DISCLAIMER: El mundo de Harry Potter y todos sus personajes pertenecen a J.K. Rowling. —Secuela de "10 razones para odiarla".


RAZÓN No 2 UNA SERPIENTE CON CORAZÓN DE LEÓN

Hermione observaba todas y cada una de las expresiones faciales de Draco, mientras acababa de contarle todos los pormenores acerca de su plan.

Había empezado por platicarle que recurrió a sus amigos para pedirles su ayuda y por consiguiente, tuvo que enterarlos de absolutamente toda la situación. También le comentó acerca de las conclusiones a las cuales llegaron los tres y cual según ellos, era la mejor de las opciones, terminando por decirle que al final tomaron la decisión de recurrir a Dumbledore después de todo, pues aunque en algún momento, ellos —Draco y Hermione— lo habían descartado, según Harry, aquello era lo más viable.

—¿Y bien? —la castaña buscaba los ojos de Draco, que hasta el momento habían estado puestos en cualquier punto, menos en ella— ¿Qué opinas?

El rubio levantó la vista por primera vez y la fijó en la chica que esperanzada, aguardaba por una respuesta afirmativa de su parte— Es… —hizo una pausa para respirar— arriesgado.

—Lo sé —dijo ella con pesar— pero es lo mejor que tenemos.

Se acercó al rubio nuevamente y tomó una de las manos entre las suyas.

—Sé que lo que te pido es muy complicado y que debes estar asustado porque yo también lo estoy y sé que temes que…

—Está bien —dijo él repentinamente, deteniendo a Hermione en su explicación de por qué debía aceptar.

—¿Qué dijiste? —preguntó confusa.

—Lo haré.

—¿Estás seguro?

Draco fijó sus ojos de mercurio en la chica que lo veía con incredulidad y le sonrió, —Hermione… —acarició su mejilla con la yema de los dedos— te lo dije una vez y te lo repito, —su voz sonaba tranquila y ella supo que trataba de infundirle seguridad aun cuando estuviera aterrado— quiero estar contigo y luchar juntos en esta guerra —unió su frente con la suya y cerrando sus ojos le transmitió todos sus sentimientos en un instante— quiero poder protegerte, aun cuando tenga que venderle mi alma a quien-tu-sabes.

El corazón de Hermione latió tan fuerte que pudo sentirlo en sus oídos.

Amaba a ese hombre, pero sobre todo, amaba aquello en lo que se había convertido. El Draco que conoció siempre fue arrogante y malcriado y se dedicó a hacerle la vida imposible a más de uno, pero el hombre que ahora tenía frente a ella era un ser distinto, capaz de amar y sacrificarse, un hombre con la valentía suficiente para sobreponerse a la adversidad y con la capacidad de reconocer sus debilidades.

El hombre frente a ella era valioso, era de aquellos que merecía la pena conservar, porque no tenía miedo de confesarse vulnerable y porque estaba dispuesto a arriesgar su propia vida por quienes amaba.

El hombre frente a ella era una serpiente con un valiente corazón de león.

—Habrá que ir a hablar con el anciano entonces —anunció Draco separándose de Hermione.

—En realidad —ella sonrió— ya lo hicimos y ahora solo falta que nos reunamos con él, para que te explique algunas cosas.

—Bien, —le brindó su mano— ¿Qué estamos esperando?


Dumbledore estaba contemplando a Fawkes, igual que en aquella ocasión que parecía tan lejana a esas alturas. Cerca del pensadero, un impasible Severus Snape permanecía de pie, sin mediar palabra y al parecer a la espera de lo que pudiera tener lugar. Todo parecía indicar que aquel hombre tendría participación directa en el asunto.

—Señor Malfoy —el anciano levantó sus ojos al rubio y lo miró a través de sus gafas de media luna— déjeme felicitarlo por la decisión que ha tomado. Con ella se salvarán muchas vidas.

Draco lo miraba sin soltar la mano de Hermione que aun cuando trataba de disimularlo, estaba nerviosa.

—Debe saber que no pretendo ser un héroe, ni nada parecido —dijo con evidente arrogancia— para eso está Potter.

Hermione puso los ojos en blanco.

—Eso nos queda claro a todos, señor Malfoy —dijo el anciano con elocuencia mientras el rubio dejó de sostenerle la mirada y empezó a inspeccionar la oficina— pero también sabemos de antemano que es una causa muy noble la que lo impulsa a hacerlo.

El rubio lo miró de nuevo sin contestarle.

—El amor es una fuerza que es más hermosa y más terrible que la muerte.

Draco intentó ignorar el comentario poniendo rostro de piedra pero algo en su interior se removió, haciendo que comprendiera que aunque el riesgo era bastante grande, valía la pena correrlo por ella.

Cuando cayó en la cuenta de que todos lo observaban, carraspeó y habló por fin —Entonces, ¿Qué es lo primero que debo hacer?

Dumbledore se levantó de la silla de su escritorio para acercarse un poco más a los chicos cuyas manos frías y sudorosas, seguían unidas.

—Severus —posó sus ojos en el hombre de la túnica negra— ¿Nos haces el honor?

El profesor que hasta el momento no había dicho nada, dirigió su mirada a los chicos y alejándose a paso firme del pensadero procedió a atender el pedido del director.

—Lo primero será que aceptes la marca —dijo y Hermione pudo notar que su voz carecía de emoción y preocupación, aun cuando había pensado que tal vez por ser el padrino de Draco, mostraría algún interés en el asunto.

—Eso es evidente —dijo el rubio con ansiedad, pues la presión estaba mancillando su cordura— lo que quiero saber es ¿Qué sucederá después de que la haya aceptado?

—Después de eso, se convertirá oficialmente en un miembro encubierto de la Orden del Fénix —respondió Dumbledore con la tranquilidad que lo caracterizaba.

—Supongo que la señorita Granger ya te ha explicado con detenimiento el plan —dijo Snape haciendo énfasis en el apellido de Hermione— y sin embargo, hay cosas que aún debemos acordar.

—¿Cómo cuáles? —intervino Hermione por primera vez, ganándose una mirada envenenada del profesor.

—Eso lo hablaremos el señor Malfoy y yo en su momento.

—Tonterías Severus —intervino Dumbledore— la señorita Granger puede saberlo todo, al fin y al cabo —volvió su mirada a Draco— ella es la artífice de que el señor Malfoy haya aceptado unirse a la Orden.

Snape volvió a mirar a Hermione de la misma manera que antes y a pesar de su evidente intención de hacerlo, no renegó de la indicación de Dumbledore.

—Tendrás que perfeccionar tus habilidades en oclumancia, además de que deberás volverte un experto en legeremancia, —empezó Snape— tú y yo entrenaremos a diario y no aceptaré ninguna excusa, —dirigió su mirada a Hermione— dejarás el equipo de Quidditch si es necesario y desde ahora te convertirás en el mejor de los espías, quieras o no —hizo énfasis en lo último— ¿Has entendido?

Draco asintió.

—Dije —enfatizó vocalizando cada sílaba con cuidado— ¿Has entendido?

—Lo he entendido —contestó Draco con algo de fastidio por la actitud de Snape.

—Bien —agregó Dumbledore juntando sus dos manos— habrá que empezar entonces.

Todos se movieron excepto Draco que seguía pensativo en su lugar.

—¿Ocurre algo? —preguntó el anciano director.

—Aún no hemos hablado de la primera misión que me será encomendada —habló sin mirar el rostro de ninguno— no creo que pueda negarme y en todo caso tampoco soy un asesino.

—Ya hablaremos de eso en otra ocasión —contestó Dumbledore restándole relevancia— ahora hay cosas más importantes que atender.

—¿Cosas más importantes? —el rubio levantó su rostro y miró fijamente al anciano— ¿Me está diciendo que no le preocupa saber que posiblemente va a tener que morir?

El director volvió a aproximarse a su escritorio y de nuevo acarició la cabeza de su ave fénix con parsimonia.

—Para una mente bien preparada señor Malfoy —levantó su rostro hacia él— la muerte es solo la siguiente gran aventura.


—¿Y bien? —Harry y Ron habían esperado impacientemente a Hermione en la Sala de Menesteres para que les dijera lo que había sucedido en su reunión con Malfoy.

—Aceptó —contestó ella dejándose caer en el sillón de cuero negro— ahora mismo debe estar entrenando con Snape.

—No lo envidio en lo absoluto —agregó el moreno— los métodos poco ortodoxos de Snape son agotadores.

Se sentó al lado de su amiga, que apoyó la cabeza en su hombro suspirando pesadamente.

—¿Y aceptó así sin más? —Ron parecía incrédulo, pero la mirada de Hermione le contestó por si sola— ¡Vaya! Debo admitir que el hurón es más valiente de lo que creí —dijo acomodándose al otro lado de la castaña.

Ella los tomó a ambos de la mano y suspiro de nuevo.

—Esperemos que esto sea lo correcto.


El campo de Quidditch estaba totalmente nublado por la fuerte tormenta que había empezado horas atrás. Los relámpagos y rayos, sumados a los arroyos que ya empezaban a formarse habían hecho imposible que la práctica de aquel día tuviera lugar.

Hermione estaba recostada en el hombro de Draco que contemplaba en silencio la escena.

—Lo vamos a lograr Draco —la voz de la chica era suave, como un paño de agua tibia sobre su cuerpo adolorido luego de un partido difícil.

Draco apartó la mirada del campo y la instó a levantar el rostro para poder contemplar esos ojos que eran los únicos capaces de devolverle la paz.

—¡Concéntrate, maldita sea! —pronunció la castaña y de inmediato la imagen de su rostro y de aquel lugar se distorsionó para devolverlo a la realidad del lúgubre despacho de Severus Snape.

Las gotas de sudor corrían por el rostro y la espalda del rubio, dado el cansancio físico y mental que estaba sintiendo en ese momento. Ya había perdido la cuenta de las horas que llevaba practicando las artes de la mente y aun cuando era bueno en ellas, de vez en cuando perdía totalmente la concentración.

—Si no logramos que seas un experto, todo este asunto se irá al diablo.

—¿Podríamos descansar un poco? —preguntó respirando con dificultad.

—Por supuesto —contestó Snape con sarcasmo— si quieres de paso invitamos al Señor Oscuro a cenar y le servimos a Potter amarrado, con una manzana en la boca y sobre una bandeja de plata.

Draco puso los ojos en blanco por la falta de tacto de su padrino.

—Sabías a que te estabas sometiendo cuando aceptaste —le dio la espalda— ahora no vengas con lloriqueos y concéntrate —se volvió hacia él— ¡Legeremens!

Draco respiró profundo y se preparó para enfrentar la nueva invasión de Snape a su mente, logrando con destreza ponerla totalmente en blanco. Él no estaba lloriqueando y menos retractándose de la decisión que había tomado. Había llegado la hora de mostrarle a Severus Snape de lo que estaba hecho.

Con destreza le devolvió el hechizo y en cuestión de segundos la pared blanquecina en la que había logrado transformar su mente, conjuró una imagen diferente y la cual no pudo reconocer: Dos niños, una niña de unos 11 años y un niño tal vez de 12 o 13, estaban recostados sobre la hierba debajo de un enorme roble, cuyas hojas caían como una lluvia marrón a causa del viento.

La niña tenía el cabello rojizo y la nariz cubierta de pecas. Sus ojos verdes despedían luz y sonreían igual que sus labios, mientras contemplaba maravillada, la danza de las hojas secas a su alrededor. El niño sin embargo, era todo lo opuesto. Tenía los ojos oscuros y el cabello negro pero sus labios también sonreían aunque aquello sucedía cada vez que echaba fugaces vistazos a su acompañante.

Draco tardó en comprenderlo pero el chico de aquella visión era Snape y no dejaba de preguntarse quién era la niña que estaba allí con él.

—Ya fue suficiente por hoy —la voz del profesor lo trajo de vuelta— te veré mañana a la misma hora.

Pero el rubio no se movió de su lugar como esperando por una explicación. Una que claramente Snape no pensaba darle.

—¿Quién era ella? —le preguntó por fin, porque Draco Malfoy era el único que se atrevía a semejante empresa con aquel profesor.

—Eso no es de tu incumbencia —contestó tajante— preocúpate por mejorar.

—Pero ya has visto que soy bueno —dijo el rubio levantándose de su lugar.

—Con el Señor Tenebroso, ser bueno no es suficiente y no quiero que tu exceso de confianza termine por matarnos a todos.

Lo miró de manera despectiva.

—Ahora márchate.

Draco no tuvo más remedio que atender aquello y salió del despacho del profesor aún con la imagen de la niña de cabello rojo y ojos verdes en su mente, preguntándose quién podía ser aquella que alguna vez había sacado una sonrisa de los labios del solitario Severus Snape.


El entrenamiento del equipo de Slytherin debió ser suspendido a causa de los potentes rayos que surcaban el cielo —igual que en la visión que había tenido en el despacho de Snape—, los cuales parecían anunciar que se avecinaba algo oscuro. Draco, aun con su uniforme puesto permanecía sentado con la mirada perdida, sintiendo como se le erizaba la piel aunque sabía bien que no era a causa del frío.

Sus pensamientos vagaban como un tren sin rumbo fijo, tratando de recordar las lecciones que le había dado Snape y la manera cómo debía empezar a comportarse una vez tuviera la marca en su antebrazo.

Tenía miedo.

Pero era su especialidad el no mostrar sus emociones al exterior.

Hermione era la única que había podido traspasar esa barrera y la única que conocía cuales eran verdaderamente sus sentimientos. Ante el resto del mundo, seguía siendo un arrogante y déspota sangre pura que tenía la potestad de pisotear a cualquiera que se interpusiera en su camino, en el instante en que le diera la gana y sin más justificación que el hecho de ser el hijo de Lucius Malfoy y por consiguiente uno de los sagrados veintiocho.

Ese era el supuesto privilegio o a sus ojos, la mayor condena que había heredado por nacer en la cuna en que lo hizo.

La oscuridad del cielo empezaba a turbarlo porque le recordaba que pronto su vida entraría en un periodo de tormentas constante, en el cual debía estar alerta día y noche para saber que decir y a quien decírselo, sin correr el peligro de ser descubierto. Ahora era un espía, una moneda de doble cara, un arma de doble filo que debía ser luz y oscuridad al mismo tiempo, sin llegar a perderse en el intento.

¿Sería capaz de conseguirlo?

Esperaba que si porque de lo contrario, todo aquello que conocía, todo por lo que había luchado, todo eso se iría al infierno y haría que él mismo se perdiera en el limbo, sin posibilidades de regresar.

—¿Contando las gotas de lluvia? —una mano sobre su hombro le mostró que ya no estaba solo.

Theodore Nott, también vestido con su uniforme de Quidditch se hizo un lugar a su lado.

—¿O debería decir las horas? —descargó su bate en el suelo— Te convocaron ¿Verdad?

Draco le dirigió una mirada significativa —Igual que a ti —afirmó.

—Sabía que pasaría tarde o temprano —dijo el recién llegado con naturalidad, extrayendo de su bolsa, una caja de grajeas de Bertie Bott que luego le tendió. Draco extrajo una de color rojo que mantuvo en su mano.

—¿Qué piensas hacer al respecto?

—Creo que no hay mucho que pueda hacer —contestó Theo, introduciendo una en su boca al tiempo que hacía una mueca de desagrado— ¡Que asco! Siempre tengo mala suerte con estas cosas.

—¿Por qué no la desechaste? —Draco vio con asombro como su amigo siguió masticando la gragea hasta tragarla por fin.

—Porque es lo mismo que la vida —dijo tomando otra de color amarillo— puede saberte a moco y aun así hay que tragarla y continuar adelante, —la introdujo en su boca— a ver que otros sabores te ofrece —la saboreó— Mmmmm banana, mi favorito.

El rubio se quedó pensativo un segundo, contemplando la metáfora de su amigo que parecía haber asumido con madurez el destino al que se enfrentaría. Nada parecido a lo que había hecho él en cuanto lo supo.

—Solo velo de esta manera Draco —dijo centrando en él la atención del rubio— si voy a convertirme en un mortífago y he de morir por ello, por lo menos me queda la certeza de que jamás cambiarán mis convicciones.

—¿Sabes lo contradictorio de lo que dices? —observó Malfoy.

—Yo no lo veo de esa manera, es más, es bastante simple si te fijas —sonrió— podrán transformar mis manos y mi cuerpo en los de un asesino, podrán tatuarme la prueba de ello en la piel, pero no conseguirán transformar mi alma, no ahora que ella es la dueña.

—¿Te refieres a Lunática? —Theo lo miró despectivamente pero Draco hizo caso omiso de los ojos azules de su amigo —¿Ella está de acuerdo con eso?

—No exactamente, pero sabe que no es algo de lo que pueda librarme fácilmente y le he prometido que me esforzaré por hacer lo correcto, además morir también es una opción viable —suspiró— ¿Qué te digo hombre? ella es la gragea más dulce que pude encontrar entre los sabores de mierda que han pasado por mi camino.

Draco comprendió a que se refería e introduciendo en su boca la gragea que ya casi perdía color en su mano, la saboreó para descubrir su agradable sabor a cereza.

Igual que ella en su vida.

Después de todo, Hermione también era su gragea dulce.


Hola

Me ha costado algo de trabajo escribir este capítulo que llevaba días tratando de terminar, pero como verán, me la he pasado de reto en reto, aunque me siento victoriosa porque por fin lo he logrado.

Quiero aprovechar para saludar a Luna KM, Mutemuia, Adrmil, Bliu Liz, TonksVioleta y a Guest... Gracias por sus comentarios.

¡Enjoy!

Gizz.