Notas, capítulo 02
-Ve... fratello, ¿estás bien?
El menor de los Vargas miraba con intensidad y preocupación a su hermano mayor, medio borracho, colorado y dispuesto a quedarse en el sofá por el resto de la eternidad, aunque aquella fuera la casa de Ludwig. Sí, por no soportar a ese alegre fantasma, estaba dispuesto a irse a la casa del tipo que más odiaba en el mundo, pero su actitud reacia a colaborar o a explicar qué le pasó, hacía que el propietario del piso comenzara a lanzar indirectas sobre lo bien que estaría en cualquier otro sitio.
-Ssssto beeeene... -siseó Lovino, sin darse cuenta de que arrastraba las sílabas, golpeando la botella de vino que había tenido pegada a sus labios contra la mesa-. Solo è uno stupido... -rió histéricamente, metiendo la mano en su bolsillo, donde tenía impreso en un papel arrugado el mail que le envió. ¿Por qué impreso? No lo sabía, pero había tenido la necesidad de hacerlo, como para poder tener una prueba para mostrarle al mundo de que un estúpido fantasma le estaba persiguiendo y que quería ser su amigo. De repente se puso en pie, enloquecido-. Che cazzo! ¿Por qué a mí...? -se puso a gimotear patéticamente a causa de su estado, frotándose los ojos con las mangas de su chaqueta con suficiente fuerza como para enrojecer sus contornos, mientras su hermano trataba de consolarlo desesperadamente.
Ludwig, que había estado observando la escena desde la puerta del salón, medio escondido, sacó su teléfono y marcó un número, indicando la dirección de su casa. A pesar de su rectitud, el sentimiento de odio era mútuo, así que si podía deshacerse de Lovino aunque fuera de aquella manera, se daría por servido. Lo malo era que cuando Ludwig le contó sus planes a Feliciano en su mmento, éste se había negado en rotundo. "¡Lovino me necesita, debo estar con él!". Ludwig pensó que un hombre de veintitrés años no tenía por qué tener a su hermano pequeño pegado y protegiéndole por cosas que ni quería contar...
-Feliciano, les he llamado ya -dijo el alemán desde su rincón, mirando a los ojos al pequeño italiano. Al principio no entendió a lo que se refería, pero en cuanto lo hizo pegó un chillido que hizo callar a Lovino de una vez.
-¡V-Veee! ¡Fratello, Lud ha llamado para que vengan a recogerte! -le agarró de las solapas de su chaqueta, tirando de él al tiempo que la borrachera iba disipándose del mayor y el rojo de alcohol de sus mejillas se convertía en otro de enojo.
-¡Maldito macho patatas! ¡¿Cómo te atreves a... a hacer eso... y echarme de aquí! -espetó el furioso italiano, y entonces miró a Feliciano con el ceño fruncido-. ¿A quién llamó...?
-Ve... Al hospital. Cree que tienes problemas mentales... -susurró Feliciano, aferrado aún a su chaqueta. Ludwig, desde su punto estratégicamente seguro se golpeó la frente con la mano. No debería haberle contado sus planes a ese bocazas y se hizo una nota mental de nunca más hacerlo.
Lovino encolerizó y le lanzó un cojín con todas sus fuerzas al rubio engominado, que simplemente, se apartó de la trayectoria del proyectil.
-¡Maldito seas dos veces! ¡¿Yo loco? ¡Tú eres el loco que... que sólo come salchichas y patatas y no eres capaz de follar con mi hermano más que cinco minutos a las diez en punto de la noche cada día! -se hizo el silencio y todos los presentes en la sala, incluído Gilbert que acababa de llegar de la calle, enrojecieron-. ¡E-estás enfermo! -gimoteó el italiano al igual que su hermano, que lo hacía por la vergüenza de que hubiera contado su secreto a voces.
-Igual de bocazas los dos... -susurró el rubio con un tic nervioso en el ojo, acomodándose nerviosamente el cabello.
Gilbert aprovechó el silencio que se había creado, totalmente inmune a la tensión que se respiraba, para darle dos fuertes palmadas al Vargas mayor en el hombro.
-¡Ey, Lovino! ¿Aún por aquí? Pensé que mi hermano te habría echado ya por ser un incordio, kesesese~ -exclamó él, con su habitual sonrisa socarrona-. Por cierto, has engordado, ¿no?
Lovino parpadeó un par de veces, incrédulo y las mejillas brillando de lo rojas que se pusieron.
-¡C-CHIGIIIIIIIIIIIIIII!
Después de montar tal escenita en casa del alemán, Lovino decidió marcharse de una vez (antes de que la ambulancia llegara para llevárselo y declararan que estaba loco de remate), pero a decir verdad, estaba aterrado de volver a su casa. ¿Estaría el fantasma aún ahí? Dios, qué repelús le daba el pensar que ese pervertido hubiera estado espiándole hasta en sus peores momentos (no los íntimos, los peores), los cuales ni quería recordar o terminaría chillando de agonía.
Al llegar a la puerta se quedó unos minutos en silencio, observándola. Era roja y robusta, tal como cuando su hermano y él la compraron, y ahora que miraba detenidamente... sí, aquella casa, a pesar de todas las reformas que se le hicieron, era bastante antigua.
-Cincuenta años... -murmuró, y tras unos minutos de estar ahí parado meditando, sacó el mail de su bolsillo, estirándolo para quitarle las arrugas y releyéndolo por enésima vez, ya sabiéndoselo de memoria.
"Lovi, no quería asustarte... Es solamente que no puedes verme porque no crees. Eso y que morí hace 50 años ya. Sin embargo, sigo por aquí, supongo que debo ser un fantasma.
No te quiero hacer ningún mal, de hecho, ¿qué mal puedo hacerte? Salvo desordenarte la casa o quemarte el desayuno, pero no quiero hacerlo. Me gustaría que fuésemos amigos, pero en ningún momento te quise hacer sentir como si fuera un acosador. Es que no tengo mucho más que hacer, ¿sabes? Salvo estar cada día aquí, viéndote, sin poder charlar contigo.
¡Pero por eso mismo he comenzado a escribirte y manifestarme más ahora! Empecé con las notitas y ahora que Feli se ha ido, pensé que sería la oportunidad perfecta para que nos conocieramos de verdad :D
Espero que quieras ser mi amigo. Y si no... bueno, siempre te puedo dejar la casa limpia.
Antonio.
PD: Te estoy dando un abrazo~ :D"
El italiano hizo una mueca con sus labios, reprimiendo una sonrisa con todas sus fuerzas. Con que le estaba abrazando, ¿eh? No llegó a notar nada en ese momento, salvo pánico por estar en la misma estancia que un ser sobrenatural en el que jamás había creído. Y haciendo una comparación de su vida con la de Antonio encontró en común la soledad a la que se enfrentaba, porque salvo Feliciano, Lovino no tenía ningún otro amigo: todos eran conocidos, compañeros de trabajo, amigos de su hermano, rivales... Y las chicas con las que salía no las consideraba tan cercanas a él como para contarles cómo se sentía; además, habrían pensado que era gay por sentir y decir esas cosas, o eso es lo que creía él.
-Tsk, le tendré que hacer el favor de que se quede -se dijo a sí mismo con una sonrisa decidida en sus labios, aunque en realidad le temblaba el pulso y no atinaba con la llave en la cerradura-. Ya llegué... -anunció, por fin dentro de su casa, entrando cautelosamente, dispuesto a encontrarse con Antonio a la vuelta de la esquina.
Como si hubiera sido llamado al escuchar la voz de Lovi, una sábana blanca gigante salió de repente de una habitación, echándose encima de él para darle un abrazo.
Lovino huyó de nuevo a la casa del alemán por una semana más, rehusándose a usar la cama y chillando cada vez que veía una sábana.
El chico se masajeaba las sienes con la punta de los dedos, tratando de relajarse de una vez por todas, pero cuando un rotulador se movía por su propia cuenta delante de tus narices, escribiéndote notita tras notita, no era tarea sencilla.
Desde que volvió por segunda vez de casa de Ludwig, Antonio no había dejado de hacer eso, dejando notas a la vista, con la esperanza de que leyera. Sin embargo Lovino se había negado en rotundo a leer nada de lo que le dejara escrito, cabreado a muerte con él por la bromita de la sábana ("Pensé que si actuaba como un fantasma de los de toda la vida te caería mejor :D". ¡Por supuesto que NO le caía mejor, joder! Si casi acaba en el mismo estado que Antonio: muerto).
-Por favor, ¿quieres parar? Vas a terminar con todo el papel de la casa. ¡Incluso ya has gastado un par de bolígrafos! -terminó exclamando, dando un golpe en la mesa con ambas manos. El rotulador quedó suspendido en el aire unos segundos y luego la hoja se dio la vuelta "sola", volviendo a escribir allí- ¡Agh! Eres el fantasma más pesado que he conocido nunca... Bueno, no es que haya conocido alguno de todas formas, pero los fantasmas no deberían ser así -gruñó, haciendo un puchero mientras miraba al rotulador terminar de escribir y apoyarse sobre la mesa, alzándose el papel para que viera lo último escrito:
"Sólo quiero hablar contigo, pero me has estado ignorando :( ¿Podrías encender la tele? Así podrás verme."
Lovino alzó una ceja, releyendo el papel. ¿Por qué la tele? ¿De veras podría verle? ¿Cómo?
-¿Por qué no la enciendes tú? Puedes cocinar, escribir, ordenar mi habitación, incluso sujetar esa maldita hoja de papel o la puta sábana con la que casi me da un paro cardíaco. ¿Qué te cuesta encenderla tú? -y es que Lovino estaba demasiado cómodo en el sofá como para levantarse e ir a encenderla, además de enfadado.
La hoja volvió a su sitio sobre la mesa y una vez más el fantasma escribió.
"Es que si tú no deseas verme, por más que encienda yo la tele, no funcionaría. Tú quieres verme, ¿verdad? :D"
-¡NO! -las mejillas de Lovi enrojecieron en milésimas de segundo y se cubrió el rostro con un cojín en forma de tomate. Al hacer eso no pudo ver el rotulador dando saltos en el aire, seguramente sujeto por la mano invisible de un fantasma pletórico por tanta lindura junta-. No es que quiera verte... -musitó con el rostro pegado al cojín, mirando tímidamente a la nada-. Es que quiero que me dejes tranquilo de una vez... y si hablando cara a cara contigo te quedas tranquilo, entonces no me quedará otra opción -suspirando, el italiano apartó el cojín con las mejillas ligeramente hinchadas con un puchero y rojas como tomates, levantándose para ir a encender la tele. No se dio cuenta de que con esa carita, al fantasma se le había terminado cayendo el rotulador al suelo y estaba dando vueltas por la habitación, exclamando lo mono que era el joven italiano.
Una vez encendida la tele, se volvió a sentar en el sofá y se abrazó fuerte a su cojín, nervioso por lo que fuera a suceder ahora. ¿Aparecería allí el fantasma de marras, detrás de alguna presentadora de televisión? Pero, por más que cambiara los canales, ese pesado no aparecía en ninguno, o al menos, nadie sospechoso para él.
-¿Dónde estás...? -llegó al final y se encontró con un canal de más, con la vieja nieve que había desaparecido desde que la TDT se hizo obligatoria. Frunció el ceño, mirando más detenidamente la pantalla, poco a poco formándose una silueta que pasó a teñir de colores las manchas grises de la pantalla, tomando una forma cada vez más nítida y menos transparente hasta aparecer completamente recortado contra la nieve que segía bailando a sus espaldas.
-Hola~ -saludó un hombre sonriente, de unos veintitantos años, con ojos vivarachos de un intenso verde y cabello despeinado de color chocolate. Lovino pensó que si lo de la sábana ya había sido fuerte, esto estaba por matarle de verdad-. Por fin me puedes ver~, ¿ves que no es tan complicado creer en mí?
El italiano observaba con los ojos como platos al televisor, aferrado tan fuerte a su cojín favorito de tomate que los nudillos se ñe habían vuelto blancos de tanto apretar. Era real... lo del fantasma era real, ¡había uno de verdad! Porque siempre podías encontrarte que alguien sujetara un rotulador por telequinesis o que se pusiera una sábana para darte el susto de tu vida... pero esto era verdad. Y sí, el italiano creía más en la telequinesis que en lo sobrenatural.
-Oye, ¿estás bien, Lovi? Estás pálido como un muerto -dijo la sartén al cazo, aunque sin caer en ello. Lovino asintió lentamente, subiendo un poco más el cojín contra su pecho y tapando ligeramente sus labios.
-I-idiota... -musitó, frunciendo el ceño un poco y concentrando su mirada en Antonio, recuperando un poco la compostura-. N-no me llames... L-Lovi... ¡Mi nombre es Lovino! -tartamudeó tórpemente, enrojecido de la vergüenza y el esfuerzo.
Antonio, desde su sitio, fuera donde fuera que estuviera, sonrió cálidamente.
-Perdona por asustarte, Lovino. La verdad es que no tengo mucho que hacer aquí, siendo un fantasma, salvo observar a la gente y aburrirme como una ostra -explicó tranquilamente el espectro, con una sonrisa un poco entristecida, sin apartar sus ojos de los del italiano-. Y tú eres tan lindo y haces unas cosas tan... divertidas que quería ser tu amigo -fue recuperando de nuevo la alegría-. Bueno, eso ya lo viste en mi nota~ -rió suavemente y cuando paró siguió con sus penetrantes ojos puestos en Lovino-. No te molesta, ¿no? Ya sabes que siempre puedo echarte una mano en lo que sea que necesites, al fin y al cabo Feliciano se ha ido y llevar una casa tan grande tú solo y encima trabajar en tus diseños no debe ser sencillo. Así que... ¿qué te parece?
A Lovino no le parecía nada. En ese momento a duras penas era capaz de asimilar en que aquel hombre estuviera ahí, a su lado, en algún sitio, observándole, esperando para ayudarle y complacerle en lo que quisiera. Recordó lo que había pensado a la puerta de su casa: la soledad debía ser arrolladora, más aún en su estado, pero... ¿de veras debía dejar que Antonio hiciera esas cosas por él? Eso le hacía dudar, a pesar de que su parte más perezosa estuviera dando gritos de júbilo por salvarse de la limpieza de la casa.
-Está bien... -murmuró el chico, agachando la cabeza pero incapaz de romper el contacto visual con el fantasma-. Mientras... lo hagas todo a mi manera y no toques ninguna sábana más, no tendré problema...
-Trato hecho~ -exclamó la cantarina voz de Antonio. Lovino pensó que en vida habría sido un buen cantante, pero eso ahora ya no venía al caso.
El silencio se formó por unos instantes y Lovino estaba demasiado nervioso y cansado como para pensar en las cosas que debería preguntarle al fantasma. Por suerte fue Antonio el que habló.
-Disculpa, tantas ganas que tenía de hablarte, la de cosas que había pensado decirte, y ahora que puedo no se me ocurre nada -rió un poco avergonzado-. Además, es algo tarde, ¿no? Y no has dormido bien en mucho tiempo, creo que deberías descansar y ya charlaremos mañana. ¡Haré una lista de cosas que te quiero contar!
Lovino bufó y se levantó del sofá, sin soltar el cojín.
-Más te vale que no uses más papel, me estoy quedando sin -dijo con su puchero y sonrojo típicos ya en él.
-Ejeje~, vale~ -asintió el espectro desde la pantalla, levantando el pulgar.
El italiano le miró de reojo por unos segundos más y sin darse cuenta habló en voz alta.
-Pensé que serías más... escalofriante... pero incluso eres... majo... -dijo en un susurro.
-Oh, muchas gracias~ -a Antonio le brillaron los ojos-. Tú eres muy, muy, MUY lindo~. Te has quedado rojo como un tomate, realmente te pareces a uno~.
-¡Y-ya basta decirme tanto lindo! -espetó, lanzando el cojín contra el sofá-. Buenas noches... -se marchó hacia su habitación, sin apagar la tele, que al final lo hizo sola.
Si el fantasma era así de... simpático (aunque algo acosador), no tendría problema con él. Además, era agradable cuando le arropaba en sueños...
Continuará~
Prometí actualizar y lo he hecho. No lo releí las suficientes veces como para asegurarme de que estuviera 100% correcto, pero me da que sí e.e
Muchas gracias por todos vuestros comentarios m(_ _)m Me alegra que os interesara tanto la historia ;v; Y que aceptarais tan bien lo de la ropa encogida de Lovino XD En serio, me alegra mucho...
Por otra parte, no voy a poder actualizar hasta entrado septiembre por asuntos personales... A partir de ahí, podré hacerlo con más regularidad. Disculpad las molestias m(_ _)m
Gracias de nuevo y espero que este capítulo os haya hecho reír al menos un poco (adoro torturar a Lovi ewe).
Fratello: Hermano
Sto bene: Estoy bien
Solo è uno stupido: Sólo es un estúpido
