Hola, amigos, ¿qué tal estáis? yo, muy bien, aunque un poco fastidiada, por que pronto empezaré el insti, otra vez y el verano se irá…otra vez. Aunque de todas maneras, tarde o temprano sabía que iba a ocurrir así que: "que así sea"
La semana pasada, escribí Lluvia de estrellas y los reviews, que aunque fueron pocos, me dieron el ánimo de hacer el segundo capítulo, aunque mejor dicho seria el tercero, porque esto es una continuación.
¡Leed y disfrutad!
CAPÍTULO 3: UN TRAJE SEXY, UNA MIRADA AL CIELO Y UNA CENA ALREDEDOR DEL FUEGO.
Hipo se acercó a la estantería. Estaba nervioso, pero, feliz a la vez. Había trabajado duramente varios meses en aquel traje, que era todo un ejemplo de obra de ingeniería y herrería. Tenía ganas de por fin probárselo y utilizarlo en las prácticas con Desdentado.
El castaño cogió la caja y la puso en la mesa. Desdentado con curiosidad se acercó por detrás de su jinete, esperando a ver qué había en el contenido de aquella caja, ya que ni él sabía en que había estado trabajando el chico durante tanto tiempo.
Hipo abrió la caja lentamente, como si de un cofre del tesoro se tratara. Dejó la tapadera a un lado y contempló el traje.
Se trataba de un chaleco de cuero negro con hombreras y en una de ellas, en la derecha, estaba ilustrado el logo de la isla Mema de color rojo. Una camisa de cuero de color marrón semejando las escamas de un dragón. Dos cinturones, uno en la cintura y el otro cerca del pecho. Muñequeras de cuero, que le llegaban hasta el antebrazo, en una de ellas estaba una funda donde guardaba una daga. Unos pantalones de cuero marrones rodeados con unas tiras de cuero en las rodillas, haciendo de nudo para sacar las alas que le ayudarían a planear en los vuelos con Desdentado. Y una máscara que le cubría toda la cara con unos toques de escamas salientes en la frente.
—Bueno... ¿Cómo me queda? —preguntó Hipo tras haberse puesto el traje.
Desdentado extrañado, miró de arriba a abajo al chico. No parecía un vikingo normal y corriente, aunque claro, Hipo no era un vikingo normal y corriente. Era un muchacho que siempre intentaba modernizar a su aldea, para no ser siempre unos tradicionales vikingos, que alguna vez podían sufrir el ataque de Alvin el Traicionero, y más ahora que sabía controlar a los dragones y quien sabe cuándo sería su próximo ataque.
— (Estás genial, amigo) —pensó Desdentado, dedicándole una sonrisilla al chico.
Hipo se miró de arriba a abajo, retocándose el chaleco y algún que otro desajuste de las tiras de cuero.
— ¿Crees que le gustará a Astrid, campeón? —preguntó Hipo.
— (Seguro que cuando te vea, se te va a tirar encima) —pensó Desdentado, poniendo los ojos en blanco.
—Vamos, no seas celoso —dijo Hipo acariciándole detrás de las orejas.
Desdentado siempre disfrutaba de las caricias de su jinete y le hacían olvidar la envidia que sentía hacia Astrid. No es que fuera una envidia muy profunda, solo es que quería a su amigo y sentía ese instinto protector que no lo dejaba bajar la guardia ni un solo momento.
En Mema ya estaba anocheciendo y las últimas caricias del Sol decía adiós a otro día en la Tierra, sumergiéndose en el mar. Astrid estaba en la playa, junto a los demás Jinetes. Habían venido con sus dragones para disfrutar todos de la lluvia de estrellas.
Ella estaba preocupada, dando vueltas de un lado a otro, pensado en que algo malo le había pasado a Hipo: él nunca se retrasaba tanto cuando quedaban, y menos cuando era una cita con Astrid.
Mocoso se le acercó, con malas intenciones, intentando que se fijara en él, pero, a su manera.
—Vaya, vaya. Parece que Hipo no aparece, ¿Qué le puede haber pasado? —dijo Mocoso exagerando la voz dramáticamente.
Astrid se le quedó mirando con seriedad, intentando controlar su rabia y no lanzarse hacía él con su hacha y no matarle allí mismo delante de los demás. Intentó pensar en otra cosa, en Hipo por ejemplo. ¿Dónde se había metido?
—Eh, chicos ¿quién es ese que viene por ahí? —señaló Brusca al cielo.
Todos clavaron sus miradas a la figura que descendía a lomos de un Furia Nocturna.
—No lo sé, pero su traje mola un huevo —dijo Chusco, antes de tirar su hermana al suelo con una zancadilla.
—Es un Furia Nocturna —dijo Patapez—, lo que quiere decir que es...
— ¿Hipo? —dijo Astrid extrañada.
Hipo desmontó de Desdentado, con el telescopio tapado con una manta, se quitó el casco y se retocó el pelo despeinado, con una tierna sonrisa dedicándosela a la chica.
—Ay, mi... madre —dijo Astrid alucinando.
—Astrid..., despierta —dijo Brusca, moviendo su mano delante de la cara de la rubia, haciéndola volver en sí.
La rubia reaccionó en seguida. Se acercó al castaño con paso ligero, apretó su puño bien fuerte y le golpeó en el hombro, dejando caer el telescopio en la arena.
—Uhh... Eso tuvo que doler —dijeron los gemelos.
— ¡Ay! ¿Pero a qué viene eso? —dijo Hipo acariciando su hombro dolorido.
—Eso por preocuparme, y llegar tarde —dijo la chica agarrando los fornidos brazos del chico.
Acercaron sus labios y se dieron un pequeño, pero, apasionado beso.
Mocoso, celoso, interrumpió a la pareja, poniéndose delante de los dos. Astrid le dio un buen golpe en la mandíbula al chulito, tirándolo al suelo, por el mal gesto que había tenido con los dos, pero en especial por Hipo.
—Que sea la última vez que nos interrumpes —dijo la chica poniéndose las manos en la cintura.
—Ja. No te metas con mi chica, es peligrosa —dijo Hipo burlón.
Hipo se acercó a su primo para ayudarle a levantarse, pero este no la aceptó y apartó con desprecio la mano del muchacho.
—¡Se acabó!... ¡SE ACABÓ! —dijo la rubia, corriendo hacia Mocoso con su hacha en alto.
Mocoso como alma que corre el diablo, empezó a gritar y correr por la playa, arrepentido por lo que había hecho, mientras la vikinga le seguía de muy de cerca.
— ¡SÍ QUE ES PELIGROSA! —gritó Mocoso lloriqueando.
— ¿Le ayudamos? —preguntó Chusco a su hermana.
—Sí... dentro de un minuto —dijo Brusca pícaramente.
Hipo negó con la cabeza, avergonzado con los gemelos. Patapez recogió de la arena el telescopio y lo examinó con detalle.
Fantástico... -dijo el robusto chico—, sencillamente fantástico.
—Gracias, Patapez. —dijo Hipo entristecido—. Pero...aun no sé si funcionará.
Astrid volvía llevando a rastras a Mocoso cogiéndole del cuello de la camisa por detrás. Ella sin piedad lo dejó caer al suelo al lado de Garfios y pudo escuchar la conversación de Hipo y Patapez. Ella se acercó por detrás, abrazó a Hipo y le dio un beso en la mejilla, que hizo que este volviera a sonreír.
—Funcionará, no te preocupes -le dijo dulcemente—. Por cierto, estás muy guapo.
—Gracias... Tú estás preciosa —dijo sonrojado.
— ¿Podemos volver a lo del telescopio? —dijo Patapez, algo molesto—. La lluvia de estrellas está a punto de empezar. —miró al oscuro cielo.
Hipo cogió el telescopio y le sacó la base trípode, ajustó la salida y entrada de luz y miró con nerviosismo por el buscador. Los demás también lo estaban.
—Dioses... —dijo el chico sorprendido.
— ¿Qué? —dijeron los demás la vez.
Hipo titubeó.
—Fun... funciona...—dijo sin poder creérselo, mirando aún por el buscador.
Astrid no pudo evitarlo y le cogió las mejillas para poder besar al muchacho. Al terminar el beso el chico no pudo impedir tener una cara boba sonrojada.
—Te lo dije, tontito mío —susurró dulcemente Astrid en el oído de Hipo.
El cielo empezó a brillar con intensidad, cayendo incontables lágrimas de color blanco azulado que se desvanecían en el final del horizonte, dejando su reflejo en el mar. Todos miraban fascinados el grandioso espectáculo, sentados en la orilla, y Patapez observando por el telescopio, estaban en silencio, sin decir nada, hasta que Hipo fue valiente y vio una oportunidad en una de las estrellas que viajaban por el cielo que era un poco más grande que las demás.
—Pide un deseo... —susurró Hipo a Astrid abrazándola.
Astrid cerró los ojos, Hipo hizo lo mismo y pensaron en lo que más deseaban. La estrella dio un último resplandor y se desvaneció en el espacio. Los jóvenes volvieron a abrir los ojos y se dedicaron una mirada.
— ¿Qué has pedido? —preguntó Hipo.
—No necesito ningún deseo te tengo a mi lado —dijo Astrid—. ¿Y tú?
Hipo observó el cielo estrellado y tras un breve tiempo volvió a mirar a la muchacha con una mirada muy profunda. Tan profunda que hasta daba un poco de miedo.
—No perderte jamás —confesó Hipo.
—Hipo... —dijo ella un tanto sorprendida. Le cogió de las mejillas, y dijo más seria—: Nunca me perderás.
— ¿Me lo prometes? —dijo el chico cogiéndole de las manos.
—No... Te lo juro —dijo la chica acercando sus labios a los del muchacho.
Solo quedaban unos centímetros...unos milímetros...hasta que... el estomago de los chicos empezó a gruñir...
Los dos se miraron sorprendidos y no tardaron en reír uno al lado del otro, sabiendo lo que sus estómagos les estaban pidiendo.
— ¿Alguien tiene hambre? —preguntaron los dos.
Todos los dragones al oír aquello, reaccionaron y levantaron sus zarpas o sus alas. El grupo se tronchó de risa ante el gesto de sus dragones.
—Bueno, entonces... —dijo Patapez levantándose del suelo y sacudiéndose la ropa—. Barrilete y yo iremos a por rocas, mientras vosotros preparáis el fuego y pescáis algo —se subió a su Gronckle.
—De acuerdo. Chusco, Brusca y Mocoso, vosotros encenderéis un buen fuego y lo mantendréis vivo —ordenó Hipo—, mientras Astrid y yo pescaremos unos cuantos salmones para todos.
—Pero, Hipo, ¿tan difícil les resultará encender el fuego ellos tres? —dijo Astrid confundida.
—Conociéndoles, seguro... —dijo Hipo entre dientes.
La vikinga miró al resto del grupo y afirmó, viendo que los gemelos volvían a estar tirados en el suelo peleándose y Mocoso mirado su considerado "hermoso" reflejo en el mar.
Astrid subió en Tormenta y le hizo una señal a Hipo para que la siguiera para ir a pescar. Se dirigieron a los acantilados cercanos, donde las olas se rompían con fuerza en las rocas punzantes que sobresalían del mar. Era temporada de salmones, una especie muy apreciada por los vikingos por su carne que no contenida nada de grasa y además estaba deliciosa ahumada al fuego.
Los chicos idearon un plan perfectamente calculado para pescar los salmones. Hipo y Desdentado abrían fuego en el agua, cerca de las rocas. Cuando los peces salían disparados por las ondas del fuego del Furia Nocturna, Astrid levantaba la cesta (que había cogido antes de su casa) y la llenaba entera, e incluso Tormenta conseguía algún que otro pez al vuelo de vez en cuando.
En la playa, Patapez ya estaba llegando con Barrilete y el fuego por milagros de los dioses estaba encendido.
—Barrilete, saca las piedras —dijo Patapez.
Barrilete sacó de su estomago las piedras y las puso alrededor del fuego, como una especie de fogata de picnic.
—Bien hecho, bonita —dijo Patapez acariciando a su dragona.
Todos ya empezaban a tener hambre también y los dragones se estaban impacientando, hasta el punto de ponerse nervioso. Los chicos no podían hacer nada, solo esperar sentados y observar como las manos de fuego jugueteaban con la brisa marina y hacían saltar chispas de la ardiente madera.
—Tengo tanta hambre que me comería un yak —dijo Chusco, viendo que su estomago gruñía.
— ¿En serio? Yo me comería un dragón —dijo Brusca, mirando pícaramente a Vómito y a Eructo.
El Cremallerus Espantosus reaccionó levantándose bruscamente del suelo y mirado sus dos cabezas con terror.
— ¿Crees que lo hará de verdad? —preguntó Vómito.
—No lo sé. Pero los humanos son muy raros. No podemos fiarnos —dijo Eructo.
—Y a mí me llamáis rarito... —dijo Mocoso mirando de reojo a los gemelos.
Hipo y Astrid regresaron unos minutos después. Estaban cansados pero, habían conseguido llenar la cesta entera de peces. Solo faltaba ponerlos al fuego para ahumarlos y ya podían comer. A los dragones les bastaba con que estuvieran frescos, así que ellos empezaron comer antes.
Mocoso en otro intento de sorprender a Astrid le enseñó su pescado.
—Para mi dulce Astrid, mi exquisito salmón ahumado a la perfección —dijo Mocoso chuleando delante de Hipo.
Hipo no se preocupó demasiado. En realidad el salmón estaba demasiado en su punto, más bien quemado, chamuscado. En otras palabras: incomible.
—Gracias. Pero, no, gracias -dijo Astrid indiferente.
Hipo nunca era así, pero, después de todo lo mal que lo había pasado él y Astrid, miró a Mocoso con malicia y le hizo una seña para que observara con atención.
—Prueba Astrid mi salmón, a ver qué te parece —le dijo entregándole el pescado.
El salmón brillaba con un resplandeciente brillo con ayuda del fuego. No estaba ni crudo, ni pasado. Y pedía a gritos: "Cómeme... Cómeme... Estoy exquisito."
Astrid le dio un buen bocado y lo saboreó con gusto. Estaba delicioso y se le derretía en el paladar. Era el mejor salmón ahumado que había comido en su vida.
—Está muy sabroso —dijo la rubia con total sinceridad—. Gracias a los dioses que no eres como tu primo -recostó su cabeza en el hombro del chico.
—Sí, menos mal... —dijo Hipo, apoyando su cabeza sobre la de la chica.
Mocoso celoso a más no poder, miró a la pareja con rabia, furia e ira.
La lluvia de estrellas incrementó su fuerza y ahora no eran miles de estrellas que se desvanecían, sino millones y millones de polvo celestial que se unían con el cielo y luego moría.
Los jóvenes miraban con asombro el magnífico espectáculo, y a Hipo se le pasó una idea por la cabeza.
Continuará…
Bueno, ¿qué os ha parecido? muy lento, sin detalles, muy rápido, demasiados detalles. Decídmelo por favor en los comentarios si algo no ha gustado, gracias.
Es cierto que me he retrasado dos días en subir el fic, pero, es que no he tenido tiempo y las circunstancias de la vida me han obligado no poder escribir. Lo siento de veras.
Ah, por cierto: He estado pensando en algunos proyectos de fics que aun tengo metidos en la cabeza y tengo que retocar, así que he pensado en tomarme semanas de descanso, aparte de que no puedo, por el tiempo. Y he pensado en un juego en que tengáis que adivinar una pregunta y quién la acierte le diré de que irán ¿qué os parece? Bueno, a quien le interese allá va…
"Si oyes hablar de mí, querrás conocerme, pero, si lo haces, desapareceré ¿que soy?"
Ale… a pensar.
Y recordad: "Los que no quieren que vuestros sueños se cumplan, son los que no consiguieron cumplir los suyos".
¡Nos rockeamos y leemos!
