Capítulo 2: Viviendo juntos
No estaba tan mal eso de vivir juntos, podría acostumbrarse. Kagome cocinaba muy bien, era muy limpia, ordenada, y una divertida compañera. El niño no molestaba nada y solo llegó a escucharlo lloriquear un poquito un día en el que su madre tardó dos minutos más de la cuenta en ponerse a darle el pecho. Le gustaba la estampa familiar en su casa, y no se sentía tan solo con esa compañía.
Kagome todavía no había empezado a trabajar. Decidió darle un mes por lo menos para que se recuperara del parto y se ocupara de su hijo. Después, cuando empezara a trabajar en su consulta, podía dejarlo en la guardería, y no le importaba en absoluto que se ausentara para darle el pecho. Podía arreglárselas solo durante media hora. Sabía cómo tratar con los niños. En la facultad enseñaban que lo conveniente era cronometrar a los niños al darles el pecho y acostumbrarlos a unos horarios. Kagome lo hizo desde el primer día y el niño tomaba siempre a la misma hora durante veinte minutos.
De todas formas, aunque aún no hubiera acudido a la consulta, lo ayudaba con los archivos en casa. Había llevado montones de cajas llenas de papeles para mecanografiar y hacer copias de seguridad. Mientras él trabajaba, Kagome utilizaba su ordenador de escritorio para hacerlo. Era rápida y buena en su labor. Cuando volvía, ella siempre tenía un plato de comida caliente sobre la mesa para él, le preguntaba cómo le había ido el día y le daba buenos consejos cuando los necesitaba. La verdad es que era justo así como él imaginaba una vida familiar. Con Kikio nunca tuvo nada de eso. Era todo sexo realmente. ¿Por qué demonios se planteó vivir con ella y pedirle matrimonio?
Había descubierto bastantes cosas sobre su enfermera. Su padre murió cuando era muy pequeña por estar en el lugar menos indicado en el momento menos oportuno. Su hermano mellizo fue atropellado por un coche con diez años. Perseguía su pelota por la carretera y ni los gritos de su madre que corría a su espalda pudieron detenerlo. Su madre estuvo deprimida el resto de su vida por ese suceso. Entró a la facultad de enfermería gracias a una excelente beca por su expediente académico. Fue entonces cuando su madre se quitó la vida. Al dejarla sola en el hogar, no pudo soportar la soledad y se mató. Aunque ella no lo dijo, sabía que se culpaba por la muerte de su madre. Después, fue la primera de la promoción, encontró un gran trabajo en el Memorial y conoció a un capullo con fachada de hombre decente.
Fue difícil que ella hablara sobre el padre de Souta. Parecía temerlo. No comprendía que no iba a permitir que volviera a hacerle daño. Ella le inspiraba unos sentimientos muy fuertes de protección y no la abandonaría. No permitiría que ese mal nacido volviera a mal tratarla nunca. De hecho, ya habían tomado las convenientes medidas legales. Llevaron el parte médico a la policía y realizaron la denuncia. Por el momento, el mal tratador tenía una buena orden de alejamiento, y estaban a la espera de juicio para que al fin lo castigaran. El abogado parecía muy optimista al respecto y aseguraba que acabaría en la cárcel.
A veces, se sentía un tanto impotente con Kagome. Ella siempre estaba oculta bajo su máscara de cordialidad y fortaleza, pero sabía que era muy sensible y que no era feliz. Supo desde el principio que serían más que el doctor y su enfermera, y cada día estaba más seguro de ello. Quería ser el hombre que hiciera feliz a Kagome Higurashi. No le importaba que tuviera un hijo de otro hombre. Ya quería a ese niño como si fuera suyo, y tampoco le importaría tener más hijos con ella.
Guardó el informe de su último paciente en el cajón de su escritorio y salió de la consulta para su primer descanso. Como Sango tenía turno de día, habían acordado encontrarse en la cafetería. Aún recordaba las guardias de urgencias. Era mejor la guardia de noche. Así, podían aprovechar la tarde del día siguiente para hacer cosas. Estando en turno de día, se desperdiciaban muchas horas, y no quedaba nada que hacer al salir del trabajo tan tarde.
Sango levantó el brazo para que la viera cuando entró. Pidió un café y fue hacia ella. Vio sorprendido que Miroku también estaba allí sentado. ¿Qué se había perdido? Al acercarse más, los vio cogidos de la mano. Cualquier duda quedó disipada.
― ¿Me explicáis esto, por favor?
Eran novios. Ni siquiera dijeron que estaban saliendo juntos. No, dijeron que eran novios. La cosa era seria. Aunque se alegraba por Sango, no podía evitar tener ciertas dudas acerca de Miroku. Había oído por ahí que era bastante mujeriego, y no sabía hasta qué punto era capaz de serle fiel a su mejor amiga. No quería que a Sango le sucediera lo mismo que le sucedió a él.
― Me alegro por vosotros. ― los felicitó ― Pero, ¿por qué soy el último en enterarse?
― Lo siento, Inuyasha. Es difícil comunicarse contigo desde que tienes tu plaza fija y prefería decírtelo en persona.
Bueno, al menos no se había enterado por terceras personas. Eso era lo único que le importaba.
― ¿Y por qué demonios habéis esperado a que yo me fuera para salir juntos? ― bromeó ― No puedo creer que me lo haya perdido todo.
― Verás, te vas a reír. ― fue Miroku quien contestó ― Antes, como os veía siempre juntos, pensaba que tenías algo, que erais pareja… No sé… No me atreví a acercarme por eso…
No pudo evitar reírse. Aunque Sango tenía toda la pinta de saber ya lo que Miroku acababa de contar, también se rió con él. Ni aunque fueran las únicas dos personas sobre la Tierra y la supervivencia de la humanidad dependiera de ellos, serían pareja. Sango y él eran como el agua y el aceite. Estupendos amigos, siempre juntos, pero nunca unidos.
― Siempre obtengo esa reacción cuando lo cuento… ― se quejó ― Por cierto, me ha dicho Sango que has contratado una preciosa enfermera.
Sango le lanzó una mirada de pocos amigos por el cumplido hacia otra mujer, aunque no parecía temer en absoluto a la "competencia". Nunca la había visto tan segura de sí misma.
― Sí, bueno. ― no quiso dar muchas explicaciones ― Empezará a trabajar en una semana.
― También me ha contado la historia de cómo la conociste. Parece el principio de una comedia romántica…
Fue su turno de poner cara de pocos amigos. Una cosa era que Kagome le gustara y otra muy diferente que sus compañeros de trabajo anduvieran hablando de ellos. No quería ser la comidilla del hospital, ni que Kagome se sintiera incómoda. Seguro que se marcharía de su casa si se enteraba de lo que iban diciendo de ellos.
― ¿Es tan bonita como me ha dicho Sango?
No sabía qué le había dicho Sango, pero seguro que se quedaba corta. A medida que los cardenales habían ido desapareciendo y que ella iba recuperando su figura por el ejercicio y la dieta sana que sabía que llevaba, se había ido convirtiendo en una mujer cada día más y más hermosa. A cualquier hombre le costaría tener las manos quietas con esa beldad tan cerca. Él mismo estaba haciendo uso de toda su fuerza de voluntad. No quería asustarla. Kagome aún estaba poco receptiva para iniciar una relación. Tenía que ser paciente y también tenía que evitar que se fuera de su casa. No esperaba que le fuera a pegar tan fuerte con ella cuando le ofreció vivir en su casa.
Ni siquiera se molestó en contestar a la pregunta de su compañero de trabajo, y tomó un sorbo de café. Al volver a alzar la vista, los dos miraban algo a su espalda. Sango tosió entonces de forma muy mal disimulada.
― Harpía a la vista…
Volvió la cabeza para ver a Kikio entrando en la cafetería junto a Naraku Tatewaki, el hombre que fardó de habérsela tirado delante de él. Eran tal para cual. Ojalá se atragantaran el uno con el otro. No es que hubiera investigado, ni nada parecido, pero por su pasillo parecían correr todos los rumores como la pólvora. Todos sabían que Kikio y Naraku se acostaban, y todos afirmaban que no eran pareja. Solo eran lo que hoy día los jóvenes habían apodado: follamigos. A él le parecía asqueroso. Y, en el fondo, sabía que su relación no fue más que eso para Kikio mientras que él escuchó campanas de boda solo Dios sabe dónde.
Kikio estaba igual que como la recordaba. Igual de alta, igual de delgada y carecía de las sensuales curvas que tanto caracterizaban el cuerpo de Kagome. Había descubierto con Kagome que le gustaba mucho más los cuerpos sinuosos que los de mujeres que, al igual que Kikio, aparentaban no comer nada. Llevaba su melena negra lacea suelta hasta la cintura y examinaba con su siempre inquisidora mirada de ojos negros el comedor. Lo vio. Él se volvió hacia sus amigos azorado. No quería que se acercara a ellos. En las últimas semanas, ya había intentado volver a echarle el lazo, cosa que no entendía. ¿No tenía suficiente con Naraku? A él ya lo había usado hasta hartarse, que lo dejara en paz de una buena vez.
― Viene hacia aquí. ― comentó Miroku.
¿Sería muy cantoso levantarse y salir corriendo del comedor? No quería que diera el espectáculo delante de sus amigos.
― ¡Inuyasha, qué agradable sorpresa!
No tanto. ¿Acaso no captaba las miradas asesinas de sus amigos? Miroku tenía fama de haberse liado con unas cuantas compañeras de trabajo, pero todo el mundo tenía muy claro que con Kikio jamás. De hecho, una vez los escuchó discutir y se quedó asustado de lo desagradable que fue con ella. Siempre era extremadamente caballeroso con las mujeres, excepto con Kikio.
― Tenemos la consulta en el mismo pasillo, me ves todos los días.
― Sí, pero nunca me dedicas un ratito.
Ni pensaba hacerlo.
― ¡Ey! ― llamó la atención Sango ― Nosotros también estamos aquí.
― Sí, por desgracia…
Kikio se mordió el labio inferior delante de él, un gesto que en el pasado le pareció de lo más provocador. Ahora ya no. Kikio tenía los labios demasiado finos. Le gustaba más cuando Kagome se mordía su grueso labio inferior. ¡Eso sí que era sexi!
― Pero serás…
― ¡Sango! ― Miroku la interrumpió a tiempo ― Es hora de volver, ¿no?
¿Qué? ¿Iban a dejarlo solo con la doctora que no sabía comportarse ni en su propio trabajo? ¿Cómo podía ir así vestida a trabajar? La bata blanca abierta y un vestido rojo corto y ajustado que sería más apropiado para salir por la noche. Le costaba creer que no le hubieran llamado todavía de recursos humanos. O tal vez los tuviera engatusados de alguna forma.
― Sí, tenemos que volver. ― se levantó ― ¿Vienes? ― le preguntó Sango ― Aún no hemos revisado eso.
Le daba igual lo que fuera "eso", se marchaba con ellos. Se despidió apresuradamente y le dio la mano a Naraku, quien permanecía como un pelele más de su ex novia tras ella, demostrando que no le importaba nada que estuviera con él.
Cuatro horas después, salía de trabajar hecho polvo. Necesitaba comer y descansar un rato mientras veía las noticias. Cogió su coche en el garaje e iba directo hacia su casa cuando el escaparate de una juguetería llamó su atención. Se detuvo y compró un par de cosas para Souta, esperando que a la madre no le molestara. Luego, se fue directo a casa. Dejó el coche en su plaza de aparcamiento y subió hasta el quinto piso por las escaleras. Nada más abrir la puerta, le llegó el delicioso olor a comida.
Kagome salió a recibirlo con un delantal rosa puesto y una encantadora sonrisa.
― ¿Qué tal el día?
― Agotador.
Dejó sus cosas en el recibidor y se dejó caer sobre la silla del comedor que siempre ocupaba. Souta estaba durmiendo en su hamaca, sobre la mesa. Habían tomado esa hamaca prestada de una doctora que él conocía y que había tenido un hijo el año anterior. También les prestó una cuna y algunas cosas más que les fueron muy útiles.
― He traído un par de cosas para Souta…
― No tenías que haberte molestado.
Aun así, tomó la bolsa que le ofrecía agradecida. Echó un vistazo y sacó con una sonrisa el osito de peluche y un sonajero extremadamente ruidoso. Esas cosas les gustaban a los niños, ¿no?
― Gracias.
Después de eso, comieron ensalada mixta y carne guisada mientras Kagome le iba comentando sus avances con los archivos. Ya casi había terminado de pasarlo todo a ordenador y tenía copias de seguridad de absolutamente todo. Estaría más que lista para acudir al hospital la semana siguiente.
― Tenía pensado ir a hacer la compra. ― le comentó.
― No hay problema. Te llevaré en el coche. ― bostezó por el cansancio ― Ya he instalado la silla para Souta.
Empezaba a comportarse como si fuera su marido. ¿Le molestaría a ella?
― No sé… Pareces cansado… ― musitó.
― No te preocupes por mí.
― No puedo evitarlo…
Al escucharla, levantó la cabeza de golpe, intentando descifrar lo que Kagome quiso decir con esas palabras. Ella lo miraba fijamente. Por un momento, le pareció ver algo más que agradecimiento y amistad en su mirada. Kagome lo miraba como una mujer miraba a un hombre, y él llevaba toda una vida deseando experimentar algo semejante. ¿Podría sentir ella lo mismo que él? Empujado por ese pensamiento, arrastró su mano sobre la mesa hasta poder tomar la de ella y acarició el dorso con cariño. Ella era alguien muy especial; ella era…
Souta escogió ese momento para despertarse y llorar. El mágico momento se rompió, y Kagome se volvió para atender a su hijo. Él se dispuso a recoger los platos con las mejillas ardiendo. Al volver al comedor, la vio agitando el sonajero que compró ante el niño. No lo veía todavía, apenas abría los ojos, pero agitaba la cabeza siguiendo el movimiento.
― Dejaré el osito a tu lado… ― lo colocó en la hamaca ― Sé que aún no puedes verlo, pero te encantará en cuanto seas más grande…
Por un momento, le recordó a su dulce y encantadora madre. Kagome era justo la clase de madre que él esperaba que fuera una mujer. La sola idea de ser él quien la dejara embarazada en la próxima ocasión, lo fascinaba.
― ¿Te importa que me duche antes de salir? ― le preguntó.
― No, adelante. Yo vigilaré a Souta.
Kagome se fue hacia el cuarto de baño mientras que él se sentaba en el sofá con cansancio. Escuchó el sonido de la ducha y se le alteraron los nervios. Siempre que escuchaba la ducha, se ponía muy caliente pensando en Kagome. Estaría ahí adentro desnuda, mojada, brillante y resbaladiza. Había imaginado su cuerpo cientos de veces bajo el agua y sus manos frotándose con el jabón. En sus fantasías no había esponjas; ella lo hacía con las manos. Bueno, eso era en las fantasías que menos le afectaban. A veces, se veía a sí mismo en la ducha junto a ella. A continuación, tenía que meter la cabeza debajo de un grifo abierto con agua fría. No quería asustarla con el evidente bulto de su entrepierna.
Cogió el mando de la televisión para ver un rato las noticias cuando escuchó un pequeño quejido del niño. Se acercó de puntillas y lo vio dormir. Se volvió para regresar al sofá justo cuando empezaba a llorar con fuerza. ¿Qué debía hacer? Kagome estaba en la ducha. Si la sacaba para que calmara al niño, demostraría que no era capaz ni de ocuparse de un bebé. Quería parecer un pretendiente aceptable para ella. ¿Cuánto tiempo de espera sería adecuado para pedirle una primera cita?
Se inclinó, abrió el arnés y sacó al bebé con mucho cuidado. No era muy bueno cogiendo bebés. En urgencias, nunca había tratado con niños tan pequeños y era médico de cabecera, no pediatra. Recordó cómo solía cogerlo Kagome entre sus brazos y lo acomodó lo mejor que pudo para acunarlo. Lo había tenido entre sus brazos antes, pero solía evitarlo porque le avergonzaba que Kagome descubriera lo inexperto que era. Ella, como enfermera, habría tomado entre sus brazos cientos de niños.
― Ya está… ya pasó…
Lo meció entre sus brazos e incluso se movió con él. Kagome solía cantarle alguna de sus preciosas nanas del extenso repertorio que tenía. Cantaba como los ángeles y no le extrañaba en absoluto que el niño no diera guerra con tan hermosa voz. No obstante, él no era Kagome. Lo miró y sacudió la cabeza.
― No voy a cantar. ― aseguró.
Cuando el niño pasó dos minutos sin callar, se lo pensó mejor. Terminó cantando una de las nanas que tanto le había escuchado cantar a Kagome e intentó que su voz no pareciera demasiado grave. Sorprendentemente, el niño se fue calmando hasta que su cara dejó de estar arrugada por el esfuerzo de llorar. Respiró aliviado e iba a volver a dejarlo en su hamaca cuando sonó el timbre.
Automáticamente, su mirada se dirigió hacia el niño. Aún estaba tranquilo, pero su cabeza se había agitado al escuchar el sonido. Decidió abrir antes de que volviera a sonar para descubrir que la persona que estaba al otro lado de la puerta no era en absoluto bien recibida. ¿Qué demonios hacía Kikio Tama allí? En realidad, a juzgar por su aspecto, no era una pregunta necesaria. Vestido negro diminuto y ceñido y una botella de champán. No se lo podía creer.
No obstante, la sonrisa de Kikio se esfumó al ver al bebé que sostenía entre sus brazos. Se quedó pálida como una muerta, y miró al crío como si fuera un alienígena. Era una suerte que Kagome no estuviera presenciando aquello, porque se sentiría ofendida como madre del bebé.
― ¿Qué quieres? ― le preguntó.
La respuesta era evidente, aunque, a lo mejor, habían cambiado sus intenciones al ver al niño. Ella alzó la vista un momento, consternada, y, después, señaló al niño.
― ¿E-Es tuyo?
Estuvo tentado a contarle una mentira. El problema era que Kagome podría enfadarse mucho con él de descubrir su mentira. Aspiraba a que el niño fuera suyo en un día no muy lejano.
― No.
Kikio lanzó un suspiro de alivio muy poco elegante.
― Menos mal… ¡Qué susto! ― exclamó ― Pensé que habrías hecho alguna tontería en el últi…
― ¿Una tontería? ― la interrumpió ― ¿Crees que tener un hijo es una tontería?
― Bueno, son un incordio y…
― Cada día estoy más contento de haberte calado a tiempo.
El comentario no le sentó nada bien al ego de Kikio. Aun así, se esforzó por aparentar normalidad y levantó la botella de champán como si creyera que él no la había visto.
― ¿Qué tal si olvidamos el pasado y tomamos una copa de este estupendo champán? ― sugirió con una de sus sonrisas provocativas ― O la botella entera, según se tercie.
Hizo amago de pasar. Él dio un paso adelante en respuesta para impedírselo.
― ¡Oh, vamos! ― se quejó ― ¿Vas a hacer que te suplique en el rellano de tu casa? La cortesía mínima es que me dejes pasar.
― También es la cortesía mínima no ponerle los cuernos a tu pareja.
― ¡No puedes seguir enfadado por eso! ― lo regañó ― Eres tan rencoroso como una mujer.
― Y eso lo sabes por experiencia.
¿Cómo pudo gustarle una vez? ¿Acaso estaba tan deseoso por casarse y formar una familia que había evitado ver todos los defectos inaceptables de Kikio? Su matrimonio hubiera desembocado en divorcio, en odio y en problemas en el trabajo que no necesitaba.
― Es mejor que te marches Kikio. ― mantuvo la calma ― Te recomiendo que no vuelvas. No eres bien recibida.
― ¡No me lo puedo creer! ― empezó a alzar el tono ― Sabes tan bien como yo que…
― Shhhhhhhhh. ― le ordenó callar ― Despertarás al niño.
― ¿Y a mí qué me importa ese mocoso?
Sí, a ella no le importaba nada. El niño lloró tal y como él predijo. También sucedió algo que él no predijo, puesto que desde su nueva posición en la casa, no escuchaba la ducha. La puerta del cuarto de baño se abrió de golpe y se escucharon unos pasos corriendo lo suficientemente rápido como para que no pudiera evitar que las dos mujeres se cruzaran. Kagome apareció con el cabello mojado, la piel húmeda, y una diminuta toalla rosa palo cubriendo su cuerpo. Al ver la puerta abierta y a la otra mujer, dio un paso atrás y puso cara de horror, temiendo interrumpir.
― Y-Yo… Lo siento…
― No te disculpes. Kikio ya se iba, ¿verdad?
Kikio estaba demasiado anonadada inspeccionando a su competencia. Después, miró al niño y pudo leer en su mirada que ataba cabos. Sabía que Souta era hijo de Kagome y que no tenía ningún parentesco con él. No había nada en ese niño que se pareciera a él. Era clavado a su madre.
― ¿Es tu novia?
Los dos se sonrojaron al escuchar esa pregunta. No, no era su novia todavía.
― Adiós, Kikio.
El camino rápido fue cerrarle la puerta en las narices. Todavía no estaba preparado para enfrentarse a las preguntas que les caerían sobre ellos dos viviendo juntos. En una semana, Kagome lo acompañaría al trabajo como su enfermera, y Kikio no dejaría de notarlo. Seguro que hablaría con otros compañeros y cuchichearía sobre el tema. Iban a ser la comidilla de todo el hospital. Todos pensarían que contrató a Kagome porque se acostaba con él cuando la realidad era muy diferente. Desearía que Kikio no hubiera tenido la grandiosa idea de presentarse en su piso cuando era más que evidente que jamás volvería con ella. ¿No estaba con Naraku? No había quien comprendiera a esa mujer tan complicada. Nunca se podía saber con absoluta certeza qué era lo que quería Kikio Tama. Aunque lo primordial era que sin ella, habrían podido trabajar sin murmuraciones. Ahora, ¿quién sabe?
Se volvió hacia su ahora compañera de piso, y tragó hondo al echarle un vistazo más a fondo. Nunca la había visto con tan poca ropa encima. Apartó la mirada por respeto cuando las enfermeras le pusieron el camisón de hospital en la sala de partos. Ahora, por fin atisbaba a ver sus largas piernas bien torneadas, sus caderas redondeadas, su vientre ya casi plano después del intenso ejercicio, su cintura que nada tenía que envidiar de una mujer que no hubiera estado embarazada y sus pechos redondos y opulentos. Era perfecta y él estaba muy tentado.
Un caballero esperaría. Un caballero que había tomado a una dama bajo su protección en su hogar, la conquistaría con cuidado. Un caballero que se enfrenta al reto de conquistar a una mujer que acaba de dar a luz, esperaría a que ella se haya recuperado por completo.
― Ve a vestirte. ― decirlo le costó más de lo que parecía ― Yo me ocuparé de Souta.
Kagome se quedó parada en el mismo sitio, sin saber que hacer durante unos instantes antes de obedecer. No comprendía lo que acababa de suceder. Inuyasha estaba muy raro de repente y temía que esa mujer tuviera algo que ver. Ella parecía una modelo, vestía un carísimo vestido y llevaba una botella de champán. ¿Sería su novia? ¿Un ligue? A lo mejor, Souta y ella le molestaban en su casa y no podía verse con la otra. Sin embargo, le había dado con la puerta en las narices. No sabía qué pensar.
Inuyasha la confundía. Siempre era así. Al principio, se mostró reacia a vivir con él, pues, al fin y al cabo, era un desconocido. Después de desechar esos temores, le vino el terrible cargo de conciencia. No quería ser una molestia para Inuyasha; menos aún cuando ya la debía tanto. Finalmente, no importó nada de lo que ella pensase. Inuyasha recogió todas sus pertenencias y las llevó a su piso sin darle ocasión a protestar. Desde entonces, eran compañeros de piso aunque pudiera parecer otra cosa. En realidad, no le importaría que fuera exactamente lo que parecía.
Aunque avergonzaba admitirlo, estaba enamorada de Inuyasha. Juró no volver a enamorarse por todo lo que había sufrido. Juró que jamás caería de nuevo en la trampa del amor. Cayó de lleno con Inuyasha. Él les dio un techo bajo el que vivir, comida, trabajo, cariño. Era siempre tan educado y tan galante. Se preocupaba por ella y por Souta, y era muy detallista. Había caído como una tonta y temía que él se diera cuenta. ¿Y si estaba mal interpretando su simpatía? No quería lanzarse a la piscina y equivocarse otra vez. En el comedor, habían tenido uno de esos momentos especiales, y todavía estaba afectada por eso. ¿Qué habría pasado si Souta no hubiera llorado?
Se puso unos vaqueros y un jersey, y salió al salón, donde Inuyasha esperaba. Había vestido a Souta y le hacía arrumacos. Lo quería como si fuera suyo. ¿Qué más podía desear una chica? Él se giró para mirarla cuando la escuchó y le dirigió una mirada de aprobación. Solía hacerlo cada día, cada vez que ella se cambiaba. Eso le gustaba. Le gustaba saber que a él le agradaba su aspecto. Realmente, nunca tuvo problemas de ese tipo con los hombres. Su aspecto era lo que menos debía preocuparle a la hora de entrar a un bar. Más bien, su problema era la clase de hombres que se acercaban a ella. Era difícil saber quién era un mal tratador cuando se ocultaba bajo una fachada de cordialidad y buen talante. Pero sentía que a Inuyasha lo conocía bien. Vivía con él. ¿Qué mejor forma había de conocer a una persona?
Fueron juntos al supermercado. Por unos instantes, se sintió feliz de ver que la gente los miraba y pensaba que era un matrimonio joven con su hijo. ¿Así se sentía siendo normal? Su ex novio la hundió tanto con sus mal tratos que había olvidado lo divertido y lo agradable de las tareas más triviales. Con Inuyasha sentía que había superado todos sus miedos y sus inquietudes.
Lo vio agacharse con el niño firmemente sujeto al arnés que llevaba atado a la espalda y coger una caja de cereales infantiles que le enseñó. Souta no lo veía, ni podía saber lo que era, pero Inuyasha le habló de todas formas e intentó tentarlo con el juguetito. Ella se rió fascinada por lo entrañable que se le antojaba la escena. Entonces, Inuyasha se levantó e hizo amago de coger unas galletas con pepitas de chocolate. Eso le dio una gran idea. Evitó que las cogiera poniendo su mano sobre la de él, y le sonrió.
― ¿Qué te parece si te preparo yo las galletas?
Su madre siempre le dijo que a un hombre se le conquistaba por el estómago. Ya era hora de pasar al ataque.
Continuará…
