DE VUELTA A CASA

James Potter era el hijo único de una antigua familia de magos. Era un chico alto – aunque había dado el estirón ese mismo verano – y con el pelo de un color negro intenso que nunca peinaba. Su piel era clara, aunque no tanto como para parecer que estaba enfermo. En ese momento, James Potter masajeaba sus ojos, del color del chocolate, pasando los dedos bajo los cristales de sus gafas, porque era miope, muy miope, o "cegato", como prefería llamarlo Sirius. El muchacho se revolvió de nuevo en su asiento, junto a la ventana, y observó el bucólico paisaje que había al otro lado del cristal.

Como todos los años, el viaje de camino a Hogwarts era uno de los días más emocionantes de su vida. La alegría de volver a ver a sus amigos después de un largo verano solo se unía al deseo ardiente de retomar sus travesuras y aventuras, tanto nocturnas como diurnas. Después de haber pasado cuatro años en el antiguo castillo, lo conocían como la palma de su mano, lo conocían tan bien como si fuese su propia casa, de modo que no tenían ningún problema en aparecer y desaparecer por largos y oscuros pasillos, en ir a por comida a las cocinas, en aprovechar estas escapadas para planear y llevar a cabo bromas contra los sucios slytherin, o contra todo aquel que hubiese tenido la poca sensatez de enfrentarse o reírse de ellos.

James recordaba en ese momento una broma en especial. El año anterior, el capitán del equipo de quidditch de Ravenclaw, un corpulento chico de séptimo, tuvo la mala idea de intentar desmoralizar a James, que era buscador desde segundo curso. Durante las dos semanas previas al partido entre Gryffindor y Ravenclaw, John Blumer y sus amigos se habían dedicado a reírse de James y a hacer bromas sobre sus gafas y su miopía. Por supuesto, John Blumer aprovechaba que era cuatro años mayor que James, pero no lo conocía, porque de lo contrario no se habría reído del chico de mirada traviesa. A James le costó mucho convencer a Sirius de que lo mejor no era partirle la cara a "ese mierda", como su amigo se refería a él.

"La venganza se sirve en plato frío".

La noche anterior al partido, James y Sirius se deslizaron bajo la capa de invisibilidad – que había pertenecido durante generaciones a la familia del primero – hasta la Sala Común de Ravenclaw, aprovechando para entrar detrás de unas chicas que reían y hablaban sobre las clases. Tuvieron que esperar, agazapados en una esquina de la habitación, hasta que todos se fueron a dormir. Después, buscaron el dormitorio del "inepto de John Blumer" y cogieron su uniforme del equipo de quidditch. Al día siguiente todo Hogwarts no paraba de reírse. Blumer se había despertado temprano y, cuando fue a ponerse el uniforme, se lo encontró lleno de excrementos, no sabemos de qué animal exactamente. El capitán de Ravenclaw intentó por todos los medios suspender el partido, pero fue imposible. Intentó que algún profesor o los elfos limpiasen el uniforme, pero quien quiera que hubiese puesto allí los excrementos se había asegurado de que fuese difícil limpiarlo. Según le dijo el profesor Flitwick, era un encantamiento programado, es decir, no podría deshacerse hasta que no pasasen un mínimo de horas. El pobre de John Blumer tuvo que salir al campo de juego cubierto de mierda, no sin antes escuchar las burlas de James Potter y Sirius Black.

- ¡Habéis sido vosotros! – Blumer intentó alcanzar a James y Sirius, que corrían por el Gran Comedor riendo cada vez más alto.

- ¡Qué asco, Blumer! – Gritaba James – ¡No sabía que te gustaba jugar cubierto de mierda!

- ¡Potter! ¡Te juro que te arrepentirás!

Blumer tuvo que salir así a jugar, tuvo que aguantar las burlas de James y Sirius el resto del curso, pero nunca llegó a cumplir su juramento. Es decir, que James y Sirius no se arrepintieron. Es más, fue justo en ese momento cuando todo el colegio se percató de lo peligroso que podía ser meterse con esos dos. Fue justo en ese momento cuando se percataron de que no había lugar ni persona a la que no pudiesen llegar, si se lo proponían. Remus les había regañado y estuvo enfadado con ellos dos semanas, pero al fin y al cabo eran sus amigos. Peter, por otro lado, comenzó a mirarlos con más admiración, si eso era posible. Sirius bromeaba de vez en cuando y le decía que "por mucho que quieras, no me casaré contigo Pitt". Peter reía las ocurrencias de sus amigos, no captaba el tono socarrón y malicioso que a veces sonaba en la voz de Sirius.

- ¡JAMES!

James salió de su ensimismamiento y miró a su amigo Sirius, que acababa de llegar de nuevo al compartimento. Había salido a comprar dulces a la señora del carrito.

- Te he traído ranas de chocolate. – Sirius se tiró en su asiento, frente a James. - ¡Eh! ¿Qué te pasa?

- ¿Y Pitt? – Preguntó James distraído.

- Ha ido al compartimento de Charles Bennet. – James lo miró con cara de "¿y Bennet es…?" – Ya sabes, ese chico de Hufflepuff que se sentaba con él en Herbología el año pasado. – James asintió, aunque no tenía ni idea de quien era ese tal Charles Bennet, pero claro, tampoco es que le importase. - ¿Qué te pasa Jamie? Estás muy serio.

- Estoy preocupado. – Contestó James sin apartar la vista del paisaje agreste y otoñal que atravesaban. - ¿Qué tal están las cosas con tu familia? – James miró a Sirius directamente a los ojos, grises y vivos.

- Mal. – El semblante de Sirius también se tornó serio. – La relación con mis padres está tensa. – La mirada del chico se posó también en el paisaje exterior.

- ¿Crees que lo que le oí decir a mi padre es cierto?

- Puede ser. No tengo la menor idea.

James y Sirius se quedaron hipnotizados mirando los campos y granjas por los que pasaban. El cielo se había vuelto mucho más oscuro y las luces del tren se habían encendido. Eso quería decir que estaban a unas dos horas de llegar a Hogsmeade. Peter y Remus tardaron en aparecer de nuevo en el compartimento. Peter llegó antes y los tres chicos se dedicaron a comer dulces y a hablar de sus vacaciones hasta que su compañero, Lupin, irrumpió en el compartimento que ocupaban. Miró a James y a Sirius con los ojos entrecerrados y furiosos. Era fácil adivinar que su amiguita Evans había corrido a chivarse.

- ¿Qué ha pasado con Lily? – Preguntó Remus sentándose junto a Sirius.

- ¿Qué ha pasado? – Sirius sonrió encogiéndose de hombros.

- Si creéis que es gracioso enemistaros con una Prefecta abiertamente es que sois más tontos de lo que creía. – Contestó Remus cruzándose de brazos.

- Ha sido una broma inocente, Remus. Pensábamos que sería gracioso. – James sonrió socarronamente. – No le hemos hecho nada a tu novia.

- ¡No digas tonterías James! – Remus le tiró una gragea amarillenta a la cabeza. El chico susurró un "au" frotándose el lugar donde la dura golosina había impactado. – Dejad de comportaros como niños pequeños. ¡Os vais a meter en un buen lío!

- ¿Estás diciéndonos que Lily Evans es tan valiente como para enfrentarse a nosotros, castigarnos y no temer las consecuencias? – Sirius sonreía de oreja a oreja.

- Pues sí, eso es lo que estoy diciendo. Yo os he advertido. No pienso rogarle a Lily que os perdone, que no os castigue o que no os haga caso. Ya sois mayorcitos. – Remus se echó para atrás en su asiento y se puso a leer un libro enorme con la cubierta de piel.

- Tranquilo Lunático. Aunque seas nuestro Mejor-Amigo-Prefecto, no sacaremos provecho de esa situación. – James se llevó las manos a la nuca y se estiró en su asiento, totalmente despreocupado – Pitt, ¿me pasas una varita de regaliz?

Peter le pasó a su amigo la golosina y, después, comenzó a hablarles de unos nuevos caramelos que, según Charles Bennet, habían llegado a Zonko ese verano y que hinchaban como un globo a aquel que los comía. Todos, excepto Remus, rieron, ansiosos por comprar y probar en algún pobre incauto los nuevos caramelos. Pero no pudieron seguir planeando sus próximas fechorías porque el tren fue decelerando hasta frenar por completo.

James miró por la ventanilla mientras terminaba de ponerse la túnica. Hogsmeade estaba tan precioso como lo dejó hace unos dos meses. James Potter adoraba andar por aquellas callejuelas frías y húmedas. Sobre todo le gustaba visitar el pequeño pueblo en invierno, cuando todo estaba cubierto de nieve y los coros navideños cantaban por las calles. Cuando podía ir con sus amigos a tomar una cerveza de mantequilla a Las Tres Escobas y sentía un reconfortante calor recorrerle el cuerpo hasta las puntas de los dedos de los pies.

- ¡Sirius!

James se giró. Su amigo Sirius intentaba montar sobre la espalda de Peter mientras este manoteaba para apartarlo de él, sin obtener resultado alguno, todo sea dicho de paso.

- ¿Os podéis estar quietos? ¡Vais a tirar todos mis libros! – Gritaba Remus actuando como escudo protector entre sus libros y Sirius, que saltaba como loco en el pequeño compartimento.

James sonrió mirando con afecto a sus tres amigos. ¿Qué más daban ahora las preocupaciones? Ya tendrían tiempo de pensar en otra cosa que no fuese divertirse otro año más en Hogwarts.

Cuando bajaron del tren se dirigieron a los carruajes que los conducirían hacia el colegio. Como Sirius y Remus habían estado discutiendo después de que Sirius terminase por tirar al suelo todos los libros de Remus, se habían retrasado mucho. Remus no hacía más que decirles que ahora tendrían que ir andando hasta el castillo. James esperaba que eso no fuera cierto, porque tenía muchísima hambre y estaba cansado para andar tanto.

Por fin llegaron al lugar desde donde partían los carruajes. Había uno allí, parado, esperando a llenarse. Sólo había una persona sentada, leyendo. James sonrió y le dio un empujón a Sirius en el hombro, señalando con la cabeza a la persona con la que compartirían trayecto.

Efectivamente, era Lily Evans.

James saltó al carruaje antes de que Remus pudiese darse cuenta siquiera de lo que estaba sucediendo. Sirius siguió ágilmente a su amigo. El pelo largo le cubrió la cara y se lo apartó mirando a la pelirroja con superioridad. Eran bastante más altos que ella, pero si además ella estaba sentada la diferencia era abismal.

- ¿Qué lees? – James le quitó el libro de las manos en el mismo momento que Lily había levantado la vista para mirar a sus nuevos acompañantes, de modo que apenas tuvo tiempo para reaccionar.

- ¡Eh! ¡Devuélveme el libro! – Lily recuperó su libro con facilidad. James no quería incordiarla demasiado, al menos de momento, ya tendría tiempo de ello.

Ambos se sentaron frente a ella, seguidos por Remus y Peter. Remus fulminó a sus dos amigos con la mirada, como preguntándoles: "¿No podéis parar de hacer el idiota? Podéis ser idiotas en la intimidad". Lupin tomó asiento junto a Lily.

- ¿Qué haces aquí sola? – Le preguntó con curiosidad.

A James también le había extrañado verla sola. Evans no tenía un gran grupo de amigos y amigas, pero siempre iba con alguien.

- Me he quedado a ayudar a unas chicas de segundo y a controlar a unos brutos que estaban en la fila. – Cuando dijo la palabra "brutos" su mirada se dirigió instintivamente hacia James y Sirius, consiguiendo arrancarles una sonrisa satisfecha. – Le he dicho a Severus que se fuese, él no es Prefecto y no tiene por qué sufrir las consecuencias. – Lily sonrió "encantadoramente".

James conocía esa sonrisa. Era la sonrisa con la que encandilaba a su amigo Remus, con la que encandilaba a los profesores y a toda la gente que tenía a su alrededor. "La dulce y encantadora Lily Evans", pensaban todos. ¡JA! Menos mal que él no se tragaba nada de eso. No podía ser tan buena si su mejor amigo era ese apestoso de Snivellus…

- ¿Cuándo te casas con Quejicus, Evans? – James sonrió. La miraba apoyando la cabeza sobre la mano derecha. – Tendréis unos hijos preciosos.

El chico soltó un suspiro y parpadeó rápidamente, aleteando con las pestañas. Sirius y Peter no pudieron evitar reír por lo bajo, aunque evidentemente Lily los estaba viendo y escuchando.

- Tranquilo Potter, te invitaré a mi boda. – Lily le sonreía, era una de esas sonrisas postizas y socarronas. – Tú no podrás invitarme a la tuya, ¡porque no hay quien te soporte!

- Tu amiga Eveline no opina lo mismo. – James sonrió con superioridad.

- Eveline no es mi amiga. Y si eso es a lo que aspiras, desde luego, no habla muy bien de ti, aunque no esperaba nada mejor. Entre los dos quizás juntéis medio cerebro, eso debe ser mucho para vosotros. – Lily seguía calmada, y eso exasperaba a James. Porque sí. Porque él era el que hacía perder los nervios a los demás, y no al revés.

- Evans…

- ¡James! – Remus miraba a su amigo con ese gesto de "para, por favor".

A James le hubiese gustado seguir pinchando a Lily Evans, pero sabía que si lo hacía Remus se enfadaría con él y no quería que eso sucediese. Remus siempre sabía dónde estaban los límites y si él consideraba que ya era hora de zanjar el tema, no sería James quien le llevase la contraria.

James cerró la boca con un gesto de furia contenida, pero lo peor, sin duda, fue ver la cara de satisfacción dibujada en la cara de Lily Evans. ¿Quién se creía la chica esa que era? ¡Si hasta el año pasado apenas hablaba!, a no ser que fuese para contestar alguna pregunta en clase, claro, ¿y ahora venía dándose aires de grandeza? Pues James Potter estaba dispuesto a bajarle los humos.

Cuando llegaron al castillo se dirigieron al Gran Comedor, donde todos los alumnos esperaron, impacientes, a que terminase la Ceremonia de Selección. Lily había ido a sentarse junto a una de sus compañeras de dormitorio, Annie. No es que fuesen las mejores amigas del mundo, al menos no como lo eran ellos cuatro, pero se llevaban bien y tenían muchas cosas en común, asistían al mismo Club de Pociones, según le había contado Eveline. James, Sirius, Remus y Peter se habían sentado unos dos metros más atrás.

Tras la Selección, Dumbledore dio su acostumbrado discurso en el que recordaba a los alumnos que "estaba prohibido ir al Bosque, porque era peligroso", que "el señor Filch había pedido que les recordase que no se admitían artículos de broma que explotasen o causasen enfermedades" y, por último les deseaba a todos un feliz y provechoso curso. Acto seguido, el profesor de plateado cabello dio dos sonoras palmadas en el aire, sobre su cabeza, y las cuatro mesas: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin, vieron sus bandejas de oro y plata a rebosar de comida.

James miraba a Lily Evans. Su rostro triunfal no se le iba de la mente. Vio como la chica saludaba hacia la mesa de Slytherin, a su amigo Snape. James se dio cuenta de que Snape sonrió a la chica y de que, un segundo después, le miró a él con desprecio. Lily también debió verlo, porque se giró para ver hacia donde miraba Severus Snape. El chico no tuvo otra ocurrencia que abrir la boca y sacar la lengua, enseñándole a Lily las patatas con carne que se encontraba masticando. James esperaba que la pelirroja se horrorizase y apartase la mirada, pero en lugar de eso, Lily le dedicó el mismo gesto, mostrándole la tarta de melaza que comía en ese momento.

El chico sonrió de oreja a oreja.