DE AHÍ A LOS NIETOS… SÓLO HAY UN PASO

Segunda Parte

Draco estuvo durante un buen rato dando vueltas en la cama, intentando auto convencerse de que todo lo que había dicho era cierto. Harry sabía tan bien como él la ilusión que le hacían sus nietos; pero a su esposo le encantaba fastidiarle con ese tema. Bueno, tal vez él también le ponía las cosas bastante fáciles…

Se sentía muy feliz de tener a Mandy otra vez en casa. Y de que hubiera encontrado por fin a alguien sensato. Y aunque Draco se consideraba una persona absolutamente liberal, un ramalazo tradicionalista asomaba la cabeza de vez en cuando; sobre todo cuando se trataba de sus hijos. Suponía que reminiscencia de su estricta educación durante su infancia y adolescencia. Reconocía que hubiera preferido que su hija mediana hubiera seguido todos los pasos en el adecuado orden: presentarles a su pareja primero, casarse después y por último aumentar la familia. Como habían hecho Nadia y Aaron. En fin, Mandy siempre había sido muy suya.

Le había dicho a Harry que estaba tan cansado, que no le quedaba humor para nada más que no fuera dormir. ¿Por qué no se dormía entonces? Porque el sentimiento de culpabilidad no le dejaba. Sabía que no había sido del todo sincero con Harry. La sombra del gatillazo de apenas dos días antes todavía planeaba sobre su orgullo.

Un día de Navidad, treinta y cinco años atrás, Harry le había hecho el amor por primera vez, junto al árbol de Navidad. Lo tenía tan grabado en la memoria como si hubiera sucedido justo el día anterior. Y durante todo ese tiempo, salvo aquellos tres años en los que su esposo no había estado a su lado, jamás habían faltado a la tradición. Si bien es cierto que con la llegada de sus hijos habían trasladado el rito navideño a su habitación, Harry jamás había dejado de amarle con la misma pasión de esa primera vez. Arrepentido de su anterior comportamiento, se dijo que Harry se merecía que se tragara su orgullo y al menos lo intentara. Decidido, Draco se levantó de la cama y buscó su bata. Dejó la habitación con la misma precaución que antes su esposo y bajó silenciosamente las escaleras. No tuvo que llegar hasta la cocina porque Harry estaba en el salón, sentado en uno de los sillones frente al árbol de Navidad, que contemplaba tan ensimismado que no se dio cuenta de su presencia. No había ningún vaso de leche a la vista. Puso las manos sobre sus hombros, provocándole un pequeño sobresalto.

- ¿Te has tomado la leche? –preguntó.

- Sí. –mintió Harry– No te preocupes, subiré dentro de un rato. –Draco no se movió– Anda, sube, no tardaré.

- También me he desvelado.

- Lo siento. –Harry volvió un poco la cabeza y besó la mano que tenía en su hombro– ¿Te preparo un poco de leche también?

- ¿De la misma que te has preparado tú?

Harry dejó escapar un pequeño suspiro.

- Sólo dame unos minutos¿de acuerdo? –pidió.

- ¿Estás seguro?

Draco dio la vuelta al sillón, hasta colocarse frente a su esposo. Los ojos de Harry se veían extraños con el reflejo de las llamas de la chimenea en ellos. Extraños y fascinantes. Draco deshizo el nudo del cinturón de su bata y se la quitó despacio, dejando que resbalara por sus brazos hasta el suelo. Después empezó a desabotonar la camisa de su pijama, y cuando liberó el último botón, también la dejo deslizarse, cayendo directamente sobre la bata. Se sentó a horcajadas sobre las rodillas de Harry, quien contemplaba arrobado su platinado cabello teñirse de rojo y cobre a la luz de las llamas, y aprisionó sus muñecas sobre los brazos del sillón. Acercó su boca a la del moreno y tomó sus labios sin prisa, lamiéndolos primero y presionando después con lo suyos, levemente, mientras la lengua jugaba en su comisura. Presionó un poquito más, y notó el movimiento nervioso de las manos que querían liberarse para tocarle. Pero Draco mantuvo las suyas firmes sobre las muñecas de Harry. Mordisqueó sus labios y el moreno los abrió ansioso, dejando que le invadiera y recorriera su boca a su antojo. Entonces Draco soltó las manos de Harry, que volaron sin perder tiempo a acariciar su cuerpo. Draco sintió los pequeños mordisquitos en sus pezones y una fuerte excitación golpeó su entrepierna. Nervioso, rogó para que la placentera sensación continuara y siguiera tirando de su virilidad como Merlín manda. Harry estaba salvaje, recorriendo a pequeños mordiscos también su vientre, mientras oprimía sus nalgas con ansiosos apretones.

- Vamos arriba. –jadeó– Vamos arriba, Draco.

Draco se levantó con una pequeña sonrisa maliciosa. Detuvo a su esposo, que le había tomado de la mano y tiraba de él hacía la puerta del salón. Harry le miró interrogante y anheloso. Con calma, Draco desató el nudo del cinturón de su bata y como la suya, la hizo resbalar por sus brazos hasta el suelo.

- Draco… –volvió a jadear Harry, cuando el rubio empezó con los botones de su pijama– Por Dios, Draco, necesito…

Pero Draco le calló con un beso furioso, tan fogoso que dejó al moreno temblando y sin aire. Después, sin dejar de mirar esos ojos verdes velados de lujuria y de deseo, Draco se deshizo de sus pantalones, lanzándolos junto con el resto de sus prendas. Se volvió lentamente y caminó hasta el árbol navideño, consciente del movimiento de sus nalgas y de lo que éstas estaban provocando.

- ¡Dios, cómo amo tu culo! –jadeó Harry, al límite de la estimulación que podía soportar sin empezar a comportarse como un animal en celo.

Draco le miró por encima de su hombro y esbozó una sonrisa indecorosa.

- ¿Y a qué estás esperando?

Draco no tuvo casi ni tiempo de tumbarse sobre la alfombra, que Harry ya estaba sobre él. Ayudó a su impaciente esposo a deshacerse de sus pantalones y se deleitó también en las redondas nalgas de Harry. En un descuido del excitado moreno, una de ellas recibió un fuerte y entusiástico mordisco. Seguido de unos cuantos más, hasta que Harry logró defenderse y tumbarle, entre risas y jadeos.

- Esto es una locura… –Harry tomó la erección de Draco en su boca y succionó con ímpetu– …cualquiera podría bajar…

Draco apuntaló sus talones con fuerza y elevó un poco sus caderas, moviéndolas con un ritmo algo frenético.

- Me excita pensarlo. –gimió, empujándose con energía contra la húmeda boca que le estaba llevando una vez más al éxtasis.

Harry dejó entonces su entregado trabajo para separarle las piernas con brusca impaciencia.

- Vas a gritar hasta quedarte afónico. –prometió, sofocado y sudoroso, mirando con expresión libidinosa la hermosa erección que se apretaba contra el vientre de Draco.

Sí, Harry estaba salvaje, alcanzó a pensar Draco mientras su marido se empujaba con fuerza dentro de él.

- Mierda, sí… –Draco dejó escapar un gruñido satisfecho.

Harry salió y volvió a entrar, dispuesto a cumplir su promesa, impulsando sus caderas con vigor, una y otra vez. Draco gimió, jadeó y después intentó no gritar. Tampoco era cuestión de despertar a la familia entera. Por un momento imaginó sus caras y tuvo que contener la carcajada en el hombro de Harry y después, lo mordió para ahogar un gemido demasiado ruidoso.

- ¿Vas a rugir, león? –jadeó cuando en el rostro congestionado y enrojecido de Hary reconoció los síntomas de su inminente orgasmo– Ruge para mí, león. –le incitó, más excitado si cabe, ante la estimulante visión de su esposo a punto de morir de placer.

Sintió los rápidos espasmos y el líquido caliente inundando su interior. Harry se desplomó sobre él con un bramido extraño, exhausto y jadeante. Apenas dos segundos después, Draco sintió la mano de su esposo deslizarse entre sus vientres y envolver su erección, pulsante y ansiosa. Se relajó sobre la alfombra y extendió los brazos a ambos lados, abandonándose a que su cuerpo se sacudiera como quisiera, ahora un poco ahogado por el peso de Harry sobre él. Esperaba que se levantara un poco, pero Harry siguió masturbándole sin moverse apenas. A pesar de todo, Draco estaba tan excitado, tan al borde, que aquella presión extra le hizo explotar en olas de intenso placer. Después, Harry siguió quieto, con el pene de Draco decreciendo en la mano que todavía lo envolvía.

- Harry…

- Dime, amor. –la voz del moreno sonó un tanto forzada.

- ¿Podrías moverte? Me siento un poco aplastado.

La respuesta tardó unos segundos en llegar.

- Me encantaría complacerte. Pero no puedo.

- ¿Bromeas?

- Ya me gustaría.

Draco le empujó un poco, creyendo que Harry tenía ganas de jugar, remoloneando sobre él; sin embargo, el moreno dejó escapar un quejido lastimero.

- Creo que ha sido un tirón, en la parte baja de la espalda. –explicó algo jadeante– Por lo visto el último empujón fue demasiado… vigoroso.

Draco no quería reírse. De verdad que no quería. Pero sus carcajadas, algo ahogadas contra el hombro del moreno, inundaron el silencioso salón.

- Eso, tú ríete. –se quejó Harry, fastidiado.

Draco se mordió el labio y trató de dominar su ataque de hilaridad.

- Dime que tienes la varita en el bolsillo de tu bata. –dijo por fin, logrando serenarse.

- Si tuviera mi varita, amor, ya te habría pedido que me levitaras. –respondió Harry con algo de sorna.

Draco suspiró un poquito. O más bien lo intentó.

- Creo que voy a ponerte a dieta, cariño, pesas más de lo que recordaba.

El aplastado rubio sintió el resoplido de Harry contra su cuello.

- Eso, tu sigue pinchando. Esto no me va a durar siempre¿sabes? Veremos quien se ríe cuando pueda moverme.

- Eso ha sonado a amenaza, amor.

- Por lo que más quieras, Draco. –gimió Harry un poco desesperado– No podemos estarnos aquí hasta mañana, cuando todo el mundo baje a desayunar…

Draco se imaginó el cuadro. Y no supo si reírse o echarse a llorar.

- Vale, voy a ir empujándote hacia un lado, muy despacio. –dijo– Cuando no puedas soportarlo, pararé¿de acuerdo?

- Sí. –aprobó Harry débilmente.

Draco empezó a empujar poco a poco, intentando escurrirse al mismo tiempo.

- ¡Para, para para…! –jadeó el moreno a los pocos segundos.

- Vale, tranquilo.

Volvió intentarlo al cabo de unos minutos. Y al poco, Harry volvió a detenerle.

- ¿Y si lo hacemos de una sola vez? –sugirió– Te doy un solo empujón. Más fuerte. Más dolor, pero…

- Draco, –le interrumpió Harry con la voz constreñida– ¡NI SE TE OCURRA!

- ¡Pues ya me dirás tú qué hacemos!

Y de pronto, tras analizar fríamente la situación, Harry empezó a reírse. Entre "ays" y "uys", las carcajadas fueron cada vez más histéricas y sonoras. Draco se unió a él a los pocos segundos. Y cuando el moreno menos se lo esperaba, Draco le dio el empujón definitivo.

- ¡LA MADRE QUE TE PARIÓ¡ERES UN…!

Draco le cubrió rápidamente la boca con la mano.

- ¿Quieres despertar a toda la casa?

Pero Harry tenía una expresión de verdadero dolor en el rostro. Sus ojos empezaban a lagrimear.

- Lo siento, amor. –se disculpó Draco, apenado– Voy arriba a buscar mi varita y te levitaré hasta la cama¿de acuerdo?

Draco se puso rápidamente la bata y cubrió con la suya a Harry. Cuando iba a salir del salón, se topó con su hijo menor, que entraba en ese momento con cara de sueño.

- ¿Qué eran esos gritos? –preguntó el joven con un bostezo.

- Vuelve a la cama, Aaron, no pasa nada.

- Bajaba a buscar un poco de helado para Max. –dijo el joven, fintando a su padre en dirección a la cocina. Y entonces se detuvo– Oye¿qué hace papá ahí tirado?

¡Malditos embarazos y sus antojos!

- Nada. Un pequeño tirón en la espalda. Tú ve a buscar el helado para Max. Yo me ocupo de tu padre.

Pero como ya era inevitable que Aaron se dirigiera a ver qué diantre le pasaba a su otro padre, Draco decidió subir volando a por su varita antes de que bajara más familia.

Aaron se arrodilló junto a Harry. A pesar de que la única luz era la de la chimenea y las lucecitas del árbol de Navidad, pudo ver perfectamente que su padre estaba pálido y desencajado.

- Te ha dado fuerte¿eh?

Harry se limitó a hacer una pequeña mueca.

- ¿Qué caray estabas haciendo? –preguntó el joven con curiosidad.

La respuesta golpeó, de pronto, al menor de los Potter. Su padre no llevaba la bata puesta, si no simplemente por encima, cubriéndole. Un par de pijamas se mezclaban en arrugado montón junto al sillón. Y la repentina cara de mortificación de Harry acabó por despejarle cualquier duda.

- ¡Joder, papá! –exclamó, sin saber como tomárselo.

- Una palabra más y te desheredo. –amenazó Harry entre dientes.

Aaron luchó contra el irrefrenable deseo de soltar la carcajada que empujaba por salir de su boca. Después de todo, un hijo debe ser respetuoso con su padre, sea cual sea la circunstancia. Así que se limitó a preguntar, sin poder evitar, a pesar de todo, cierto tono jocoso:

- De verdad papá¿vosotros todavía folláis?

- Espero que eso sea una afirmación y no una pregunta.

El tono en la voz de su otro padre, de pié detrás de él y con aquella cara de castigo inminente que Aaron recordaba perfectamente de su infancia y adolescencia, le indicó que morderse la lengua era lo mejor que podía hacer en aquel preciso momento.

- Max debe estar preguntándose dónde está su helado. –le recordó Draco en tono cortante– No hagas esperar más a tu marido.

- Te ayudaré con papá primero. –se ofreció él, muy diligente.

- Yo puedo con tu padre, Aaron. –el joven se detuvo en seco– Además de cómo follar, sigo recordando perfectamente cómo se hace un hechizo de levitación.

- ¡Por el amor de Dios! –gimió Harry, muy bajito, queriendo fundirse con el suelo.

Mientras Aaron se dirigía bufando hacia la cocina, Draco pronunció el hechizo que levantó a Harry del suelo, muy despacio, procurando moverle lo menos posible. En las escaleras, se les unió Aaron, con una tarrina de helado en una mano y dos cucharillas en la otra.

- ¿Te ofenderás si abro la puerta? –preguntó el joven con cierto retintín, cuando llegaron ante la habitación de sus padres.

Draco hizo un gesto de exasperación y su hijo abrió. Levitó a Harry hasta la cama y le depositó cuidadosamente en ella.

- Gracias, Aaron.

El joven mago suspiró con resignación y dándose por enterado, salió de la habitación. Draco convocó los pijamas que habían dejado abajo y se puso el suyo. Utilizó un hechizo para vestir a Harry.

- ¿Cómo te sientes, amor? –preguntó, preocupado.

- Clavado. –musitó Harry contra la almohada– Esto duele de cojones, Draco.

- Tal vez mi ungüento funcione también con esto. ¿Quieres que probemos?

- Estoy dispuesto a probar cualquier cosa. –gimió el moreno.

Pero antes de que Draco tuviera tiempo de llegar al cuarto de baño, la puerta de su habitación se abrió de forma intempestiva.

- ¡Cómo no me habéis avisado antes!

Nadia, con la bata a medio poner sobre su camisón, su maletín en una mano y la varita en la otra, entró con aire decidido en la habitación de sus padres, seguida de Aaron.

- Nadia… –trató de detenerla Draco.

- ¡De verdad, papá! –le interrumpió ella muy molesta– Que me dedique a la investigación no quiere decir que haya dejado de ser sanadora.

Draco dejó escapar un pequeño suspiro y fulminó a Aaron con la mirada. Su hijo se limitó a encogerse de hombros.

- ¿Puedes moverte aunque sea un poco, papá? –preguntó Nadia, apartando las sábanas que cubrían a su padre.

- No. –negó Harry con expresión dolorida.

- ¿Dónde te ha dado exactamente?

- Abajo, en la espalda.

Nadia hizo algunos movimientos con su varita sobre la zona afectada y negó con la cabeza, con expresión ceñuda y concentrada.

- ¿Te duele mucho, Harry? –preguntó Max, a quien nadie había visto entrar y se zampaba su helado tranquilamente, medio escondido detrás de su esposo.

- He tenido días mejores, créeme. –masculló Harry.

- Tienes una buena contractura. –dijo Nadia, emitiendo su dictamen– ¿Te has levantado bruscamente, has cogido algún peso?

Silencio. Profundo y culpable. Hasta que Aaron, con expresión seria y solemne, decidió echar un cable a sus queridos padres.

- Follaban. Que conste que es una afirmación. –aclaró dirigiéndose a Draco.

- Draco, recuérdame que borre a tu hijo de mi testamento. –gimió Harry desde el lecho.

Nadia miró primero a su hermano y después a su postrado padre con expresión de incredulidad. Después a su otro padre, cuya mirada le desafió a dudarlo.

- ¡Merlín bendito! –y se cubrió la boca con la mano.

- Harry, recuérdame que borre también a tu hija del mío, como suelte una sola carcajada. –amenazó Draco, muy estoico.

- ¿Qué sucede aquí?

- ¡Bienvenida, hermanita! –saludó alegremente Aaron a Mandy– Acabas de convertirte en la heredera universal de nuestros padres.

Mandy miró a todos, todavía medio adormilada. Se había levantado para bajar a la cocina a por un poco de zumo o agua, lo primero que encontrara. El cordero que preparaba su padre le gustaba hasta la gula, pero la salsa solía darle mucha sed después. Entonces se dio cuenta de su padre Harry era el único que estaba en la cama, sin moverse.

- ¿Le pasa algo a papá? –preguntó, preocupada.

- Le ha dado un tirón. –explicó Max, relamiendo su cucharilla– Es algo bastante doloroso.

- Pregúntame cómo ha sido. –la invitó Aaron, con expresión inocente.

- ¿Cómo ha sido? –preguntó ella, inocente también.

- Nuestros padres follaban, abajo, en el salón. No, no me preguntes a razón de qué capricho. Pero follaban sin interrogantes, de forma totalmente afirmativa.

Su hermana bizqueó un poco y le miró con más atención, como preguntándose si a esas horas todavía se podía estar de guasa. Paul, que había decidido asomar la nariz, para saber si lo de su suegro era grave, decidió hacer mutis por el foro sin delatar su presencia. Gracias a Merlín, Dan Harrison dormía profundamente en su cama.

- Y a papá le dio un tirón. Me lo encontré tirado junto al árbol, como si fuera un regalo, pero sin lazo. –concluyó Aaron.

Entonces Mandy sonrió y soltó la carcajada que sus otros dos hermanos se habían tragado.

- ¡Anda ya! –exclamó.

- Otra desheredada… –afirmó su hermano, alegremente.

Y volvió su atención hacia la cama, dónde Nadia miraba a su rubio padre con absoluta desaprobación.

- ¡Ya os vale! –recriminó– A vuestra edad estas cosas se hacen en la cama, cómodamente y sin montar numeritos. ¿Veis las consecuencias?

Harry no se hundió más en la cama, porque el colchón no daba para más. Y su riñonada tampoco. Si apretaba más el rostro contra la almohada, se ahogaría. ¿Su hija les estaba diciendo dónde y cómo tenían que practicar sexo, hablándoles como a dos adolescentes que todavía no supieran dónde meterla? Pero entonces la voz de Draco, en ese tono bajo y calmo que nunca presagiaba nada bueno, se adueñó de la habitación. Y Harry supo que las cosas no tardarían en volver a estar en su lugar.

- Mandy, cariño, te estás cayendo de sueño, vuelve a la cama.

Harry oyó un apresurado "que te mejores papá" y supuso que su hija mediana se había retirado a su habitación.

- Aaron, hijo… –el tono fue un poco más mordaz– …vergüenza me daría de tener a mi esposo, con casi siete meses a cuestas, de pie a la una y media de la madrugada, cuando lo que necesita es mucho descanso y que no se le hinchen los tobillos.

Harry imaginó que su hijo menor había intentado decir algo porque a continuación se oyó un rotundo y contundente:

- No me repliques.

La suave voz de Max dio las buenas noches, deseando que se repusiera pronto, mientras Harry imaginaba el gesto contrariado de su hijo menor.

- Buenas noches, papá. –y el tono de voz de Aaron era, efectivamente, el de un Potter mortificado.

Dentro de su campo visual, lo único que Harry podía ver sin tener que moverse un ápice, era el trajín que su hija mayor se llevaba con su maletín, que había depositado sobre la mesilla de noche. Jeringuilla, algodón… aquello tenía toda la pinta de que iba a terminar acribillado.

- Voy a ponerte una inyección, papá. –anunció Nadia con tranquilidad, ignorando deliberadamente la mirada de su otro padre– Es más rápido. Mañana te prepararé una poción que te recuperará tan deprisa que podrás fol…

- ¿…follar donde le dé la gana? –terminó Draco, en tono sarcástico– Porque asumo que siendo esta casa de tu padre y mía y ambos mayores de edad, podemos disponer de nuestro hogar de la mejor manera que nos parezca y apetezca.

- Papá…

Con los brazos cruzados sobre el pecho, Draco miraba a su hija con los ojos entrecerrados, sus finos labios apretados en un rictus de controlada irritación.

- Como también asumo que en ningún momento has pretendido indicarnos a tu padre y a mí la forma y manera de disfrutar de nuestra relación. –prosiguió.

- Papá, yo sólo…

- …estabas preocupada por tu padre. Lo sé. Por esa razón, comprendo que nunca has querido insinuar que tu padre y yo no podamos dedicarnos a montar los "numeritos" que nos dé la gana, cuando nos dé la gana y donde nos dé la gana. Aunque convendrás conmigo que la palabra "numerito" ha sido totalmente desafortunada.

Nadia dejó escapar un suspiro de resignación. Conociendo a su padre Draco, pensar que podía salir indemne de sus propias palabras, había sido tan ingenuo como creer que Santa Claus existe. Aunque esa fuera la noche de Navidad.

- Totalmente desafortunada, papá. –admitió, dispuesta a acabar cuanto antes con aquel discurso. Su parte de sangre Malfoy, nunca había llevado demasiado bien las reprimendas.

Pero su padre todavía no había terminado.

- Bien, ya que estamos de acuerdo en todo lo anterior, me gustaría hacer alguna que otra puntualización sobre lo que a ti te ha dado por llamar "vuestra edad". –Draco casi escupió las dos últimas palabras.

Oh, oh,… Nadia supo que habían llegado al momento peligroso de la conversación y que debería meditar cuidadosamente cualquier respuesta. Su parte de sangre Potter, se dispuso a afrontar con valor el chaparrón a punto de convertirse en diluvio.

- Draco, por favor… –suplicó Harry desde la cama– Necesito esa inyección, una poción o un martillazo en la cabeza¡por lo que más queráis!

Agradecida, Nadia se apresuró a ponerle la inyección, pensando que le debía una a su pobre padre. Porque con su atención volcada otra vez en Harry, Draco olvidó su discurso.

Harry gruñó un poquito cuando una insistente mano acariciando su pelo y una voz que se empeñaba en susurrar en su oído, acabó por despertarle.

- ¿Qué hora es? –preguntó con voz soñolienta, sintiendo la boca desagradablemente pastosa.

- Las siete. –Harry logró enfocar el rostro de Draco con cierta dificultad.

Con la ayuda de su esposo, el moreno descubrió que podía darse la vuelta con mucha más soltura de la que esperaba, hasta lograr quedare parcialmente incorporado. La espalda todavía dolía, pero era soportable.

- Nadia te ha traído la poción. Se ha levantado a las cinco de la mañana para prepararla. –y, decididamente, había un deje de orgullo en la voz de Draco.

Harry se tomó la poción ejecutando un sinfín de muecas, preguntándose si los ingredientes almacenados en su sótano junto al caldero y demás, no estarían ya un poco pasados. Pero decidió darles un voto de confianza a los entendidos de la familia. Después de todo, no había maldita poción que tuviera buen sabor.

- Duerme un poco más. –le dijo Draco, arropándole– Con un poco de suerte, la poción tranquilizante que le pusimos anoche a Carlyn en la leche, la hará dormir hasta las nueve.

- No quiero perderme los regalos, Draco… –murmuró ya medio adormilado.

- No te los perderás, amor. –Draco besó su frente con ternura– Aunque tengamos que subirlos todos aquí.

Una hora después, un penetrante olor a chocolate golpeó a Harry directamente en la cara, haciendo rugir un poco su estómago.

- Aaron, ese pedazo de pastel era mío. –masculló.

- ¿Cómo sabías que era yo?

Harry abrió los ojos y se encontró con el rostro intrigado de su hijo menor a dos palmos del suyo.

- Porque eres mi única competencia en cuanto a chocolate se refiere. –respondió.

- Sólo me he comido un trocito y te he guardado el resto. Pero no se lo diremos a papá¿vale?- Aaron se relamió un poco los labios, todavía impregnados por el sabor de su pequeña fechoría– ¿Cómo te sientes?

Harry se tomó unos segundos para verificar cómo se encontraba realmente.

- Mucho mejor. -determinó- Tu hermana me ha preparado una poción de esas de sabor repugnante, que seguramente hará que pueda levantarme de un salto de la cama.

Aaron sonrió con comprensión.

- Ya sabes, cuanto peor saben, mejor sientan. O eso nos decía papá de pequeños…–después miró a su padre con cierto temor– Pero no lo intentes, por sí acaso. Lo del salto, digo.

Harry hizo una pequeña mueca.

- No voy a tentar mi suerte, créeme. ¡Sólo faltaría otra pequeña reunión familiar como la de anoche! –a pesar de sentirse todavía bastante humillado, Harry se apiadó de la cara de contrición de su hijo– Que no estás desheredado, Aaron… -bromeó.

El joven resopló sobre su flequillo.

- Eso ya lo sé. –después, Aaron esbozó una sonrisita maliciosa– ¿Sabes? –susurró en tono confidencial, acercándose un poco más a su padre– Esta noche tampoco he dormido mucho…

Harry tuvo la impresión de que, en cierta forma, su hijo quería compensar con alguna intimidad propia, la que había sido descubierta la noche anterior.

- …Max estaba tan entusiasmado con todo el asunto, que me hizo cumplir tan pronto llegamos a nuestra habitación.

- ¿A tu marido le pone el dolor ajeno? –dijo Harry, preguntándose si su dulce yerno no sería un sádico encubierto.

- No, lo que le pone es pensar que habré heredado el vigor de mis padres y a vuestra edad estaremos todavía dando saltos en la cama… o donde sea.

Harry soltó una pequeña carcajada.

- Pues me alegro de que algunas tradiciones navideñas…

La llegada de Mandy dejó la frase en el aire.

- ¿Cómo te encuentras, papi? –Mandy se subió con cuidado a la cama y se acurrucó mimosa junto a su padre después de llenarle de besos– Nadia dice que a Carlyn ya no hay quien la sujete y papá pregunta si subimos o bajas.

- Bajo. –afirmó Harry con determinación.

- ¿Seguro? –preguntó Mandy, no muy convencida, dándole una rápida ojeada a su hermano.

- Que bajo. –repitió Harry en un tono más firme– ¿Me dais mi bata, por favor?

Harry logró llegar al salón, custodiado por sus dos hijos, con su paciencia rozando el límite, porque ambos se habían empeñado en ayudarle a bajar las escaleras, quieras que no. Y no hubo manera de hacerles entender que podía hacerlo perfectamente él solo. Despacio, pero sin ayudantes. Una vez en el salón, sus hijos le sentaron en el mismo sillón en el que la noche anterior había estado Harry rumiando su frustración sexual. Y por un momento, pensó que más le hubiera valido haberse quedado rumiándola. Después pensó que no. Que ese Draco de nuevo lujurioso y gimiente, bien lo había valido. A pesar de que ahora toda la familia –incluidos los recién llegados– estuviera al tanto de un acto tan íntimo.

Le agradeció a Nadia su desvelo para prepararle la poción y declinó amablemente el ofrecimiento de su futuro yerno de hacerle un masaje, a pesar de que Mandy se puso pesada e insistió varias veces en ello. Max le dio un abrazo muy significativo, sus grandes ojos castaños brillantes y admirados; y Paul le sonrió algo encogido, sin saber qué decir. Finalmente, Draco se sentó en el brazo del sillón, a su lado, y desde allí extendió una mirada de advertencia a toda la familia: dejad a vuestro padre y suegro tranquilo. Harry por fin logró relajarse y disfrutar de la emoción y los chillidos de Carlyn, mientras que Claire parecía mucho más interesada en los papeles de brillantes colores que en sus nuevos juguetes.

Una vez todo el mundo hubo abierto sus respectivos regalos, inundado el salón de jaleo y risas, de papeles y cajas vacías esparcidas por todas partes, Draco anunció a su familia que el desayuno estaba preparado en la cocina.

- ¡Espera papá! –dijo Aaron con esa sonrisa radiante, tan parecida a la de Harry, que el menor de los Potter esbozaba siempre cuando algo le desbordaba de entusiasmo– Tenemos algo más para papá y para ti.

Sorprendido, Draco volvió a sentarse en el brazo del sillón y miró a Harry con expresión desconcertada. La misma que le devolvió su esposo.

- Como sea una bromita relacionado con lo de ayer, aquí hoy corre la sangre. –masculló Harry por lo bajo.

- ¿Te refieres a algo así como un manual de sexo seguro para mayores de cincuenta años? –bromeó Draco a su vez.

- Sí, cariño, algo así como una guía contra engatilladas y contracturas…

Ambos rieron, mientras observaban el trajín que se había apoderado de pronto de todo el mundo. Aaron, Max, Paul y Dan –este último era el único que parecía no saber muy bien de qué iba la cosa– desaparecieron por la puerta del jardín para volver al cabo de un rato con un inmenso paquete, plano y rectangular, que llevaban entre los otros tres, mientras Max, al frente, les dirigía. Tenía todo el aspecto de ser un cuadro.

- ¿Crees que nos lo van a regalar con dibujitos, cariño? –susurró Harry a su esposo, contemplando con curiosidad los esfuerzos que los tres jóvenes realizaban para dejar el gran paquete frente a ellos, para lo que tuvieron que recurrir a un par de sillas donde apoyarlo.

- Sí, y a tamaño elefante porque le tienen mucha consideración a tu miopía, amor…

Un ligero carraspeo de su hija mayor, interrumpió el sarcástico diálogo.

- Padres… –empezó Nadia muy solemne– …mis hermanos y yo hemos decidido que ese cuadro que tenéis encima de la chimenea no nos gusta y que ya era hora de que lo sustituyáis por otro con mucha más clase.

- Pues es un Michel Montigne, bonita. –le recordó su rubio padre con cierto mosqueo.

Su hija sonrió enigmáticamente.

- ¿Nos hacéis el honor? –preguntó Nadia después, señalando el inmenso regalo.

- Perdona que no me levante, cariño. –respondió Harry con ironía– Pero estoy seguro de que a Carlyn le encantará romper mi parte de papel.

- ¡¡¡Siiiii!!!

Y la pequeña se puso a ello con gran entusiasmo, ayudando en la tarea a su otro abuelo. De pronto la niña, exclamó sorprendida:

- ¡Toi yo!

Y su hermana Claire, en brazos de su madre, mientras que ella estaba en los de su padre. El matrimonio se encontraba de pié, detrás de un elegante sofá rojo rubí. Sentada en un de los brazos podía verse a una sonriente Mandy, sola de momento. Y en el otro a Aaron, con un Max muy delgadito y estilizado de pie a su lado, cuyas manos reposaban en los hombros de su marido. Sonrientes y orgullosos, con una cara de satisfacción que no podían con ella, Harry y Draco entrelazaban sus manos sentados en el sofá.

Toda la familia miraba expectante a los abuelos, que se habían quedado sin habla. Inconscientemente, ambos había entrelazado sus manos igual que en el cuadro, cuando Draco se había sentado de nuevo junto a Harry para contemplar la obra.

- Draco, –dijo Harry finalmente, tragándose el nudo que tenía en la garganta– ese cuadro de la chimenea siempre ha sido feo de narices, reconócelo.

Draco, tan emocionado como él pero mucho menos dispuesto a demostrarlo, entrecerró los ojos y estudió la pintura con expresión concentrada. Después preguntó muy serio, señalando a su rostro sonriente en el cuadro:

- ¿Y era absolutamente necesario pintarlo con tanto "detalle"?

Como era previsible, Aaron, un poco molesto porque el autor de la obra le tocaba muy de cerca, fue el primero en picar el anzuelo.

- ¡Joder, papá! –pescozón de parte de su hermana por utilizar ese lenguaje delante de sus sobrinas– ¡Para cuatro arruguitas que tienes¡Si te dan carácter¿No es cierto, Max?

Draco se levantó sonriendo y abrazó con cariño a su hijo menor, mientras Max negaba con la cabeza en ademán resignado.

- ¡Alma cándida! –se burló afectuosamente su padre– Sí naces más Potter, no naces, hijo.

Por supuesto, aquella preciosa obra de arte familiar había salido del pincel de Max, quien, con paciencia, había realizado el cuadro durante los meses que sus suegros estaban ausentes de París. Y aunque las figuras no se movían, el artista aseguró que el cuadro era, de hecho, mágico. Preparado para añadir a los futuros miembros de la familia sin ningún problema.

Media hora después, con el nuevo cuadro debidamente colgado sobre la chimenea y el otro guardado, de momento, en el trastero, la familia disfrutaba de un alegre y bullicioso desayuno en la cocina.

- ¿Y a qué tradición navideña te referías antes? –preguntó de pronto Aaron, que estaba sentado a la derecha de su padre Harry, quien presidía una de las cabeceras de la mesa.

- ¿Tradición navideña? No recuerdo haber dicho nada sobre tradiciones navideñas… –negó el moreno.

- Sí lo has dicho, papá. –afirmó Mandy– Justo cuando yo entraba en tu habitación esta mañana.

- ¿De veras? –inconscientemente, Harry dirigió una mirada a Draco, al otro lado de la mesa frente a él– Pues no lo recuerdo…

- Oh, oh… –Aaron sonrió ampliamente, alertado ante ese intercambio de miradas.

Mandy, sentada al otro lado de su padre Harry, le miró con picardía y también sonrió.

- Anda, papá, cuéntanoslo.

Harry le dio otro mordisco a lo poco que quedaba de su pastel de chocolate. Por lo visto había que contracturarse la espalda para que a uno le dejaran comer en paz lo que le apeteciera.

- No hay nada que contar, Mandy. –dijo después– De verdad. Ni siquiera recuerdo de que estábamos hablando Aaron y yo en ese momento.

- Vaya, gracias, papá. –saltó su hijo, ofendido– Me encanta saber el caso que me haces cuando hablo contigo.

Harry se removió, sólo un poquito, sobre el montón de almohadones que le habían puesto a su silla y decidió que seguir jugando a despistar era su mejor opción. ¿Quién coño le mandaba hablar sobre tradiciones navideñas? Seguro que la culpa la tenía alguno de los ingredientes de la maldita poción, que le había dejado tan flojo y relajado.

- ¡No, no puede ser! –Aaron soltó de pronto una carcajada maliciosa– Recuerdo perfectamente lo que acababa de explicarte. Y tú también lo recuerdas, papá. –apuntó con el dedo a su padre, en ademán acusador.

Desde el otro lado de la mesa, Nadia le dirigió a su hermano menor una mirada de fastidio.

- ¿Por qué eres siempre tan pesado, Aaron? –le reprochó, muy en su papel de hermana mayor– Nunca sabes cuando debes parar.

Pero su hermano la ignoró y siguió con los ojos clavados en su padre, esperando a que se decidiera a dar una explicación. Ahora, a excepción de Carlyn y Claire, la familia entera estaba pendiente de Harry. Y Harry, como la noche anterior, deseó poder desaparecer del mundo unas cuantas horas. Difícilmente iba a olvidar esa Navidad, pensó.

- Vuestro padre y yo, formalizamos nuestra relación una mañana de Navidad, junto al árbol navideño.

La voz de Draco sonó calmada y firme, extendiéndose suavemente a lo largo de la mesa. Dando muestras de una perfecta sincronización, la familia entera volvió sus cabezas hacia la otra cabecera de la mesa. Harry levantó la mirada de su plato, para encontrarse con un gris transparente, veteado de un azul tan pálido que apenas era distinguible.

- Y como vuestro padre es un romántico empedernido, –Harry ladeó un poco la cabeza, observando intensamente a su esposo y preparándose para lo que pudiera soltar– lo convertimos en tradición. Hasta que llegasteis vosotros y tuvimos que conformarnos con nuestra habitación.

- Wow… –exclamó Max, totalmente encandilado.

Después miró a Aaron, su marido, como diciéndole que ya estaban tardando en buscarse su propia "tradición".

- Me temo que el arrebato de anoche fue culpa mía. –prosiguió Draco sin el menor asomo de incomodidad– Pero¿qué puedo deciros? Vuestro padre sigue siendo totalmente irresistible.

Harry se preguntó si con cincuenta y cinco años todavía se puede enrojecer. Y por el calor de sus mejillas, llegó a la conclusión de que sí. Se podía.

Nadia, sentada junto a Draco, apretó cariñosamente la mano de su padre.

- Nada, papá, que estás en tu casa. –ironizó, con la vena Malfoy asomando en la punta de la lengua, y en respuesta a los reproches recibidos la noche anterior.

De tal palo, tal astilla, pensó Draco con resignación.

- Y yo pensando que besarse en lo alto de la Torre Eiffel era totalmente romántico. –musitó Aaron.

Draco y Harry intercambiaron entonces una mirada cómplice. La de Draco, completamente consciente. La de Harry, producto de su poca predisposición al disimulo.

- ¡Oh, por favor! –exclamó su hijo menor alzando las manos al tiempo que una sonora carcajada.

- Bueno, una noche no demasiado fría y con un buen hechizo desilusionador, se puede volar hasta la parte más alta… –dio a entender Harry, que hasta ese momento había estado callado, todavía un poco sorprendido por la inesperada confesión de Draco– Pero llévate una manta, seguramente después lo agradeceréis.

- ¿Y por qué no se me habrá ocurrido antes? –exclamó Mandy, volviéndose con los ojos brillantes hacia Dan, su prometido.

Él la miró con una expresión algo recelosa.

- Cariño, ya sabes que para eso de volar soy bastante patoso. –se excusó– Que más bien me gusta mantener los pies bien pegaditos al suelo…

- Perfecto. –aprobó Draco– Con una que esté en las nubes es más que suficiente.

Pero Mandy siguió mirando a Dan con expresión traviesa y él dejó escapar finalmente un suspiro de rendición. ¡Joder! Y él acojonado porque uno de sus futuros suegros era Harry Potter y el otro hijo de un mortífago de la era Voldemort. ¡Pues sí que había resultado ser entretenida la familia!

- ¿Algo más que debamos saber? –preguntó Aaron mirando alternativamente a sus dos padres– Lo pregunto por si ha quedado alguna "tradición" que no hayáis probado y podamos estrenar los demás…

Desde el otro lado de la mesa, Nadia le dirigió una mirada divertida a su hermano menor.

- El abuelo Severus siempre ha dicho que tú eres el inesperado resultado de un épico revolcón en la cocina de la Petite Etoile. –recordó– Así que, a esa, también llegas tarde, hermanito.

En ese momento, Harry dio las gracias a que Severus hubiera tenido que quedarse en Hogwarts, con los alumnos que no habían podido ir a casa por Navidad. De lo contrario, y una vez más, hubiera tenido que escuchar la historia de la poción y su embarazo. Y es que el bueno de Severus no se cansaba de sacarle los colores, pasaran los años que pasaran. Y desde la muerte de Remus, el hombre estaba cada vez más insoportable.

- Y tú, si no recuerdo mal, el producto de una poción experimental del abuelo. –le recordó Aaron con sonsonete– Y del despiste de papá.

Harry observó a Draco quien, tomándose tranquilamente su café, no parecía ni incómodo ni avergonzado, –claro que¿cuántas veces se podía ver a Draco avergonzado por algo?– por un tema de conversación demasiado íntimo ni nada apropiado para el desayuno de una mañana de Navidad. También era verdad que la rapidez de reflejos de Harry siempre había sido mucho más notable a la hora de lanzar hechizos o atrapar una snitch, que a la de comprender el arte de la manipulación sutil.

- En realidad soy la única que no fue una sorpresa¿verdad papá? –apuntó Mandy, muy orgullosa, dirigiéndose a Harry– A mí me engendraron en Los Cabos, México, probablemente en una barca¿verdad papá? –y esta vez se dirigió a Draco.

Draco asintió. Y después dijo:

- O en el jacuzzi, o en la playa, o… ¿te acuerdas del bar mexicano, Harry, de ese día que nos pusimos ciegos a tequilas?

Pero tampoco era cuestión de insinuarle a su hija que podía haber sido concebida en el servicio de un bar del hotel, con sus padres de tequila hasta las orejas. Así que obvió ese detalle.

- De verdad, Dan, no es lo que parece. –se disculpó Harry, algo o más bien bastante azorado– Mi esposo y yo solemos ocupar nuestro tiempo en muchas más cosas de las que puedas juzgar por todo lo que has oído.

- Merlín me libre de dudarlo. –respondió el hombre, quien ya empezaba a cogerle el tranquillo a la familia– De hecho, no sé si habréis considerado alguna vez el subidón de adrenalina de un vestuario… o el morbo de una camilla de la enfermería…

Harry parpadeó un par de veces y después le dio un pequeño sorbo a su café con leche, consciente de que la atención de todos estaba otra vez sobre él.

- Er… para qué te voy a engañar… –acabó diciendo con una sonrisa culpable.

- O la Torre de Astronomía… –intervino inesperadamente Paul. Después aclaró con un pequeño carraspeo– La reunión de ex alumnos de hace dos años…

Nadia entrecerró los ojos y miró a su marido, ladeando un poco la cabeza, de la misma forma en que a veces lo hacía Draco, cuando Harry le sorprendía con algo inesperado. Después sonrió con picardía, dispuesta a tomarse la revancha por aquella imprevista confesión de su marido.

- Anda, cuéntale pues que a veces lo hacíamos en su despacho. –Nadia miró a su padre Harry con una gran sonrisa– Es que nos ponía mucho pensar que podías pillarnos…

Harry abrió la boca para decir algo. Draco negó imperceptiblemente con la cabeza. Así que Harry se limitó a moderar el aire que iba a soltar en un solo resoplido y su mirada se perdió a través de la mesa, hasta llegar a los ojos grises que chispeaban su triunfo. De todas formas, aunque fuera un poco lento, Harry siempre llegaba. Y cuando justo en ese momento la lucecita se encendió en su cerebro, tuvo que admitir que su esposo era verdaderamente brillante.

- Bueno… –Mandy le dio unas cuantas vueltas a la cucharilla que tenía en la mano– …si eres ágil, flexible y con un buen sentido del equilibrio… –la joven bruja miró al resto de la familia con una sonrisa traviesa– …deberías probar una escoba…

Un montón de carcajadas y exclamaciones de incredulidad acompañaron a la declaración de la mediana de los Potter-Malfoy. Dan la miró con cara de pánico. Evidentemente, estaba de más preguntar con qué loco había realizado semejante práctica. Lo que Draco sí se preguntó fue si verdaderamente la pareja iba a funcionar. Aunque lo de que los polos opuestos se atraen, a veces era cierto.

- Para que luego digas que tus hijos no tienen imaginación… –suspiró en dirección a Harry, que ahora le miraba fijamente con una pequeña sonrisita formándose en sus labios. Draco frunció el ceño– ¡Ah no¡Ni lo pienses, Potter!

Harry sonrió con beatitud, como si no hubiera roto un plato en su vida. Pero Draco le conocía lo suficiente como para casi poder oír sus pensamientos. Así que, desde la otra cabecera de la mesa, le envió su mirada de advertencia más severa. Harry le guiñó un ojo y frunció apenas los labios, enviándole un casi beso. Draco alzó su ceja, convirtiendo su advertencia en helada amenaza. Y Harry, demostrando cuánto le impresionaba tal despliegue, limpió sus labios cuidadosamente con la lengua de restos de chocolate. Al parecer de Draco, de forma totalmente provocativa e inoportuna, en un momento en que la libido iba tan suelta a lo largo y ancho de la cocina.

La muda conversación de los esposos había pasado desapercibida por sus hijos, ahora enfrascados cada uno en sus propias hazañas. Aaron, en aquel momento, se explayaba sobre las utilidades de un buen pincel, para vergüenza de un muy sonrojado Max, que insistía sin demasiado éxito en que había niños pequeños delante. Ni decir tiene que Carlyn había estado muy entretenida durante todo el desayuno con sus nuevos juguetes. Y que la pequeña Claire, medio adormilada en el regazo de su madre después de su papilla, era quien menos podía entender sobre lo que allí se hablaba.

Mientras sus hijos recogían los utensilios del desayuno y limpiaban la mesa, Harry, arrellanado en sus almohadones, siguió observando a Draco, quien con tranquilidad se tomaba su segunda taza de café, al tiempo que hacía volar el caballito alado de Carlyn y ésta daba pequeños saltitos intentando alcanzarlo. La bulliciosa cocina quedó limpia y prácticamente vacía a los pocos minutos.

- No empieces sin mí, papá. –advirtió apresuradamente Aaron, a quien su marido arrastraba decididamente hacia la puerta– Vuelvo en… que no tardo.

Los dos jóvenes salieron de la cocina y Harry y Draco se miraron.

- Creo que las hormonas de Max andan algo desatadas. –dijo Harry con una pequeña mueca.

Draco se estiró con pereza y después sonrió.

- Habrá que comprobar si en su caja falta algún pincel…

Se miraron durante unos instantes, antes de estallar ambos en carcajadas.

- ¿Sabes? Has estado magistral. –alabó Harry.

Draco caminó hacia él con una sonrisa orgullosa pintada en su rostro y se hizo un hueco entre la mesa y las piernas del moreno.

- Decidí aprovechar tu pequeño desliz, cariño. –y adoptando un tono un poco pedante declaró– Y debo decir que ha sido tan fácil, que hasta yo mismo me sorprendo.

- Hasta el buenazo de Paul ha entrado al trapo. –la sonrisa de Harry decayó entonces un poco– ¿Qué crees que pensará Dan de nosotros?

- ¿Realmente te importa? –preguntó Draco en tono burlón.

En su mirada, Draco comprendió que Harry todavía se sentía un poco sobrepasado por todo el asunto. Así que abrazó a su esposo con cariño y depositó un beso en el negro y brillante cabello. No cabía duda sobre a quién había salido Aaron.

- Lo realmente importante, –dijo después, adoptando un tono mimoso y consolador– es que nadie recordará esta Navidad por lo que sucedió ayer en el salón. –depositó otro beso mientras escurría las rebeldes hebras entre sus dedos– Sino como la Navidad en la que todo el mundo se vanaglorió de sus proezas y dejó su intimidad tan expuesta como la nuestra.

Harry restregó su rostro contra el estómago de Draco, reconfortado en su cálido abrazo.

- ¿Qué haría yo sin ti? –musitó.

Draco soltó una carcajada suave y condescendiente.

- ¿Morir de vergüenza?

Harry se limitó a gruñir apaciblemente y a dejar que Draco siguiera agasajándole con sus caricias. Poco a poco, una pequeña sonrisa empezó a formarse en sus labios, hasta convertirse en una más amplia y más bien truhana.

- Y volviendo a lo de la escoba, amor…

Draco fingió no haberle oído. Algo totalmente inútil, ya que entre las cualidades –o defectos, según se mire– de Harry estaba su proverbial tozudez. El moreno abandonó su cómodo apoyo y levantó el rostro hacia él. Draco se encontró con esa sonrisa risueña y feliz, tan difícil de pasar por alto. Y esa mirada verde, radiante y parlanchina, que no necesitaba de palabras para hacerle saber lo que quería. El último bastión de resistencia de Draco, fue inclinarse para acariciar con cuidado la parte baja de la espalda de su esposo, en una clara insinuación.

- Ya casi no me duele, nada, nada… –aseguró Harry, animoso.

Draco apretó un poco los labios y trató de mantenerse serio. Cosa que consiguió durante poco más de dos segundos.

- ¡Salazar bendito, Harry! Tu hija tiene veinticuatro años y nosotros…

- ¿Quién está hablando de la edad ahora? –le interrumpió Harry con un brillo burlón en sus verdes ojos.

Draco entrecerró los suyos y ladeó un poco la cabeza. Harry disfrutó intensamente el momento, porque sabía que era uno de esos pocos en los que su esposo no encontraba qué decir. Y antes de que pudiera ocurrírsele una respuesta de esas que le desmontaban a él, Harry le agarró por el cuello de la camisa y le obligó a inclinarse hasta alcanzar sus labios y compartir un beso con sabor a café y a chocolate.

- Eres un vanidoso adorable. Te quiero también por eso.

Draco sonrió.

- No pienso follar sobre una escoba, Harry.

Harry frunció un poco los labios.

- No a demasiada altura, justo para que mis pies no toquen el suelo, lo juro.

- Te recuerdo que la última vez que dijiste eso, saliste por el balcón de nuestra habitación.

- Compraré arneses…

- Si lo vendieran, te mandaría a comprar un poco de sentido común, cariño.

- ¿Es tu última palabra, amor?

- Definitivamente.

- Aja…

El 5 de junio de 2036, Draco Lucius Malfoy cumplió 56 años. Y lo celebró sobre una escoba, follando como un loco, a más de 200 metros de altura, sin engorrosos arneses, sobre la parte más escondida del Lago Negro, en Hogwarts. Reconociendo, además, que había sido el polvo más adrenalítico de toda su vida. El matrimonio Potter-Malfoy acordó repetir la experiencia el 31 de julio de ese mismo año. Nunca era tarde para institucionalizar nuevas tradiciones.

Además, esta vez, no pensaban contársela a sus hijos…

FIN