Título del Drabble: Lazos y destino.

Contenido: toque romántico muy sutil, mínimamente sugerido.

Personajes: Atenea y Pegaso, los primeros y originales(¿?).

Saint Seiya y Saint Seiya Lost Canvas no es mío, de serlo habría una versión remasterizada de la época actual donde se profundizara la guerra a niveles más realistas que le diera emoción: mafia, corrupciones, gobiernos políticos y secretos conspirativos(¿?). Ya sé que estoy mal, no me lo tienen que recordar.


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Calma, era irónico que la encontrara estando a tan solo metros de la viva representación del infierno en la tierra, la misma tierra que se estaba esforzando por proteger, a ella y a todos sus habitantes sin distinción. Cerró los ojos un momento, midiendo los jadeos que salían de su boca, reconociendo el sabor salado y metálico del sudor y la sangre mezclándose con su divina saliva: era el sabor de la guerra, de las batallas, de los sacrificios, del dolor, de la desesperación, de la tristeza, y de muchas otras cosas más; tantas que juntas habían logrado tocar su corazón de diosa hasta perforarlo cual flecha, logrando que incluso sangrara igual a los humanos.

Humanos: tan bellos, tan necios, tan frágiles y al mismo tiempo fuertes en sus debilidades. Los había de todo tipo, pero en cada uno encontraba esa chispa de vida, de esperanza, que te hacía pensar en un futuro, en un después; cosa que jamás había encontrado allá arriba donde el tiempo no es más que una ilusión y la eternidad solo promete un círculo viciosos sin fin, sin propósito.

La diosa apoyó todo su peso, el de su cuerpo y armadura en la madera de un árbol. Habían ganado, se lo decía la prevalencia del las vidas encendidas de aquellos humanos que levantados en armas fueron a hacerles frente a sus enemigos: por ella, por defender la ciudad que llevaba su nombre, por proteger sus familias, sus tierras, sus vecinos, sus hermanos. Aquella batalla épica había dejado un río de cuerpos en las calles, pero por suerte ninguna vida inocente –de mujer o niño- fue sacrificada. Atenea dejó el escudo de la victoria y el báculo de Niké al cuidado de uno de los guerreros que había venido con intención de darle un reporte detallado de la situación, pero ella se había limitado a callarlo con un gesto y a pedirle humildemente que cuidara sus valiosas pertenencias: este hombre era Teseo, el rey de Atenas, que había peleado también por su tierra.

—Has hecho bien, descansa por favor, rey —le dijo con suavidad antes de terminar de despojarse de todas las partes de su armadura y confiárselas. Teseo asintió ceremoniosamente cediéndole paso a la doncella inmortal.

Llevaba el vestido de seda impregnado de sangre, de hollín, de sudor, y sobre todo de vidas. Sí, ella también había peleado, le había hecho frente a los enemigos de Atenas que pensaban reducirla a escombros. Las guerras parecían nunca acabar, y en ese tiempo existía el impulso insano de ocasionarlas como si se tratara de un mero entretenimiento. Esta vez había sido Poseidón, tío con el que jamás se había llevado bien, más adelante podía ser Hades quien en esos tiempos permanecía apático, pero la vocecita prudente que le guiaba desde su nacimiento le advertía no quitarle el ojo de encima.

El descenso de una pluma blanca interrumpió su meditación, venía danzando en el aire desde el cielo y acabó por llegar directamente a sus manos suavemente. Se sintió como una caricia, una que le arrancó una sonrisa mucho más esperanzada.

La diosa de la guerra se perdió entre el mar de cuerpos enemigos y aliados desperdigados en el suelo, los escombros y algunas que otras llamas minúsculas restos de algún incendio; permitiendo que aquella impureza, formara parte de su olor y de su ser.

Al subir al Olimpo no había boca inmortal que no estuviese cuchicheando sobre su más reciente "proeza". Hera y las otras diosas inyectaban veneno en sus palabras, los otros hablaban muy mal de las libertades que se tomaba al usar la renombrada Egida para irse a inmiscuir en luchas de simples humanos que a sus juicios, merecían el castigo que Poseidón les iba a infringir de no ser por su intervención que lo hizo retroceder con el rabo entre las patas al océano del que le hizo arrepentirse haber salido. Los menos afectados tan solo se limitaban a hacer burlas al dios de los mares por perder –por segunda vez- contra su sobrina, para colmo en el mismo terreno.

Que una diosa, que una hija de Zeus se rebajara a recibir heridas hechas por humanos, o a causa de los humanos, era una blasfemia. De las peores. Cada noticia que tenían últimamente de Atenea era de una nueva forma de cómo poner en ridículo a los dioses frente a los mortales. Zeus no le daba demasiada importancia de primera mano –casi podía decirse que disfrutaba ver como su "favorita" los ponía a todos en su sitio-; y eso no hacía más que empeorar las cosas, porque les hacía dudar seriamente si su líder estaba o no dando el ejemplo al permitir que esa muchachita nacida de su propia cabeza hiciera lo que se le pegara la real gana.

Tensión, demasiada tensión como para soportarla esa noche. De llegar fue inmediatamente a asearse para mostrarse presentable frente a su padre; a quien tan solo se limitó a devolverle el escudo y a expresar sus disculpas por llegar en tales condiciones. Recibió como siempre sus bendiciones y sabios consejos, palabras que solo servían para intentar rellenar un vacío generado por la misma indiferencia del dios de dioses frente a las adversidades que presentaba la tierra y sus habitantes. A él no le importaba. Solo le permitía hacer eso como un padre que deja a su hijo practicar su deporte favorito. Hacía lo mismo con todos sus hijos aunque con ella fuera más condescendiente, lo cual a veces llegaba a ser motivo de discordia.

Terminada la entrevista se dirigió a la parte más alejada del palacio, donde nadie le hallara, donde ningún sonido le llegara, donde estaría solo ella, su conciencia, y aquella pluma larga y blanca cuyo dueño sentía muy cerca.

En la penumbra, iluminado solamente por la luz de Selene quien en las nubes era mucho más grande y majestuosa, llegó a un balcón largo cercado por una cúpula y varias columnas que servían de soporte. Se acercó al borde, con las manos tanteando la superficie de las barandas y la pluma entre los dedos extendida hacia abajo, esperando por pescar al dueño.

Un sobresalto cuando este apareció repentino, veloz, audaz, debajo del manto de nubes blanco azuladas y espesas; ascendiendo cual flecha en línea recta hasta estabilizarse de forma que los cascos de sus patas quedaran encima de la pantalla horizontal espumosa. La diosa le miró profundamente como invitándole a acercarse, el corcel se la devolvía con gesto solemne, la típica expresión de las bestias indomables que poseen orgullo propio, orgullo que les permite la libertad de ir y venir como era su caso, podía recorrer los cielos hasta el infinito si quería.

Pero esa noche Pegaso no quería trotar por los cielos, no quería demostrar cuán rápido y libre podía moverse de un lado a otro, cuan intrépido era al viajar de un extremo del mundo al otro contemplando el mundo desde la altura de sus cascos. Esa noche Pegaso había volado por encima de Atenas y se había quedado admirando la valía de esos hombres, pero sobretodo, la de esa divinidad que estaba entre ellos.

—¿Por qué una criatura tan maravillosa como tú estaba tan cerca de un conflicto?, siempre creí que odiabas a los humanos, Pegaso —le habló con calma, había medido sus palabras ya que el temperamento del corcel era especial, algo mal dicho podría ofenderlo y eso era lo último que quería. Sentía curiosidad de saber porqué había presenciado la disputa en Atenas.

Pegaso resopló chocando los dientes, todavía les separaba una distancia considerable, y aunque sus ojos platinos estaban fijos en la pluma que pertenecía a una de sus alas no sentía la confianza suficiente como para acercarse; era bien sabido que ni los dioses habían conseguido montar al hijo de Medusa.

Atenea sabía eso y por ello no apresuraba las cosas, seguramente estaba en guardia ya que, incluso entre las bestias, era conocida la fama de la diosa de la guerra por obtener la victoria en todo lo que se proponía. Se subió encima de la baranda y se sentó fuera, dejando sus piernas al aire refrescarse bajo la suave y fría corriente de aire que se le colaba debajo del vestido. Acomodó un rizo color lila detrás de la oreja que le hacía cosquillas en la mejilla cuando esa misma corriente mecía su cabellera.

—¿Sabes?, no te acuso de sentir esa aversión hacia la humanidad, —comentó mientras paseaba la punta de sus dedos en las hebras de la pluma—sé que ellos no son puros, cometen una y otra vez los mismos errores, se dañan, se asesinan entre sí, se disputan en guerras que solo dejan tristeza, padecen incluso más allá de la muerte…

El corcel alado estaba quieto, escuchando, entendiendo cada palabra, poseía la inteligencia para eso. Su expresión casi parecía reflexiva.

—Y aún así ellos nunca se rinden —una sonrisa apareció en los labios de la diosa, una que iluminó su rostro y la hizo ver más hermosa y gentil que hace instantes—siempre lo dan todo hasta el final de sus días, viven y crean recuerdos, construyen y destruyen, pero lo más importante. Son capaces de crear lazos que pueden perdurar más allá de la muerte…

La distancia que los separaba disminuyó apenas dándose cuenta, comenzó con uno lento y seguro andar que se entrecortaba de a momentos y retomaba hasta que el hocico y su frente se encontraron al alcance de su mano. La cual con la misma lentitud impuesta por el animal se acercó hasta palpar ese suave pelaje níveo y puro que relucía como un millón de diamantes, un hermoso efecto que creaba la luz al filtrarse en este. Los ojos de la bestia no se despegaban de los de la diosa, hipnotizado, también permanecía quieto hasta que empezó a restregar con suavidad un lado de su cabeza contra su mano, ella sabía que lo hacía porque en sus ojos parecía estar a punto de quebrarse.

—No te preocupes, quizás es la consecuencia por permitirme el experimentar emociones humanas… —susurró—ahora mismo estoy sola; siempre me he dedicado a apoyar a los guerreros que con valor ganan el mérito de ser llamados héroes, de socorrerlos, de enseñarles la forma de alcanzar la victoria… pero siento que eso no es suficiente para ellos, y tampoco para mí. ¿Qué es lo que busco obtener, Pegaso?, ¿Qué es lo que quiero lograr ayudando a los humanos?

La respuesta silenciosa que obtuvo por parte de esa mirada que si podía ser osada, ahora estaba cargada de nobleza, le invitaba repentinamente a abandonar unos momentos ese lugar. Atenea asintió, y con cuidado se subió al lomo de Pegaso quien le facilitó el trabajo acercándose. Cuando terminó de acomodarse el corcel inició el galope. La diosa se le aferró del cuello, era veloz, era realmente veloz; su paso cortaba el aire, y si se lo proponía podía traspasar las barreras del sonido y la luz. A pesar de ir rápido sentía que cuidaba bien su ritmo para no marearla, para darle tiempo a que se acostumbrara y que también disfrutara del maravilloso escenario, comenzando por el manto de las ochenta constelaciones.

Descendiendo bajo las nubes estaba las civilizaciones humanas, los puntos de luz que señalaban a las viviendas y palacios. Los escenarios eran sin duda hermosos y desde esa perspectiva parecían inacabables, todo lucía más pequeño, y eso le hizo reflexionar sobre como Pegaso veía el mundo: él siempre estaba en el aire, siempre lo miraba todo desde arriba, para él los problemas eran tan pequeños como las vistas de esas casitas y los puntos que eran personas.

Las vidas de ellos eran exactamente iguales, pequeñas, insignificantes, y sin embargo aún en su reducido tamaño eran preciosas. Esa era la forma en la cual Pegaso admiraba el mundo.

Les había temido, a los humanos, porque ellos codiciaban quitarle su amada libertad, por ello se distanciaba y se volvía inalcanzable incluso para los dioses.

Pero cuando contempló la ciudad de Atenas bajo las llamas y a aquella diosa levantarse contra su igual rodeada de humanos, le habían hecho pensar si realmente él tenía algo más que su libertad para proteger, algo que quisiera mantener a toda costa. Esa noche, durante ese paseo con la diosa lo había comprendido.

Descendieron en el templo de Atenea, uno que todavía estaba en construcción y que con la repentina invasión de Poseidón se atrasaría. La diosa bajó con cuidado y se sentó encima de una columna acostada en horizontal. Ese templo que pronto sería lo más cercano a un hogar, el que quería que fuera su hogar en la tierra, un Santuario que le evocaba la misma calma que había sentido incluso en medio del desastre. Si lo terminaba, podía extender ese pedazo de calma hasta los confines de la tierra, y ningún dios sería capaz de destruirla.

—Ahora lo sé, Pegaso, ahora sé exactamente lo que quiero… —entrelazó sus dedos mirando hacia el horizonte donde la noche se perdía—quiero que los humanos experimenten la calma que sentí cuando se desataba aquel desastre, quiero que mantengan la fe en esa paz mientras luchan por vivir. Quiero que vivan y forjen su historia, y le den significado al tiempo que los dioses desprecian con tanta facilidad. —Le sonrió al joven de cabellos castaños y ojos del mismo color que a contra luz parecían un tornasolado amanecer. —Quiero que brillen como las constelaciones del cielo.

Pegaso, hecho humano, hincó su rodilla en la tierra reverenciando a la diosa, en señal de pacto. Un pacto que atravesaría tiempo, espacio y vidas, un pacto que forjaría los lazos que unirían sus almas para toda la eternidad, donde generación tras generación se encontrarían para pelear y defender aquella tierra que tanto amaban.

—Yo estaré contigo para ayudarte a conseguirlo, no importa cuántas vidas pasen: a donde tú estés te seguiré. Atenea.

Porque me mostraste que lo que yo deseaba desde el cielo era lo mismo que tú añorabas desde el Olimpo.

No importa cómo nos llamemos más adelante, quien nos engendre y que experiencias vivamos.

Estos lazos nos mantendrán unidos.


Fue algo que estuve pensando antes de terminar de leer el manga de Lost Canvas, cuando repetían constantemente el lazo de Hades, Atenea y Pegaso, me abordó la pregunta de: ¿Cómo habrá empezado el pacto entre ellos?, aquí obvio no menciono el de Hades porque, lógicamente, ese empezó cuando Pegaso hirió su cuerpo; por eso solo me limité al que no se explicó del todo que fue el de Atenea y Pegaso.

Lo hice ver como que el primer caballero de Pegaso era el mismo Pegaso de la mitología, para darle más ahm… ¿originalidad?; creo que esa es la palabra. Lo mismo con Atenea, que es igualita a Sasha y Saori a diferencia del cabello que esta lo lleva rizado: siempre me imaginé a Atenea con el cabello rizado u ondulado.

Espero que me salga otro drabble con algunos personajes que no haya explorado. Repito~ se valen las sugerencias. Fue lindo escribir este, pensé que no iba a quedar conforme pero me ha gustado el resultado.

Hasta otra~

D. Wright