Disclaimer applied.
Beta reader: Rossue.
Dedicatoria: A St Yukiona. El Tobio de mi existencia.
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Cuando Hinata abre los ojos el mundo no está cubierto de rojo.
Instintivamente levanta sus manos a la altura de su rostro con el miedo de descubrir que estén cubiertas de sangre que no es suya. Sin embargo no es así, pero que no lo estén no hace que la presión que siente en el pecho sea menos angustiante. Su madre ha abierto la puerta con rapidez pues lo ha escuchado gritar, y cuando lo encuentra Shoyo ha dejado de tener quince y pareciera que ahora posee cinco años.
Indefenso, agitado, asustado, y con increíbles ganas de llorar sobre su cama.
—Ma…mamá…, Kageyama está…
—Durmiendo, Shoyo. Está durmiendo plácidamente. Está a salvo porque tú lo cuidas. ¿Recuerdas? Solo ha sido un mal sueño.
Y luego de eso nada.
Ninguna lágrima cae de sus ojos pues saber que Tobio se encuentra soñando, con alguna estupidez en su acogedora habitación occidental, le calma. Le alivia saber que está respirando. Que ha sido solo un horrible sueño. Y que cuando amanezca podrá ver la luz de sus azulinos ojos de cuervo.
"Porque tú lo cuidas del mundo pero no del verdadero peligro que tú representas"
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—Dame diente—
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2 | Términos semejantes.
[Kageyama]
A Hinata solía decirle que sería mi esposa.
Solía decirle que en cuanto creciéramos tendríamos seis hijos, un conejo, un loro y un hámster.
Solía decirle también que me ocuparía de comprar una casa para él, con un bonito y enorme jardín en el cual todos pudiéramos jugar y tirarnos al pasto humedecido luego de alguna lluvia de Julio.
Solía es una palabra de antaño. Una palabra que duele.
Porque ahora ninguna de esas cosas que decíamos las repetimos con frecuencia. Es más, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a molestarnos, a aclamar uno sobre otro cuando alguno de los dos sobresale en algo, o simplemente a no hacer ruido cada vez que miramos el cielo estrellado.
A oír cigarras, a apreciar silencios. A tomarnos de la mano en los rincones más inexplorados del bosque al que siempre vamos donde nadie puede vernos.
Las trivialidades de cualquier día solían atraer, siempre, la atención de Hinata, pues era algo así como un impaciente niño al que todo lo que ocurre a su alrededor le parece nuevo y fascinante. Al menos eso es algo que no ha cambiado desde que nuestros primeros dientes de leche comenzaron a caer para luego premiarnos con un par de yenes por eso.
El mundo, en aquél entonces, no era tan ruidoso como lo es ahora.
—Gracias por la comida —la oración de siempre, la rutina de cepillar los dientes, cambiarme de ropas y coger los mismo tenis de hace un año. Cuando estoy dando dos puntapiés para acomodarme el calzado, mamá aparece.
—¿Vas con los Hinata de nuevo?
Esto tampoco ha cambiado.
Pero no puedo obligar a mi madre a que comprenda que la situación alarmante que ella profesa, junto al resto de vecinas chismosas –excluyendo a la señora Hinata- , cambie su manera de pensar.
No lo entendería y ciertamente no quiero hacerla entender también.
—Voy a llevarle la tarea a Hinata. Hoy vimos álgebra —mi madre entrecierra los ojos, ofuscada y claramente en contra.
Hinata toma clases en casa, y ha sido así siempre desde que lo conozco.
Desde que nos dijimos hola por primera vez, ambos detrás de las faldas de nuestras respectivas progenitoras. Hinata era como un pequeño ciervo temeroso detrás de su maternal protección. El mundo detrás de las faldas de su madre era todo lo que él conocía hasta el día en el que nos saludamos por primera vez. Ésa fue la primera ocasión en la que Hinata dio un paso al frente, adentrándose a un mundo totalmente inexplorado. Cuando tomó mi mano y nos inseparables.
—Tobio, por favor, ¿podrías al menos escuchar lo que tengo que decirte?
Lo que mi madre tiene que decirme es lo mismo que todos murmuran en Miyagi. Tanto ancianos, hombres y mujeres adultos, hasta algunos compañeros en la secundaria. Todos y cada uno hacen de los rumores historias dramáticas. Algunos le añaden más contexto del que deberían sólo para lograr convencer a otras personas a partir del miedo que genera alguna enzima que poseemos como seres humanos.
Seres humanos.
Eso es lo que dicen que la familia Hinata no es.
Y mientras los años pasan más precaución generan las familias a pensarse dos veces antes de a cercase a Shoyo, a su pequeña hermana Natsu o a sus padres.
Por desgracia no me puedo permitir sentir resentimiento por mi madre. Por eso el silencio es la respuesta que siempre le doy. Eso junto al par de ojos serios que heredé gracias a la genética.
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II
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[Normal]
Cuando Hinata abre los ojos de nuevo, luego de la siesta que ha tomado en el transcurso de la mañana encima de la rama robusta de un árbol, el mundo le parece difuminado.
A pesar de que el frondoso follaje apenas permite que se filtren los rayos del sol hasta donde él está, algunos muy escasos y delgados sí alcanzan su rostro. Frunce el ceño, mueve la nariz de manera graciosa sin realmente pretenderlo, y suelta un gruñido similar al de un lobezno recién levantado. Estornuda y se remueve para conseguir una nueva postura y así seguir durmiendo pero no lo consigue, y aunque otra persona no dudaría ni dos minutos en bajar de ahí porque le parecería el peor lugar para tomar una siesta, Hinata sólo consigue enfurruñarse más porque esa rama le parece muy pequeña.
Ni los metros que lo separan de caer lo asustan. De hecho algo rara vez lo hace.
Rememorar la palabra temor le hace asociar rápidamente el sueño de ayer. Y tiembla. Tensa los ojos y dibuja, con sus cejas, un entrecejo de miedo y preocupación.
Más que cualquier cosa, más que la oscuridad o la acción de perderse en el bosque sin hallar el camino de regreso a casa, más que a su propia muerte, recordar que sus manos estuvieron manchadas de la sangre de Kageyama, le asusta. Pensar en que había sido él quien, en un arranque de ira y hambre, había herido al azabache le causaba que quisiera retorcerse de dolor.
Hinata no es un niño enfermizo, de hecho a Kageyama le asusta la resistencia y la salud que siempre posee aun en los días en que ambos regresan del bosque completamente empapados luego de haberse bañado en el río que habita dentro de éste. A lo mucho son estornudos que no pasan a más en Hinata, sin embargo en Kageyama siempre resulta un poco más complicado pues siempre coge un pequeño resfrío. Incluso cuando se la pasan como gacelas en los campos abiertos a unas cuantas casa de donde viven, Tobio siempre termina con, al menos, un par de raspones a pesar de llevar calzado pues Hinata insiste en que él no necesita de ellos para correr. Dice que sólo lo hacen más lento, le entorpecen y que prefiere sentir cada grano de arena en la planta de los pies.
Pero a pesar de no resentir grandes enfermedades, y de mantenerse en forma casi todos los días del año, hay días en los que los ataques de ansiedad y hambre se vuelven su mayor problema.
A veces ocurren de manera imprevista, sin estar haciendo absolutamente nada. Hinata tiene que esperar a que pasen un par de minutos para poder afrontar la realidad pero el ataque que justamente ahora está causando que se sienta asfixiado sabe a qué se debe.
Un Kageyama muerto que yacía recostado sobre un pedazo de ese mundo que siempre los recibió sin restringirles nada desde que eran unos niños.
Y él encima de su cuerpo.
Un poco tibio pero también un poco frío.
Con un hueco en el pecho, y ha sido la mano del de cabellos naranjas la que ha cometido dicho crimen, y lo peor es que no sabe cómo ni por qué lo ha hecho pues Kageyama significa tanto para él.
Lo ha sido desde que cruzaron miradas el día en que se mudó a ese pequeño poblado. Lo ha sido incluso desde las extrañas palpitaciones que Hinata sentía a días previos a mudarse, mucho antes de que sus padres le anunciaran que debían hacerlo. Lo ha sido desde la primavera de sus cinco años y quizá desde un poco más. Desde que Kageyama supo lo que era y desde que se prometió nunca abandonarlo a pesar de ello.
Porque eran algo así como almas gemelas. O al menos ésa era la manera romántica en la que Natsu, su hermana menor, les definía y les decía cada que los veía juntos.
Lastimar a las personas que amaba era el miedo que encabezaba la lista de Shoyo pues venía ligada a la del miedo a perder la cordura y volverse completamente una bestia con instintos abrasadores. Y Tobio era la única persona además de su familia que le importaba dentro de esa comunidad que lo único que hacía era señalarle e incrementar la masa de ojos desdeñosos que lo veían siempre. Aunque no los culpaba pues algo de cierto tendrían sus comentarios hirientes.
"—Somos diferentes, Shoyo. No hay duda de eso pero a cambio de serlo nos permitimos ser más libres que ningún otro.
Puedes elegir entre compartir esa libertad con alguien o no hacerlo,
pero recuerda que la soledad es un arma mortal.
No te permitas hundirte en ella jamás."
La secuencia.
Hinata debe recordar la secuencia para respirar en medio de los ataques de ansiedad. Su madre insistió siempre en proporcionarle un inhalador pero no era como que Hinata padeciera de asma, simplemente necesitaba concentrarse en contar mentalmente un par de números para poder tranquilizarse.
Había sido un sueño solamente.
Un sueño y nada más.
Un horrendo sueño.
No era real.
No iba a pasar.
No tenía por qué hacerlo.
—¡Hinata!
El corazón de Shoyo vuelve a bombear de inmediato pues ha sido la voz de Tobio, gritando desde abajo, la que le hace cerciorarse de que nada malo ha ocurrido.
Está tan emocionado de verle que quiere llorar, tan emocionado que ni siquiera se fija que donde asienta la mano para apoyarse es simplemente aire. Kageyama grita junto con las cuencas de los ojos desorbitándoles cuando lo veo descender peligrosamente pero parece que ha olvidado que Hinata es como un niño de la selva pues en el trayecto recompone la postura para caer como un gato hábil.
Kageyama está listo, y encendido en cólera, para comenzar a gritarle un par de cosas sobre la seguridad personal pero sus intentos se ven claramente frustrados cuando Hinata alza la mirada, ésa que brilla como si tuviera energía interminable, y salta sobre él tumbando consigo la mochila que trae junto a todas sus demás cosas.
—¡O-oye! ¡¿Qué demoni…?!
A Kageyama le toma como medio segundo leer el lenguaje corporal de Hinata para entender que, aunque él se lo niegue después, ahora se encuentra sollozando por algo que desconoce. Suspira y no puede evitar llevar una mano a su cabeza, ésa que está justamente en su pecho hipando levemente.
Deben ser casi las dos de la tarde y aunque Tobio tiene clases extracurriculares a partir de las cuatro, cree conveniente no ir esta vez.
Su madre seguramente se enfadará pero tampoco es como que sea el Picasso de la clase de arte. Lo supo desde sus frustrados intentos por dibujar conejos bien proporcionados cuando tenía cinco.
Tal como ahora sabe que Hinata seguramente ha tenido un mal día.
Son amigos, eso le queda claro, aunque a Kageyama le resulte difícil verlo de esa manera solamente. Siente algo que nunca se puede explicar cuando está con él aunque no está seguro de que sea el tipo de sentimiento que la mayoría atribuye como amor. No sabe lo qué es y realmente no tiene ganas de darle un nombre a eso que siente pues le basta con saber que, a pesar de que su madre le prohíbe seguir viéndose con el hijo raro de los Hinata, puede ir en contra de ella y hacerlo aun así.
Puede seguir estando a su lado.
Platicar de cualquier cosa.
Reñir incluso.
Sea en la mañana al salir ambos de sus casa para comenzar su rutinario día, sea en la tarde cuando Tobio se empeña en enseñarle todo lo nuevo que aprende en la escuela, o sea en la noche cuando la Luna se pone y no existe nada más que ellos y las cigarras en ese bosque.
—Eres un hombre. Se supone que no deberías llorar.
—¡No estoy llorando!
—Por supuesto.
Riñen durante todo ese rato pues es lo que mejor se les da para luego dedicarse un par de miradas risueñas y continuar aprovechando la tarde. Y aunque a Kageyama le asalta la duda sobre el porqué de ese sollozo tan repentino, se reprime. Ver sonrisas en Shoyo es mucho mejor a no verlas.
Suspira para luego volver la vista en el rostro ansioso del más bajito.
Ha sido idea de Kageyama el ofrecerse a enseñarle cada cosa nueva que a él le imparten en la escuela, pues a insistencia de la madre de Shoyo es que éste, desde siempre, toma clases en casa. Su madre trabaja como profesora en una escuela elemental cerca de ahí por lo que la enseñanza a sus hijos es algo realmente sencillo pero a fin de cuentas es enseñanza de grado elemental. Hinata crece y debe seguir adquiriendo nuevos conocimientos.
El padre de Hinata, en cambio, casi nunca está en Miyagi.
Comenzó a ausentarse desde que le cambiaron la sede laboral. Kageyama sigue creyendo firmemente que el jefe del señor Hinata al final cayó en las redes del convencimiento de algún conocido empedernido en difundir que los Hinata eran raros. La mayoría de la gente los miraba con malos ojos y aunque a Shoyo ya no le afectaba sentirse señalado, con su madre y su hermana eran temas distintos.
Shoyo enfurecía cada vez que presenciaba como molestaban a Natsu o incluso como algunos vecinos soltaban palabras hirientes a cerca de su madre.
En varias ocasiones –porque son como uña y mugre que nunca se despegan una de la otra- Kageyama tuvo que intervenir para que a Hinata no lo invadiera la ira y cometiera alguna imprudencia ante los constantes ataques.
A raíz de eso Tobio comenzó a ser señalado igual.
El extraño amigo del hijo mayor de los Hinata.
La señora Kageyama, al enterarse, insistió aún más en que dejara de frecuentar a dicha familia. Pero su madre era muy ingenua si creía que realmente iba a lograr algo con solo pedírselo. Tendrían que fracturarle las piernas antes de que pudieran evitar ver a Shoyo o a la familia del mismo.
—¿Qué es esta vez?
—Álgebra. Capítulo IV. Reducción de términos semejantes —Hinata sonrió con nervios. En realidad la sonrisa estaba de más.
Si bien Tobio se había ofrecido a compartir todo lo que él venía en secundaria con Hinata, había ciertas cosas en las que el inquieto muchacho no era bueno. Como matemáticas por ejemplo. A la señora Hinata –quien agradecía a Tobio por apoyar a su hijo siempre- le causaba mucha gracia la manera en la que Shoyo regresaba a casa con una cantidad de cuadernos con tareas elaboradas por Kageyama con el fin de mantener su cabeza ocupada.
—Ah, ¿por qué no mejor pasamos a otra materia? ¿Qué tal astronomía?
[Kageyama]
A Hinata le gustan las estrellas.
Le han gustado desde la primera vez que las vimos uno a lado del otro.
Había sido una simple coincidencia.
A los dos se nos daba bien eso de ser desorientados y perdernos en el bosque cuando teníamos apenas cinco años.
Aquella noche las luciérnagas revoloteaban muy inquietas en el interior, lo que agradecí pues de haberse encontrado el bosque en completa oscuridad no sé qué habría pasado después.
En la clase de ciencias de la escuela elemental un compañero había llegado, presumiendo de muy mala gana, un pequeño frasco con un par de insectos muy peculiares.
A la tapa del frasco le había creado un par de orificios para el oxígeno que las luciérnagas requerían. Al cubrir el frasco de vidrio con un par de libros de texto, para oscurecerlo, los curiosos animalillos comenzaron a brillar. Y yo me preguntaba si esa clase de cosas sólo lo podía hacer la gente excepcional.
—Tobio. No te vayas muy lejos. Ya va a anochecer —ésa fue la advertencia de mi madre al verme decidido, con un par de botines amarillos y un impermeable del mismo color, yendo hacia el jardín.
Los orificios de mi frasco habían sido gracias a ella. La inocencia –que hoy día puedo reconocer también como idiotez- de mis escasos cinco años me llevó a querer también ser un chico excepcional. Uno que fuera capaz de atrapar sus propias luciérnagas en medio de una lluvia de tarde. Todo hubiese terminado pronto de no haberme sentido tentado a adentrarme al bosque.
Los módulos de casa al que pertenecía la mía eran del tipo occidental. De dos plantas y con un gran patio con apenas una cerca la cual delimitaba el final del terreno. Más allá del límite estaba el bosque. Papá había escogido que ése sería nuestro hogar pues agradecía poder escuchar los ruidos propios que el viento levantaba cada vez que salía del bosque a espaldas de nuestra casa.
El resto de viviendas a nuestro alrededor también eran así aunque había una que otra que conservaba todo lo tradicional, pero todas compartían la conexión de sus jardines hacia el bosque.
—¿Quién está ahí?
Ésa fue la primera vez que oí la voz de Hinata apropiadamente. Si bien nos habíamos presentado el día de la mudanza, aquello habían sido sólo miradas.
Recuerdo haberlo asustado con el sonido de haber roto una rama sin querer una vez dentro del bosque. Lo siguiente que vi fueron sus ojos. Grandes y expresivos de color naranja. Eran como flamas vivas. Resplandecían pero no me causaban temor. Supongo que eso era a lo que llamaban sentirte hechizado. Incluso su cabello parecía una corona adornaba con las flores silvestres más bonitas del jardín de mamá.
—Hola…
Y es increíble que luego de eso todo se hubiese oscurecido para mí.
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III
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[Normal]
—Kageyama ¿no tienes que volver? Ya se ha puesto el Sol.
A Kageyama le sigue pareciendo absurda la habilidad de Hinata de leer el tiempo con tan sólo mirar el cielo pues siempre acierta a la hora en la que debe irse. Ladea un poco los labios en algo similar a una mueca astuta recordando que Shoyo es especial.
—Si no quieres verme sólo tienes que decírmelo —Hinata se enrojece, inclinándose abruptamente hacia adelante, cubriendo el cuaderno que sostiene entre sus piernas.
—¡No dije eso! —hace un puchero—. Sabes que me gusta pasar tiempo contigo —confiesa y es cuando el más alto siente un extraño acaloramiento en las mejillas, mismo que siempre procura ocultar al responderle con cualquier estupidez pero esta vez siente el ambiente diferente.
Cosas tan ínfimas como el ligero temblor en las manos de Hinata sosteniendo el cuaderno le indican que ese día tiene algo de diferente. Quizá es eso a lo que se niega a querer saber. El preguntar por qué lloraba. Por qué lo había abrazado con tal fuerza dado que a Hinata no se le daba eso de mostrarle su afecto a cualquiera a pesar que durante su infancia se la pasaban de un lado a otro tomándose de las manos.
Tobio había decidido quedarse pero ahora, mientras más lo mira, es como si Hinata le pidiera que se quedara un rato más. Incluso se atreve a pensar que, de ser posible, en cualquier momento le pediría que lo acompañe de regreso a casa.
—Yo…¿en verdad tienes que irte? —Kageyama engrandece los ojos. Implícitamente le ha dicho que se quede. ¿Cómo podría irse y dejarlo?
—No. De todos modos odio a la profesora de artes —y Hinata dibuja una sonrisa tan brillante que podría competir con el sol—. ¿Quieres seguir con álgebra? —el menor asiente y Tobio ríe. A Hinata ya no le importa si es malo o no en entender por qué los números se combinaron con las letras para hacer la vida de las personas más complicada, realmente no le importa si Kageyama se burla de él por no entender la ley de los signos. No le importa nada de eso mientras pueda estar con él —. Hinata —lo llama pero el susodicho parece encontrarse demasiado concentrado en lo que hay escrito en ese cuaderno—. ¿Pasa algo?
—Kageyama ¿tú y yo somos diferentes verdad?
—¿Eh? —Tobio parpadea confundido. Se acerca un poco para entender que es lo que intenta relacionar Hinata con su cerebro.
Regla 1. Cuando los términos semejantes son positivos, se suma. Y el resultado es positivo.
Regla 2. Cuando los términos semejantes son negativos, se suman. Y el resultado es negativo.
—Somos…diferentes. Como positivo y negativo.
Kageyama entrecierra los ojos, y no hay nada que pueda decirle porque seguramente nada de lo que diga tendrá peso ante una ridícula regla algebraica que parece estar moviendo los engranajes del mundo de Shoyo en este momento.
Regla 3. Cuanto los términos semejantes son positivos y negativos, se suman todos los positivos y luego se restan los negativos. Y se pone el signo de mayor número.
Hinata ríe, y una lágrima ha caído comenzando a humedecer la regla 3.
Ante el mundo y ante la sociedad que los envuelve Hinata es un negativo. Un ser que no debería existir, que debería solo quedarse con los suyos. Con los que son iguales a él. Hinata piensa que Kageyama es demasiado para él. Todo el tiempo que consume a su lado bien podría estarlo ocupando en algo mucho más interesante o mucho más importante. Asume, también, que él mismo representa peligro a pesar de que su familia y Kageyama insisten en que no.
Es diferente, sí, pero no ha hecho tal desastre para que lo consideren alguien de temer.
O eso es lo que cree.
—Una cucaracha daría más miedo que tú ¿sabes? —dice Kageyama dejando que los pensamientos en su mente salgan deliberadamente.
—¿Eh? —Hinata no entiende qué es lo que piensa su amigo ni tampoco por qué es que permanece a su lado a pesar de las insistencias de su propia madre al decirle que se aleje de él. Tendría sentido si Hinata hubiese dañado a Tobio tan solo una vez.
Pero el sueño… piensa el más bajito.
No puede evitar estremecerse.
Quizá si se lo cuenta podría sentir menos culpa de haber si quiera pensado en herirlo en una dimensión totalmente distinta.
Lo hace, le dice hasta el más mínimo detalle.
Le cuenta sobre su hambre y la manera en que no pudo dominar sus instintos salvajes. Le cuenta absolutamente todo. Hasta la manera en que se hubo deleitado mientras comía su carne con glotonería hasta llegar a la parte en la que se da cuenta de lo que ha hecho. Donde yace con la sangre de Tobio impregnada por todo su cuerpo mientras el interior de la boca le sabe a deleite y dolor.
—Al final…al final tú mueres —Hinata hipa, y le da tanta rabia llegar a ese punto—. Yo te maté… ¡por mi culpa tú…!
Kageyama está harto de verlo llorar y de verlo asumir la culpa siempre, pues Shoyo alberga más que el peso de las palabras hirientes de un pueblo entero.
—Estoy aquí, Hinata —le toma las mejillas con fuerza—. Estaré aquí por el tiempo que te sea útil, así que deja de llorar, no eres una niña.
Cuando el sol se oculta y ya ha oscurecido lo suficiente como para asumir que el regaño que le espera en casa será algo grande es que le pide a Hinata regresar. Las luciérnagas alrededor del cabello del más bajito hacen que se pierda en observarlo y que solo existan ellos dos.
Incluso si Hinata es quien decide siempre ir delante de él, incluso si Tobio sabe que ése no es el camino de regreso a sus respectivos hogares, incluso si lo guiara hacia un barranco del cual tuviera que saltar si él se lo pidiera, lo haría.
Es como un vínculo; la señora Hinata, quien siempre suele decirle las cosas como son, lo llama maldición.
No a su propio hijo sino a esa relación que se volvió inquebrantable la noche en que Kageyama buscaba luciérnagas en el bosque y se topó con el más pequeño de los Hinata. El mismo día en que Shoyo experimentó su primer ataque de hambre a la edad de cinco años devorando carne tierna de la persona que su instinto escogió para ser su alimento el resto de su vida.
—¿Aún te duele?
—¿Hm?
—La cicatriz.
En el hombro derecho, justo debajo de la curvatura del cuello, esa área donde su piel está un poco arrugada y oscurecida, es donde yacen las marcas de los dientes de un pequeño Hinata de cinco años. Tobio no pudo culparlo a pesar de que esa noche clamó a los dioses que el dolor que le estaba provocando Shoyo se detuviera de una vez. Sus gritos se oyeron por todo el bosque pero parecía que el mundo estaba jugando a silenciar cualquier prueba de sus alaridos angustiantes.
—No. Sólo arde algunas veces cuando… —Kageyama hace una pausa, callándose de repente, dándose la vuelta para ver que Hinata se ha detenido un par de metros antes de salir del bosque. Está apretando con desmesurada fuerza los puños y la boca se le deforma en una mueca de ansiedad. Está sucediendo, piensa, pero luego lo desecha cuando lo ve alzar el rostro junto a sus ojos llorosos—¿Tienes hambre? —pregunta Tobio con calma, como si la necesidad que está corroyendo a Shoyo no representara peligro para él. Como si hablaran del hambre normal que puede saciarse con un bocadillo para aguantar hasta la cena.
—N-no debería…—Hinata se atraganta casi como si estuviese ingiriendo saliva para sopesar una sed de años—. N-no ha a-acabado el mes pero…
Está sucediendo.
Está hambriento.
Está sediento.
La fase por la que cada mes una criatura como la que es Hinata se abandona a la hambruna y pierde su sentido de deber. Sucede cada mes. Tobio suelta una risa ácida pensando que es casi como los periodos menstruales de una mujer. Pero no hay punto de comparación pues Hinata es algo que sólo aparece en los libros de texto, donde hay leyendas de historias y animales fantásticos, algunos no con finales felices.
Como una flor necesita de agua.
Como un vampiro necesita de sangre.
Como Hinata necesita de Kageyama y de su carne para existir.
—Hinata —el aludido alza el rostro, sudoroso y lleno de opresión. Y los ojos se le tornan de un naranja brilloso cuando Tobio le muestra con libertad su hombro izquierdo descubierto.
Lo demás ocurre en cuestión de segundos.
En un acto que cualquiera calificaría como grotesco y anormal, en su lugar Tobio ha aprendido a guardar silencio cuando Shoyo se alimenta de él, y a acostumbrarse al frenesí con el que gruñe encima de su cuerpo. A retener los gritos cuando siente cómo le desgarra la piel con los dientes. A sólo gemir y sentir cómo toda su columna parece romperse ante la fuerza con la que Hinata lo sostiene pues teme que se vaya.
—"No me iré a ninguna parte" —piensa, cerrando los ojos mientras escucha cómo, con glotonería, Hinata da arcadas y se degusta de él mientras solloza con rabia. Lo único en lo que puede pensar es en que Dios se apiade y que no castigue a Hinata, sino a él. En como su relación enfermiza le ha dado al más alto la satisfacción de poder seguir a lado de esa criatura a la que él no juzga sino atesora. En cómo no se niega a mantenerlo vivo con su carne y a los impulsos de siempre abrazarlo y acariciar su cabello cuando está siendo devorado—. "Yo acepté esto así que deja de llorar" —suplica riendo con ironía cuando siente como las lágrimas de Shoyo comienzan a humedecer su polera.
"—Esta clase de criatura es la que es mi Shoyo, Tobio-kun.
La clase de criatura que se romperá si lo abandonas pero que te romperá a ti también si continúas a su lado.
Pero incluso si decides hacerlo abandonarlo, como madre que soy,
no te juzgaré pues alimentarnos de humanos es un acto por lo que no seremos perdonados jamás"
Abandonarlo, piensa.
Abandonar a la bella criatura de maravillosos ojos naranjas de la que quedó prendado la primera vez.
Lo analiza pero la respuesta nunca es diferente.
No va a abandonarlo.
—Ka-Kage…Kageyam…
¿A que sabe su sangre?
¿A que sabe su carne?
¿Hinata se cansará algún día de su sabor e irá en busca de alguien más?
Kageyama sólo busca sus labios una vez que Shoyo ha terminado de saciarse con él. Los estampa con los contrarios de tal manera que el hambre muda de cuerpo y ahora es él quien quiere beber toda la esencia que Hinata representa. Embriagarse y sentirse conectado a él más que nunca.
Para que no lo olvide.
Para que sea lo único en lo que piense cada mañana luego de un mal sueño.
Incluso si es el sueño dentro de un sueño lo que están viviendo, mientras la realidad se les escapa de las manos y se permiten hacer algo imperdonable ante los ojos de cualquiera, incluso de Dios.
La lengua de Hinata es caliente y su interior sabe dulce a pesar de también tener mezclado el sabor de su sangre. De su propia carne.
Es algo enfermizo pero le invade una placentera sensación al saber que Hinata tiene todo lo que necesita con él. Si es para vivir o si es porque realmente es adicto a él, revelándose ante sus propias leyes y rompiendo prejuicios, invadiendo sus creencias e instando al propio Tobio a ofrecerse a sí mismo ante la necesidad de sólo sentir cómo el aliento bestial de Hinata le estremece hasta la más adormitada célula. El sentir el dolor que le electrifica todo el cuerpo cuando encaja sus dientes con certeza y sin temor.
—"Sáciate de mí. Embriágate de mí…hasta que sea lo único en lo que tú pienses" —piensa Tobio en medio de la fogosidad de un beso que parece no tener fin, y de la realidad que lo golpea al saber que no será perdonado por ofrecerse como alimento.
Ahora son sus ojos los que se iluminan con tal magnitud que Hinata puede ver las estrellas en ellos cuando se separa y respira de manera entrecortada.
Su hombro se ha regenerado, y esa es una de las tantas razones por las que Kageyama no puede abandonarlo.
Porque él también es especial, y ambos se pertenecen de muchas maneras que costaría explicar.
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IV
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—¿Te…? —Hinata carraspea. Ya no siente la garganta seca, y es como si se encontrara revitalizado de energía—. ¿Te duele mucho? —pregunta avergonzado, guiando su mano al hombro de Kageyama, mismo que ahora luce como si nada hubiese sucedido segundos atrás en el bosque. Tobio niega en silencio desapareciendo la distancia que hay entre ellos, delante de la puerta del hogar de los Hinata, para inclinarse y depositar un fugaz beso en los labios del menor—. ¿Kage…?
—Soy yo quien debería preguntarte eso, idiota —comenta el azabache al separarse y llevarse las manos a los bolsillo de su casaca—. ¿Ya te sientes mejor? —Hinata asiente, sonrojado y cohibido—. Entonces quita esa cara —pide con calma y el semblante de Hinata parece contagiarse de la misma un poco.
—¿Te veré mañana?
—Las veces que sea.
Y luego de eso Hinata entra a casa.
El tiempo para Kageyama parece detenerse cuando lo ve cerrar la puerta no sin antes sonreírle tímidamente, como una colegiala enamorada. Sonríe un poco y deja escapar un poco de vaho por la boca aguardando una hora más frente a la residencia del de cabellos naranjas hasta que de nuevo la puerta principal se abre dejando ver a la señora Hinata como si se encontrara escabulléndose.
Con su mano le indica al muchacho que se acerque para que pueda verlo mejor.
—¿Ya se ha dormido? —pregunta primero Tobio a lo que la mujer no puede evitar sonreír entristecida.
—Ya. Está agotado. Dice que los ejercicios que le dejaste cansaron su cerebro —confiesa la mujer a lo que Kageyama sólo suelta una risa pequeña e irónica—. Tobio-kun —el ambiente cambia, y Kageyama anticipa todas las posibles palabras que le dirá. La conoce. Es la madre de Hinata después de todo, quien fuera la primera persona en querer poner un límite entre ambos mucho antes de que la madre de Tobio lo hiciera—. ¿Shoyo se ha alimentado de ti de nuevo? —Silencio—. ¿Recuerdas lo que te…?
—Lo sé, señora —se apresura a contestar—. Lo sé —la señora Hinata dibuja un ficus de preocupación total.
—Esta vez no era necesario. Shoyo pudo aguantar hasta llegar a casa, no tenías por qué ceder a él —hace una pausa—. Shoyo es mi tesoro, Tobio-kun, pero tampoco puedo permitir que tu vida peligre a cambio de la suya. Tú no eres la presa de mi hijo, no eres un trozo de carne, y si Shoyo no lo quiere entender entonces tendré que prohibirles que…
—Yo se lo pedí —la mujer contiene el aliento, azorada. Kageyama permanece imperturbable—. Yo le incité a que lo hiciera. Fui yo quien le pidió que se alimentara de mí. Y si por mi voluntad es que decide castigarlo, entonces yo…
—Shoyo ha soñado tu muerte —Tobio calla, y oye con atención—. Ha soñado el peor de los escenarios. Ha soñado que el instinto fue capaz de dominarlo la noche anterior y que él te devoró completamente dejándote con…
—…con un hueco en el pecho —e instintivamente el azabache lleva su mano a la altura de éste.
—Y ambos sabemos que eso no ha sido un sueño.
Kageyama está harto de sólo guardar silencio ante los relatos de las pesadillas de Shoyo pues sabe que son verdades de las que el de cabello naranja no recuerda.
Ha sido la noche anterior en la que Kageyama se ha levantado sobresaltado tras oír gritos provenientes de la casa de los Hinata. Su madre le había prohibido ir como era de esperarse, y lo mismo insistían el grupo de vecinos que se habían conglomerado en la entrada de su casa para discutir sobre un posible maltrato de parte del matrimonio Hinata hacia su hijo mayor. Los gritos de Shoyo se escuchaban en toda esa cuadra y Kageyama no hacía más que desesperarse por ir y ver qué era lo que sucedía.
Había sido en un momento de descuido por parte de su madre en el que se había escabullido entre su jardín para cruzar todas las cercas de las demás casas hasta llegar a la de Hinata.
Y de nuevo todo había pasado demasiado rápido como para que pudiera asimilarlo.
La madre de Hinata implorando que se fuera.
El aroma de Shoyo embriagándolo intensamente.
El hambre apoderándose del de cabello naranja tras descender completamente de las escaleras y verlo en la puerta de su casa como un predador, a punto de morir por inanición, se aferra a la idea de comer a quien tenga en frente.
Los gritos de Tobio pronto se unieron a los de la madre del más bajo y a los de Natsu, la hija más pequeña. Tal predador atrapa a su presa con sus poderosas fauces, lo arrastró hasta el interior del bosque donde le dio paso al instinto de sólo querer alimentarse de la persona a la que había marcado como suya desde los primeros años de vida, cuando se miraron con inocencia y con secretos que juntos –y de apoco- revelarían con el pasar de los años.
Pero esa noche, que para Shoyo fueron alucinaciones de algo que creyó irreal como una pesadilla, si había sucedido.
Y la prueba estaba en la marca que yacía escondida debajo de esos kilos de ropa que portaba Tobio por el frío, misma en la que la señora Hinata hizo hasta lo imposible por sanar. Uniendo tejidos, vasos sanguíneos y creando nuevas células regenerativas con un bálsamo especial para poder salvarle la vida.
Por eso lo de referirse a la relación de su hijo con ese muchacho como "algo maldito" pues cuando un Wendigo elige a la persona de la que va a alimentarse toda su vida no hay vuelta atrás.
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V
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[Kageyama]
La primera vez que vi a Hinata apropiadamente fue en una noche en medio de luciérnagas.
Y su cabello ardió como si fueran interminables llamas sobre mí.
Sus dientes eran calientes, su aliento también, y el veneno que me inyectó como prueba de que había sido marcado corrió por cada una de mis venas hasta dejar muerta a la mitad de mi esencia humana para así sembrar una nueva parte similar a la de él. Como cuando se le echa ácido a las tuberías para desaparecer rastro de salitre y dejarlas como nuevas. Hinata hizo algo similar conmigo. Inconscientemente me marcó como suyo…
Y desde ese momento lo que él cree que son pesadillas, para mí son realidad que me duele. A pesar de que la madre de Hinata me pide incansablemente que continúe manteniendo el secreto que su hijo ignora, para Hinata es un ritual herirse a sí mismo todas las noches luego de que sueña que me ha herido a mí. Porque esa es la manera en que Hinata puede apremiar la culpa que siente al casi acabar con mi vida.
La manera de responsabilizarse de sus sueños y pensamientos insanos, porque de todas las personas, desearme de la manera en que yo también deseo que me devore, es un tabú que a ambos nos encanta romper sin pensar en las consecuencias.
Porque ambos somos términos semejantes.
Personas manchadas de negatividad ante el pecado que nos brinda la más tóxica y placentera de las relaciones.
Hasta que el mundo reclame a alguno de los dos.
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[Continuará]
A favor de la campaña "Con voz y voto". Porque agregar a favoritos y no dejar un comentario es como manosearme la teta y salir corriendo.
No me manoseen ;-;
Notas:
Tobio is alive! -se levanta como Mushu de Mulán- Básicamente así ha sido(?) , por eso el prólogo no debía asustarlos, o eso esperaba.
Me he demorado un poco más en actualizar por dos cosas fundamentales. Trabajo, y porque necesitaba asentar bien la idea de ésto. A simple vista Hinata es un criatura que devora carne humana para sobrevivir, pero me he documentado antes en muchos foros sobre criaturas fantásticas de la antiguedad y me topé con que el término Wendigo calzaba a la perfección. Conforme avance la historia les recopilaré más datos interesantes sobre este universo raro y sobre estas criaturas específicamente.
Por ahora solo deben saber que Kageyama es algo así como el sustento de vida de Hinata desde el momento en que lo marcó cuando eran niños por accidente(?) , y que Kageyama siente que no debe abandonarlo debido a la extraña conexión que siente que tiene con él. Además de que parece enfermizo pero le encanta que le encaje los dientes(?) 7u7 oie cy.
En fin, como dije anteriormente esto iba a ser solo un drabble pero la bella Yukiona influyó mucho para que yo me animara a no dejarlo simplemente así, aunque realmente no sé que tan largo me vaya a salir ésto, es seguro que será un short-fic, cosa que nunca he intentado porque de los three-shots me paso siempre a los long-fics, nunca he intentado escribir un fic corto porque siento que no es mi fuerte(?) Pero lo intentaré, conforme se me vayan ocurriendo las cosas hahaha
Agradezco igual a Rossue por aceptar betearme este pequeño proyecto además de Lotus (fandom Naruto).
En fin, es todo.
Nos vemos en la próxima entrega de ésto.
Chao!
