Bueno, antes que nada, muchísimas gracias por los reviews (Chika Black, Prongsaddicted, Eneida, Veraldine Hypperbone).

Lamento la demora, pero anduve con finales.

Paso a aclarar, para que no queden dudas, que esta es una serie de relatos breves que, si bien cuentan una misma historia, no guardan más relación entre sí que la recién mencionada.

Ya se habrán dado cuenta que este primer "capítulo" narra la inexperiencia de Lily en el amor, donde de los libros no puede aprender verdaderamente.

Ahora vamos con el segundo. Estaba escribiendo un relato más.. alegre, pero una serie de circunstancias (y una profunda necesidad de desahogarme) dieron vida a este capítulo. No estoy del todo conforme, pero me impulsa un..."algo" más allá de toda explicación.

¡Ah, ni el espacio ni los personajes me pertenecen!

Bueno, ahora sí.. ¡A leer!.

Huída

Estaba harta de ser maltratada. Boludeada. Harta de ser despreciada por los Slytherin y ser el blanco de las bromas de los Merodeadores. Pero, por sobre todas las cosas, estaba harta de huir. De esconderse.

De pequeña, en el vecindario era tratada de rara. Sus compañeros la atacaban verbalmente de forma constante y hasta los más grandes hacían uso de expresiones tales como "cuidado, no querrás parecerte a la más pequeña de los Evans".

Avergonzada, triste y deprimida, a los nueve años Lily se había cambiado del colegio en el que estaba para pasar al de Petunia, que quedaba un poco más lejos. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, la historia se repitió nuevamente. Parecía no poder escapar de su destino. Tan sólo contaba con una leve mejoría; su amiga Ashley. Gracias a ella pudo seguir adelante y continuar, aunque era inútil fingir que no le importaba lo que la gente pensase de ella.

Y luego, la carta de Hogwarts. Qué ilusa. Llegó a creer que todo el sufrimiento desaparecería, que ahora estaría con personas que la trataran de igual a igual. Que este nuevo colegio, "de Magia y Hechicería" era su recompensa.

Pero no fue así. Durante su primer año aprendió a no meterse con los de la casa verde, a menos de querer recibir unos cuantos maleficios e insultos a cambio. También soportó pacientemente las burlas de los populares -principalmente atletas- que la llamaban ratón de biblioteca, abuelita e incluso chupamedias Evans.

En segundo se agregaron las bromas de Potter, Black, Lupin y Pettigrew.

Nada parecía mejorar. Comenzó a interiorizar sus verdaderos sentimientos y a colocar un escudo ante cada burla. Comenzó a responder de manera mordaz y sarcástica. Comenzó a huir.

Esta huída no era como la de sus nueve años; no se cambió de colegio. Fue una huída, podría decirse, emocional. En las cartas a sus padres inventaba anécdotas y fingía que todo era maravilloso. A veces deseaba también poder ella creerse las mentiras, pero la realidad la golpeaba constantemente.

A pesar de no ser religiosa, Lily empezó a rezarle a todos los dioses habidos y por haber con el objetivo de entender y, sobre todo, poder llegar a pertenecer a algún lugar.

Quería, con toda su alma, creer que esta sensación -de angustia y soledad - era momentánea, pero ya llevaba viviendo así por más de 13 años. Quería también que sus preguntas (sus porqués) hallaran respuestas, aunque sabía de antemano que era una batalla perdida.

En las vacaciones, antes de regresar a Hogwarts para su quinto año, volvió a su casa y se encontró con que Ashley había hecho nuevos amigos. El distanciamiento era inevitable. La joven Evans terminó por comprobar que a veces el cariño no es suficiente, y así su soledad se hizo total.

Pero una noche, el príncipe azul (montado en su valiente corcel) fue a rescatarla de la gran torre en donde la malvada bruja la había escondido.

No, no fue tan así. No había príncipe, no había torre y definitivamente no había bruja. Bueno, según se viese.

La verdad fue que un día, a principios de séptimo, cuando la Gryffindor se encontraba observando las estrellas (siempre le habían gustado las estrellas y la paz que irradiaban) en la torre de Astronomía y las lágrimas comenzaban a aflorar de sus ojos, James Potter apareció (o sería más correcto decir salió de su capa de invisibilidad) y, contra cualquier pronóstico, tomó su mano y la apretó fuertemente.

Esa noche, Lily Evans comprendió que no se encontraba sola.

"La vida ya de por sí es demasiado triste, lo único que nos queda es reír". El próximo capítulo va para ti, Prongsaddicted ;)