Disclaimer en el capítulo 1.

Aprovecho que aún tengo internet para actualizar y responder por aquí las reviews, que me hacen muchísima ilusión x)

Helena: YO TAMBIÉN TE QUIERO! En serio, tus comentarios me dan la vida. No te voy a enseñar a escribir porque ya lo haces (y no digas lo contrario), pero sabes que me gustaría muchísimo conocerte en persona, Angry Evil Regals quedada! Álter ego... está paralizado, y me siento fatal por ello, pero la inspiración se ha esfumado, las ideas que ya tenía no me encajan como quiero... un desastre todo. Pero prometo que tarde o temprano conseguiré seguirlo :)

: los flashbacks irán contando cositas importantes jejeje Me alegra que te guste y haré lo que pueda para actualizar deprisa!

JessRizzles: muchísimas gracias! Has acertado en todas las parejas que había pensado yo misma, aunque con Red estoy dudosa, ya verás porqué .

Cande: me gusta que te guste! Gracias por comentar aunque sea como "guest", que sé que hay gente que por no tener cuenta pasa de hacerlo x)

CarlaMills: gracias, gracias, gracias. Jovial sí, pero alegre... #NoSpoilers jajaja Los flashbacks, en principio, no serán sólo de Emma y Regina, espero poder abordar a todas "Las Prófugas" en ellos, así que las verás más seguido.

Gracias también a todos aquellos que le han dado a follow y/o favorito. No seáis tímidos! Comentad lo que os gusta y lo que no ;)

Capítulo 2:

No, no, no, no. No podía ser. No podían obligarla.

Emma estaba frenética, de los nervios, a punto de empezar a arrancarse el pelo a tirones... todo al mismo tiempo. Caminaba por su habitación dando vueltas como un tigre enjaulado desde hacía casi una hora, pero las palabras de su abuelo aún no habían ni arañado la superficie de su cerebro. Las mantenía fuera por pura terquedad, negando el destino que le tenían preparado.

Aunque, pensándolo fríamente, no le extrañaba la noticia. Era una princesa por derecho de sangre, su deber era casarse con algún noble de alta cuna y tener principitos malcriados y déspotas como lo eran la mayoría de los hombres. Lo indignante era que le arreglaran el matrimonio y ni se molestaran en decírselo.

Ella creyó que tendría la oportunidad de conocer diversos pretendientes, hablar con ellos y, con suerte, enamorarse de alguno. Emma había visto algunas historias de amor durante su vida, la mayoría entre empleados del castillo, y gracias a ellas no dejó de creer en esa clase de felicidad a pesar de la indiferencia que se tenían sus padres. Ahora no sólo querían quitarle eso, sino que le imponían un casamiento interesado que únicamente favorecía a las arcas del rey Leopold. Y su madre no había tenido la decencia de contárselo apropiadamente, a solas, preguntándole al menos cuál era su opinión al respecto.

Y en cuanto al príncipe Eric... Si no le fallaba la memoria, tenía sus tierras en el reino Azul, de donde era su padre, James. Eso quería decir que el motivo de la unión no se reducía a la simple economía, también era para consolidar el nexo entre ambos reinos. Usándola a ella como moneda de cambio. Insensibles.

Tan sumida estaba en esos pensamientos que no escuchó la puerta abrirse ni a la persona que entró acercarse.

- Emma...

- No me toques – siseó la rubia apartándose de la mano que casi ni le había rozado.

- Emma, tienes que comprenderlo. Es mucho lo que está en juego.

- ¿En juego para quién? ¿Para el rey? ¿Para ti?

- ¡No te consiento que me hables así, Emma!

- ¿No me lo consientes? Soy yo la que se está quedando sin poder elegir su futuro.

- Es tu deber, al igual que lo fue el m...

- ¡Pero yo no soy como tú, madre! ¡No voy a casarme con un desconocido sólo para unificar reinos! - explotó Emma.

La bofetada resonó en toda la habitación, se coló por la rendija de la puerta e inundó los pasillos. Lágrimas de impotencia y rabia a partes iguales habían comenzado a recorrer sus mejillas cuando levantó la cara para mirar a Snow. A Snow, porque la mujer que tenía delante no era la misma que la había traído al mundo. No podía serlo. Ella nunca le habría pegado por decir la verdad.

- Harás lo que se te ordene – declaró la morena con una tranquilidad escalofriante -, o atente a las consecuencias – sin perder la compostura, se giró y salió del cuarto tan tranquila como si hubieran estado hablando del próximo baile en vez de destrozarse verbal y físicamente, como sólo una reina conocedora de su poder podría hacer.

Emma se dejó caer de rodillas al suelo, sollozando, y se abrazó a sí misma. Su mirada se dirigió a la ventana entreabierta, de allí a su cama y luego de vuelta a la ventana. Las lágrimas dejaron de caer. Costase lo que le costase, no permitiría que arreglaran su vida como si sus sentimientos no importaran.

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El rey Leopold no era conocido por su paciencia. Ni por su clemencia tampoco. Gobernaba con mano de hierro y no perdonaba ninguna infracción por parte de sus empleados y soldados. Pero si había algo que no toleraba bajo ningún concepto, era la mentira y el engaño. Por eso eran pocos los que se arriesgaban a guardar algún secreto fuera de su total conocimiento.

Jon sabía todo eso y más, razón por la cual le temblaban las rodillas y luchaba por no hiperventilar. Su compañero aún estaba en la enfermería, así que le había tocado arreglar el asunto él sólo. Malditas fueran aquellas mujeres,

Escuchó el eco del paje anunciando su nombre y se encaminó cojeando a la sala del trono, donde el monarca estaba cómodamente sentado. Cuando alcanzó la distancia correcta según el protocolo real, se arrodilló frente a él.

- Habla, soldado – ordenó Leopold con altanería.

- Nos atacaron por sorpresa, Majestad, no pudimos defendernos.

- ¿Sabes quiénes eran?

- Dijeron que se llamaban "Las Prófugas", Majestad.

- ¡¿Esas bandidas otra vez?! - Leopold estuvo apunto de perder la compostura, todas las semanas le llegaban noticias de esas fugitivas descaradas y le ponía de muy mal humor no haberlas cazado todavía -. ¿Cuántas eran?

- Tres, mi señor. Las de las capuchas negra, roja y amarillenta.

Eso tenía sentido. El último informe que le habían entregado afirmaba que la de la capucha verde había sido malherida en el enfrentamiento anterior, lo que debía haberlas obligado a separarse.

- ¡Padre! - Snow entró corriendo en la sala, se veía agitada y le costaba respirar por la carrera. James apareció detrás de ella, con el rostro pálido.

- ¿Qué ha pasado?

- Es Emma. No está... ¡No está en el castillo! He ido a su habitación y hay una cuerda hecha con sábanas colgando de la ventana. ¡Se ha escapado!

Leopold se levantó del trono, intentando aparentar tranquilidad dado que estaban en presencia de varios súbditos.

- Haz que llamen al capitán de mi guardia – ordenó al paje que apuntaba todo lo que decían -. Quiero que organice una batida con sus mejores hombres. Deben encontrar a la princesa y traerla de vuelta de inmediato.

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Mientras se sentaba a la orilla de un arroyo, Regina se cuestionó una vez más por la suerte que habrían corrido los hombres del carruaje de dos días atrás. En el fondo, muy en el fondo, se sentía un poco mal por ellos, al fin y al cabo sólo eran unos mandados. Pero no se arrepentía de sus actos, hacía mucho que no tenía remordimientos por ellos y no pensaba cambiar eso.

Se había alejado un poco del grupo, como cada día después de comer. A riesgo de parecer débil, necesitaba de pequeños momentos a solas en los que envolverse en sí misma y transpirar su soledad. Porque a pesar de estar con su hermana y sus amigas, sus confidentes, la ausencia de Danielle todavía mantenía un hueco en su corazón. Uno que seguramente nunca podría ser llenado.

Un sonido a su derecha la hizo volver la cabeza. El viento atacaba sin piedad una hoja pegada aun roble cercano, jugando a desprenderla sin intención real de conseguirlo. Tras esa extraña epifanía, se levantó a sabiendas de lo que era: un cartel de "se busca".

La noticia de la desaparición de la princesa había corrido como la pólvora y, en tan sólo dos días, los cuatro reinos estaban informados del suceso. Regina se preguntó el motivo que podría llevar a una adolescente que lo tiene todo a marcharse lejos de las comodidades de su hogar. Aunque bien pensado, su propia historia no era muy distinta.

5 años antes...

- ¡Mira, Regina! - Zelena se desvió del camino, colocándose frente a un árbol situado en la linde con el bosque -. ¡Somos nosotras!

Regina se acercó a regañadientes. El cartel clavado en el tronco mostraba el dibujo de dos caras difusas pero reconocibles. Un escueto "se busca, vivas o muertas" adornaba la parte inferior, junto a una cantidad insultantemente insignificante de recompensa.

- Parece que nos llaman "Las Encapuchadas" - leyó Zelena -. Un poco cutre, ¿no? Deberíamos buscarnos un nombre mejor.

- Lo que deberíamos hacer es seguir caminando si queremos llegar a una posada antes de que anochezca.

- Eres una aguafiestas, ¿lo sabías? Todos los grupos, bandas o colectivos importantes tienen un nombre especial, y te aseguro que a mí se me va a ocurrir uno perfecto para el nuestro.

Y vaya si se le había ocurrido.

En principio había sido para diferenciarse del grupo de hombres (tan variopinto como el suyo) con el que compartían profesión: "Los Proscritos". Ellos actuaban en el reino Azul, por lo que no se veían más allá de un par de veces al año, pero podían contar con su ayuda siempre que la necesitaran.

Luego se habían dado cuenta de que "Las Prófugas" tenía una implicación que todas compartían. Antes o después, todas habían escapado de algo o alguien antes de encontrarse. Regina de su madre, Zelena de su vida de servidumbre, Red de todo aquel que quiso cazarla y Tink de un hada controladora que de santa tenía poco. En cuanto a Mulán, a pesar de nunca haberlo contado realmente, los chismes apuntaban a que había desertado tras la boda de su amor secreto, nada más y nada menos que la princesa Aurora. O eso decían por ahí.

A día de hoy, por designios de la vida, el nombre les venía al dedo, ya que toda la guardia real tenía orden de apresarlas por incontables "crímenes" contra la corona.

Regina descolgó el cartel y lo miró durante un buen rato. Quien quiera que fuese el artista que lo había dibujado, debía ser bastante malo. No es que no fuera preciso, que sí, pero no había captado nada de la esencia de la "modelo". Los ojos del retrato eran fríos e impersonales, sin vida, vacíos de cualquier emoción más allá de la tristeza.

Unos gritos la devolvieron a la realidad. ¿Soldados? ¿Tan lejos de palacio?

Acostumbrada a tomar decisiones en milésimas de segundo, dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo antes de echar a correr.

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Habían pasado dos días cuando Emma creyó que por fin era libre. Sin clases aburridas a las que asistir, sin lecciones de etiqueta que tomar. Sólo ella y el bosque.

Estaba muy orgullosa de haber sido capaz de burlar a la guardia de noche con Tormenta. Claro que la yegua había quedado en su lugar secreto, no podía arriesgarse a que le hicieran preguntas indiscretas como porqué una supuesta campesina tenía un corcel real. Además del animal, sólo se había llevado una bandolera con un par de mudas de ropa (vestidos no incluídos) y algo de comida, ya que no sabía cuánto tardaría en llegar a alguna aldea con taberna o posada.

Se sentía tan alegre que la dicha casi le desbordaba del pecho, pero la sensación de victoria duró poco. Ahora los guardias le pisaban los talones, ya la habrían cogido de no ser por toda la furia contra su familia mezclada con la adrenalina que inundaba sus venas.

- ¡Por aquí! ¡Está dejando un rastro, vamos! - escuchó a unos doscientos metros por detrás.

Se obligó a acelerar el ritmo, ignorando las protestas de los músculos de sus piernas. No podía volver. No cuando las consecuencias incluían casarse sin amor, sin ganas... y con corsé.

Tan concentrada estaba en maximizar la distancia con sus perseguidores, que no se percató de la figura que la estaba alcanzando por su derecha antes de girar hacia ese mismo lado.

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La sensación del carcaj chocando contra su espalda mientras corría siempre le proporcionaba firmeza y seguridad, a sabiendas de que tenía un arma para defender a otros y a sí misma. Como un seguro de vida portátil, algo muy útil si tienes en mente meterte en medio de un cazador y su presa.

Regina sonríe. El panorama no es demasiado común pero tampoco alarmantemente extraño. Y unos cuantos soldados persiguiendo a una figura femenina cuya capa ocultaba su rostro no era un reto demasiado difícil o complicado.

Avanza por la derecha de la chica con la idea de apartarla de alguna forma y que no se vea involucrada en la pelea, pero todos sus planes se esfuman cuando la desconocida hace un giro totalmente inesperado de noventa grados y se la lleva por delante. Caen estrepitosamente al suelo entre toses y gruñidos, confusas los primeros segundos, y se apartan la una de la otra.

Regina se incorpora a medias sujetándose el hombro dolorido, dispuesta a gritar un par de cosas no aptas para menores, pero entonces se paraliza. Porque a pesar de los años, de las desgracias y de los maltratos, jamás ha olvidado esos ojos, ni azules ni verdes, que hace tanto tiempo la hicieron sentir, por primera vez en su vida, parte de algo único y especial.

¿Qué creéis que ha pasado?

A) Regina se ha dado un golpe en la cabeza y tiene alucinaciones.

B) No es una alucinación, es un troll.

C) ¡SwanQueen a la vista!

D) No entiendo esto de las opciones, así que mejor dejo una review ;)

Pau, estoy esperando tu comentario kilométrico .