La casa Kurosaki se encontraba en medio de un revuelo, a pesar de estar retumbando las paredes por las voces potentes de dos hombres los sirvientes parecían actuar como si fuera parte de lo habitual y ciertamente lo era. Isshin Kurosaki, el jefe de la familia, acostumbraba entrar en acaloradas discusiones con su heredero, Ichigo Kurosaki, un joven gallardo e impetuoso de 21 años. Sus riñas podían empezar como una simple broma hasta entrar en complicados temas de medicina; ambos eran unos idiotas pero sentían respeto el uno por el otro, al menos en el ámbito laboral.
Ichigo había terminado su etapa de aprendiz hace poco menos de un año, ahora sólo le restaba aprender de la experiencia y esto era algo que quería hacer por su cuenta, en su opinión, lo mejor sería mudarse a algún lugar donde pudiese ejercer la medicina sin la constante vigilancia de la familia. Por supuesto, su padre se oponía tajantemente. ¿Dejarlo sólo? Eso jamás, Masaki nunca lo habría permitido, pensaba Isshin, además aquí tiene todo lo que necesita, dinero, medicinas, materiales; ni lo sueñes niño. Pero Ichigo era tan terco como su padre para aceptarlo de buenas a primeras y debido a eso, la casa se estremecía esa fría mañana. El asunto no quedó zanjado e Isshin, hartándose del tema, decidió enviar a su hijo con sus hermanas a hacer unos encargos. Él joven no se negó, pues sabía que su padre ya no estaba en actitud indulgente, pero no desistiría. Así pues se puso en marcha; el encargo de ese día era comprar tela y algodón para las hermanas y hacer una visita a la casa de la familia Inoue.
—Hoy la armaste buena, hermano.
—Karin, no hables más del tema. Nuestro hermano ya debe estar fastidiado.
Karin y Yuzu eran las hermanas menores de Ichigo. Eran mellizas y sus personalidades eran muy opuestas, pero ambas adoraban a su hermano. Él, por su parte, las quería más que a nada y ellas hacían más difícil su elección de marcharse, pero debía mantenerse firme, a cambio él había decidido compensarlas tanto como pudiera hasta el día que pudiera marcharse.
—Bueno, es algo que estoy decidido a hacer y no quiero que el viejo lo arruine.
— ¡Si papá te escuchara hablando así de él…!
—Se pondría a llorar –rio Karin- y a todo esto hermano, ¿ya tienes pensado a dónde irte?
—Sí, Yoshiwara.
— ¡¿QUÉ?! – gritaron ambas bastante sorprendidas. Ichigo esperaba esa misma reacción, Yoshiwara no era más que uno de los tres grandes distritos del placer y nadie de la honorable familia Kurosaki tenía algo que hacer por ahí. Las hermanas tenían tantas preguntas que se atoraban en sus bocas y sólo se escuchaba un balbuceo. Antes de poder decir algo coherente, llegaron al almacén que ofrecía una amplia variedad de telas y objetos curiosos, el favorito de las hermanas, así que decidieron dejar el tema para más tarde. Ichigo contenía la risa, sus hermanas eran adorables cuando les picaba la curiosidad pero era más gracioso verlas devanándose los sesos buscando una explicación.
Las niñas se tomaron su tiempo para elegir las telas; ora que si el diseño era muy infantil o muy adulto, que si el color les favorecía o les perjudicaba, Ichigo no tenía idea así que salió un momento a tomar el aire. El suelo estaba lodoso por las recientes lluvias y el cielo gris amenazaba con mantener el mal clima. Miró la calle llena de transeúntes y dio un pequeño suspiro.
—Trece años – se dijo a si mismo. Ver a sus hermanas escogiendo telas le recordó a la niña que vestía un yukata barato, la niña que lo salvó y le dio ánimos. Viéndolo en retrospectiva, quizá aquellas palabras no tenían un profundo significado, y él no era más que otro niño que se buscó una pelea en el lugar equivocado, sin embargo es un hecho que esas palabras lo motivaron y le dieron la confianza para ir avanzando y convertirse en la persona que es ahora.
Una suave lluvia empezó a caer y toda la gente se apresuró en busca de refugio a excepción de un pequeño grupo que se aproximaba, Ichigo distinguió a un hombre alto de cabello blanco que sostenía el paraguas de su acompañante, a juzgar por su apariencia era una oiran* de alto rango. Conforme fueron acercándose, los pudo distinguir mejor; el hombre albino de mirada viperina era el daimyo* Ichimaru Gin de quien había escuchado que pronto compraría la libertad de la mujer que estaba a su lado, Rangiku Oiran. Detrás de ella venían sus dos shinzô* haciendo sonar los cascabeles en los adornos de su cabello mientras caminaban. Al pasar enfrente de Ichigo, las shinzô le dirigieron una sonrisa como acostumbran hacer. Una de las shinzô tenía ojos violeta, un violeta inconfundible como las hortensias.
Por un momento, la respiración del joven se detuvo y sus ojos no se permitieron parpadear, su boca intentaba decir algo, pero ésta estaba como entumecida. El pintoresco grupo siguió su camino, incluyendo a la shinzô de ojos violetas que siguió sonriendo tranquilamente como si nada. El estupor de Ichigo tardó unos momentos en desaparecer, justo en el momento que sus hermanas salían del almacén. Apenas dijeron dos palabras cuando les ordeno volver directamente a casa, pues él tenía algo importante que hacer. Inmediatamente notaron que su hermano estaba agitado y seguramente algo grave ocurría, sin más accedieron a lo que su hermano pedía.
Ichigo se apresuró en alcanzar al grupo de la shinzô, pero no se veían por ningún lugar, seguramente habían tomado otro camino o entrado a alguno de los cientos de establecimientos. Aunque esto desairó al joven él no desistió. Había pasado mucho tiempo desde que se habían conocido y todo este tiempo él había estado deseando verla de nuevo. Sí, ella era la razón principal de querer trabajar en Yoshiwara.
Las calles estaban más y más vacías conforme aumentaba la lluvia, no había nadie a quién preguntar. Los establecimientos estaban llenos y ninguno era lo suficientemente bueno para el rango de un daimyo. Y hacía frío, el sol dio paso a la luna e Ichigo avanzaba cada vez con más dificultad. Quizás sería prudente detener esta locura, perseguir a una completa extraña en estas condiciones era de las cosas más tontas que ha hecho en la vida, pero desistir a esto sería desistir a su más grande deseo; darle las gracias. Así que no, no se detendría.
Las piernas del joven se estaban entumeciendo y le era difícil avanzar sin sostenerse de algo, por un breve momento la lluvia disminuyó y, como si se hubiera abierto una cortina, Ichigo se dio cuenta de que estaba en una calle extrañamente familiar. No era una de las tantas que acostumbra transitar en su día a día, sin embargo sus pies ya conocían el camino y él avanzó sin cuestionarlos. Conforme caminaba las solitarias calles se tornaban de una tonalidad rojiza debido a las lámparas, como ya se habrán imaginado, de papel rojo.
Fuera de los inmuebles se escuchaban las voces y risas de los invitados acompañados de una música improvisada. Entre todos esos sonidos el muchacho escuchó el repiqueteo de una campanita, no… un cascabel. Volteó inmediatamente en la dirección del sonido y ahí, enfrente de una gran puerta, la shinzô lo miraba.
—No esperaba que realmente vinieras… ha pasado mucho tiempo, Ichigo.
Mini glosario.
Daimyo: señor feudal
Oiran: cortesana de alto rango (no confundir con las geishas pls)
Shinzô: aprendiz de Oiran
