Entre sonrisas y verdades
Primera parte
–¡Vas a ver cuándo te atrape! –gritó con furia al encontrar su pequeño maletín de maquillaje abierto y hecho un completo desastre– Imbécil.
Tom y sus malditas e insoportables bromas.
Cuando Tom estaba realmente aburrido, sin ningún prospecto de diversión asegurado, lo más probable era que fuera hacia donde estaba su hermano menor y buscase forma de entretenerse. Cualquier forma. Desde hacer que Bill le hablara sobre algo interesante a simplemente molestarle hasta que éste explotara y comenzasen a discutir y pelearse física o verbalmente.
Tener de hermano a Tom era una de las peores y mejores cosas que tenía en su vida.
–Mierda –susurró agitado por la carrera que había emprendido persiguiendo a su hermano. Cuando dejó de ver las rastas rubias y la sonrisa burlona de Tom tras la puerta del estudio, donde había ido a refugiarse de su furia, decidió regresar a su habitación.
En el camino pensó en vengarse y hacerle algo a las cientos de preciadas gorras de Tom, quizá arrojarlas o esconderlas, arruinarlas por completo con pegamento o lodo. Con ese pensamiento y una sonrisilla malévola plantada en los labios, fue hacia cuarto de su hermano. La habitación de Tom casi siempre era un desastre; según él y en completa justificación, su desorden era su orden y punto, que nadie le moviera las cosas o intentara acomodarlas.
Apenas abrió la puerta e ingresó a la estancia, se arrepintió. Todo al ambiente estaba cargado de Tom, las ventanas cerradas y la poca ventilación, lo habían puesto así. No era desagradable o repugnante. Era Tom. Tom por cada esquina, por cada recodo, por cada centímetro de espacio. Intoxicando su cabeza y sus sentidos. Al andar unos pasos más, el aturdimiento se disipó un poco, acostumbrándose al aroma.
Siempre era así. O casi siempre. Tom, su hermano gemelo, era intoxicante. En consecuencia, el lugar donde pasaba tanto tiempo, también debía serlo. Se metía por cada poro y se quedaba ahí.
Ante el pensamiento, Bill arrugó la nariz y sacudió la cabeza.
Habían pasado casi dos semanas desde el descubrimiento casual y perturbador de lo que era el twincest y las cosas habían cambiado muy a su pesar. Era como si hubiera abierto los ojos, haciéndole registrar con cuidado cada acción y pensamiento que tenía respecto a su hermano y, para su sorpresa, muchas cosas no podían clasificarse completamente como "normales", sin embargo, tampoco de "incestuosas".
Bill se dejó caer en la amplia cama de Tom, encima del desorden de camisetas dos tallas más grandes de lo que debía, pantalones y ropa interior; y estiró brazos y piernas, relajándose y cerrando los ojos.
Amaba a Tom. Era su hermano, su familiar, su sangre, su alma gemela y nada más… ¿cierto? Si había sentido celos de las chicas que se metían a la cama con él, era por sentir que su relación que siempre había sido tan estrecha, se quebraba. Nada de connotaciones raras, quizá ambiguas y…
Dios, era una madeja de confusiones incómodas y torturantes.
Cuando estaban por cumplir los seis años, Tom cayó de una rama que cedió a su peso en uno de los árboles de la casa de la abuela; al verlo en el suelo, Bill había corrido a su lado de inmediato. Jamás sintió tanta desesperación como en ese momento, estando agachado al lado de su hermano medio inconsciente. Las lágrimas salieron espontáneamente y no pararon en ningún instante hasta que Tom estuvo acostado en una cama de hospital y le intentaba sonreír diciéndole que estaba bien.
Como consecuencia el idiota sufrió una contusión leve y se fracturó el brazo izquierdo, teniendo que llevarlo enyesado durante casi dos meses y siendo una verdadera pesadilla soportarle los caprichos y sus ojos de cachorro que te obligaban, quisieras o no, a cumplírselos.
Cada vez que se acordaba el miedo de perder su otra mitad sentía ahogo. Bill sabía que no podía continuar sin Tom.
Suspiró por quinta o sexta vez en lo iba del día, sintiéndose cansado de darle tantas vueltas al mismo asunto.
–¿Qué tanto piensas? –Sorprendido abrió los ojos encontrándose con su hermano a centímetros de su cara, observándole fijamente–. Te he estado mirando más de diez minutos sin hacer nada.
–¿Diez minutos? –preguntó Bill con una mezcla de fastidio e incertidumbre. No se movió de donde estaba–. Qué aburrido…
–El aburrido aquí eres tú –contestó, Tom frunciendo el ceño y dejándose caer a su lado–, además, por lo menos yo no suspiro continuamente como una colegiala enamorada… Y menos aún luzco como una chica.
–Bla bla bla. Claro –contraatacó Bill, entornando los ojos y sonriendo–. Aburrido… Tienes que buscar nuevos argumentos, los viejos ya están demasiado usados. –Apenas terminó de hablar, en un rápido movimiento se situó encima de su hermano atrapándole bajo su cuerpo e inmovilizándole con las piernas y los brazos–. No me he olvidado que has hecho una mierda con mi maquillaje –musitó en tono peligroso y afilando los ojos.
Tom sonrió son burla, retándole con la mirada.
–En esta posición no puedes hacer nada y lo sabes –dijo autosuficiente, con la paciencia del mundo y sin tratar de soltarse del agarre. De un momento a otro sus facciones cambiaron radicalmente–. ¿En qué tanto pensabas, Bill? Tu expresión era muy rara.
Ante los ojos intensos y penetrantes, y por la posición en la que estaban, lo único que se permitió hacer Bill fue incrustar sus largas y cuidadas uñas en la piel expuesta de los brazos de su hermano. Tom hizo una mueca de dolor y lo empujó fuertemente, haciendo que cayera al piso.
–Tom, no seas brusco –se quejó, con tono grave, el menor de los Kaulitz mientras se levantaba del suelo y arreglaba su ropa–. Mira que he podido romperme una uña o algo así. –Tom le miró con una expresión incrédula, sin saber si hablaba en serio o en broma.
–¡Estás loco! –exclamó frotándose donde estaban las marcas del ataque de su hermano. Bill río– Te juro que sino fuera porque he vivido contigo toda mi vida y sé que no serías capaz de matarme, huiría en este momento lo más lejos que pueda de ti.
–¿No sería capaz de matarte?… ¿Por qué crees eso?
–¿Andas en plan de joder? –preguntó desconfiado. Bill, cuando quería, podía ser la persona más extraña que caminaba sobre la tierra. Una negación le respondió, y la posibilidad de estar frente a una persona totalmente ajena a él, le invadió– Porque no podrías vivir sin mí. –Bill le taladró con la mirada sin moverse ni una pulgada o hacer algún gesto–. ¿Qué tienes? Ya me estás preocupando.
Bill consideró seriamente contarle a su hermano todo lo que había leído y visto sobre el twincest, y la desconfianza hacia sus propios sentimientos que eso había desarrollado. Pensó también en expresarle lo lejos que sentía de él, lo mucho que le extrañaba a veces, y lo contradictorio que era todo. Tal vez, incluso, decirle las serias dudas que le inquietaban…
Pero no dijo nada, solo levantó los hombros, restándole importancia al asunto. Dijo un chiste torpe y sin sentido, y se fue de la habitación, con la excusa del llamado de Georg, avisando que la pizza ordenada ya había llegado, se dejó escuchar en el momento necesario.
–¿Peleaste con Tom? –preguntó Gustav apenas entró a la cocina, echándole ojeada–. Siempre es lo mismo con ustedes dos.
–No, no hemos peleado –respondió en tono cansado, Bill sirviéndose un poco de agua en un vaso y tomándolo de golpe–. No hemos peleado –repitió para sí mismo.
–Qué raro, pensé que lo ibas a matar cuando tomó tu maquillaje y lo revolvió todo a propósito –comentó Georg, que también estaba en la cocina, con un pedazo de pizza en una mano y queso en la barbilla–. En todo caso mejor, porque quienes pagamos sus desastres al final siempre somos Gustav y yo –se quejó con falso tono de reproche. Gustav asintió con energía.
–Sí, pobrecitos los mártires –se burló Tom que ingresó a la estancia justo para escuchar la última parte–. Este par de idiotas –añadió cogiendo sin delicadeza una porción de pizza y comiéndosela rápidamente–. Hoy es sábado…
–¿Adónde vas a llevarnos? –cuestionó bastante interesado Gustav.
–A ningún lado –interrumpió Bill la respuesta que todavía no había salido de los labios abiertos de su hermano. Los otros tres chicos voltearon a verle–. Mañana viajamos a Kiel y ya me cansé de soportar su mal humor producto de la resaca y sus quejidos de…
–Bill. –El nombrado volteó bruscamente hacia Tom, que era el que había detenido su palabrería–. Vamos a ir a una fiesta… quieras o no –pronunció lentamente. Un silencio tenso se instaló en la cocina, incluso Georg y Gustav dejaron de comer, expectantes a los gestos y movimientos de los gemelos–. ¿Bill, estás ahí? –preguntó Tom ante el silencio e inmovilidad de Bill.
–Está bien –cedió después de lo que pareció una eternidad. Un pedazo de pizza cayó al suelo en un chasquido y nadie se molestó por levantarlo–. Está bien –repitió–, no voy a ser un jodido egoísta. Diviértanse.
–Nos vamos a divertir –afirmó Tom recalcando el "vamos", avanzando hacia su hermano y poniendo un brazo encima de sus hombros–. Te vienes con nosotros y vas a terminar tan borracho que lo único que harás será balbucear y gatear, así como esa vez en…
El baterista y bajista de la banda se rieron con fuerza acordándose reciente vez en la que Bill había ingerido tanto alcohol que cayó al suelo del cuarto de grabaciones, y como todos estaban en lo suyo, es decir, casi igual de ebrios, quedó ahí hasta el día siguiente, amaneciendo con dolor titánico de cabeza y cuello, un humor de los mil demonios y prácticamente congelado de frío.
Horas después estaban los cuatro entrando a un ambiente oscuro abarrotado de jóvenes, con luces de todos los colores, alcohol y cigarros por todo lado. Una vez dentro ordenaron algunos tragos y fueron a sentarse en uno de los sillones de piel de la parte del fondo. Usualmente el que primero se separaba del grupo e iba por su cuenta era Tom, que no podía estar más de media hora sin bailar y coquetear con alguna linda chica, sin embargo, esta ocasión fue Georg y a los pocos minutos, Gustav, los que se perdieron entre la multitud.
Bill estaba algo extraño, según el punto de vista de Tom. Extraño desde esa vez que había estado de mal ánimo para ir con ellos de juerga, hacía una semana y algo más. A lo largo de los días había intentado de todo para llamar su atención de alguna forma, entrar en atmósfera de confianza y exigirle que le dijera el por qué de su accionar y sus expresiones, pero todas sus tentativas habían sido frustradas. No sirvieron ni las bromas ni el ser estúpidamente dulce, ni nada.
Su hermano meramente reaccionaba al siguiente instante, luego volvía a sumergirse en su… apatía. Clara prueba era que estuviera sentado a medio metro de distancia suyo, casi sin maquillar por la pequeña travesura que había hecho y no había tenido consecuencias; y una expresión distraída en el rostro, viéndole fijamente pero sin mirarle.
–Ya sé que te hipnotizo con mi belleza –sonrió con sorna, acercándose un poco para que pudiera escucharle a través de la música puesta a alto volumen. Bill frunció el ceño–. La culpa es de Dios que me hizo así de guapo.
–Cállate, somos gemelos.
–Un detalle insignificante. –Bill le vio con unos ojos especialmente intensos. Tom se sintió confundido y se refugió tomando de golpe el resto de trago que tenía en su vaso–. No te lo tomes en serio –dijo segundos después–. Sabes lo que quiero decir.
–Sí, Tom, lo sé. –El tono usado por Bill había sido reflexivo y distante–. Oye –llamó a la vez que se levantaba de su lugar y se acomodaba su camiseta, que se le había subido un poco, en movimientos rápidos–, hay que irnos.
–Pero si acabamos de llegar –se quejó en respuesta, levantándose a la altura de su hermano–, y como vamos a viajar de nuevo, lo más seguro es que no podamos hacer nada hasta regresar... Además te dije que iba a hacer que tomaras hasta no saber quién eres.
–Tomi… –susurró Bill acercándose un poco más y hablándole al oído–. Tomi, hay que irnos. –Tom repentinamente comprendió que esa noche no iba a llevarse a una bella chica a algún lado para hacer de las suyas.
–Está bien, como quieras –cedió.
