~EPISODIO DOS~
"Ame-no-nuboko"
Era increíble todo lo que había pasado en menos de medio día. Además, resultaba jocoso pues ni Ace ni Kaze tenían una idea clara de lo que estaba pasando, aunque al menos, el chico había sido testigo de las palabras de Tori.
La bruja les condujo hasta la mesa de la cocina y ordenó a Kaze que cocinase algo.
—Así que... —comenzó a decir Ace mientras se sentaba. Tori aún estaba asimilando que él accediese a entrar en la casa de nuevo—. ¿Usted es una bruja?
—¿No te ha servido que te resucitase y que te hechizase hace menos de veinte minutos? —cuestionó la anciana con desdén.
Se oía de fondo el ruido de los fogones mientras Kaze cocinaba lo que acababa de comprar.
—No sé mucho más de usted a parte de lo que me ha contado —reconoció—. De hecho, ni siquiera sé exactamente por qué me ha traído. Solo me ha dicho que hastenido un sueño con Ame-no-nuboko (la cual es imposible que exista) y que me necesita para encontrarla.
—Al menos te has enterado del algo —susurró Tori aliviada.
—¿Y ella quién es? —dijo mirando a Kaze, que no estaba pendiente de la conversación.
—Ella es mi sobrina y no tiene nada que ver en esto —dijo para no desviar el tema—. O al menos no tenía nada que ver —admitió—. La verdad es que no era mi intención subordinarla a tu incompetente alma, pero no había otro remedio.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó, esta vez más serio.
—Ame-no-nuboko no es tan solo un arma mitológica o, como dirías tú, inexistente, pues está guardada en un recóndito lugar. Bajo tierra, bajo el mar, en los cielos, nadie lo sabe. Pero de lo que estoy segura es de que existe. No hay duda.
—¿Y eso como lo sabe? —preguntó Ace.
—Nunca sueño con cosas que no existen. Y hay algo más, yo no soy la única que ha tenido el sueño que he tenido yo hoy —dijo con una mueca bastante siniestra—. No soy la única bruja del archipiélago y, muchas veces, las que hemos aprendido magia del mismo maestro, tendemos a soñar las mismas cosas.
—Me asombra el poco sentido que tiene lo que acaba de decir —comentó Ace.
—¡Cállate niño! ¡En la magia todo tiene sentido! —chilló enfurecida—. Al caso. Si como he dicho, no soy la única que ha soñado contigo y la alabarda, podría haber más de una persona que anhele el Ame-no-nuboko.
—Pero bueno, ¿qué tiene esa dichosa lanza de especial? —preguntó Ace, indignado ante las pocas respuestas que Tori le daba.
Kaze sirvió la comida con un rubor bastante vistoso y se sentó junto a su tía, sin decir ni una palabra, mirando a su plato pero sin probar bocado.
—Lo que tiene de especial la alabarda es que puede conceder un deseo a todo aquel que la toque. Pero eso no es nada comparado con su verdadero poder, porque lo que esconde la lanza es bien simple: si pudo crear el mundo, puede destruirlo.
Ace no dijo nada. Estaba comiendo como alguien que no probaba bocado desde hace un mes entero.
—¡Escuchame cuando te hablo! —gritó Tori histérica.
—Mmpff... —decía el aludido con la boca llena de comida y asintiendo.
Tori suspiró y miró a su sobrina.
—¿Y tú por qué estás tan roja? ¿estás enferma? —le preguntó.
Kaze negó con la cabeza.
—¿No será... Que te gusta este chico? —dijo algo menos rígida que antes.
—¿Q-qué? N-no, no es verdad, qué va... —dijo en un hilo de voz y aún más roja que de costumbre.
—Siento no resultarte agradable —dijo él indiferente cuando consiguió tragar.
—Con esa manera de comer no le resultarás agradable a nadie —contestó Tori.
—Más —pidió Ace, dándole el plato a Kaze.
—¡De eso nada! ¡Ya has comido suficiente! —le gritó Tori, dándole in bastonazo en la cabeza.
—Si vuelve a darme con esa cosa no seré responsable de mis actos, señora —advirtió él molesto, con las manos en la cabeza.
—¿Qué vas a hacer? ¿Quemarme la casa? Tus poderes no son nada comparados con lo que podría hacerte yo —contraatacó Tori—. Además, no serías el primero con habilidades del diablo con el que me enfrento, te lo advierto.
Kaze se movió nerviosa en su sitio y se levantó a lavar los platos sucios de la mesa.
—Entonces... ¿estás dispuesto a acompañarme para buscar el Ame-no-nuboko? —quiso saber la bruja, que se había relajado después de ver lo poco cómoda que se encontraba su sobrina en aquella situación.
En el fondo comprendía lo que le pasaba: no le había explicado detenidamente lo que estaba pasando y encima le había hechizado sin avisar.
Pero la joven estaba tan acostumbrada a este tipo de actitud por parte de su tía que a veces ya ni se inmutaba.
Ace quedó unos segundos pensativo.
—¿Y qué gano yo yendo con usted? ¿Un deseo de un cachibache del cual sigo cuestionándome su existencia? —preguntó irónico—. Yo solo quiero acabar con esto lo antes posible. Solo quiero que me prometa que, cuando acabemos, me dejará ir a donde yo quiera.
—Solo si sigues con vida, muchacho arrogante —le contestó Tori misteriosamente.
Ace sonrío de forma pícara y se dieron la mano para sellar el trato.
—Pero tía... ¿se va? —preguntó de repente Kaze—. ¿Me va a dejar sola?
—No hay más remedio, querida, no puedo permitir que te hagan daño —contestó sin darle demasiada importancia.
—Y... ¿y qué voy a hacer yo aquí? Estaré sola, no...
—No puedes venir, lo siento —le contestó Tori tajante.
Kaze se quedó inmóvil, con la mirada perdida y los ojos apunto de estallar en lágrimas.
A Ace, que intentaba evitar el conflicto tía-sobrina, le surgió una duda.
—¿Y a dónde vamos a ir?
—Eso no lo sé —contestó Tori—. Dentro de poco lo sabremos. Tengo un barco.
—¿Usted? ¿Un barco? Me muero por saber de qué barco se trata.
—Ve a recoger tus accesorios de marinerito —le aconsejó la anciana—. Nos vamos a ir en un periquete.
Tori fue al desván a recoger sus cosas antes de marcharse mientras Ace subía al cuarto de arriba y se colocaba sus pertenencias.
Cuando volvieron, Kaze seguía donde la habían dejado pero esta vez sus lágrimas eran perfectamente visibles.
—Adios, cariño. Cuida bien la casa —le dijo Tori.
—¿Cuándo volverás? —preguntó ella.
—No lo sé.
—¿En una semana?
—No creo.
—¿En un mes?
—Lo dudo.
Ace comenzó a impacientarse.
—¿En medio año?
—Escucha niña, cuanto antes nos vayamos, antes llegará tu tía —dijo Ace.
—Adiós tía, cuídese —dijo Kaze, mirando al suelo.
Tori movió un poco la cabeza y salió por el umbral de la puerta.
Llevó a Ace hasta el lado contrario de la montaña, donde se podía visualizar la preciosa playa a la que estaban a punto de llegar si continuaban caminando.
Allí, a lo lejos, se veía el barco de Tori.
Era más grande de lo que Ace había pensado, pues él no se imaginaba que una viejecilla pudiese poseer un barco así.
Era de madera. La cubierta estaba despejada y se veía una pequeña estructura en medio. En la popa había algunos bancos y mesitas colocadas en plan terracita, lo que suscitaba pensar que Tori podía haber pasado allí alguna tarde leyendo libros con algún conocido o visita.
—Oiga, no sabía que usted supiese manejar un barco así —comentó Ace sin ánimo de ofensa.
—No es muy difícil. Hace mucho que no lo uso para viajes largos. Normalmente voy cuando quiero ir a otra isla porque en esta no hay las cosas que necesito, así es la vida. El único inconveniente es que, aunque no sea muy grande, es muy vistoso y lo tengo que amarrar en puertos bastante alejados de la población —dijo melancólica.
Cuando estuvieron en el barco, Tori le enseñó el interior a su nuevo camarada.
Cuando estrabas a la esctructura central, te encontrabas con un pasillo que daba a a dos puertas. Una de ellas era la entrada a la cocina y la otra te llevaba al piso de abajo, donde había dos habitaciones y un baño.
En cada habitación había dos literas.
—¿Por qué hay tantas camas? —quiso saber Ace.
—No siempre he vivido en una casa —le contestó molesta—. Tengo por lo menos cuarenta años más que tú, he vivido en todos lados.
Ace comenzó a sumar mentalmente.
—¿Tiene usted más de... cien años? —preguntó sin saber si había multiplicado bien.
—Ojalá siguiese con cien años —admitió—. Fue el mejor siglo de mi vida... Oye, prepárate. Vamos a zarpar.
—¿En qué dirección? —preguntó Ace.
—Eso no importa, por ahora debemos salir de la playa.
Tori subió a la cubierta y miró el paisaje de la isla. De pronto, se sobresaltó.
—¡Niña! ¡¿No te he dicho que te quedes en casa!?
—Sí que me lo ha dicho, tía —dijo Kaze desde la playa—, pero es que...
Tori le miró aburrida.
—Anda, sube.
Y Kaze abrió muchos los ojos y sin pensarlo dos veces, corrió y subió.
Tori les dijo que se preparasen, que en menos de cinco minutos el barco estaría listo para zarpar y que les diría cómo iban a calcular a dónde se dirigían.
De repente, el barco comenzó a moverse y sin comerlo ni beberlo, un viento la mar de fuerte sopló, llevándose una de las sillas de la popa al mar.
Ace se agarró al mástil para no salir volando. En cambio, Kaze, a pesar de que a algo tan semejante como ella el viento le habría llevado volando incluso más lejos que la pobre silla, no se movía ni un solo milímetro.
Ace le miró asombrado. ¿Tenía ya practica?
Cuando el viento paró de soplar se acercó a ella.
—Oye —le dijo—. ¿Cómo te llamas?
Kaze se giró sorprendida hacia él y se ruborizó.
—Y-yo... ¡Kaze! —dijo rápidamente.
—Ahá... ¿No eres muy pequeña para venir? ¿Cuántos años tienes?
—Tengo dieciocho... —reconoció avergonzada.
—¡Vaya! Pensé que tenías por lo menos cinco menos —admitió Ace. Kaze le miró abochornada—. No me mires así, es que... eres un poco pequeña. De estatura, digo.
Tori apareció por la cubierta también y vio la cara de Kaze: toda roja y llena de vergüenza. De hecho, estaba tan colorada que resultaba difícil identificar cuando finalizaba su rostro y empezaba su cabello.
—Critatura, ¿qué le has hecho a mi niña? —preguntó Tori desesperada.
—¿Q-que? ¿Yo? —dijo Ace—. ¡Yo no le he hecho nada!
—¿Puedo hablar contigo un momento? —le preguntó Tori.
Ambos se introdujeron en la estructura y después se sentaron al rededor de la mesa de la diminuta cocina.
—Ella es una niña —dijo Tori para empezar la conversación.
—Me dijo que tenía dieciocho años, no es una niñ...
—Da igual la edad —le interrumpió la bruja—. Escucha... Ella es como tú. Y no me refiero a la personalidad o al aspecto. Me refiero a que tiene... No puedo decirlo.
—¿Me ha traído aquí ara decirme que hay algo que no puede decirme? —preguntó incrédulo.
—No. Bueno... sí. Escucha...
Pero Ace se había caído dormido en la mesa.
—Será posible... —susurró Tori y comenzó a zarandear a Ace poniendo sus manos en sus hombros hasta que se despertó—. Kaze tiende a exagerar sus sentimientos ante todo lo que le pasa porque de pequeña no expresó ni uno solo. Su padre abandonó a su madre cuando ella ni siquiera había nacido y su madre murió cuando dio a luz. Yo me ocupé de ella hasta ahora y debido a... unas complicaciones no le dejo salir de casa. Sería muy peligroso que pasase miedo, dolor, tristeza o incluso alegría desmesurada por cualquier cosa.
—No lo entiendo —reconoció Ace—. ¿Qué pasaría entonces?
—¡Ocúpate de que no pase y estará todo en orden! ¡Ah! ¡Y ni se te ocurra ponerle un dedo encima! —le dijo Tori mientras se levantaba de la silla.
—Disculpe pero yo no iba a... —pero Tori ya se había ido.
Ace se quedó pensativo hasta que la bruja volvió a donde él estaba.
—¡Eh! ¿A qué esperas? ¡Ven! —le ordenó.
Y ambos volvieron a la cubierta.
