Prompt 1: Spooning
Leche y miel
I. Cucharitas
you've touched me
without even
touching me
-rupi kaur
El otoño empezaba lento, suave y silencioso. Y ella podía sentirlo antes siquiera que empezase: podía sentirlo antes de tener que regresar a clases, antes de que las flores se acabasen y antes de que las hojas de los árboles comenzasen a caer. De pronto el sol ya no quemaba tanto como antes, de pronto las sandías congeladas enfriaban en lugar de refrescar, y para cuando menos lo esperaba dormir casi desnuda y con una sábana ya no resultaba lo suficientemente cómodo.
Y entonces, antes de que el verano acabase oficialmente, su padre solía sacar por primera vez en muchos meses una manta del armario para colocarla encima de su única hija al dormir… y Annie no podía sino agradecerle internamente al tiempo que se acurrucaba entre esta para protegerse del aire frío.
Y para cuando el otoño empezaba oficialmente, ellos ya lo sabían y le daban la bienvenida con toda la tranquilidad del mundo… después de todo no importaba cuánto tiempo ni cuánta tristeza pasase entre ellos, al final al padre y a la hija siempre les quedaría el verano.
Fue en una de aquellas tardes pre-otoño, que Annie se sentó en la mesa de su cocina, poniendo al igual que siempre un cojín debajo de ella para alcanzar bien la mesa debido a su baja estatura. Y estuvo tan solo allí, sentada durante unas horas pues ya no había sandías que comer ni girasoles que plantar. Estuvo únicamente mirando por los grandes ventanales de su cocina que daban al huerto trasero, donde las hojas de los árboles caían una tras otra entre murmullos frágiles y silencios largos. Y no supo por qué, pero se sintió agobiada por una angustia que a veces —sin que ella lo quisiese y sin que ella lo entendiese— embargaba su cuerpo. Era una especie de anhelo no cumplido y de ansiedad por todo aquello que tenía y todo aquello que amaba… como si ya no lo tuviese, como si fuese a perderlo en algún momento. Y ella, siendo tan solo una niña, una pequeña mujer, no pudo sino abrazar sus rodillas sobre su pecho y recargar su rostro sobre éstas, deseando que esa sensación desconocida desapareciese de su cuerpo.
Y fue así como la encontró el señor Leonhardt: triste y silenciosa. Y él no pudo sino sentir opresión y desesperanza dentro de sí, como queriendo proteger con todas sus fuerzas a esa pequeña infante que era su única familia, pero sabiendo al mismo tiempo que quizá jamás sería lo suficientemente noble para poder cuidar de una mujer tan fuerte y tan especial como Annie.
En ese momento, el hombre mayor no dijo nada, ni la pequeña niña respondió nada tampoco. Él únicamente se limitó a tomar entre sus brazos, tan solo por unos instantes, a ese pequeño cuerpo y aferrarlo con fuerza contra su pecho, ahí cerca de su corazón. Después le dio un pequeño beso sobre sus cabellos rubios, y se dio la vuelta para encender la estufa y ponerse a preparar algo.
Sabiendo que el viento de la tarde ya no era tan cálido como el del verano, y que Annie vestía tan solo unos shorts cortos y una blusa marrón sin mangas, el señor Leonhardt tomó una pequeña manta delgada de su habitación y se la echó en los hombros al tiempo que le servía una bebida cálida en una taza.
La niña, manteniendo el temperamento ansioso que la embargaba desde hacía unos días con insistencia impidiéndole cualquier tipo de descanso emocional, se limitó a tomar la taza entre sus pequeñas y blancas manos, sintiendo el humo acariciándole el rostro. Y poco a poco comenzó a beber, sintiendo el líquido tibio y dulce llenarla de calidez y dándole por primera vez en muchos días una sensación de tranquilidad y consuelo: una sensación de estar en casa.
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Invierno
Primavera
Verano
Otoño
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La mujer de diecinueve años se recostó sobre el sofá de su sala de estar y se permitió tomar un descanso por primera vez en tres días. Acababa de mudarse a la ciudad de Charlottesville en Virginia y se encontraba rentando un apartamento con dos chicos de su pueblo natal: Reiner Braun y Bertholdt Hoover.
Lo cierto era que ella llevaba unos años viviendo fuera de casa: el distanciamiento había iniciado cuando para poder cursar la escuela secundaria tuvo que ir día tras día a una pequeña ciudad vecina, perdiendo así valiosas horas en la transportación y pasando más bien poco tiempo en casa. No obstante, el punto de inflexión se había dado cuando tuvo que cursar la educación preuniversitaria en un prestigioso instituto al que su padre la envío, viviendo por tres años en el internado escolar, prácticamente ese había sido el momento en que siendo aún una adolescente, había que tenido de alejarse del cuidado paterno e iniciar su propia vida, y dios, cuánto dolor silencioso le había costado. Sin embargo, había sobrevivido a ello y ahora estaba allí: recién admitida en la prestigiosa Universidad de Virginia junto a sus dos conocidos de la infancia: Reiner, quien había entrado con una beca deportiva como jugador de lacrosse y Bertholdt, quien al igual que ella había sido admitido por sus buenas notas en el instituto.
Sentada sobre el pequeño sofá de cuero falso, después de haber terminado al fin de realizar la mudanza y ordenar todo en el nuevo apartamento, Annie Leonhardt no pudo evitar pensar que todo eso no era sino la peor idea del universo y que en cuanto encontrase algún empleo de medio tiempo decente y pudiese pagar un lugar propio se largaría de ahí.
De pronto, los ruidos de las escaleras y la puerta pusieron alerta a la rubia, y supo de inmediato que sus momentos de paz habían terminado y que Reiner y Bertholdt habían regresado de dar la vuelta en los alrededores. Sabiendo que no quedaba tiempo para huir a su habitación la rubia refunfuñó y se acomodó sobre el sofá, dándose la vuelta y recargándose sobre el sofá, aparentando quedarse dormida tan solo unos instantes y rogando dentro de sí que Reiner no fuese tan idiota como para traer a una chica al apartamento en su primera semana en Virginia.
Reiner y Bertholdt llegaron hablando de nimiedades y antes de que la rubia se hubiese dado cuenta ya se había quedado realmente dormida.
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—Annie, Annie…
Poco a poco, la joven mujer despertó, acariciada entre sueños por la voz amable y silenciosa de Bertholdt. Sus ojos azules miraron con cansancio al castaño que frente a ella la observaba con cariño y tranquilidad mientras sostenía una taza humeante entre sus manos. Detrás de él, Reiner estaba parado, también mirándola y sujetando también otra taza. La rubia tan solo los miró con curiosidad, sintiéndose levemente desorientada.
—Es tarde… —le dijo Reiner.
—Pensamos que quizá querrías ir a tu propia cama y descansar… —susurró Bertholdt.
—Sí, ahora que hemos terminado con este desastre hasta yo quiero dormir como tres días —comentó el otro rubio con jovialidad.
Annie simplemente asintió.
Después de un rato, Bert la miró y como quien no quiere la cosa le ofreció la taza humeante que traía consigo…— Hace un poco de frío, así que pensamos que te caería bien…
Reiner arqueó una ceja porque en realidad fue Bert quien había preparado las bebidas calientes para los tres, él simplemente se había echado en una silla de la cocina a esperar. No obstante, secundó a su amigo— Es cierto, al parecer el otoño ha llegado antes de lo esperado.
Annie los miró y sin decir nada tragó en seco y aceptó entre sus manos la taza caliente con el logotipo de su universidad y las letras UVA grabadas. Los dos jóvenes la miraron satisfechos.
—Buenas noches, Annie… —le dijo Bert, sintiéndose preocupado al mirar su semblante caído, pero no diciendo nada al respecto y retirándose al fin junto con su amigo a la habitación que ambos compartían.
—Descansa… —le dijo el rubio más alto mirando con curiosidad a su par de roomies.
—Igual… —Les respondió ella con simpleza y se quedó sentada sobre el sofá apenas haciéndoles caso, desperezándose después de un rato y mirando la taza que el castaño había dejado entre sus manos.
Ambos chicos desaparecieron de su vista con un portazo y Annie no pudo evitar seguir pensando que era una malísima idea eso de ir a la universidad y vivir juntos como si se conociesen, como si se importasen los unos a los otros, como si se tratase de un trío de amigos… Como siempre desde que era niña, había algo en Reiner y en Bertholdt que la hacía sentirse ansiosa, que la llenaba de inseguridad y desesperanza, quería huir de ellos, alejarse lo más pronto posible para despojarse de esos sentimientos oscuros y buscar su propia tranquilidad… pese a todo, había algo más fuerte que ella misma, algo más fuerte que ellos tres juntos, algo que los mantenía unidos tratando de mostrarles algo más allá de sus propias existencias miserables.
—A veces siento que no voy a tener la fuerza suficiente para poder seguir adelante… —pensó para sí misma, sintiendo que iba a ser derrotada, sintiendo que al final todo su dolor sería más fuerte que su voluntad… pero fue justo en ese momento de tristeza que sus labios probaron la bebida que Bertholdt le había preparado, y algo dentro de ella encontró la luz en ese momento…
Porque Bert le había servido nada más y nada menos que leche tibia con miel… el castaño no lo sabía, pero la rubia llevaba años anhelando ese sabor porque era el de la bebida tibia que su padre le preparaba en las tardes de otoño, cuando el calor del verano perdido ya no llegaba hasta su corazón, pero el calor de tenerse el uno al otro era suficiente para compensarlo. Y tener esa bebida caliente entre sus manos no hizo sino recordarle todo aquello que amaba, todo aquello que había perdido y todo aquello por lo que luchaba. Despacio, Annie se cubrió con una sudadera de la UVA que estaba sobre una silla, tratando con ello de recuperar toda la calidez perdida y al hacerlo supo por su aroma que la sudadera era de Bertholdt. Una sonrisa leve se formó en sus labios mientras con melancolía se asomaba por la ventana de su apartamento y tomaba su leche con miel mientras observaba a los árboles otoñales: dorados y rojos, con sus hojas desvaneciéndose. No pudo evitar preguntarse si podría alguna vez volver a casa.
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Recostado sobre su cama con una playera de la UVA y unos pantalones de franela, Bert no pudo dormir esa noche, pues sabía de antemano que Annie estaba en la sala de estar sin poder descansar; como todo lo relacionado con la rubia era de importancia para Bert, él no podía sino estar preocupado… A su lado, Reiner ya dormía y roncaba como si no hubiese un mañana, por lo que con un poco de nerviosismo, pero sabiendo que ella era más importante que sus inseguridades, el castaño decidió ponerse de pie y salir de la habitación.
Annie estaba recostada sobre el sofá, vestía su propia sudadera de la UVA y la taza vacía se encontraba a un lado sobre la mesita de centro. Bert no pudo evitar sonrojarse al verla así.
—N-No puedes dormir… —le dijo aclarando su garganta.
Annie lo miró sorprendida y afiló un poco sus orbes celestes hasta comprobar que Reiner no venía tras del castaño.— No… —le respondió y un suspiro involuntario abandonó sus labios—. Puedes hacerme compañía… —dijo la rubia después de un rato ante la visible ansiedad y pregunta no formulada del castaño.
Bert le sonrió agradecido y con cierto nerviosismo procedió a sentarse en el sofá de enfrente.
—Puedes sentarte aquí junto —la rubia señalo el espacio de al lado en el sofá para dos que ocupaba y al hacerlo un leve sonrojo tiñó sus mejillas— es que hace algo de frío...
Bert no dijo nada y hecho un manojo de ansiedad se colocó al lado de la pequeña figura de Annie.
—Tenía frío y tomé tu sudadera que estaba sobre la silla. Puedo regresártela si te molesta…
—¡NO! —Bert de inmediato interrumpió a Annie— Úsala, úsala t-todo lo que quieras, no es necesario que me la devuelvas si tú así lo quieres, yo, y-o… bueno, tan solo úsala, es bueno que te haya sido de utilidad.
Annie sonrió con agradecimiento y cierta gracia ante el nerviosismo del otro y asintió, acurrucando más su pequeño cuerpo entre la prenda enorme del más alto.
Él también le sonrió con muchísimo cariño ante el gesto de la rubia. Jamás se lo diría, pero había amado muchísimo el haberla encontrado vistiendo su ropa, lo hacía sentir como si el que se calentase con su sudadera fuese también un modo en que él la pudiese proteger. Se sintió feliz y agradecido ante ello.
—¿Extrañas nuestro pueblo natal? —preguntó el más alto después de unos momentos de silencio y compañía, sintiéndose más en confianza.
—Sí. —Respondió ella con su voz profunda. — ¿Tú?
—También.
Y ambos se quedaron así: juntos. Sintiendo el frío de la noche otoñal, pero también sintiendo la calidez de su compañía. Y ninguno de los dos lo dijo en ese momento, sin embargo, ambos llevaban ya muchas noches sin poder dormir, siendo presas de un sentimiento de tristeza y estrés que a veces los perseguía, que les daba pesadillas no deseadas y momentos de terror inesperado en su día a día. Conforme más días pasaban y esos temores no se iban, sus vidas comenzaban a tornarse agónicas sin que entendiesen el porqué de tanto sufrimiento.
Fue por eso que esa noche se quedaron juntos en su pequeño sofá, fue por eso que ratos más tarde Bert fue a la cocina a preparar otro par de tazas de leche tibia con miel para ambos y fue por eso que las bebieron juntos, apegándose cada vez más —sin decir nada— el uno al otro, tratando de encontrar consuelo y compañía, sin saber bien que el otro era también presa de sus propios malestares.
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A la mañana siguiente, Reiner los encontró dormidos en el sofá en la clásica posición de cucharitas: Bertholdt de espaldas en el sofá, y Annie acurrucada de espaldas sobre su pecho. El rubio los miró con una sonrisa de entendimiento para su mejor amigo, y no pudo evitar preguntarse en qué momento de la noche eso había pasado y si acaso no habría sido bueno que él también los acompañase para distraerse, después de todo las pesadillas no lo habían dejado dormir en paz la noche anterior…
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Annie, por su parte, agradecería haber tenido al castaño en esa noche. Porque no importaban los otoños que pasasen ni los inviernos que viniesen tras estos. Mientras conservase en su corazón esa calidez y ese recuerdo de esos brazos fuertes sobre su pecho, y mientras tuviese tan solo una esperanza de poder regresar a casa, entonces ella se mantendría con fuerzas: adelante y luchando. Y siempre le agradecería con el alma a Bertholdt y a esa leche con miel por habérselo recordado.
05/Julio/2017
Hiatus 2.0 ¡Hey! Muchas gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar, significa mucho para mí. Tienes razón, prácticamente no hay fics de esta pareja, y eso que recién se le presta más atención al trío titán. Esperemos que con el mes Beruani y con el boom de la segunda temporada tengamos más fics de esta pareja preciosa. Tu comentario me hizo muy feliz, gracias por tus palabras y tu apoyo. Espero te siga gustando la historia. Un abrazo enorme y feliz mes Beruani.
Un abrazo afectuoso a todos los que se toman el tiempo de leer. Gracias.
Apailana*
