Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece, es obra de Hajime Isayama.
Primer encuentro.-
La primera vez que se habían visto no había sido en la mejor de las circunstancias. De hecho Eren, al principio, había creído que fue una mera coincidencia pero después, muchos años después, entendió que tal vez el destino le había enviado a su pequeño ángel personal.
Después de todo, las mejores cosas de la vida venían de maneras imprevistas.
—Eren, compórtate.
—No sé por qué no me dejaste en casa, estoy grande, ¿sabes?
—Porque esto es una emergencia, y tu mamá está dentro de la muralla María, no iba a dejarte solo, Eren—regañó Grisha, mientras cruzaba la reja de madera de la casa de los Arlert—Tienes sólo seis años.
—Por eso—contradijo el pequeño—, ya estoy grande, padre.
El medico sólo lo miró y negó lentamente con su cabeza, su hijo era muy terco. Cruzó a paso apresurado el pequeño camino de piedras que llegaba hasta la entrada de la casa. El jardín estaba lleno de diversas flores de distintos tipos, dándole un toque armonioso y tranquilo a todo el lugar.
Tocó la puerta y se aseguró que Eren estuviese a su lado, diciéndole con la mirada seria que no hiciese ninguna imprudencia. En cuestión de segundos, una menuda mujer rubia les abrió y miró con alivio al médico frente a ella.
—Doctor Yeager, muchas gracias por venir tan rápido—dijo, mientras los invitaba a pasar, en sus ojos azules se veía preocupación. A Eren se le hacían muy bonitos, no bonitos como los de su mamá, pero bonitos al fin y al cabo.
—Descuide, señora Arlert—contestó el hombre—¿Dónde está?
—En la habitación que está por aquí, sígame por favor—Su voz era delicada, como un suave murmullo. Con una mano le indicó la sala contigua y su amable mirada recayó en el pequeño castaño, sonrió levemente y le dijo: —Puedes quedarte aquí, pequeño. Toma una de las naranjas que están en la mesa si quieres.
Eren sólo asintió, un poco cohibido por la sonrisa de la mujer, era cariñosa, suponía que todas las mamás lo eran. Miró a su padre, el cual se perdía detrás de la puerta junto a la mujer rubia. Suspiró y miró todo el interior de la casa.
Se parecía mucho a la suya, sólo que había una cantidad exorbitante de libros, en cada rincón habían por lo menos apilados unos diez o quince. Todos viejos, y bien cuidados. Se acercó con cautela, mirando a la puerta por la cual habían desaparecido los dos adultos. Tomó el libro que estaba más próximo y lo abrió, tenía muchas ilustraciones de lo que al parecer era un cuento sobre las murallas. Comenzó a ojearlo, viendo embelesado cada imagen, después de todo no podía leer nada, aún no sabía.
Repentinamente sintió una mirada en su nuca, y dejó rápidamente el libro de donde lo había sacado y se volteó, encontrándose tan solo como lo estaba hace unos minutos atrás, o al menos eso le pareció hasta que vio un pequeño bulto sobre la escalera que llevaba al segundo piso del hogar. No había reparado en ello.
—¿Hola…?—llamó suavemente, pudo ver como el pequeño bulto de color azul se tensaba y se levantaba suavemente. ¿Se estaba escondiendo? Pudo ver un destello rubio, y comprendió que era la cabeza de lo que sea que estaba sobre las escaleras.
—Hola—respondió, su voz era suave, como la de la mujer que había desaparecido junto con su padre.
—¿Quién eres? —preguntó y se acercó a la escalera, viéndolo desde abajo.
—Armin.
—¿Armin? —volvió a cuestionar Eren, mientras ladeaba la cabeza.
—Sí, ese es mi nombre—contestó. Se había sentado en los escalones y abrazando sus piernas, encogiéndose lentamente. Seguramente ahí había estado todo el tiempo y Eren no se había dado cuenta.
—El mío es Eren—dijo mientras subía los escalones.
El cabello de Armin era tan rubio como el de la mujer de la sonrisa amable, sus ojos también eran azules, incluso más que los de ella pero estaban tristes y parecía que hubiese llorado hace no mucho.
—¿Por qué llorabas? —preguntó sentándose en el mismo escalón que él.
—Mi abuelo está enfermo.
Su rostro de hundió más en sus piernas, dejando únicamente sus ojos a la vista de Eren. Los cuales parecían volver a llenarse de lágrimas. Al castaño no le gustaba ver llorar a la gente, siempre le había provocado una sensación de incomodidad y además, también le daban ganas de llorar a él.
—Mi papá lo curará—dijo, con seguridad y agregó: — Ha curado a mucha gente, es el mejor doctor de las murallas.
—¿De verdad? —cuestionó el pequeño rubio, levantando su cabeza y mirando al moreno. Sus ojos brillaban con esperanza. Eren descubrió que los ojos de Armin eran bastante bonitos, igual o más bonitos que los de su mamá.
—Claro que sí—respondió, con una sonrisa— Así que no llores, Armin. Las niñas no deben llorar.
El rubio ladeó su cabeza, con la pregunta escrita en sus ojos azules.
—¿Niña?
—Ajá—asintió Eren. Su mamá siempre le había dicho que si alguna vez veía a una niña llorar, debía ayudarla. Y Armin era la primera niña que Eren veía, aunque su nombre fuese muy extraño para pertenecer a una.
—Eren…—comenzó el niño de ojos azules, incómodo y levemente sonrojado—…no soy una niña.
Ahora fue el turno del castaño de ladear su cabeza. ¿Armin no era una niña? ¡Pero si era muy bonita! Su voz era delicada como la de una y su cabello era largo, tenía que ser una niña. Además, podía jurar que era más pequeña que él, tenía todas las características que su mamá había dicho de las niñas, su mamá no mentiría.
—¿Seguro que no eres una niña? —pregunto, escéptico.
—Sí, Eren—respondió, sonriendo ligeramente—. Estoy seguro.
Al castaño le costó creerlo, sobre todo después de ver la suave sonrisa de Armin, su estómago se había sentido extraño. Pero esa sensación desapareció tan rápido como llegó, tal vez debería haber comido una de las naranjas que le ofreció la señora Arlert.
—¿Te gustan los libros, Eren? —preguntó el rubio, después de un largo silencio. Había vuelto a cunar su cabeza en sus brazos, pero ya no estaba tan triste como antes. De hecho, las ganas de llorar se habían ido desde que el niño de ojos verdes estaba a su lado.
—Sí, pero sólo puedo ver las imágenes—respondió, y agregó con un poco de vergüenza: —Aún no sé leer.
—¿No? —cuestionó, recibiendo un ligero asentimiento por parte del moreno. Una idea llegó a su cabeza y miró a Eren—Yo puedo enseñarte, si quieres.
El chico de cabellos castaños lo miró, sorprendido. Pensó en decirle que no, después de todo, no le gustaba deberle nada a nadie. Pero de verdad quería aprender a leer. Tal vez así su padre lo considerara lo suficientemente grande. Además, Armin le había caído bien. No era engreído como los otros niños que había conocido.
—Está bien—respondió, con un leve sonrojo acompañando su sonrisa. El rubio correspondió el gesto.
El sonido de la puerta llamó la atención de los niños que estaban en la escalera, Armin se paró inmediatamente y fue al encuentro de su madre y Grisha.
—¿Cómo está el abuelo? —preguntó.
Su madre sonrió levemente y se agachó a la altura de su hijo, acarició su cabeza y tomó uno de los largos mechones dorados, pasándolo por detrás de su oreja.
—Está mejor, cariño—respondió y miró al hombre frente a ellos—El doctor Yeager dijo que se recuperaría en un par de días.
Armin dejó salir el aire de sus pulmones, y sonrió con alegría. Eren tenía razón, su padre era el mejor médico de las murallas. Se giró y vio al niño, el cual le sonreía con orgullo, sabiendo que había tenido la razón.
—Muchas gracias, doctor—comentó la mujer, comenzando a buscar en los bolsillos de su delantal de cocina—Sé que tenía el dinero justo aquí.
El hombre negó con la cabeza y llamó a Eren, lo tomó de la mano y se dirigió a la puerta del hogar.
—No se preocupe, señora Arlert—dijo, mientras abría la puerta—Pero a Carla siempre le han gustado las rosas.
La mujer lo miró y sonrió dulcemente, con pequeñas lágrimas asomándose por la comisura de sus ojos. Tomó una de las tijeras del estante y salió junto con el doctor al jardín, donde cortó y armó un pequeño ramo de rosas. Se lo tendió al médico, agradeciéndole nuevamente por la visita.
Armin miraba todo desde el dintel de la puerta, sonriendo agradecido por la amabilidad del señor de cabello largo. Ellos no tenían mucho dinero, en realidad, nadie que viviese en el distrito de Shingashina lo tenía. Por eso el hecho de poder ahorrar era tan importante. Ahora entendía todas las cosas buenas que su madre solía decir del médico.
Eren vio a la lejanía al niño rubio, y se deshizo del agarre que su padre tenía en su mano. Grisha lo miró con una ceja alzaba, interrogante. Eren sólo le sonrió y corrió al encuentro de Armin, tenía que decirle algo.
—Eren—dijo el de ojos azules, una vez que el moreno llegó a su lado— ¿Qué suce…?
—Mañana—interrumpió el niño—Te vendré a buscar e iremos a un lugar secreto, ¿está bien? Para que me enseñes a leer.
Armin lo miró por un momento, para luego asentir enérgicamente con su cabeza, moviendo sus largos cabellos dorados.
—Bien—sonrió el moreno— ¡Nos vemos!
—¡Adiós! —respondió enérgicamente el rubio, mientras movía su mano.
Los dos adultos veían la escena con una sonrisa en los labios, al parecer sus dos hijos habían hecho su primer amigo.
