Sé que dije una semana, pero vi los 6 review y me subieron la moral (: Así que aquí está, al fin, el primer capítulo!

Y se me olvidaba!

Inazuma Eleven y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Level-5


CAPÍTULO 1: "¿Cuántos años tienes?"

Lo primero de todo que tenéis que saber es mi nombre (antes de que me vaya por las ramas y se me olvide ese pequeño detalle). Me llamo Celia, Celia Hills, alias Celia la callada. Aunque cuando alguien me llama así, siempre se ríe después, no sé por qué, si yo, callada soy… bueno, a lo mejor no mucho… de todas maneras, eso ahora no importa. Tenía quince años puros e inocentes cuando todo el lío empezó. Con esto quiero decir que aún no había dado mi primer beso, ¡no me estoy refiriendo al sexo! Por dios, no. Aunque, evidentemente, también era inocente en ese aspecto. Bueno, ¡y lo sigo siendo, ¿eh? Solo ha pasado un año desde entonces.

Empezamos el curso en septiembre, lo normal, y yo me fijé por primera vez en que ella existía, a mediados de octubre: o sea, que cuando me dijo aquello, eso se convirtió en una bomba (no, no, no, en LA bomba), porque ya a esas alturas de curso, apenas quedan cotilleos que explotar, y lo que pueden considerarse novedades en septiembre, en ese tiempo forman parte de la vida de todos los días.

Esto es así. Algo como eso, con el verano ya tan lejos, es digno de la atención de todos tus confidentes, que ya han gastado todos sus habituales temas de conversación post-summer (de después del verano, pero como lo digo yo).

En mi caso, los confidentes esparcieron el rumor con la misma naturalidad con que se esparce la espuma en un baño de burbujas. Vamos, que un día era otra más del montón de gente medianamente normal del instituto, y al siguiente, ya me había convertido en una lesbiana pervertida. Y es que las malas lenguas, es lo que tienen, que no importa si cuentas la cosa más inocente de este mundo: pueden hacerte quedar como lo peor.

El día que me hablé con Lore (se llama Loretta, en realidad, pero a ella no le gusta su nombre completo) por primera vez, era una de esas mañanas grises de entre principios de otoño y finales de verano, cuando no sabes si ponerte chaqueta o tirantes; mañanas casi heladoras que luego se vuelven calentitas a partir del mediodía; tonos naranja, marrón y amarillos, adornando el suelo y las hojas de los árboles; así como un cielo que empieza a ser iluminado por los primeros rayos de sol del día, un poco más tarde de entrar a clases.

Veréis, mi colegio es concertado, y como muchos colegios privados y concertados de por aquí, tiene un conserje gruñón y amargado, que te cierra la puerta si llegas más de cinco minutos tarde. Como es natural en mí, esa mañana me había dormido, y me desperté cuando mi hermano Jude salía por la puerta, y mi mejor amiga, Silvia, ya me había abandonado por tardona. Porque claro, Jude NO podía avisarme de que no había oído mi despertador, y Silvia TAMPOCO podía tener el detalle de esperarme UNOS MINUTOS, no. Así que me vestí el uniforme a toda prisa, metí algunos libros al azar en la mochila y salí por la puerta de mi casa como alma que lleva el diablo.

Visualicé mi objetivo: una puerta de rejas negras, medio entrecerrada, por la que el conserje (o Gruñón [como el enanito de Blancanieves], como le llamo yo) asomaba la nariz, mirando el reloj de su muñeca como un amargado de la vida. Él y yo tenemos una especie de duelo todas las mañanas. Es como un combate de boxeo, así me lo imagino yo en mi cabeza:

"En la esquina izquierda, apoyando su esquelético cuerpo en la puerta medio entrecerrada, con gafas de culo de botella, nariz aguileña y cincuenta kilos de peso, ¡Gruñón, el Conserje!"

"Y en la esquina derecha, resoplando como una burra por haber corrido desde su casa hasta el colegio, con las gafas medio rotas en la cabeza, la camiseta del revés y cuarenta y dos kilos, ¡Celia, la Callada!"

"¡Y Celia da un último resoplido, apoyándose en la verja del patio delantero, antes de coger aire para terminar su carrera con un sprint final! ¡Peeero Gruñón pone cara de mala leche, está ansioso porque la aguja del segundero llegue al doce! ¡A la Callada están al borde de llorarle los ojos, está haciendo un esfuerzo casi sobrehumano! ¡Gruñón sonríe, el tiempo se acaba para la Callada, quedan tres segundos! ¡Nunca, nadie en la historia del colegio, ha conseguido jamás subir los trece escalones de la entrada, en tres segundos! ¡Y tres, dos… cero! ¡Celia agacha los hombros desanimada, y el vencedor de hoy es Gruñón!"

Así pues, las puertas se cerraron para mí, juraría que pude oír una carcajada proveniente de la garganta de Gruñón, mientras echaba el candado hasta la siguiente hora, y me senté en la escalera, enfurruñada. Malditos sean los despertadores.

Y entonces vino ella. Una chica alta, delgada y de pelo largo y azul (mucho más bonito que el mío, me dio envidia). Llegó andando a tres por hora, como si estuviese acostumbrada a llegar tarde, y no le importara en absoluto ese hecho. Llevaba la música puesta en los oídos, la escuchaba con cascos, pero la tenía tan alta que yo podía oír el zumbido del ritmo desde mi lugar, a unos dos metros. Se sentó a mi lado, tomando las distancias porque no me conocía, y yo me la quedé mirando, ya que no tenía otra cosa que hacer, claro. Se había subido la falda, y la había doblado en la cintura, de tal manera que si se descuidaba, todos podrían apreciar el color de su ropa interior. Llevaba los ojos pintados exageradamente, unos ojos celestes cuyo color resaltaba debido al negro del maquillaje, a pesar de que pintarse está prohibido (eso no significa que nadie lo haga, he visto a más chicas así).

Creo que se dio cuenta de que no le quitaba la vista de encima, porque me miró de reojo y sonrió (lo que no podía yo imaginar, entonces, era el por qué de esa sonrisa, pero bueno). Más tarde, cuando acabó la canción, creo, se quitó la música de los oídos y guardó el móvil en el bolsillo pequeño de su mochila, despreocupadamente.

Me miró con sus profundos ojos azules y me dijo, toda natural:

-¿Qué hay? Me llamo Lore, ¿y tú?

-Em… Celia –vale, ¿y qué podía decirle? Era mayor que yo, me daba miedo hacer el ridículo.

-¿Cuántos años tienes? –parecía realmente interesada, así que decidí soltarle un rollo, aunque, sinceramente, ¡creo que me pasé un poco! Y claro, como ella seguía escuchándome, yo seguía, ¡porque si no se cansa de oír mi "raca-raca", qué más da! ¿No?

-Pues… -puse una cara pensativa, y ella se rió, pero yo seguí a lo mío porque la gente siempre se ríe con mis caras (otra de las cosas que no entiendo)- ¿tú cuántos me echas? Porque siempre me dicen que tengo catorce, y cuando les pregunto si de verdad creen eso… ¡me dicen que no, que tendré… trece! A mí, personalmente, me gustaría tener diecisiete años, ¡sí! Porque es una edad perfecta: no te controlan demasiado, y no tienes tantas responsabilidades como cuando eres adulto, aunque la verdad es que los quince no están nada mal, ¡son mejor que los catorce o los trece! Aunque yo, sigo prefiriendo los diecisiete.

Ella parpadeó y se echó a reír de nuevo. Tenía una risa musical muy bonita, aunque son pocas las veces que la oí reír, y de hecho, no sabía lo especial que me veía ella solo por haberla hecho sonreír.

-Vale, ¿pero entonces cuántos tienes? ¿Trece, catorce, quince o diecisiete?

-¡Quince! –sonreí.

-Ok, con eso era suficiente… hablas mucho para parecer tan tímida a primera vista –dijo, mientras dibujaba en el suelo un corazón, con la punta del pie. Luego levantó la vista, sin mirarme, y se apoyó en su mano, suspirando- ¿A que no te imaginabas que yo tenga la edad que a ti te encantaría tener?

-¿Diecisiete? Bueno, los aparentas. Yo, en cambio… -vi que empezaba a reírse, y por el momento decidí que era mejor que hablara ella. Ya había dado el cante lo suficiente por ese día, ¿no creéis? Ja… ¡pues no! Porque lo que estaba a punto de pasar, era todavía… peor. Bueno, se me ocurrió preguntarle si ella llegaba siempre tan tarde, a lo que se me quedó mirando como si tuviera seis nerds dando vueltas alrededor de mi cabeza.

-¿Tarde? –Resopló- Pues hoy es el primer día que llego antes de las diez…

-¡Guao! ¿Y no te regañan por perder tantas clases? –pregunté, sintiendo algo de envidia. Lore solo se encogió de hombros.

-A mis padres les da igual, y mis profesores están contentos conmigo, así que… paso de madrugar. Lo que pasa es que anoche discutí con mi… ahora ex, y no he podido dormir nada. Por eso estoy aquí, no por otra cosa.

Me sentí un poco mal por ella. ¡Pelearse con su novio! Pobrecita, ¡si es que los tíos son gilipollas! Seguro que le habría hecho una putada horrible, pensé. Pero resulta que, como bien aprendí en ese tiempo, las chicas también pueden ser malas… y sobre todo, rencorosas y vengativas.

-No te preocupes, esa… persona, ya me tenía hasta el coño –comentó.

-Ah. Entonces, mejor.

-Pues sí.

O_o

¿Y bien? ¿Era lo que esperabais? ¿Cumple las espectativas? ¡Comentad, por favor!

Kisseeees! (: