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Hacía una semana que se encontraba en tierra firme. En vano creyó que alejarse del Templo y del océano mismo, iba a servir de algo para calmar la aflicción que se apoderó de su cuerpo desde esa última vez que conversó con la sirena. Desde ese día las voces de su mente fueron opacadas por las poderosas sensaciones que por primera vez formaban parte de su experiencia. Eran fuertes y explosivas, como una antorcha que se calmaba o avivaba, según hacia dónde soplara el viento.
La llama lo estaba consumiendo desde dentro, oprimiendo su pecho y haciendo que el aire le faltara. Por las noches el fuego recorría sus venas, prohibiéndole el sueño. De día su mente trasnochada no dejaba de dar vueltas alrededor de su último día en el Templo, y solamente paraba cuando revivía el tacto de unos labios rojos rozándose con los suyos. Y como si fuera poco, el recuerdo venía junto a una sensación de cosquilleo en la delicada piel del área ofendida.
Todo esto le provocaba un nivel de perturbación que también era nuevo para él. Estaba furioso al punto de la euforia. Se sentía profanado y a la vez venerado. Le repugnaba pensar en la sirena y a la vez creía que cada momento lejos de ella llevaba un poco de su vida.
No podía concentrarse en su trabajo, estaba descuidando sus obligaciones, estaba dejando que una simple criatura del mar le desviara del camino que con tanto ímpetu había trazado para su propio beneficio.
Sólo había una explicación para lo que le estaba sucediendo: la sirena había roto su promesa, había utilizado su maldita nigromancia para infectarlo con un veneno que destruye tanto el cuerpo como la mente.
Sí, eso tiene que ser, y más me vale exterminar la fuente de la aflicción antes que ella lo haga conmigo.
Y con esta idea se puso en marcha de vuelta al templo submarino.
