Pasadas unas horas el Doctor y Donna ya se habían hecho amigos de la mayoría de los clientes de la taberna, a lo que contribuyó notablemente la generosidad de la mujer que Donna más tarde descubrió que se llamaba Adela. Los gallegos sabían que eran forasteros, pero por algún motivo lograban que el dinero de la bolsa de Adela fluyese con la misma naturalidad que el agua de un río, así que los aceptaron sin reparos, encantados.
Los dos compañeros disfrutaron de las historias que les relataron con mucho gusto los habitantes del lugar, que al parecer vivían en una pequeña aldea que quedaba un poco más alejada, bajando el camino principal. Conocieron a Vicenzo, un simpático leñador que se ganaba la vida recogiendo ramas y talando los árboles que estorbaban. Su risa franca y su mirada serena le hicieron saber a Donna que era la clase de hombre que ella hubiera querido tener a su lado en un aprieto. También conocieron a Teresa, una mujer ya entrada en años que les hizo reír en más de una ocasión con las anécdotas que les contó de sus hijos. Y, por supuesto, conocieron a Xavier, el marido de Lucía. Se trataba de un hombre que podía definirse básicamente como un armario. Era moreno y alto, tan alto que casi rozaba el techo con su cabello negro. Sus brazos parecían toneles, y en su torso atlético podría haberse rallado queso sin ninguna dificultad. Había nacido en los montes vascos, pero había pasado su vida recorriendo la cornisa cantábrica, visitando pueblos y ciudades y yendo de aquí para allá.
- Hasta que la conocí a ella - concluyó Xavier, mirando a su mujer como si fuera la única del mundo -. En cuanto la vi supe que mis años de nómada habían terminado. Por fin había encontrado mi hogar.
Lucía sonrió, encantada, y todos en aquella taberna pudieron apreciar que era la sonrisa de una mujer enamorada. Se puso de puntillas para darle un beso a Xavier que terminó por convertirse en todo un morreo en condiciones. Teresa y algunos vecinos más estallaron en carcajadas, vitoreándoles, pero el Doctor y Donna apartaron la mirada, sintiéndose un tanto incómodos.
Sus ojos se cruzaron durante un fugaz instante.
Era un hombre muy guapo, pensó Donna tontamente. Quizás fuera porque llevaba bebidas un par de copas de más, pero en aquel momento le pareció extraordinariamente guapo. Más guapo de lo habitual. Ni siquiera se trataba de su sonrisa adorable ni de las pecas que cubrían sus mejillas. Podía sonar a tópico, o al menos sonaba a un cliché de lo más cutre en la mente de Donna, pero lo cierto era que ella encontraba hermoso no su aspecto, sino el interior. Había algo en su interior, una especie de luz, que la atraía de manera irremediable, haciéndola sentir como una polilla. Y era una luz terriblemente hermosa. Definitivamente has bebido de más, pensó Donna. Se rió y se puso en pie para tratar de despejarse.
- ¿Te encuentras bien? - le preguntó Adela, que pasaba por allí en ese momento.
- Sí, claro, no te preocupes.
Donna se fijó en que Adela no había venido sola. Había un niño pequeño de alrededor de dos años cogiéndola de la mano. Tenía una mata revuelta de pelo castaño que a Donna le resultó muy parecida a la de Adela pero que, por alguna razón, le recordaba aun más a la del Doctor. El niño le sonrió a Donna.
- Hola - saludó el niño.
- Hola - dijo Donna, devolviéndole la sonrisa. Se puso en cuclillas para estar a su altura -. ¿De dónde sales tú, pequeñín?
- Del piso de arriba. ¡Estaba durmiendo! - exclamó él, emocionado, como si hubiera venido de vivir una gran aventura.
- Dormir es bueno - aseguró el Doctor, que se agachó junto a ellos -. Dormir es muy, muy bueno, haces bien. Hay que dormir mucho y hay que comer muchos plátanos. Los plátanos son buenos, ¿lo sabías?
- ¿Qué es un plátano?
- ¿No sabes qué es un plátano? - replicó el Doctor, fingiendo escandalizarse. Metió la mano en sus bolsillos y sacó uno. Donna se preguntó por qué demonios llevaba un plátano encima -. ¿Quieres probarlo? Es algo bueno, se lo prometo - le dijo el Doctor en tono tranquilizador a Adela, que miraba la fruta con desconfianza.
Finalmente, la mujer asintió. El niño extendió la mano y cogió la extraña pieza amarilla.
- ¿Qué se dice, Romanciño? - inquirió rápidamente Adela.
- Gracias - murmuró el niño al canto, toqueteando la fruta con los ojos muy abiertos.
El Doctor le enseñó a pelarlo y le explicó cuál era la parte que debía comer. Romanciño, tras unos cuantos segundos de expectación, le dio un bocado y acto seguido comenzó a dar saltitos de pura emoción.
- ¡Está muy bueno, mamá!
- Te lo dije - insistió el Doctor, guiñándole un ojo.
Donna miró al Doctor con cariño.
- Se te dan muy bien los niños.
El Doctor le sonrió en respuesta a su amiga, pero a ella se le partió el corazón, porque pudo ver con toda claridad que era una sonrisa amarga, llena de tristeza y nostalgia. Antes de que pudiera decir nada él ya se estaba levantando, murmurando algo sobre echar un vistazo a no sé qué cosa de no sé qué sitio. Donna también se puso en pie, encontrándose de frente a Adela, que sonreía divertida.
- Tu hombre y tú sois las personas más extrañas que he conocido en mi vida.
- Me dicen eso muy a menudo - bromeó Donna, sin molestarse en rectificar la parte en la que mencionaba que el Doctor era "su" hombre.
Adela no le quitaba la vista de encima a Donna.
- ¿No vamos a hablar de lo que pasó, verdad?
Ella se mostró nuevamente confusa.
- No sé de lo que me hablas. ¡De verdad que no lo sé!
Adela suspiró, resignada.
- No voy a tratar de comprender a los ángeles, porque sé que nunca podría. He crecido en la tierra de las meigas, en una tierra de embrujos y de secretos. Conozco lo suficiente de la vida como para aceptar que hay cosas que nunca entenderé. Pero hoy todo eso no importa, lo único que importa es haberte podido dar las gracias al fin. Me basta con tenerle a él, a mi Romanciño, porque él es lo que hace que mi mundo funcione... Él es lo único de este mundo de locos que quiero comprender.
- Es un niño muy mono - comentó Donna torpemente, asumiendo que había trozos del diálogo de esa señora que ella, definitivamente, no iba a comprender.
- Es clavadito a su padre - aseguró Adela con orgullo contenido. Durante un instante, un breve instante, Donna identificó en los ojos de Adela la misma profunda nostalgia que había visto en los del Doctor -. Él ya no está con nosotros, mi ángel, pero yo no dejaré que le olvide. Todas las noches, antes de dormir, le cuento historias sobre su padre. Le hablo de lo valiente que era, de sus ojos azules, de sus heridas de guerra y, sobre todo, de su sonrisa. Cada vez que sonreía me hacía sentir cosas, cosas hermosas, aquí - murmuró ella, llevándose la mano al pecho -. La sonrisa de su padre es la magia más real que jamás he conocido.
- Entiendo lo que me dices - respondió Donna, enternecida, y pensó en una persona muy concreta.
- Él no será el último en caer. Habrá más - murmuró de repente una voz.
Donna se dio la vuelta, sobresaltada, y reparó por primera vez en la presencia de una anciana a la que, sorprendentemente, no había visto en todo el tiempo que llevaba en la taberna. Estaba sentada a un par de sillas de distancia.
- ¡Señora! ¡Qué susto me ha dado! - gritó Donna.
- Habrá más - repitió la mujer sombríamente.
La señora era realmente siniestra, pensó Donna con una mueca de disgusto. Iba vestida con una larga capucha oscura que sumía su rostro cubierto de arrugas en sombras. Su nariz ganchuda y afilada sobresalía, acabada en punta, mientras que sus ojos grandes, redondos y brillantes recordaban a los de un búho. Solo le faltaba un sombrero para dar la apariencia de una perfecta bruja, literalmente.
- No la asustes con tus habladurías, Roxana - pidió Adela, mirándola con el mismo disgusto que Donna.
- ¿Qué se cuece por aquí? - preguntó el Doctor animadamente, que llegó dando brincos en cuanto se fijó en que una mujer espeluznante se disponía a relatar una historia de terror. - Acabo de descubrir a la tatarabuela gallega de la bruja Lola - informó Donna.
- He dicho que habrá más, forasteros - insistió Roxana, molesta por la poca atención que estaba recibiendo. Agitó su melena rizada y canosa con un gesto teatral que a Donna le hizo pensar en un anuncio de Pantene. Reprimió una sonrisa -. El marido de Adela no fue el primero, ni será el último.
- ¿A qué se refiere? - quiso saber el Doctor.
- No empieces - la advirtió Adela, fulminándola con la mirada.
- Meh - repuso la bruja Roxana, agitando la mano con desdén -. Estás hablando, pero todo lo que oigo es: meh, meh, meh, meh, meh.
- Comience ya la historia, que queremos oírla antes de que nos hagamos viejos y muramos - gruñó Donna.
- No deberíais haberos dejado caer nunca por estas tierras, forasteros. En estos bosques habita la meiga más poderosa del mundo conocido.
- ¡Vaya humos, señora! ¡Se lo tiene usted muy creído!
- ¡No hablo de mí, zopenca! Hablo de una auténtica meiga, la única que he llegado a conocer de cerca. Siempre he sido una mujer muy sensorial, ¿sabes, moza? Lo he sido desde que era una niña pequeña y salía a jugar al bosque. Podía sentir el alma de los árboles y de los pájaros. Sentía algo, ¿comprendes? Era consiente de que estaban tan vivos como yo. Y fue uno de esos días cuando la… sentí. La escuché.
- ¿Qué escuchaste? - preguntó el Doctor, interesado.
- No sabría explicarlo - repuso la bruja Roxana ansiosamente, contenta por tener un público nuevo que se mostraba tan entusiasmado -. Lo que escucho cada vez que la siento cerca es una especie de gemido, de cántico. Es lo más hermoso y lo más espantoso que he escuchado en toda mi vida, Doctor.
- ¿Cómo sabes que me llamo así?
- Sé que es así como te haces llamar - repuso ella, sonriendo y mostrando su destartalada hilera de dientes amarillentos -. Ya os lo dije, Doctor. Soy muy sensorial. Soy capaz de captar las almas de los seres vivos a mi alrededor. Porque todos, incluso el más pequeño helecho, la tienen, y deben ser respetadas.
- ¿Qué es lo que captas en mí? ¿Qué ves cuando me miras?
- Veo que el Silencio caerá - soltó la bruja Roxana, echándose a reír de una forma chirriante y desagradable que le puso los pelos de punta a Donna.
Adela se adelantó, colocando a Romanciño junto a Donna, y se encaró con la señora maloliente:
- Como digas una sola palabra más, bruja, lo que caerá no será el Silencio; será el Guantazo.
Roxana dejó de reír y la miró con algo remotamente parecido a la compasión.
- Deben de saberlo, Adela. Tienen tanto derecho a saberlo como tú y como yo.
- Ey, escúpelo ya - pidió Donna, ansiosa.
- La meiga del bosque nos está matando a todos.
La pausa que siguió a esa frase fue tan tensa y larga que pareció cortar el ambiente como un cuchillo. Finalmente, Donna habló:
- ¿Qué estás diciendo?
- No la hagas caso - intervino Vicenzo, que se había acercado a escuchar. Todos los clientes de la taberna, en realidad, estaban poniendo la oreja desde hacía rato -. Roxana perdió la cabeza hace mucho tiempo, todos lo saben.
- Han sido accidentes - añadió Lucía, muy convencida, desde el mostrador.
- Ni una sola de las muertes ha sido accidental. ¿No lo veis, borregos? - escupió la bruja Roxana, mirándoles con desprecio -. No hay persona más ciega que aquella que se niega a ver lo que sucede ante sus propios ojos. ¿De verdad creéis que las muertes de casi todos los vecinos de nuestra aldea, durante los dos últimos años, han sido casualidad? Los accidentes pueden ocurrir una vez, o dos, o tres, pero no tantas, no tantas veces - repitió Roxana histéricamente -. ¿Cómo no podéis verlo? Tu marido era experto montando a caballo, Adela, ¿cómo pudo morir mientras montaba uno? Tu hermana era nadadora desde los seis años. ¿Cómo se pudo ahogar en la ría? ¿Y qué me dices de tu primo, Vicenzo? ¿Cómo pudo resbalar por un precipicio por el que había caminado desde pequeño? Tus hijos, Teresa, todos ellos, murieron en intervalos de pocas semanas. ¿Crees que eso es tan solo una casualidad? Yo la sentí, juro que sentí a la meiga junto a ellos cuando murieron. Ella estaba absorbiéndoles la vida.
- Cállate - pidió Teresa, al borde las lágrimas.
Donna la miró, asombrada, sintiendo un escalofrío al comprender que todas las anécdotas tan divertidas que les había contado antes aquella mujer habían tratado sobre unos hijos que ya ni siquiera estaban vivos.
- No digas que no te advertí.
Adela se lanzó a toda velocidad y, finalmente, antes de que Donna o el Doctor pudiesen evitarlo, la profecía se cumplió: El Guantazo cayó.
La bruja Roxana se tambaleó y se cayó de su silla, que rebotó y fue a parar igualmente al suelo, a su lado, con un gran estrépito. Donna apretó a Romanciño contra sí, tapándole los ojos, y el Doctor se agachó a toda prisa junto al cuerpo inerte de la mujer. Palpó su mejilla izquierda, que era la zona que Adela había abofeteado con fuerza.
- Esto se va a poner muy feo con el tiempo - comentó, sacándose unas gafas de uno de sus bolsillos y evaluando de cerca a la bruja, que parecía en estado de shock.
- Ella se lo ha ganado.
- Nunca es lícito usar la violencia - repuso el Doctor, mirándola con una gran seriedad -. No hay nada que justifique pegar a nadie, nunca. No lo olvides.
La cara de Adela era un poema, pero no dio su brazo a torcer.
- El mundo no es tan simple, Doctor.
- El mundo es brutalmente simple, Adela.
- Voy a traer unas hierbas para la pobre señora - comentó Lucía, mirando la escena con acritud -. Le harán bien.
- Puedo ir yo, no hace falta que te molestes - se ofreció Xavier, que estaba su lado.
- No te preocupes, cariño. Sé que hay un ejemplar de las que necesito aquí mismo, al borde del camino - aseguró ella.
Se puso nuevamente de puntillas y le dio un besazo a su marido en la mejilla. Un sonoro 'muac'se pudo oír por toda la taberna.
Xavier se giró y se quedó mirando cómo su mujer salía por la puerta delantera en busca de las hierbas. Pensó una vez más en lo mucho que la quería.
Aquella fue la última vez que la vio.
