Disclaimer: Naruto, y los personajes correspondientes, son propiedad de Masashi Kishimoto.

N/A: La canción para este capítulo es Best Wishes To You – The One. Es preciosa, creo que en parte son los sentimientos de Naruto y Miho.


La brecha en el olvido

Capítulo II


«Las lágrimas caen cuando miro al cielo, con sólo mirar, nuestros recuerdos surgen fácilmente. Un día sin ti es tan doloroso…»

—Best Wishes To You


Cada día pasaba demasiado rápido, o así lo sentía Naruto.

Estaba tan nervioso, ¿y cómo no estarlo? Su boda estaba a la vuelta de la esquina. Lo peor es que casi ni tenía tiempo de ver a Hinata, todo se reducía a cortas llamadas durante la noche, puesto que ambos morían de cansancio.

Que si el vestido, el banquete, las invitaciones, la comida, en fin, todo era un caos. Tanto su madre, como la de su futura esposa, se estaban haciendo casi a cargo de todo, pero no por eso dejaba de ser menos estresante la situación, no cuando le pedían que se memorizara todo un discurso barato sacado de internet, para recitar durante la recepción.

La verdad, estaba harto.

¿Por qué debía haber dos bodas? Si elegían hacer una tradicional sería aburrido, pero si se iban por una estilo occidental, los familiares de Hinata se ofenderían. Al final, decidieron que harían ambas.

Ah, y todavía estaba el detalle de que su casi suegro, quien literalmente lo odiaba, no dejaba de ponerle trabas en el camino para dejara a su adorada hija.

Y sí, esa era su vida a los veintidós.

Soltó un suspiro, mientras lanzaba el papel que contenía el discurso, con molestia, al suelo.

Cuando estaba así de estresado, el único pensamiento que tenía era "tal vez no debí pedirle matrimonio", aunque después se quería golpear por siquiera pensarlo.

Se dejó caer de golpe sobre el colchón, mirando al techo; ¿qué era lo que quería en su vida? Las cosas ya no eran tan fáciles como cuando estaba en la Universidad, ¿se suponía que ahora debía buscar un trabajo? Por otra parte, ¿qué pensaba Hinata de todo lo que estaba pensando?

El sólo pensar en ella, hizo que se le estrujara el corazón. Vamos, a quién quería engañar, estaba tan de mal humor porque casi no la había visto en dos semanas.

Se supone que ellos eran los que se iban a casar, lo normal sería que juntos decidieran todo lo de la boda, ¿no?

Decidido, tomó su teléfono, y le mandó un mensaje, no le importó que fueran las dos de le mañana, seguramente ella ya estaba dormida.

«Todo es un caos, el no verte me frustra un poquito…, bueno, mucho en realidad. Pero lo único bueno de todo esto es que en cuatro días estaremos juntos por siempre, ¿verdad? Te extraño, Hinata.»

Cuando terminó, le echó un último vistazo a la pantalla, y luego se dejó caer sobre la cama, tapándose el rostro con la almohada.

¿Cuáles eran las posibilidades de que ella le respondiera? La Hyuga era la señorita responsabilidades, se dormía a las diez de la noche, y se despertaba muy temprano, lo más seguro es que no viera el mensaje hasta dentro de unas horas. En fin, sólo a él se le ocurría escribirle tan tarde.

Sin embargo, unos cinco minutos después, su teléfono sonó, Naruto se puso de pie rápidamente, y lo abrió, sorprendido al ver que Hinata sí le había respondido.

Inmediatamente sonrió como estúpido ante el contenido del mensaje.

«Lo siento, Naruto-kun, creo que todo se salió un poquito de control, pero, sé paciente, ¿sí? Pronto, muy pronto estaremos siempre juntos. Estoy muy emocionada. Te amo.»

Feliz, le escribió una respuesta.

«Promételo, entonces. Que siempre estaremos juntos.»

Sus palabras eran tan infantiles e inmaduras, pero le gustaba cuando Hinata le aseguraba que tenían toda la vida por delante, eso le hacía ver que ni los preparativos de su boda y su suegro, podrían separarlos.

Cuatro días, cuatro míseros días, y despertaría con ella a su lado.

En menos de dos minutos, su teléfono volvió a sonar, anunciado que la Hyuga le había contestado.

«¿Es necesario? Bueno, te lo prometo, Naruto-kun, siempre estaremos juntos. Y las promesas no se hacen para romperse. Ya, es todo, ahora duerme»

Satisfecho, cerró su celular, y lo dejó en la mesita de noche.

Y las promesas no se hacen para romperse.

La frase hacía eco en su cabeza, y sonrió. Porque si Hinata lo aseguraba, era cierto. El futuro lucía bastante prometedor.


Cuando despertó, se sintió mareado, con un malestar en el pecho.

No recordaba que había soñado, pero al tocar su mejilla y sentir el rastro de una lágrima, sabía que de seguro estuvo relacionado con Hinata.

No era tan fácil deshacerse de los recuerdos, no cuando decidían aparecer en sus sueños.

Se removió un poco en la cama, entonces, aún aturdido, se asustó al escuchar a alguien llamarlo.

—Naruto-san —la chica se sentó rápidamente, tallándose los ojos adormilada—, ¿todo bien?

El hombre se quedó sorprendido durante un momento. ¿Qué hacía Miho con él en la cama? Entonces, enfocó a su alrededor, y se dio cuenta que no estaba en su casa, si no en el departamento de la chica.

—Nada, no pasa nada —tomó una gran bocanada de aire—, vuelve a dormir.

La Yamanaka lo miró preocupada.

—¿De verdad estás bien?

—Sí —fue todo lo que respondió, mientras volvía a recostarse, dándole la espalda.

Sintió cómo Miho se acomodaba también, y suavemente lo abrazaba por detrás. Un rato después, escuchó su respiración acompasada, dando a entender que se había dormido.

Pero Naruto no dejaba de sentir que no pertenecía ahí, que estaba en los brazos equivocados, en un mal lugar.

Horas antes, sin saber muy bien por qué, se había dejado llevar, y terminó teniendo intimidad por primera vez con la jovencita que ahora era su novia. Durante esos momentos no se había sentido incorrecto. Pero ahora que lo pensaba, se sentía asqueado de sí mismo.

No era un hombre lleno de experiencias. Su primer relación sentimental había sido Sakura, y después, su fallecida esposa, era todo. Hinata y él habían aprendido juntos, desde lo que eran los besos robados, tomarse de la mano, y hacer el amor. Naruto creía que con eso era suficiente. ¿Por qué buscar en otra parte algo que ya tenía?

Con Hinata, siempre había cosas nuevas, cada día era más sorprendente que el anterior.

Por eso creía que no necesitaba nada más.

Pero la vida no era tan simple, porque ella ya no estaba.

Justo ahí, acostado junto a otra mujer, no dejaba de sentirse vacío. Se suponía que si tenías relaciones con alguien, te sentías amado y completo, o eso era lo que él solía experimentar antes de que Hinata muriera. Sin embargo, cuando tocó a Miho, no hubo magia, ni chispas, nada.

Quería tomar su teléfono, y llamar a Sakura, decirle amargamente que lo de "olvidar y seguir adelante", no estaba funcionando.

Sus actos iban a tener consecuencias. Había pasado la línea en su relación con la Yamanaka, porque en el momento en que decidió acostarse con ella, estaba dando por hecho que su relación llegaba a un nivel más profundo, y el problema era que Naruto sabía que no era así, pero, tampoco era un canalla. ¿Cómo le decías a alguien que no removía nada en ti?

Era un asco de ser humano, patético e inservible.

Ya no sabía qué hacer para dejar de sentirse así de vacío. Estaba haciendo lo que todos esperaban, tenía una nueva mujer, incluso estaba a punto de mudarse de casa. Entonces, ¿por qué no podía olvidar?

Totalmente frustrado, se levantó de la cama, con cuidado de no despertar a Miho. Antes de salir del cuarto, le dio una profunda mirada, llena de arrepentimiento y disculpa.

Cuando Naruto finalmente desapareció, la rubia abrió los ojos. Todo el tiempo había estado despierta.

Se sentó sobre el colchón, mirando fijamente a la puerta.

Tibias lágrimas caían sobre sus mejillas.

—¿Por qué no me puedes querer? —susurró, deseando que él la escuchara, que regresara y la abrazara fuertemente. Que se disculpara por hacerla sentir tan poca cosa.

Pero el Uzumaki no regresó en toda la noche, y ella tampoco lo quiso esperar.

Miho cada vez estaba más segura que se estaba aferrando a lo insalvable.

Boruto reía a carcajadas, mientras su hermana hacía muecas llenas de desagrado.

—¡No es justo onii-chan! —Himawari frunció los labios—, siempre me ganas.

El mayor le sacó la lengua, con burla.

—No es mi culpa que seas tan mala en los videojuegos.

Y ambos empezaron a discutir, ante las miradas divertidas de Naruto y Miho.

—Boruto, ya déjala —reprimió el rubio.

El niño chasqueó la lengua.

—Papá, siempre defiendes a Himawari, sólo porque es un bebé llorón.

—¡No soy un bebé llorón! —respondió la pequeña.

—Claro que lo eres.

—No lo soy.

—Sí lo eres.

—No.

—Sí.

—¡Papi, onii-chan me está diciendo bebé llorón —dijo Himawari al borde de las lágrimas.

—Boruto —sentenció Naruto, un poco más serio.

El pequeño rubio frunció la nariz, y lo miró con desagrado.

—Siempre le das la razón a Himawari.

Miho sintió la tensión el ambiente, y le sonrió dulcemente al niño.

—Boruto-kun, te entiendo, ¿verdad que no querías hacer llorar a tu hermana?

—No… —entonces, sus ojos azules, se llenaron de lágrimas—, es sólo que papá prefiere a Himawari, ¡porque se parece a mamá! —se talló los ojos con el dorso de la mano—. Si mi mamá estuviera aquí, las cosas serían diferentes.

Aquella frase llena de rencor, hizo eco en toda la sala. Los ojos de Miho se abrieron como platos, mientras Naruto se quedaba en shock.

Esas no eran cosas que un chiquillo de ocho años debería andar diciendo.

El Uzumaki sintió una presión en el pecho, y observó con pena a su hijo. Sabía de antemano que Boruto no era malo, al contrario, simplemente era un pequeño asustado, que aún no asimilaba del todo la muerte de su madre.

—Lo siento, hijo —dijo Naruto, mientras se acercaba al niño—, jamás quise hacerte sentir así.

Boruto evitó mirarlo, se sentía avergonzado ante su ataque de inmadurez. Pero para su sorpresa, Himawari se acercó a él, y le tomó la mano, como diciéndole "te entiendo", la niña también estaba llorando.

Naruto sintió que el mundo se le venía encima, cuando esos dos pares de ojos azules llenos de lágrimas, lo observaban, como si estuvieran siendo torturados en vida. Y se sintió reflejado, porque probablemente ese rostro lleno de dolor que tenían sus hijos, era la misma cara que él ponía todos los días.

Todo lucía tan… vacío.

Miho observaba toda la situación en silencio, ¿qué podía decir? Ella no jugaba un papel ahí, esos no eran sus hijos, y Naruto no era su esposo. No era como que podía abrazar a Boruto y Himawari, porque no sabía realmente cómo se sentían. Era como la espectadora de un gran show.

Pero muy a pesar de no formar parte de esa familia, la imagen no dejaba de ser desoladora, los dos hermanos tomados de la mano, tan diferentes y parecidos a la vez, mirando fijamente a su padre, como si lo que él dijera fuera a solucionarlo todo. Y el Uzumaki parecía de piedra, incapaz de emitir palabra.

—Yo... —intentó romper el silencio, sin embargo, fue interrumpida.

—Miho —dijo Naruto, totalmente serio.

Ella tragó saliva, preocupada.

—¿Sí?

—¿Podrías dejarnos solos?

La Yamanaka abrió los ojos algo sorprendida. ¿Realmente le estaba diciendo que se fuera? Quiso reír de amargura, ante su ingenuidad. ¿Qué esperaba? Sinceramente pensó que tal vez, después de lo que pasaron juntos, las cosas cambiarían un poco. Dolía darse cuenta que no fue así.

Naruto no había sido el primero, y tampoco sería el último, ella lo sabía, porque era una mujer con experiencia, y entendía que la vida no se cerraba ante una sola persona. Sin embargo, estaba realmente enamorada.

Desde joven, planeó su vida perfectamente; la Universidad a la que quería ir, la carrera que debía elegir, incluso el tipo de chico que más le convenían. Pero a decir verdad, todo le salía mal. Sus noviazgos siempre fueron cortos, y sin sentido, siempre rodeada de hombres que sólo compartían un tiempo la cama con ella, y luego la dejaban botada, como si fuera una basura.

Nunca fue amada, nadie la necesitaba, y lo peor es que se estaba acostumbrando al sentimiento. Justamente dos años atrás, cuando llegó a la empresa Uzumaki a buscar trabajo, estaba en la peor etapa de su vida, su última relación sentimental terminó en un desastre, se sentía marchita y usada. Pero llegar a ese lugar, fue como una brisa de aire fresco, lleno de gente nueva, de personas que apreciaban su talento, que no la despreciaban a pesar de sólo tener veintidós. Y luego lo conoció, tan centrado, siempre preocupado por los demás, jamás lo vio tratar mal a alguien.

Tal vez fue que Naruto era mucho mayor, y que irradiaba experiencia, lo que la enamoró, Miho no lo sabía bien. Pero, había algo en su corazón que no la dejaba romper esa relación tan extraña que tenían.

Sólo era medio año lo que llevaban juntos, y ella lo sentía como si fuera más. Trataba de ayudarle con los niños lo más que podía, desde la comida, o acompañarlos a sus terapias con el psicólogo infantil. Todo progresaba viento en popa, o por lo menos así lo creía. Pensó, por un instante que podía llegar a formar parte de esa pequeña y rota familia, que tal vez, con el tiempo, todo mejoraría.

Pero fue toda una idiota.

Como Ino había dicho, esos no eran sus hijos. No la iban a amar como a una madre. Por eso las palabras de Boruto le habían dolido, le hizo ver que nunca, durante esos meses, llegó a verla más allá que una amiga de su papá.

—¿Miho? —la voz de Naruto rompió sus pensamientos. Se dio cuenta que estaba a punto de llorar, y no lo iba a permitir, no delante de él. Porque a pesar de lo despechada y triste que se sentía, tampoco lo quería hacer sentir mal. Desde un principio estuvo al tanto de las intenciones del Uzumaki, y ella le había seguido el juego.

Se limpió los ojos rápidamente con el dorso de la mano, y tomó su bolso que estaba sobre la mesa.

—Lo siento, Naruto-san —susurró, incapaz de mirarlo fijamente—, realmente lo siento.

—¿Q-qué? —dijo él, no entendiendo nada. Pero antes de decir algo más, la chica salió casi corriendo. Dejándolo aturdido. Por un momento pensó en seguirla, y preguntarle qué le sucedía, pero se dio cuenta que no era el momento adecuado.

Soltó un suspiro, y volvió a enfocarse en sus hijos, quienes seguían sollozando bajito. Si la situación fuera diferente, la escena lo enternecería: Boruto sostenía la mano de su hermana fuertemente, mientras ésta se pegaba lo más que podía a él, como intentando darle calor.

A pesar de ser muy parecidos físicamente, los niños tenían personalidades diferentes, y reaccionaban distinto ante los problemas. Himawari jamás reclamaría nada, solía ser callada, tímida, y centrada, su hermano, era lo contrario, como una pequeña llama, que sólo espera el momento adecuado para explotar, el cual ya había llegado.

—Boruto, Himawari, lo siento —susurró.

Ambos pequeños levantaron la vista, sin entender.

—¿P-por qué lo sientes, papá? —el niño rubio se talló los ojos con insistencia, ya no quería llorar—. Yo fui quien dijo esas cosas.

—No —negó Naruto—, no tiene nada de malo que expreses cómo te sientes. Perdón por no haber sido tan buen padre, por…

Himawari, con la mano que tenía libre, tomó la de su padre, haciendo que los tres estuvieran unidos, a través de ella.

—Papi, onii-chan y yo lo sabemos —su vocecita era aguda, llena de emociones.

—¿Qué cosa, cariño? —preguntó, curioso. La pequeña mano tibia de su hija, cubría su palma rasposa.

—Que extrañas a mami —sus ojos se volvieron a poner transparentes—. Y-yo no recuerdo a mamá, p-pero, sé, sé que se parece mucho a mí, onii-chan me lo ha dicho. Por eso, por eso, ¿es difícil, papá? —la niña temblaba—. Debe serlo, porque no juegas con nosotros, no sonríes.

Naruto se quedó estático. ¿Cómo responder esas palabras de su hija de cinco años? Lo miraba como si pudiera entender toda la situación, como si supiera lo que estaba viviendo, cuando en realidad, ella era la menos afectada de todo. El estómago se le revolvió de pena.

—Claro que extraño a su madre —una sonrisa melancólica se plasmó en su rostro—, como ustedes lo hacen. Es difícil… acostumbrarse a estar sin ella. Sé que he estado triste y algo ausente últimamente, me disculpo por eso. Lamento haberlos hecho sentir que no me importaban, porque es todo lo contrario, ustedes son lo único que me queda, y me hace levantarme cada día, y querer ver el amanecer, de veras.

Himawari y Boruto asintieron al unísono.

—¿Lo prometes? —preguntó el hermano mayor.

—¿Qué cosa?

—Que ya no vas a estar triste, que pasarás tiempo con nosotros —susurró, algo avergonzado.

Naruto asintió, conmovido.

—Se los prometo yo…

—Está bien —dijo la pequeña, sonriendo—. Con prometerlo está bien, no es necesario nada más, las promesas no se hacen para romperse, ¿verdad, papi?

Su faceta de hombre fuerte se destruyó ante las palabras de su hija. Sin decir más, acercó a sus hijos hacia él, y los abrazó fuertemente, mientras rompía en llanto.

Ya era suficiente de contenerse.

Boruto se sonrojó ante el acto de su padre, pero se dejó abrazar. Y Himawari, sintiendo los hipidos de su padre en su oído, le daba palmaditas en la espalda.

—Ya pasó, papi, ya pasó —le decía la niña una y otra vez. Pero el hombre siguió llorando largo rato, sin querer soltar a sus pequeños ni un solo segundo, y ellos se dejaron hacer.

Porque necesitaban el amor de su padre.

Y Naruto los necesitaba a ellos.


La anciana tejía a las afueras de su casa, mientras le narraba una historia a Saki, quien la escuchaba atentamente, sentada sobre el pasto.

El cielo estaba despejado, era un día maravilloso.

—Entonces, nos casamos, Nishiki era un buen hombre —sonrió, los recuerdos de su matrimonio siempre eran agradables—. Fue el amor de mi vida.

La muchacha también sonrió.

—Ha de ser bonito —dijo.

—¿Cómo?

—E-eso —miró al cielo—, ha de ser bonito enamorarse.

Sanda asintió.

—Lo es.

Se quedaron en silencio un rato, sólo con el ruido de los pájaros acompañándolas.

—¿Sanda-san?

—¿Sí?

—C-cree, c-cree… —sus ojos perlados se llenaron de tristeza—, ¿que algún día podré recordar?

La anciana se sorprendió ante la pregunta, y no pudo dejar de observar el rostro apagado de Saki. ¿Cómo podía una chica tan hermosa, no lograba saber de dónde provenía, o qué le sucedió? Le llenaba de una inmensa tristeza.

Por eso estaba decidida a llevarla a la capital. Era lo último que quería hacer antes de morir.

No iba a estar en paz sin saber que Saki se encontraba en su hogar, porque estaba casi segura que tenía un padre, una madre, hermanos, alguien que la esperaba. Y también, tal vez la policía iba a poder resolver el asunto de su intento de asesinato, porque Sanda sabía que había sido exactamente eso, si no, ¿por qué apareció llena de quemaduras, a un lado de un río? Alguien había querido matarla, y durante el acto, también le robaron la memoria.

La mujer podía provenir de cualquier lugar de Japón, pero en vez de buscar sitio por sitio, era mejor ir al centro de todo. En Tokio tendrían la manera de encontrar a sus familiares, y tal vez de paso, hallar algún doctor que pudiera ayudarle a recordar.

—Lo harás, Saki —le aseguró. Dejó las agujas, y el hilo de tejer a un lado. Con lentitud, se sentó junto al lado de la chica, y le empezó a cepillar el cabello con los dedos, como hacía con sus hijas cuando eran pequeñas.

—¿Y si no me quieren? —miró sus piernas con desagrado.

—¿A qué te refieres?

—Las quemaduras —Saki evitaba mirarse al espejo, pero cuando se bañaba en el río, era inevitable; su piel estaba tan llena de marcas, que a veces se asustaba de sí misma. Sus piernas, brazos, y estómago, estaban llenos de piel arrugada, de color extraño, que contrastaba con su tono pálido natural. La gente le decía que debía sentirse orgullosa que su cara estaba intacta, pero eso no la hacía sentirse mejor.

En el pueblo, todos la aceptaba como era, no la juzgaban por usar vestidos que reflejaban sus piernas llenas de quemaduras, ni la observaban fijamente. Pero, qué tal si llegaba a recordar, ¿qué pensaría su familia de ella? ¿La considerarían un monstruo?

Sanda le decía todo el tiempo, que era hermosa, lucía como un ángel, pero Saki no lo creía, aunque con el paso de los años, aprendió a aceptarse como era. Pero claro, querer y aceptación eran cosas diferentes. A veces, cuando se atrevía a durar más de diez minutos frente a un espejo, observaba su cabello, y sus ojos, era lo único que le gustaba.

Decían que cuando la encontraron en el río, tenía el cabello corto, por arriba de los hombros, sin embargo, tuvieron que cortárselo más, porque estaba casi todo quemado, llegando a un punto de estar casi calva, a excepción de unos cuantos mechones que se habían salvado del fuego. Ahora, tres años después, el pelo negro le caía como cascada por la espalda.

Estaba orgullosa de haber sobrevivido. Aunque la recuperación fue dolorosa. En un lugar tan pequeño como ese, no había medicamentos, o doctores. Duró meses vendada, con hierbas medicinales puestas sobre sus quemaduras, y gente que la bañaba y observaba su cuerpo deformado todo el tiempo.

Fue horrible.

Sin embargo, ahora se sentía bien, estaba sana.

—Creo que si te quieren, no te juzgarán, probablemente estarán felices de verte, ¿no lo crees? —dijo Sanda.

Saki esperaba que fuera así.

—O-ojalá —susurró.

La anciana le iba a responder, pero entonces una mujer con un bebé en brazos, se les acercó para saludarlas.

—¡Sanda-san! ¡Saki-chan! —casi gritó de emoción—. Tanto tiempo.

Ambas mujeres sonrieron con alegría.

—Oh, pero mira nada más, si es Ai. Tanto tiempo, niña.

La aludida río.

—Bueno, como un año, ¿verdad? —se sonrojó levemente—. He venido con Mashiro, a visitar a mis padres. Bueno, bueno, y ya que las veo, quiero presentarles a mi hija, Hikari —dijo Ai, mientras suavemente le quitaba las cobijas al bultito que cargaba en brazos—, tiene dos meses.

Sanda inmediatamente se emocionó al ver al bebé.

—Kami-sama, ¡pero qué criaturita tan preciosa! ¿Me dejas cargarla? —preguntó la anciana.

—Por supuesto —Ai le tendió a la recién nacida con cuidado.

—Hacía muchísimo tiempo que no veía un bebé —tocó con cariño el rostro de la pequeña, que dormía plácidamente.

Saki miraba tímidamente a Sanda.

—Ai-san —susurró.

—¿Sí?

—¿Qué se siente tener un hijo? —la pregunta salió de sus labios sin pensarlo.

Ai la miró algo sorprendida, pero después sonrió.

—Es maravilloso. Ni siquiera te lo puedo explicar con palabras, cuando ves a tu hijo, es como si fuera la cosa más bonita del mundo, y quieres protegerlo de todo. Lo amas desde el momento en que sabes que lo llevas dentro, y cuando nace, es algo mágico. Cada que veo a Hikari, no dejo de pensar que soy la persona más afortunada del mundo —dijo, observando fijamente el rostro de su hijita, quien seguía ajena a lo que ocurría a su alrededor.

—Ya veo —Saki también observó a la bebé.

—Algún día Saki-chan también lo experimentará —le dijo Ai, con ternura.

No obtuvo respuesta. La pelinegra pensaba profundamente en lo que había escuchado, ¿de verdad los niños eran así de maravillosos? Sin saber muy bien por qué, se tocó el vientre, ¿ahí se llevaban a los bebés, no? ¿Algún día tendría la oportunidad de experimentar algo así?

Miles de preguntas le rondaban por la mente, y no entendía por qué, cuando miraba a la pequeña Hikari, sentía algo extraño en el pecho, y el sentimiento no era bonito.

Sin embargo, todo empeoró cuando Sanda le tendió al bebé, para que lo cargara.

—Es tu turno Saki, mírala.

La chica no sabía muy bien qué hacer. Cuando le depositaron al bebé en brazos, se quedó estática, no sabía cómo moverse. Sanda y Saki parecían divertidas con la situación.

—Y-yo, no… —iba a decir algo, pero no pudo terminar la frase, porque Hikari empezó a llorar fuertemente. Aquello alteró a la chica.

—Tal vez tiene hambre, si quieres dámela, Saki-chan, para darle de comer.

Pero Saki no le hizo caso, en cambio, tal vez por instinto, o por otra razón que no se quiso cuestionar, descobijó un poco a la bebé, y suavemente la acomodó contra su pecho, meciéndola muy lento, y como si de magia se tratara, la niña dejó de llorar.

—Eso, eso fue fantástico —dijo Ai, emocionada—, ¿cómo lo hiciste? Yo todavía soy mamá inexperta, a veces no entiendo lo que Hikari-chan quiere.

—No lo sé —respondió suavemente—, c-creo que tenía calor. D-dicen que cuando los pones sobre tu pecho, el bebé escucha los latidos de tu corazón y se calman… o eso creo.

Sanda no dijo nada, mientras observaba toda la escena, ¿cómo era posible que Saki supiera todas esas cosas? ¿Tendría sobrinos o hermanos pequeños? Entonces, un pensamiento cruzó por su cabeza, algo que nunca se le había ocurrido, ¿y si Saki tenía hijos? No sonaba tan loco. A pesar de no saber la edad exacta de la mujer, le calculaba unos veinticinco, tal vez menos, era difícil de saber, porque a pesar de tener un cuerpo desarrollado, su rostro lucía fresco y joven.

Sin embargo, toda la magia se rompió, cuando Saki soltó un grito, haciendo que la bebé despertara y empezara a llorar.

—No, no, no, no —repetía, alterada—, por favor, llévatela, llévatela, ¡quítamela!

Ai tomó a su bebé rápidamente, asustada.

—¿Saki?

Pero la mujer no respondió, se quedó congelada, viendo a la nada, con un torrente de lágrimas recorriéndole las mejillas.

—¿Qué sucede, Sanda-san? ¿Por qué reaccionó así?

—No lo sé.

Se veía a sí misma, pero en otra casa, con otras ropas. Sus piernas y brazos estaban lisos, sin quemaduras, su cabello era corto, y lo más importante: lucía feliz. Estaba acostada sobre una cama, con un bulto cubierto por una sábana rosa, sobre su pecho.

—Es preciosa, se parece a ti —decía alguien que estaba recostado a su lado, pero no le podía ver el rostro, sin embargo esa voz parecía tan conocida.

—No es cierto. Luce como tú, de hecho, mírala, tiene tus ojos —su otro yo sonreía con ternura—. Me alegro tanto.

Saki no entendía nada, ¿qué era eso? ¿Un sueño? Pero todo a su alrededor lucía familiar: las cortinas rosa pastel, las paredes blancas.

—Ya tengo un mini yo —el desconocido reía—. Al menos ella tiene tu cabello.

La otra Saki lucía feliz y dichosa, mientras no dejaba de ver aquello que estaba contra su pecho.

—Mi cabello, tus ojos y tus marcas —sonrió—. Todo mundo la va a amar.

El desconocido a su lado, estuvo de acuerdo.

—Claro, es nuestra hija.

Saki tembló ante esto último. Entonces, su otro yo, movió suavemente la cobijita rosa que cubría al bultito, y dejó al descubierto a una bebé, de no más de un mes, con una pequeña mata de cabello negro sobre su cabeza. Cuando se acercó tímidamente a observar a la recién nacida, ésta le regresó la mirada, con unos intensos ojos azules, como el cielo.

La otra Saki, también volteó a verla, con una mirada triste, como decepcionada.

—La olvidaste —dijo. Entonces, abrazó a la bebita suavemente, mirándola con todo el amor del mundo—. Olvidaste a Himawari.

Cuando escuchó ese nombre, todo a su alrededor se desvaneció.

¡Saki! ¡Saki! —la anciana la llamaba incesantemente—, reacciona, por favor.

La pelinegra parpadeó, observando a su alrededor. Ya no estaba en el cuarto, junto a su otro yo, ¿todo había sido una pesadilla? Pero entonces, el recuerdo de los intensos ojos azules de aquella recién nacida, hizo eco en su cabeza.

—No puede ser —volteó a ver a Sanda, con el rostro cubierto de lágrimas—, yo recordé, ¡lo recordé!

Tanto Sanda y Ai se miraron.

—¿Qué recordaste?

—S-soy una mala persona —Saki se tapó el rostro con ambas manos—, ¡cómo pude olvidarla!

Nade entendía nada. La anciana se acercó a su lado, y le dio palmaditas en la espalda, para reconfortarla.

—Dime qué sucede.

—Y-yo, y-yo, la olvidé —sollozó—: a mi preciosa bebé. S-Sanda-san, ¡Sanda-san! Tengo una hija, yo tengo una hija.

Ai, quien hasta entonces no había dicho nada, decidió irse del lugar, todo aquello parecía de locos.

—¿Lo recordaste?

Saki sollozaba fuertemente, se sentía incapaz de responder. El recuerdo de la niña estaba clavado en su memoria. ¿Cómo era posible? ¿Qué clase de ser humano era? Si olvidó a su hija, ¿de qué más se estaba perdiendo?

Necesitaba recuperar su memoria, su vida, sus recuerdos. ¿Cuándo años tendría la pequeña ahora? ¿Con quién estaba?

Preguntas, preguntas, y ninguna respuesta.

—Quiero ver a Himawari —decía, cuando el llanto se lo permitía—, Himawari, mi pequeño sol.

Sanda abrazó fuertemente a la pelinegra, quien parecía que en cualquier momento se iba a desmayar.

"Y las promesas no se hacen para romperse"

Esa frase hizo eco en su mente, pero, lo único que pensó, fue en cuántas promesas ella ya había roto.


Hola, hola.

¿Qué tal?

No puedo creer que escribí este capítulo en un solo día, hasta a mí me sorprende, a decir verdad. Vimos tres puntos de vista diferentes, el de Naruto, Miho y Saki (quien es más que obvio, que ya sabemos quién es).

Cada que escribo esta historia, no les miento, termino con los ojos llenos de lágrimas, y se dirán, ¿por qué? Bueno, para inspirarme, tengo que escuchar canciones realmente tristes, y con letra profunda. Soy una persona que se sensibiliza muy fácilmente, así que, pues a veces, cuando pienso en las escenas, me da tristeza. Imaginarme a Boruto y Himawari solos, a Naruto con su depresión, a Saki y la desesperación de no recordar nada, incluso Miho me rompe el corazón, porque sólo es una víctima de las circunstancias.

Siempre tiendo a describir demasiado las emociones de los personajes, y para este fanfic, esto cae como anillo al dedo. Probablemente me van a odiar por lo que pasó con Miho y Naruto, pero, seamos sinceros, es algo que ocurre. El hombre lleva tres años solo, y a pesar de que no ama a Miho, le tiene cariño, porque le ha ayudado, digamos que se dejó llevar por la situación, y así, pero como ven se arrepiente.

Y Miho, mi pobre OC, realmente fue creada para sufrir, aún le queda mucho por delante. No la quise hacer la típica damisela virginal en peligro, es una chica con veinticuatro años que sabe lo que quiere. Como vimos, aquí ya se dio cuenta que ella no pinta nada en ese cuento, y eso que lo ha intentado. Los niños la quieren, pero algo así como una hermana mayor, de hecho, probablemente ni saben que es novia de su papá.

Después tenemos a Boruto y Himawari (amo a esta niña, tengo que decirlo). Yo no tengo hijos, pero tengo compañeras en la Universidad que sí, y veo que los adoran, y luchan por ellos, por estudiar y sacarlos adelante. También, tengo un primito de ocho meses, el cual adoro con toda mi alma, y hace como que nazca mi instinto maternal, intenté plasmar todos esos sentimientos, ese amor por los hijos que he visto en gente a mi alrededor, en Naruto, y Saki. Desde pequeña me han inculcado, que el amor por tus hijos, es más fuerte que incluso el amor de pareja. Quizá por eso Saki recordó primero a Himawari, que a Naruto, quién sabe. Por otra parte, la misma Saki tiene su propio sufrimiento, su cuerpo está todo marcado, que para serles sincera, me partió el corazón escribir eso, y además, no puede recordar nada :c.

Este fanfic va algo más rápido, porque no quiero que pase de diez caps. A diferencia de "Avanzar" (otro fanfic mío, que les invito a darse una vuelta), que todo va más lento. Aquí, el enfoque es cómo una familia se puede destruir por las malas intenciones de alguien más, y sus consecuencias; porque aquí la "muerte", de Hinata, arrastró a Naruto, sus hijos, a Miho, y mucha gente más (ya sabrán más adelante).

Por cierto, no sé si notaron, que Sanda dijo que le calculaba unos veinticinco años a Saki/Hinata, pero en realidad, ella tiene treinta y uno. Jajaja, cuando vi el tráiler de Boruto: The Movie, no pude dejar de pensar en que Hinata no deja de verse como una adolescente xD.

Okay, la nota quedó demasiado larga, me emocioné. En fin, sólo quiero decirles que los quiero, sus comentarios son tan lindos, en serio, los leo una y otra vez, no pensé que a alguien le gustaría esta historia tan… dramática.

Muchas gracias por tomarse el tiempo de leer, estaría inmensamente agradecida si me dejan un review, contándome qué les pareció el capítulo

También, los invito a seguirme en mi página de Facebook, ahí pueden ponerse en contacto conmigo, yo estaría encantada. Búsquenme fb LollipoopNH

Eso es todo, les mando un abrazo, disculpen la nota tan larga.

Lolli.

Terminado de escribir: 10/02/16. 01:57 a.m. (Hora de México).
Publicado: 11/02/16


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