... Bueno

Michiru le dedicó una sonrisa.

—No sabía que trabajaban hasta tan tarde.

—Sólo cuando hay una fiesta,señorita.

Se hizo silencio. Las dos criadas estaban inmóviles, con las manos llenas de ollas de cobres limpias. Haruka había dejado de barrer, pero sin soltar el mango de la escoba. Pasaron diez segundos muy incómodos.

—Señorita, ¿puedo servirle algo? — preguntó al fin la cocinera.

—¡Eh... oh... oh, no! Me preguntaba si... bueno.

De inmediato, Michiru comprendió su error. La pregunta que vino a hacer era bastante impertinente, incluso para los criados de la cocina. ¿Cómo podía preguntarles a estas personas sudorosas y cansadas qué había sucedido esa noche para enfurecer a su propio padre?

—Arriba hace mucho calor, y quisiera saber si tienen un poco de zumo de fruta aquí.

—Todavía no hemos exprimido el zumo para mañana, pero creo que queda un poco de piña colada, señorita. ¿Quiere un vaso? - Como la piña colada tenía algo de alcohol a Michiru nunca le habían permitido beberlo.

—Este no contiene alcohol, señorita —agregó la cocinera.

—Oh, bueno, en ese caso, sí... me encantaría probarla entonces.

La cocinera fue a buscarlo. En su ausencia, Haruka habló

—Señorita, si me permite la impertinencia, supongo que se preguntaba a qué se debía toda la conmoción que hubo antes en la cocina. Por primera vez, Michiru lo miró a los ojos, que eran tan verdes como las manchas que se forman detrás de los párpados después de mirar un relámpago.

Haruka le devolvió la mirada pues era demasiado bonita para negarse el placer.

—Fue conmigo con quien se enfadaron —admitió sin rodeos—. Puse una nota en el helado de su padre.

—¿Una nota? ¿En la crema helada de mi padre?

La boca de Michiru se abrió de asombro, mientras Haruka continuaba barriendo.

—¿En serio?

Haruka le lanzó una mirada fugaz.

—Sí, señorita.

—¿Puso usted una nota en el helado de mi padre?

Comenzaron a temblarle las comisuras de los labios. Cuando estalló en carcajadas, las criadas intercambiaron miradas desconcertadas. Aunque Michiru se tapó la boca con las manos, sus risas colmaron la cocina hasta que, por fin, se calmó.

—¿Mi padre, Gideon Kaio?

Haruka dejó de barrer para disfrutar sin obstáculos esa conversación tan poco apropiada.

—Así es.

—¿Qué le dijo?

—Que sabía cómo podía ganar la carrera el año próximo.

Michiru pudo controlar la risa, pero no la expresión maliciosa de sus ojos.

—¿Y qué dijo mi padre?

—¡Está despedido!

—Oh, caramba...

Con cierto esfuerzo, se puso seria al comprender que, sin duda, al joven no le resultaba tan divertida la situación.

—Lo lamento.

—No es nada. La señora Schmitt me salvó. Dijo que si yo me iba, ella no se quedaría.

—Por lo tanto, ¿a fin de cuentas no lo despidieron?

Haruka negó con la cabeza haciendo un movimiento lento. Michiru le dirigió una mirada inquisitiva:

—¿En realidad sabe cómo mi padre puede ganar la carrera de prototipos el año que viene?

—Sí, pero no quiere escucharme.

—Por supuesto: mi padre no escucha a nadie. Al intentar darle un consejo,usted corrió un riesgo terrible.

—Ahora ya lo sé.

—Dígame, ¿cómo puede ganar la carrera?

—Diseñando de nuevo el motor y modificando un poco la carroceria. Yo podría hacerlo. Yo puedo...

Volvió la señora Schmitt con una vaso de líquido tan espeso y frio

.—Aquí tiene, señorita.

—Oh, gracias.

Michiru la tomó con las dos manos. Con la presencia de la cocinera, las cosas volvieron a su cauce correcto y Michiru supo que no debía estar ahí, hablando de los asuntos de su propia familia con los criados de la cocina, por interesada que estuviese en la carreras y diseños de autos. Lanzó una mirada a las dos criadas que permanecían inmóviles,abrumadas por la presencia de la señorita. De pronto, comprendió que les estaba impidiendo irse a la cama.

—Bueno, gracias otra vez —dijo Michiru con vivacidad—. Buenas noches.

La criadas hicieron una reverencia flexionando el cuerpo, y se sonrojaron.

—Buenas noches, señora Schmitt.

—Buenas noches, señorita.

Y, tras una brevísima pausa:

—Buenas noches?.

-Haruka, Haruka Tenoh Señorita

Echó otra mirada a esos ojos tan verdes. Por fuera, el joven no sonreía ni se amedentraba, y lo único que manifestaba era el respeto que un criado de la cocina les debe a sus superiores. Se limitó a saludarla con la cabeza pero, mientras Michiru se alejaba, los ojos de Haruka contemplaron su silueta desde la cabeza a los talones, aferrando con más fuerza el mango de la escoba. Aunque no fuese asunto de él, un hombre tendría que estar desmayado para no admirarla. Cuando Michiru llegó a la escalera de los criados y puso la mano sobre el picaporte, la voz de Haruka la detuvo:

—Señorita, ¿me permite preguntarle cuál de ellas es usted? Tengo entendido que son tres Mujeres.

La muchacha se detuvo y miró sobre su hombro:

—Soy Michiru, la mayor.

—Ah —repuso Haruka con suavidad

—. Bueno, buenas noches, señorita Michiru. Que descanse.

Pero Michiru no descansó del todo bien. ¿Cómo podía hacerlo, si los ojos tan verdes de un criado se interponían entre ella y el sueño? ¡Si ese mismo sirviente tuvo la audacia de deslizar una nota a su padre para decirle cómo ganar la carrera de prototipos! ¡Si los hechos de esa noche habían provocado una pelea tan terrible entre su padre y su madre que, sin duda, al día siguiente todos los amigos de sus padres lo iban a comentar! ¡Si había probado la primera piña colada, que la dejó un poco acalorada y fantasiosa...! ¡Y había ocupado el papel de anfitriona de la madre, aunque sólo hubiera sido por un breve rato, y había tocado el violin para los invitados, intercambiado mensajes mudos con Ryusei en la terraza, y estaba segura de que si hubiesen estado un momento a solas, la habría besado...! ¿Cómo era posible que una joven de dieciocho años durmiera en una cálida noche de verano, si la vida bullía en su seno como las alas de una crisálida se agitan antes de desplegarse?


En la suite principal de la mansión Kaio, Lourdes se puso un camisón que parecía una tienda de campaña, con mangas largas y anchas y, pese al calor, se lo abotonó hasta el cuello antes de salir del baño donde se desvestía, ataviada como debía para ir a la cama. El colchón era alto y la mujer siempre sentía que llamaba la atención cuando subía hasta él en presencia de su esposo.

—¿Tienes que fumar esa cosa tan detestable aquí? Huele como el estiércol cuando se quema.

—¡Es mi cama, Lourdes, y fumare aquí, si me da la gana! Lourdes se contoneó hasta su lugar dándole la espalda, y subió las sábanas hasta las axilas, aunque le transpirasen los pies. Prefería que la ahorcaran antes que acostarse encima de las sábanas pues, cada vez que lo hacía, ahí estaba Gideon codeándola y pinchándola, con la esperanza de hacer el amor. Se preguntó por millonesima vez hasta qué edad un hombre deseaba hacerlo.

Gideon siguió enturbiando el aire sobre la cabeza de su esposa con ese olor pestilente porque sabía cómo lo detestaba, y porque esa noche ella se había excedido, cosa que él odiaba.

—Estábien— pensó la esposa —yo también puedo jugar ese juego. Gideon, creo que debes saber que la señora Schmitt se negó a quedarse, a menos que se quedara ese chico Tenoh, de modo que acepté—

A sus espaldas, sintió que Gideon se ahogaba y tosía.

—¿Qué... fue lo que hiciste?

—Le dije a Tenoh que podía quedarse. Si hace falta eso para que se quede la señora Schmitt, pues así se hará. El esposo la tomó por el hombro y la hizo acostarse de espaldas.

—¡Sobre mi cadáver!

Mientras se cubría el pecho con la sábana, la mujer lo miró, ceñuda, y dijo:

—Gideon, esta noche me dejaste en ridículo. Al armar semejante alboroto en medio de una cena formal, nos convertiste en el hazmerreír, y todo porque nadie puede decirte qué hacer.

Bueno, yo te lo digo, porque es el único modo en que puedo salvar mi prestigio ante mis amigas. Se difundirá el rumor...siempre sucede. Nuestros criados se lo contarán a los de los Evans,, y estos a los de los Tufts, y pronto en toda la prefectura si es posible, se sabrá que Lourdes Kaio no puede dar órdenes al personal de su propia casa. Por lo tanto, la señora Schmitt se queda, y Haruka Tenoh también, y si piensas armar jaleo por eso y llenar todo el dormitorio con ese humo pestilente, tendré mucho gusto en ir al cuarto de vestir y dormir en la tumbona.

—Ah, eso te gustaría, ¿no es cierto, Lourdes? ¡Entonces, no tendrías que tocarme, ni siquiera en sueños!

—Déjame en paz. Gideon! Hace demasiado calor.

—Con que hace demasiado calor,¿eh? O estás demasiado cansada, o temes que los chicos o mis hermanas nos oigan. ¡Siempre tienes una excusa,Lourdes!

—Gideon, ¿qué bicho te ha picado? El hombre le sujetó las muñecas sobre el pecho apartó con brusquedad la sábana, metió la mano debajo del camisón y comenzó a bajarle las bragas de la mujer.

—¡Te mostraré qué bicho me ha picado!

—No, Gideon, por favor. Hace calor, y estoy muy cansada.

—En realidad, no me importa si lo estás, Lourdes. Creo que un hombre tiene derecho, una vez cada semana,y según tu cada 3 meses, y esta noche se cumplen esos tres meses.

Cuando ella comprendió que estaba empeñado en hacerlo, dejó de resistirse y permaneció lacia como una rama de un sauce, el tronco rígido y las piernas tal como las había colocado el hombre, y soportó esa ignominia que acompañaba los votos conyugales. En mitad de esa dura prueba, Gideon intentó besarla pero la boca de Lourdes parecía sellada con cera. Cuando finalizó la triste situación, Gideon rodó a un costado, suspiró y se durmió como un recién nacido, mientras Lourdes yacía a su lado con la boca aún contraída y el corazón helado.


Agnes y Maya Kaio también tenían un vestidor especial para vestirse en la habitación que compartían. Maya se cambió primero. Lo consideraba un derecho divino, pues había nacido primero. Tenía sesenta y nueve años,mientras que Agnes sólo sesenta y siete, y durante toda su vida se había dedicado a evitar que esta tuviese problemas. Y eso seguiría del mismo modo.

—Agnes, date prisa y apaga esa lámpara. Estoy cansada.

—Pero antes tengo que cepillarme el pelo, yaya.

Agnes fue hacia el tocador mientras se ataba el camisón en el cuello. Maya se recostó sobre las almohadas, cerró los ojos y toleró la luz sonrosada de la lámpara sobre ellos, escuchando a Agnes perder el tiempo con su modo lerdo de hacer las cosas, como siempre, y sin importarle que Maya permaneciera despierta.

Agnes se sentó, se quitó las horquillas del cabello gris rojizo, y empezó a cepillarse. Un mosquito comenzó a zumbar alrededor del globo de la lámpara, pero ella no le prestó atención y siguió cepillando y cepillando, con la cabeza ladeada. Tenía los ojos azul claro y el arco de las cejas era tan fino como cuando tenía veinte años aunque también el rico color caoba iba volviéndose gris. Tanto su rostro como su cuerpo eran delgados, de huesos finos y facciones delicadas que habían atraído una segunda mirada bien pasados los cuarenta. En la última etapa de su vida, la voz tenía un leve temblor,y los ojos, una expresión que concordaban con ella.

—Creo que el joven Ryusei está enamorado de nuestra Michiru.

— ¡Oh, Agnes, no digas tonterías! Tú crees que cada joven está enamorado de la muchacha con la que lo ven.

—Bueno, creo que es así. ¿No viste que esta noche salieron juntos a la terraza?

Maya se dio por vencida y abrió los ojos.

—No sólo los vi, sino que también los oí y, para tu información, fue ella la que propuso salir; pienso hablar con Lourdes al respecto. ¡No sé a dónde iremos a parar si una niña de dieciocho años se comporta con semejante atrevimiento! ¡Es sencillamente inaceptable!

—Yaya, nuestra Michiru no es una niña,ya es una mujer. ¡Si yo tenía apenas diecisiete cuando el capitán Kiro se me declaró!

Maya se dio la vuelta pan quedar de cara al otro lado, y dio una palmada a la almohada.

—Oh, tú y tu capitán Kiro cómo parloteas sobre él.

—Nunca olvidaré lo que parecía con el uniforme, y...

Maya le hizo coro:

—... "Y los guantes, blancos como el lomo de un cisne." Agnes, creo que si lo escucho una vez más, vomitaré. Miró por encima del hombro—. ¡Y ahora, apaga la luz y métete en la cama! Agnes siguió cepillándose, con aire soñador.

—Se habría casado conmigo si hubiese vuelto de alta mar.

—Oh, sí. Y tendría una casa tan elegante como esta, tres hijos y tres hijas, y llamaría Hiroshi al primero, y Sakura a la segunda.

—El capitán Kiro y yo hablábamos de hijos... El decía que quería una familia grande, y yo también. Claro que, a estas alturas, nuestro Hiroshi tendría unos cuarenta años y yo sería abuela. Imagínate, Yaya: ¡yo, abuela!

Maya hizo una mueca exasperada.

—Ah, sí —suspiró Agnes. Dejó el cepillo y empezó a hacerse una cola suelta.

—Trénzate el cabello —le ordenó Maya.

—Esta noche hace demasiado calor.

—Agnes, trenzate el cabello. ¿Cuándo lo aprenderás?

—Si me hubiese casado con el capitán Kiro, estoy segura de que muchas noches no me habría trenzado el pelo. El me pediría que lo dejara suelto y yo le habría complacido. Cuando terminó de atarse el pelo, Agnes apagó la luz, fue hasta la ventana que daba al invernadero y al patio lateral, donde el jardín de rosas de Lourdes esparcía un olor embriagador en el aire nocturno. Corrió la cortina, escuchó el sonido de la fuente, respiró hondo y fue descalza hasta la cama tallada donde se acostó junto a su hermana, como lo hacía desde que tenía memoria. A través de la pared, escuchó los sonidos ahogados de las voces que llegaban del cuarto vecino.

—Oh, caramba —murmuró Agnes— parece que Gideon y Lourdes todavía están discutiendo.

De pronto, la agitación cesó y comenzó un sonido de golpeteo rítmico contra la pared. Maya alzó la cabeza, escuchó un instante y luego se volvió hacia su lado y se puso la almohada sobre la oreja.

Agnes quedó tendida de espaldas contemplando las sombras de la noche, escuchando, y sonriendo, melancólica.


En el dormitorio, al otro lado del pasillo, Usagi estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama de su hermana, Hotaru. Estaban vestidas con ropa de dormir, y ya habían apagado la luz. Usagi ya había olvidado la pelea entre mamá y papá y parloteaba sobre su tema preferido.

—Michiru es afortunada. —Usagi se dejó caer de espaldas, se acarició el pelo con la mano, y dejó una pierna colgando por el borde del colchón, balanceando su pie desnudo—. ¡El es taaaan apuesto...!

—Lo contaré.

—Si lo haces, yo contaré que fumaste detrás del invernadero.

—¡No lo hice!

—¡Sí, lo hiciste! Saki te vio y me lo contó. Tú con Yuriko Hiyakawa.

—¡Mataré a ese pequeño insensato!

Usagi siguió balanceando el pie.—¿No te parecen adorables el bigote y la barba de Ryusei?

—Los bigotes me parecen aburridos.

Usagi rodó boca abajo y apoyó la mejilla sobre las manos juntas.

—A Ryusei le quedan bien. —Lanzó un gran suspiro—. Por la virgen, daría cualquier cosa por estar en el lugar de Michiru. Saki dice que Ryusei la besó en el jardín de rosas la semana pasada, cuando volvieron de pasear por el lago.— Dijo Usagi—¡Oh, caramba! ¡A mí no me sorprenderías besando a Ryusei!— Prosigio

—¡No me pescarían besando a ningún muchacho! Los muchachos son desagradables.— Contesto Hotaru

—Yo besaría a Ryusei. Hasta le daría un beso con la boca abierta.— Sentencio Usagi

—¡Con la boca abierta! Usagi Kaio, irás al infierno por decir una cosa así.— Se horroriz Hotaru

Usagi se sentó con las piernas cruzadas. Dejó caer la cabeza hacia atrás y el pelo le cayó hasta la cintura, unió las manos y las estiró hacia el techo, proyectando los pechos hacia adelante bajo la pijama de Gucci que traia.

—No, no lo haría. Rei me dijo que todos, cuando nos hacemos mayores, besamos así. Incluso meten la lengua en la boca del otro.

—¡Le contaré a mamá que dijiste eso!

Usagi dejó caer los brazos y los estiró hacia atrás, sobre la cama.

—Vamos, díselo. Rei dice que todos lo hacen. Rei Hino era la mejor amiga de Usagi (si en mi historia se llevan muy bien xD) y tenía la misma edad.

—¿Y Rei qué sabe?

—Rei lo hizo. Con Nicolas Kumada. Dice que es muy excitante.

—Estás mintiendo. Nadie haría algo tan horrible.

—Oh, Hotaru... —Usagi se levantó de la cama y, con los hombros hacia atrás y los dedos de los pies estirados como una bailarina cruzando el escenario hacia el príncipe, prosiguió

—: ¡Eres una chiquilla! Se dejó caer en el asiento junto a la ventana, donde caía la luz de la luna, espesa como la crema. Como una diva moribunda, enlazó los brazos alrededor de la rodilla levantada, y apoyó en ella la mejilla.

—¡No lo soy! ¡Sólo tengo dos años menos que tú!

Usagi giró sobre las nalgas haciendo un semicírculo, guiándose por unas cuerdas imaginarias que tocaban Chaikovsky.

—Bueno, lo que yo sé es que si un muchacho quiere besarme, yo lo dejaré probar. Y si quiere ponerme la lengua en la boca, también probaré eso.

—¿En serio crees que Michiru hizo eso con Ryusei?

Usagi dejó de bailar, subió los pies al asiento y plegó las manos sobre los pies desnudos.

—Saki los vio con los prismáticos.

—Saki y sus estúpidos prismáticos... Ojalá la tía Agnes nunca se los hubiera regalado. Los lleva a todos lados, los saca y apunta a mis amigas, lanza esas risitas burlonas y dice: "El ojo sabe". Para serte sincera, es muy fastidioso.

Permanecieron sentadas un rato, pensando en lo tontos que podían ser los hermanos de doce años y preguntándose cuándo llegaría para ellas el tiempo de los besos.

En un momento dado, Usa interrumpió el silencio:

—Eh, Hota.

—¿Qué?

—¿Dónde te parece que se pone la nariz cuando un muchacho te besa?

—¿Cómo puedo saberlo?

—¿Crees que se interpondrá?

—No lo sé. Nunca se pone en el camino cuando las tías me besan.

—Pero eso es diferente. Cuando te besa un muchacho, es más largo. Las dos pensaron en silencio unos momentos, y Usa dijo:

—Eh, Hota...

—¿Qué?

—¿Y si los muchachos lo intentaran con nosotros, y no supiéramos qué hacer?

—Lo sabremos.

—¿Cómo sabes que lo sabremos? Creo que deberíamos practicar. Hotaru captó la intención de la hermana y no quiso saber nada:

—¡Ah, no, conmigo no! ¡Ve a buscar a otra persona!

—Pero, Hota, tú también algún día besarás a un muchacho. ¿Acaso quieres ser una tontita que no sabe absolutamente nada de eso?

—Prefiero pasar por una tonta que practicar besos contigo.

—Vamos, Hotaru.

—Estás loca. Pasaste demasiado tiempo mirando a Ryusei con la boca abierta.

—Haremos un pacto. No se lo diremos a nadie mientras vivamos.

—No —se obstinó Hotaru—. No lo haré.—

Supongamos que Raiko Akemi es el que intenta besarte por primera vez, y tu nariz choca con la de él y haces el ridículo si intenta meterte la lengua en la boca.—

—¿Cómo sabes lo de Raiko Akemi?

—Michiru no es la única víctima de los prismáticos de Saki.

—Raiko Akemi nunca intentará besarme. Lo único que hace es hablarme de su colección de insectos.

—Quizás este verano no, pero en algún momento lo hará. Hotaru reflexionó y llegó a la conclusión de que tal vez Usagi su rubia hermana tuviese algo de razón.

—Oh, está bien. ¡Pero no te abrazaré!

—Claro que no. Haremos como Rei y Nicolas. Cuando sucedió, estaban sentados en la hamaca del porche.

—¿Y qué tengo que hacer? ¿Ir a sentarme al lado tuyo?

—Por supuesto.

Hotaru se levantó de la cama y se sentó junto a su hermana. Se quedaron así, sentadas juntas, con los dedos de los pies descalzos sobre el suelo y el cabello iluminado por la luz de la luna. Se miraron y rompieron en risitas, y después quedaron calladas, inseguras, sin moverse.

—¿Crees que tendremos que cerrar los ojos, o qué? —preguntó Hotaru.

—Supongo que sí. Sería vergonzoso hacerlo con los ojos abiertos, como mirar el ojo de un pez cuando estás sacándolo del anzuelo.

Hotaru dijo: —Bueno, hagámoslo, entonces. Date prisa. Me siento estúpida.

—Está bien, cierra los ojos e inclina un poco la cabeza.

Las dos ladearon la cabeza y estiraron los labios como si fuesen tripas de salchichas que hubiesen estallado al cocinarse. Se rozaron los labios, se apartaron y abrieron los ojos —¿Qué te pareció?

—Si así son los besos, prefiero mirar la colección de bichos de Raiko.

—Fue decepcionante, ¿verdad?¿Crees que tendríamos que probar otra vez, y tocarnos la lengua?

Hotaru pareció indecisa.

—Bueno, de acuerdo, pero antes sécate bien la lengua con la pijama.

—Buena idea.

Las dos se secaron enérgicamente la lengua con la pijama, después inclinaron la cabeza, cerraron los ojos

con fuerza y se besaron como suponían que debía hacerse. Tras dos segundos de contacto, a Hotaru se le escapó un resoplido de risa por la nariz.

—¡Basta! —la regañó Usagi—. ¡Me llenaste de mocos!

Pero ella también reía tanto que se echó hacia atrás, apartándose de su hermana.

Hotaru escupió en una parte del camisón y se limpié la lengua como si hubiese tragado veneno.

—¡Oh, qué horrible! ¡Si así son los besos, prefiero comerme la colección de bichos de Raiko Akemi! Se reían tan fuerte que se apretaban el estómago doblándose de risa, rodando sobre el asiento de la ventana, bajo la luz de la luna. Acurrucadas sobre las almohadas con los pies al aire tibio que se escurría por las ventanas abiertas, se convirtieron en dos jóvenes sílfides que pisaban el umbral de la feminidad y vacilaban en cruzarlo.


En su propia habitación, con la lámpara siseando aún, y rodeado por la parafernalia de las carreras, Saki Kaio estaba tendido de espaldas en la cama cuya cabecera y pies tenían forma de Volante de auto. Apoyaba el flaco tobillo derecho sobre la rodilla izquierda levantada, y tenía la camisa de noche enrollada alrededor de las caderas. En la mano derecha, sostenía unos anteojos de bronce extendidos en su máxima longitud. Los movía en el aire haciendo sonidos de flatulencias con la boca, al mismo tiempo. El invierno pasado, había estudiado la primera guerra mundial, y estaba fascinado con la batalla

—¡Prrr! Imitando un motor, hizo sumergirse y girar los anteojos hasta que los brazos le quedaron colgando por el lateral de la cama de cara al suelo, con la barbilla incrustada en el borde del colchón.

Alzó los pies descalzos, los agitó, los cruzó, canturreó un poco y se puso a juguetear con los anteojos abriéndolos y cerrándolos una y otra vez. De repente, se incorporé, se arrodilló en medio de la cama y, guiñando un ojo, miró por el telescopio que su padre le había comprado y después de jugar un rato cayó exhausto sobre la cama deshecha, oyó las risitas de sus hermanas en el cuarto vecino.

Se puso de pie sobre la cama, y fue directo apagar la luz, fue de prisa a la ventana y abrió la cortina, probando los prismáticos en' la ventana de sus hermanas que daba a la bahía, y que se encontraba en la misma fachada que la suya propia. Pero la ventana de las hermanas estaba oscura, y no pudo ver otra cosa que cortinas blancas y el vidrio negro. Desilusionado porque él, Black Kaio, el temido y odiado espía de la familia, esa noche no presenciaría ninguna artimaña, dejó los prismáticos sobre el asiento de la ventana y se encaminó hasta la cama, bostezando.


El ritual de los domingos por la mañana en la mansión Kaio comenzaba a las ocho con el desayuno, y seguía con visita algún templo, a las diez. Michiru se despertó a las seis y media, se incorporó, miró el reloj y saltó de la cama. La señora Schmitt había dicho que los criados quedaban libres en cuanto terminase el desayuno, y eso significaba que tendría que acorralar a Haruka Tenoh antes de las ocho, si quería que le respondiese a sus preguntas.

A las siete cuarenta y cinco, ya vestida y peinada como para ir a al templo mas cercano, Michiru entró otra vez en la cocina por la escalera trasera de los criados. Glynnis, la sirvienta que servía en el comedor, acababa de volver de la despensa con una pila de platos limpios. La señora Schmitt estaba preparando los huevos; la ayudante castaña exprimía espinacas en un tamiz, y la otra picaba hierbas sobre la tabla de picar. Haruka, apoyado sobre una rodilla, troceaba el hielo con una picadora.

—Discúlpeme —dijo Michiru,

deteniendo otra vez todas las acciones. Tras el primer sobresalto, la señora Schmitt recuperó el habla.

—Lo siento, señorita, el desayuno aún no está listo. Pero estará sobre la mesa a las ocho en punto.

—Oh, no vine por el desayuno. Quiero hablar con Haruka.

Haruka dejó caer una astilla de hielo en un cuenco de cristal, y se levantó lentamente, secándose la mano en los pantalones.

—¿Sí, señorita? —dijo con cortesía.

—Quiero que me explique cómo puede ganar mi padre la carrera el año que viene.

—¿Ahora, señorita?

—Sí, si no le molesta.

Haruka y la señora Schmitt intercambiaron miradas antes de que los ojos de la mujer se posaran en el reloj.

—Bueno, señorita, me encantaría, pero ahora Chester todavía no ha vuelto y tenemos que terminar de preparar el desayuno a las ocho, y tengo que ayudar a la señora Schmitt.

Michiru también dio un vistazo alreloj

.—Oh, sí, qué tonta soy. Entonces, quizá pueda más tarde. Seguirá siendo importante.

—Por supuesto, señorita.

—¿Después de la ida al templo?

—En realidad... eh...

Se aclaró la voz y pasó el peso de un pie a otro. Rodeó con el pulgar el extremo aguzado de la picadora del hielo.

La señora Schmitt reanudó la preparación de los huevos y señaló:

—Es su día libre, señorita. Pensabair a pescar.

Chicas —les dijo a las criadas—, terminen con esas hierbas y con la espinaca, vamos, dense prisa. Las dos muchachas empezaron a meter las espinacas en moldes, y Michiru a comprendió que estaba estorbándolos. Le dijo a Haruka:

—Oh, claro, no me atrevería a molestarle en su día libre. Pero quisiera oír más acerca de su plan. Sólo llevará unos minutos. ¿Irá a pescar aquí, en el lago?

—Sí, con el señor Iversen.

—¿Con nuestro señor Iversen? ¿Se refiere a Tom?

—Sí, señorita.

—¡Eso lo arregla todo! En cuanto regresemos del templo, conduciré el laúd, el barco pequeño, hasta el barco de Tom, y así podremos hablar unos minutos y a usted le quedará toda una tarde de pesca. ¿No le parece agradable?

—Sí, por supuesto

—Entonces, estamos de acuerdo. Lo veré en el barco de Tom en cuanto pueda escapar.

Cuando Michiru se fue, la señora Schmitt lanzó a Haruka una mirada de soslayo. Estaba batiendo salsa de queso y la doble papada se movía como las barbas de un pavo.

—Será mejor que te fijes en lo que haces, Haruka Tenoh. Casi pierdes el empleo en esta semana; esta vez, lo perderías seguro. Y yo no podré salvarte.

—Pero, ¿qué tendría que haber hecho? ¿Rechazarla?

—No sé, pero ella es la jefa, y tú el sirviente, y nunca deben mezclarse. Será conveniente que no lo olvides.

—No vamos a escabullirnos para vernos en secreto. A fin de cuentas, Iversen estará ahí.

La señora Schmitt resopló y dejó con un golpe la cuchara de madera.

—Lo único que digo es que tengas cuidado con lo que haces, jovencito.

Tienes veinticinco, y ella dieciocho, y no está bien visto.


Lo dejamos hasta aqui,en realidad esto se pondra muy bueno,hasta la proxima.. Besazos