En la tercera planta, mis pies resonaron contra el pálido suelo. Torcí una esquina y recorrí el pasillo principal en busca de la sala de espera.
El hospital sin duda era un lugar que parecía anclado en otra realidad paralela. Si por fuera ya asustaba, una vez dentro ponía los pelos de punta. A esas horas, un delicado brillo procedente de las escasas farolas del jardín se colaba por los grandes ventanales.
No había ni rastro de una sala de espera, tan solo el interminable pasillo con incontables puertas a cada lado, por las que se accederían a los diversos servicios de radiología.
- ¡Kate, cariño!
La cabeza de mi madre asomó por una de las puertas que había dejado atrás, su mano se agitó en el aire, en un ademán para que la siguiera.
Juntas, llegamos a una pequeña salita con unas pocas sillas de aspecto no muy confortable. Tomamos asiento junto a una de las ventanas y me recosté contra el duro respaldo. Hasta ese momento, me percaté que había mantenido los músculos en tensión. Me obligué a dejar de estrangular a mi pobre cámara, que cayó suavemente sobre mi regazo.
- Bueno, creo que esto no nos llevará demasiado tiempo.
Por encima del hombro, eché un vistazo a la sala vacía.
- Vaya, aún no he visto a nadie desde que hemos llegado. Con un poco de suerte, esperemos que tu médico sí esté.
- Es lo bueno de este hospital, suelen atender a los pacientes con mucho tiempo entre cita y cita.
Como es costumbre en mí, no podía evitar fijarme en detalles como la limpieza impoluta del sitio. Para no ser muy frecuentado, las baldosas parecían brillar con luz propia.
Mi mirada se deslizó a través de la ventana. Contemplé la negra espesura ante nosotras.
- ¿No es un poco tarde para venir a hacerte unas radiografías? Quiero decir, no sabía que a estas horas todavía citasen a pacientes, es casi noche cerrada.
- Lo sé, cariño. Pero no es en absoluto extraño. Además, puede que ya empiece a anochecer antes, son casi las ocho y media todavía.
- Puede ser.
Me moría de ganas por recorrer el hospital, aunque al mismo tiempo estaba bastante intrigada, algo en todo aquello me inspiraba recelo.
- He visto que había máquinas en la sala anterior, por si te apetece comer algo.
- ¡Ah, bien! Ahora iré por un café, ¿Quieres algo?
- No, gracias.
Mi madre, como cada vez que iba a hablar sobre algo que la inquietaba, se subió el escote y me echó un pequeño vistazo general.
- Kate, no estaría de más que comieses un sándwich o algo. Estás muy delgada, si te pillo de lado no te veo.
- Qué va mamá, me gusta demasiado comer, no podría llegar a tener problemas. Tranquila.
Como siempre, mia mamma asintió con la cabeza, pero torció el gesto con desaprobación.
- Está bien… Vengo enseguida, voy a por el café. Y el sándwich.
Me levanté de un salto y sonreí a mi madre con cariño. Se preocupaba tanto por nosotras. Sobre todo, tenía especial interés en que no perdiésemos nuestro "interés en la comida" como ella lo llamaba. A Allie no la controlaba tanto como a mí con ese tema, como si supiera como yo podía estar más predispuesta a no comer.
Mi madre me devolvió la sonrisa y sacó de su gran bolso un libro casi igual de enorme. Me pareció casi imposible que ella sola pudiese con el tomo. A pesar de su interés en mí, ella parecía no reparar en su propia delgadez. Casi nunca comía más de lo justo y muy pocas cosas eran de su agrado.
Aún así, era muy guapa. Rubia y de tez pálida, no se parecía en nada a nosotras. Según ella, Allie y yo nos parecíamos muchísimo a una tatarabuela de hacía mil años. De esas que ni sabías que tenías ni cómo se llamaban.
Enfilé el camino hasta la puerta y puse toda mi atención en no perderme de nuevo. Era increíble lo mucho que se parecían todos los rincones de aquel sitio entre sí. Daba igual que estuvieras arriba o abajo, todas las plantas eran espantosamente idénticas.
Al fin, llegué a las máquinas dispensadoras. Puesto que no esperaban visita, en aquella sala la única luz era la del letrero de la salida de emergencia.
Agradeciendo que no hubiese nadie que pudiera apreciar lo cegata que estaba, intenté distinguir las monedas bajo la tenue luz roja. Una hora después, el sándwich al fin cayó del estante.
- Genial, ya sólo queda la segunda parte…
Ya estaba preparada para asaltar la máquina de café, cuando la moneda se me resbaló de entre los dedos y rebotó bajo la ventana.
Suspirando, me puse ante el cristal abierto y abrí mis brazos de par en par.
- Un aplauso, por favor…
Distinguí la moneda rebelde justo al lado de mi pie y me incliné para cogerla, cuando un sonido inesperado me congeló en el aire.
Eran palmas.
Alguien me estaba aplaudiendo. Pausadamente, pero con firmeza.
Helada, me di la vuelta esperando ver a mi madre o quizá un enfermero en la puerta, pero no había nadie. Es más, el sonido sonaba demasiado débil. Casi parecía venir… de fuera.
Me asomé a la ventana lentamente. Mis ojos apenas veían más allá de las farolas. Entonces, las palmas cesaron, y la noche volvió a su silencio habitual.
Con los nervios a flor de piel, me senté en una de las sillas. El sonido, en efecto, parecía venir del bosque. Pero eso no era posible, seguro que habría sido alguien que me había oído desde una ventana inferior o cercana. Por allí no había nada más que el hospital, ni siquiera una vivienda solitaria en el monte.
La zona estaba abandonada salvo por aquel hospital.
- Vale, tranquila. Ha sido alguien del personal, es imposible que se te haya oído desde el bosque.
Hablar en voz alta me tranquilizaba. Era una costumbre que había adquirido desde pequeña. Y, en ese momento, necesitaba tranquilizarme. Cierto era que mi voz había sido un susurro, era imposible que me hubiese oído nadie a más de tres metros de mí.
Y estaba en un tercer piso.
Evitando acercarme a la ventana, saqué la bebida lo más rápido posible y volví a los brazos de mi madre.
La encontré como la había dejado, absorta en su novela, casi no me vio entrar a toda pastilla y dejarme caer a su lado, en busca de protección. Con todo, no la sobresalté ni interrumpí su lectura.
Con un dedo, señaló su última línea leída y me miró con gesto preocupado.
- ¿Kate, estás bien? Has venido casi corriendo.
- ¿Qué? No, no ha sido nada. Es que el café quemaba…
Decidí no contarle nada de mis paranoias. Es posible que aquel lugar o la necesidad de atención estuvieran jugándome malas pasadas. No tenía por qué alarmarla por algo tan fútil.
Mi madre, con el ceño ligeramente fruncido, parecía no confiar demasiado en mi respuesta.
- Kate, escucha…
Algo en ella me hizo querer abrazarla. De repente pareció frágil, a punto de romperse. La miré con atención y esperé a que continuase.
- Eva Simmons, por favor, ya puede pasar.
Ambas pegamos un respingo cuando la megafonía nos cortó la conversación. Miré de nuevo a mi madre, curiosa.
- No importa. Te veo luego, me han dicho que tardará un buen rato. Creo que aún no han encendido las máquinas y ya sabes cómo son los cacharros esos, parece que vayan a despegar.
- Vale, ¡Que no se te haga pesado!
Mi madre recogió sus cosas y me sonrió, afable, antes de desaparecer tras la puerta metálica.
Sola, en la sala ahora desierta, me dieron ganas de salir tras ella y pedirle que se quedara un poco más, hasta que las palmas dejaran de sonar en mi cabeza.
Me abracé a mí misma y me senté junto a la pared, intentando no acercarme al ventanal lo máximo posible.
Esa noche no hacía viento. Era otra explicación que mi cabeza acababa de desechar.
- Deja de pensar, deja de pensar, deja de…
Una lucecita roja se encendió dentro de mi bolso. Mi mejor amiga, Clay, acababa de mandarme un mensaje sobre la fiesta de mañana.
Estábamos entusiasmadas. Podríamos ir a bailar al puerto de la ciudad al fin. Iba a ser la primera vez en todo el verano que nos reuniríamos todos los viejos amigos a pasar la noche, y lo haríamos a bordo de un barco, bailando y riendo sin parar.
Después de responder a su duda existencial sobre qué vestido debía ponerse, saqué la cámara y miré fotos mías con vestidos diferentes. Yo tampoco había pensado en ello, ya iba siendo hora de tomar la decisión más difícil del mundo: ¡¿falda o pantalón?!
Me entretuve unos minutos viendo fotos recientes, hasta que me entró hambre y me acordé del sándwich, abandonado cuatro sillas más allá.
Seguí hablando con mi amiga mientras daba cuenta del bocadillo, hasta que me quedé sin batería y sin sándwich.
Dejé mis cosas en la repisa y me aovillé en el asiento. Conseguí adormilarme en pocos segundos, pero para mi sorpresa, algo me impedía dormirme. Seguía teniendo hambre. En vez de saciarme, ahora quería más.
- No, por favor. ¿Otra vez a la máquina?
Bostecé en silencio y esparcí el contenido del bolso por la repisa en busca de monedas. Al inclinarme, el aire frío me dio en la cara y mi barriga rugió con fuerza. Aún a pesar de estar sola, me ruboricé por el ruido.
Enseguida encontré lo que buscaba, parecía haber más luz aparte de la de las farolas. Miré de reojo fuera de la ventana y no vi nada raro, sólo unos faros encendidos.
Un momento… ¿faros?
- ¡Mi coche!
Nuestro pequeño Ford, aún estacionado en el parking, tenía las largas encendidas y ambas puertas abiertas de par en par. Un gran tramo de bosque y fachada del hospital quedaban iluminados por la luz blanca.
Pasmada, metí las cosas sin mirar de nuevo en el bolso y corrí hacia la puerta metálica, pero ésta no se abría.
- ¡Mamá, ¿me oyes?! ¡Hay alguien en el coche! ¡¿Mamá?! ¡¿Puede alguien abrirme?!
Silencio.
No parecía haber nadie allí que pudiera escucharme. Opté por ir a recepción y pedir ayuda, pero de repente me acordé de la documentación que había dentro del coche, en la que estaba la dirección… de casa.
Con el corazón en un puño, eché a correr hacia el ascensor y bajé a la planta baja. Cuando las puertas se abrieron, eché un vistazo rápido al vestíbulo, pero seguía igual de desierto que al principio.
Resignada, avancé cautelosa hacia la entrada y miré desde detrás de una columna.
El aire frío pareció despejarme. Al fondo del gran jardín, el Ford seguía en la misma posición. Las luces me iluminaban el camino, pero me cegaban. Quien quiera que fuese podría verme antes que yo a él.
Hice acopio de valor y salí al exterior.
Anduve evitando la luz hasta que no me quedó más remedio, y tuve que atravesarla.
Mi mano no era suficiente para evitar que mis ojos se resintieran ante tanto resplandor, así que con la cabeza agachada, seguí hacia los faros hasta que me detuve.
- ¡Oye, tú! ¡Quien seas, sal de mi coche y vete de aquí o llamaré a la policía!
Intentando reforzar mis palabras, saqué el móvil del bolso con mano temblorosa y pulsé la llamada de emergencia. Con pasos torpes, salí de la trayectoria de la luz y me hice a un lado. Desde allí casi no conseguía ver el sitio del conductor, sólo había sombras por todas partes.
Me puse el móvil en la oreja y esperé a que comunicase. Era cuestión de segundos.
En ese momento, los faros se apagaron de golpe.
Grité por la sorpresa y apreté el móvil con tanta fuerza en mi oído que entonces me acordé... ¡Cómo iba a comunicar si me había quedado sin batería hacía media hora!
Medio taquicárdica, fingí que el móvil estaba operativo y no lo aparté de mi oído, como un chaleco salvavidas.
La manos me temblaban por el miedo súbito y empezaron a sudarme de tal forma que me costaba aferrar el teléfono. Mientras tanto, nada en el coche parecía moverse. Ahora que podía ver con más claridad, no creí ver a nadie dentro.
Me acerqué, cautelosa, y me atreví a mirar.
No había nadie en los asientos delanteros, ni tampoco detrás. Parecía que acabásemos de bajarnos nosotras para entrar al hospital.
Estaba vacío.
Aquello parecía una broma. Una broma cruel con el único objetivo de darle un susto a alguien, sin pies ni cabeza.
Traté de respirar hondo una vez y me asomé a la parte del conductor.
La cerradura había sido forzada y la pintura había saltado alrededor de ella. Dentro, habían hecho un puente bajo el volante para poder controlar las luces. Pero, ¿Por qué no llevárselo? ¿Por qué molestarse y arriesgarse por una broma estúpida sin ningún beneficio?
En ese instante, mi barriga hizo el mayor ruido que había oído en mi vida. Me habría muerto de vergüenza, pero hacía rato que el miedo se le había adelantado.
Iba a abrir la guantera en busca de la documentación cuando me acordé de que mi padre la había sacado de allí la semana anterior. Nos dijo que ahora todos los papeles importantes los guardaría en la cómoda de la sala de estar, ¡Claro, menos mal!
Sentí un alivio inmenso al saber que por lo menos nuestra casa seguía en el anonimato.
- Que se lleven el coche si quieren, ¡yo me voy de aquí pero rápido!
A toda prisa, me incorporé y cerré la puerta del coche, sin pararme a pensar en lo inútil del asunto. Sujeté el bolso contra mí y me preparé para echar a correr, cuando tropecé con algo y caí al suelo.
Reconocí el agarre al instante.
Mi cabeza pareció girarse a cámara lenta. La grava puntiaguda desapareció bajo mis palmas y mis rodillas desnudas, el duro golpe contra el suelo dejó de dolerme; todo cuanto sentía pareció eclipsarse por el espanto con que distinguí una mano grande y pálida que se cerraba sobre mi tobillo.
