Gracias a: Roxanamatarrita96, Jazmin L, ananeko123, yuric09, Blue-Azul-Acero, rijeayko, holis, lenaa, Ines, Guest.
¡Hello! Muchas gracias a los reviews, alertas y favoritos. Aprecié cada uno de los reviews. Como ya sabrán, esta historia contiene contenido adulto-sexual-explicito y es diferente a muchas historias de Ayame y Kōga que hay por ahí. A decir verdad, no hay suficientes historias de esta pareja así que yo me divierto escribiéndolos. Esta historia antes era "Relato 02" pero decidí hacerlo un fic común y corriente, no una relato corto como lo fue el "Relato 01", de ser así hubiera sido algo corto y esta historia creo que da para más. Pero bueno, espero que este capítulo sea de su agrado y espero leer comentarios bonitos.
Besos!
2.
Sumisión… dominación… ¿en que se había metido? Era cierto que siempre había tenido algo por esas novelas donde los hombres eran dominantes y las mujeres se doblegaban, pero nunca pensó que esa obsesión la llevara a entrar a un sitio web de fetiches en donde conocería a su amo actual. El único, de hecho. Había estado aterrada de conocerle la primera vez, no había hablado nada en la cita, había sido un completo desastre, él había terminado la cita en menos de una hora y ella pensó que jamás la llamaría. Pero siguió comunicándose con ella y semanas después habían empezado su relación. Para Ayame había sido nuevo y también aterrador, no sabía qué hacer, no tenía idea de que esperar y prácticamente había sido una virgen. Si, había tenido relaciones sexuales antes, pero solamente dos veces y habían sido dolorosas. Su exnovio no se había preocupado por ella y solo se había ocupado de su satisfacción personal, Ayame había sufrido y lo había callado.
Cosas como esas Kōga le había pedido confiar en él, pero ella no se había atrevido a hablarle de aquellas experiencias tan horribles. Si, la base de aquella relación era la confianza, tal vez no era una relación de amor pero había ciertas características que Ayame podía asimilar a las de una relación amorosa. La confianza era todo, hablar lo que les gustaba y lo que no. Para Ayame casi era tan personal como estar enamorado, tal vez por eso había empezado a sentir cosas por él que no debía. Cada quien conocía tanto del otro como podía, cada gesto, sonrisa, gemido, incluso cada pensamiento que no se hablaba. Y eso le aterraba, que él supiera leer tan bien sus pensamientos y descubriera que ella sentía más por él.
¿Qué haría? ¿Se alejaría de ella si se enteraba de eso? ¿Cancelaría el contrato? No, no podía enterarse. Jamás revelaría ese secreto, jamás daría a conocer sus sentimientos, los guardaría y los sepultaría dentro, muy dentro. Si no podía tener sus sentimientos, se conformaría con tener su cuerpo. La conexión que ambos tenían era preciada para ella, a veces él hablaba de sus cosas personales y ella lo escuchaba, esa parte le agradaba. Nunca pasaba la noche pero hubiera deseado que si fuera así, de esa forma tendrían más tiempo para platicar y saber más uno del otro.
Era lunes y Ayame tenía universidad. Estaba en su último semestre y con veintitrés años y una carrera en comunicaciones casi terminada, tenía más trabajo que nunca. El trabajo parcial en donde era modelo consumía mucho de su tiempo, pero le gustaba porque el modelaje era algo a lo que se quería dedicar de por vida. O al menos hasta que su juventud se lo permitiera. Pensar en Kōga no le hacía bien y la distraía de más, tenía que aprender a suprimir sus sentimientos porque además de que Kōga jamás le haría caso en ese plano, solo terminaría lastimada y no sería culpa de nadie más que de ella.
Cuando dieron las tres, salió de su clase de cinematografía y se dirigió al estacionamiento, donde su viejo y eficiente honda la esperaba. Ayame vivía sola en Tokio, sus padres, que aún seguían viviendo en la ciudad de Nerima, le enviaban dinero cada mes pero no era mucho, así que Ayame tenía que trabajar mucho para poder mantenerse. Por suerte, era una buena estudiante y había recibido la ayuda del gobierno y varias becas más. Así que su trabajo de modelaje le servía para pagar la renta de su departamento y otras cosas como la luz, internet, y comida. La agencia de modelaje le había contactado por medio de una amiga que le había dicho que trabajaba como modelo y con su apariencia podía ser rápidamente contratada.
Y había tenido razón. Ayame había sido contratada de inmediato y había recibido entrenamiento casi al instante. La paga también era muy buena, mucho más de lo que sus padres le enviaban y mucho más de lo que necesitaba. Le sobraba mucho al mes y siempre lo utilizaba para comprar ropas bonitas porque su trabajo le obligaba a ir a muchos eventos. Ahora había aparecido una oportunidad muy jugosa; una marca internacional la quería para poder audicionar para ser parte de un catálogo de lencería prestigiado que solo salía a la vente una vez al año. A Ayame le había emocionado la oportunidad pero de inmediato había pensado en Kōga, quien no sabía mucho de su trabajo porque ella no se lo había podido contar. Solo sabía que Ayame trabajaba en algo relacionado con la ropa, en una empresa donde se diseñaban ropas. No sabía más y no había querido decirlo porque él no lo había preguntado. Había preguntado de la escuela pero no de lleno de su trabajo.
A decir verdad, Ayame se había sentido decepcionada pero era algo que había notado de Kōga, él se interesaba poco en sus cosas aunque siempre le pidiera que lo hablara y que confiara en él. Si, ella le contaba pero siempre sentía que le interesaba más lo físico… sus gustos en la cama, su percepción de la relación que llevaban y no le interesaba por completo su vida personal. Cada vez que lo pensaba de esa manera, siendo de esa manera, no prestando atención por completo a su vida personal, a cosas como su trabajo, sus gustos de comida o su vida en la escuela, pensaba que estaban bien como estaban. Él estaba enamorado de esa chica y ella solo era una compañera sexual, una sumisa que hacía lo que él quería y deseaba. Alguien que suplicaba por más y rogaba por que la llamara con apodos degradantes.
Manejó a su trabajo y se preparó para una sesión de fotos. Había muchas modelos bonitas y altas como ella, algunas tan exóticas como ella, de apariencias mixtas y otras bonitas japonesas que le recordaba a la mujer con la que Kōga había estado aquel día.
― ¡Buen trabajo! ―Gritó el fotógrafo―. Nos vemos mañana a la misma hora.
Todos agradecieron y Ayame fue llamada por su manager.
―Tengo buenas noticias ―anunció emocionada
Ayame sabía de qué se trataba.
― ¡Te quieren para el catálogo de Victoria's Secret! Fuiste seleccionada para representar a Asia ―exclamó con orgullo.
Ayame no lo podía creer, ella pensó que tenía que audicionar…
― ¿Por qué no audicioné? ―preguntó confusa.
La mujer de figura esbelta y alta como ella la vio con suspicacia.
― ¿Megu? ¿Por qué no audicioné? ―preguntó de nuevo.
Megu fue a cerrar la puerta de su oficina e hizo que Ayame se sentara.
―No le puedes decir esto a las demás chicas… ―Ayame esperó con paciencia― alguien ha exigido tenerte en el catálogo. Un empresario japonés que es parte del consejo de selección. Es un hombre muy poderoso que tiene una empresa de relaciones públicas.
Ayame vio a la nada.
― ¿A mí? Ni siquiera me conoce…
―Cariño, con ver tu trabajo fue suficiente. Creo que pronto lo conocerás.
Ayame tragó en seco.
―Megu, se sincera conmigo… este hombre… ¿espera algo más de mí? ―preguntó con cautela.
Megu se mordió el labio y Ayame suspiró.
―No puedo aceptar esto si será de esa forma.
― ¡Ayame! Esta es la oportunidad de tu vida, llegarás a ser una modelo de talla internacional. Cariño, este contrato te hará millonaria, sabes bien que esas modelos son muy bien pagadas. Podrás dejar de vivir en ese departamento y podrás comprar uno para ti misma.
―Megu…
―Escúchame, no rechaces la oferta hasta que hables con ese hombre. Tal vez se interesó en tu belleza y no quiera nada más.
―No lo creo…
―De todas formas, tomarás la oportunidad ―le ordenó.
Ayame pudo volver a decir que no pero aquellos millones resonaban en su mente… de verdad necesitaba el dinero. Quería comprar una casa nueva a sus padres y quería cambiar su auto, nada ostentoso, solo algo que no tuviera fallas aquí y allá.
―De acuerdo, lo haré.
…
Cuando Ayame llegó del trabajo, seguía bien peinada y maquillada. Se veía aún más hermosa y es así como lo pensó Kōga, quien para su sorpresa, esperaba fuera de su puerta.
Ayame jamás lo llamaba por su nombre, pero como nunca se encontraban fuera de la cama, no tenía la necesidad de hacerlo. Él era su amo, nada más. No era Kōga para ella, no podía atreverse a llamarle por su nombre.
―Ko… ¿Qué haces aquí? ―carraspeó avanzando a su puerta.
Kōga la vio de arriba abajo, nunca la había visto tan arreglada, su piel blanca brillaba incluso más y su cabello rojo destellaba.
― ¿Vine en un mal momento?
Ayame parpadeó y se sorprendió por el extraño tono de voz de su amo.
―Uhm… ¿está todo bien? ―preguntó yendo a su puerta―. ¿Quieres pasar?
Kōga asintió y entró al departamento de Ayame, aquel, podría pensar él, era el escape a su realidad y el olor que lo recibía siempre que entraba era un olor a hogar. Observó a Ayame quitarse el abrigo y quedar en ropas de invierno.
― ¿Qué sucede? ―preguntó ella de nuevo―. No te ves muy bien… ¿estas enfermo? ―preguntó sin avanzar a él.
A veces le irritaba que Ayame se portara de esa forma fuera de la cama. Pero sabía que él mismo le había dado razones y en el contrato se establecía que una relación fuera de la cama no podía ser posible, ni siquiera tocarse estaba permitido. Ella lo había firmado y él de igual manera. Él tampoco buscaba el contacto físico fuera de la cama y se lo había hecho notar cuando ella, en el pasado, había querido acercarse más de la cuenta a él, tratarlo como a una pareja, como a un novio.
―Estoy bien, solo un poco mareado ―dijo sentándose en uno de los sofás de la pequeña sala de Ayame.
― ¿Tienes malestar?
―Estoy ebrio ―dijo, apretándose el puente de la nariz.
―Oh.
Ayame no supo que hacer. Kōga nunca había acudido a ella en una situación de ese tipo.
―Te prepararé un té ―dijo de inmediato, no esperando una respuesta e integrándose a la cocina.
Lo más que quería era no tener que convivir con él de esa forma, no quería tratarlo como a un conocido o a un amigo, nada del estilo podría ser bueno para sus débiles sentimientos.
Preparó el té tomándose su tiempo y se lo llevó a la sala. Kōga yacía recargado y con los ojos cerrados.
―Uhm… te traje un té ―puso el té sobre la mesita cafetera frente al sofá y lo vio abrir los ojos.
―Gracias.
Kōga tomó el té y ella se sentó en un sillón frente a él. Ayame no sabía que decir, nunca se había encontrado en una situación de ese tipo con él. Si, al principio habían hablado pero solo en restaurantes o en cafés. Él nunca había llegado a su casa a esas horas de la noche ebrio.
― ¿Por qué…
― ¿Por qué vine contigo? ―preguntó el, viéndola con ojos diferentes.
Ayame asintió con cautela.
―Disfruto tu compañía, traes paz a mi mente ―confesó haciendo que ella no supiera que decir.
―El alcohol… te está haciendo decir cosas fuera de lugar. ¿Quieres que te llame un taxi?
― ¿Te quieres deshacer de mí tan desesperadamente? ―preguntó, lanzando una risa ronca e irónica.
Ella bajó su mirada.
―No me refería a eso.
― ¿De dónde vienes? ―preguntó él, observando su rostro maquillado y su cabello arreglado.
―Del trabajo. ¿Y tú?
Él se encogió.
―De un bar.
Ella asintió.
―Vamos, ¿no vas a preguntar? ―sonrió con cansancio.
Ella parpadeó.
― ¿De qué hablas?
―No preguntarás acerca de esa mujer… siempre lo haces.
Ella pudo sonrojarse pero no lo hizo, no era propensa a sonrojos y sus mejillas no producían color a menos que llorara o hiciera ejercicio.
―No lo haré. Me has dejado claro que no quieres que pregunte nada acerca de ese tema.
Kōga suspiró.
―Quiero que preguntes.
Bien, Kōga estaba ebrio, ahora lo podía notar, arrastraba las palabras y no la veía directo a los ojos. Su mirada se iba de ahí para allá.
―Yo…
―Me ha dicho que se reencontró con un viejo amor ―dijo quedamente.
Ella, de nuevo, no supo que decir. ¿Él estaba soltando sus penas en su sala?
― ¿Ha terminado su relación?
Kōga rio.
―Nunca estuvimos en una relación. Siempre estuve tras ella pero ella solo… me trataba como a un buen amigo, pensé que últimamente había estado sintiendo lo mismo que yo pero solo me usó.
Las palabras de Kōga hicieron que ella quisiera consolarlo, pero no lo hizo.
―Lo siento.
Kōga sonrió.
―No lo sientas. No quiero causar lastima.
―No me has causado lastima.
―Lo puedo ver en tus ojos. Tus ojos verdes…
Ayame logró ver como él recargaba su cabeza de nuevo y suspiraba.
―Lo siento. No quise mirarte de esa forma.
―Deja de sentirlo, Ayame ―dijo regresando sus ojos a ella―. ¿Y por qué sales tan tarde del trabajo? Son casi las doce ―reprochó.
Ella vio sus uñas blancas.
―Es un trabajo demandante.
― ¿Hacer ropa? ¿Eres ayudante de algún diseñador?
Ayame se encogió.
―Algo así.
Él asintió lentamente.
― ¿Te tienes que arreglar tanto para eso? ―dijo examinando su rostro y su vestimenta.
Ella apartó la mirada.
―En el mundo de la moda siempre hay que verse impecable.
―Si yo lo sabré… tengo que estar impecable las veinticuatro horas de los siete días de la semana ―se quejó, haciendo sonreír levemente a la pelirroja―. No es fácil dirigir una empresa.
―No… supongo que no.
―Ayame.
Ayame levantó su mirada y lo encontró a punto de levantarse.
― ¿Si?
― ¿Por qué nunca me llamas por mi nombre? ―preguntó avanzando hacia ella.
Ayame lo vio con nervios.
―Tú has dicho que no es permitido hacerlo. ¿Por qué me has llamado por mi nombre tantas veces? A decir verdad…
― ¿No te gusta?
―No es eso, es solo que es extraño. Sé que esa mujer tiene que ver.
Kōga entrecerró los ojos y la tomó de la mano, alzándola y pegándola a su cuerpo.
― ¿Lo sabes? ¿Cómo podrías deducir algo así del hecho de que yo te llamo por tu nombre?
Ayame lo vio con intensidad, él la veía de la misma manera.
―Te conozco.
Él arrastró una sonrisa vaga.
― ¿Es así?
Ella tembló ante el toqué que él empezó a proporcionar en su espalda, subiendo y bajando su gran mano, haciéndola doblegar las piernas ante su impotente figura.
―K…
― ¿Si? Dilo, Ayame. Di mi nombre.
Ella negó frenéticamente y se alejó de él.
― ¿Qué te sucede? Tú no eres así ―lo acusó, molesta.
La ira y la irritabilidad brillaron en los ojos del pelinegro.
― ¿Así? ¿Cómo?
―Esa mujer te está cambiando, antes ni siquiera habías sopesado la idea de llamarme por mi nombre, estas cambiando todo ―dijo yendo de ahí para allá.
― ¿Esa mujer? Ni siquiera sabes que es lo que ocurre entre nosotros ―respondió con enojo.
―Al parecer esa mujer no te amó jamás y ha regresado con su viejo amor. ¿No es así? ―dijo con odio.
Los ojos de Kōga volvieron a brillar con enojo y se acercó a ella peligrosamente.
―Mocosa insolente… ―gruñó tirando de su mano, arrastrándola a la habitación.
― ¡No! ¿Qué haces? Hoy no está en la agenda, suéltame ―dijo sorprendida de sí misma.
Antes no le hubiera negado nada a ese hombre y ahora hasta la voz le había levantado.
―Te voy a enseñar a respetar a tu amo. Nunca volverás a hablarme de esa forma.
Ayame sudó frio, ¿Qué le haría ese hombre? Nunca había sospechado nada malo acerca de Kōga, era un hombre pasivo a pesar de la naturaleza dominante que se cargaba. No había tenido miedo de él nunca… hasta ahora.
― ¡Estás ebrio! ¡Suéltame! ―exclamó cuando él la aventó a la cama y se deshizo de sus pantalones de mezclilla tan rápido que lo único que ella sintió después fue su braga siendo arrancada con violencia. Ella gimió del dolor―. ¡Déjame! ―dijo al momento que él la tomaba en brazos y la ponía sobre su estómago en sus grandes piernas masculinas.
Kōga se sentó con ella en su regazo.
―Descarada… sabrás lo que es respetar a tu amo ―dijo al momento que le propinaba una nalgada tan fuerte que ella ahogó un gemido que había salido desde lo más profundo de su ser.
Kōga solo había hecho eso una vez, una vez cuando ella había llegado tarde a una cita por haber salido tarde del trabajo. Pero para nada había sido tan brusco como lo estaba siendo ahora.
―Por faa ¡ah! ―gritó cuando él la golpeó más fuerte―. ¡Basta! ―las lágrimas salían de su rostro y su trasero ardía.
―Amo este trasero… aperlado y delicado. Mira el bonito color rojo que ha tomado, podría verlo toda la noche.
Ella cerró los ojos mientras lloraba en silencio y volvía a sentir la gran mano de su amo siendo estampada en su trasero voluminoso.
―Si… ―dijo él viendo el bonito color.
―Basta… ―dijo, empezando a lloriquear.
―No, no hasta que aprendas a no cuestionar mi vida privada, a no levantarme la voz y a no preguntar por Kagome.
Él corazón desbocado de Ayame latió más y más fuerte al escuchar el nombre de esa mujer ser mencionado por primera vez.
―Lo siento… no lo volveré a hacer.
― ¿Qué falta en esa oración? ―dijo pegándole de nuevo.
― ¡Ah! A―amo… ―gimió, soltando lágrimas y sorbiendo su nariz.
―No, di mi nombre.
Ella negó frenéticamente.
― ¡No lo haré! Necesitas volver a ser el mismo de antes, Kagome…
― ¡No menciones su nombre! ―gritó cabreado―. ¡Niña imprudente! ¿Crees que puedes llegar a ser la mitad de lo que Kagome es? ―soltó, perdiendo la razón y haciendo llorar a Ayame todavía más fuerte―. Solo eres mi sumisa ―la golpeó de nuevo y ella dejó de luchar, el trasero le ardía más de la cuenta y sospechaba que él había sacado sangre.
―Por favor… estás ebrio ―sollozó con dolor en el alma y en el cuerpo. ¿Por qué le había dicho esas cosas tan horribles?
Kōga pareció recobrar la razón y vio el trasero rojo de Ayame, había alcanzado a sacarle sangre y empezaba a tomar sentido de lo que había hecho.
―Maldición… ―susurró.
Ayame lloraba en silencio.
―Cariño… lo siento tanto…
―Vete ―dijo ella entre sollozos y cuando sintió que él no la retenía más, se paró de ahí con piernas de gelatina y lo vio con odio―. Me alegro que Kagome te haya dejado ―dijo con veneno en la boca, después se fue a encerrar en el baño, sollozando con muchas ganas.
Kōga se frotó la cara con mucha vehemencia y maldijo en tres lenguajes. ¿Qué demonios le había ocurrido? Ayame era tan pura y él había terminado de corromper su alma por completo. Jamás confiaría en él de nuevo.
―Ayame… pequeña, por favor… sal ―dijo tocando su puerta.
Ayame seguía sollozando pero no respondió a nada.
―Lo siento, cariño… lo siento tanto, por favor sal, quiero verte.
Ayame sollozó aún más pero siguió sin decir una sola palabra.
―Lo siento… mañana volveré ―dijo con pesar.
Kōga salió de aquel departamento que había empezado a sentir como un hogar y por primera vez en seis meses junto a Ayame, temió que ella decidiera alejarse de él.
