31 de octubre 1987
-Es un pazguato –dijo una de las niñas y se echó a reír, los demás la siguieron pero estaba seguro de que ninguno comprendía el significado de la palabra. Se encogió de hombros y siguió caminando por la calle. Cargaba con una lámpara en forma de calabaza y una bolsa con tres dulces. No había tenido ganas de tocar en ninguna puerta de la calle, a pesar de que vivían en una cerrada y solamente los hijos de los vecinos estaban ahí.
Era seguro el repetía su madre, nadie iba a suceder.
Sin embargo él no estaba tan seguro, de nuevo sentía su presencia, desde que abrió los ojos pensaba que lo vería de nuevo y no tenía miedo, no era eso. Sin embargo, la inminente aparición lo hacía sentirse nervioso, tal vez a él no le pasaría nada, pero el peligro seguía presente.
-¡Aléjate!
Escuchó de nuevo a la misma niña que se había burlado de él, los otros permanecían detrás de ella, parecían asustados. Ella miraba a un niño disfrazo, parecía un pequeño espantapájaros, los ojos de botón, negros, por un segundo se desviaron de ella y lo miraron a él. Se estremeció pero no tuvo miedo.
-Tan sólo te dijo "truco o trato" –otro de sus amigos habló, aunque el temblor en su voz fue muy caro, parecía casi querer echarse a correr.
-¡Huele mal! –gritó, parecía que la había ofendido con su presencia, pensó que lo único que debía hacer ella era darle un dulce, era todo, apegarse a la parte del trato. Al no hacerlo, estaba pidiendo un truco, faltando al respeto de la tradición.
Como su primo, ella era desagradable y se había portado mal con él.
-Dale un dulce –dijo otra de las niñas aunque esta vez no esperaron, todos y cada uno de ellos sacaron dulces de sus bolsas y los pusieron frente al niño disfrazado, sus ojos de botón fijos en la niña mayor parecía que no prestaba atención al gesto de los demás. Después salieron corriendo dejando a la niña sola, parecía que no se podía mover, que estaba clavada en el piso.
-Tan sólo dale un dulce y podrás irte –alcanzó a susurrar sin saber si era cierto o no, de nuevo no tenía miedo por él si no por ella, sabía que le esperaba algo horrible. La niña se empecinó, no podía tener más de diez años y sin embargo, levantó el mentón altaneramente y dijo: El Halloween es una tontería y tú no eres más que un niño que huele mal.
Apagó la luz que llevaba colgada en su cuello, tenía forma de fantasma y brillaba con tres colores. Contuvo la respiración, las luces de la calle parpadearon tres veces y entonces de nuevo lo pudo ver sin la máscara, su rostro era un poco mayor, sus ojos azules brillaban pero cuando lo miró a él, pareció sonreír.
Su madre lo fue a encontrar en el hospital al que lo llevaron, estaba casi en estado de shock. Se acercó a ella, a la niña que lo había aventado, tenía la garganta cortada, una larga herida en su cuello, la sangre había formado un enorme charco aunque él trató de detenerla. "Él está bien señora Holmes", escuchó decir a los médicos. "Intentó ayudarla", dijeron los policías.
Pero no habría podido hacer nada, sólo la vio morir. Y seguía sin tener miedo, sólo que el momento de la muerte lo asustaba, ¿qué habían hecho ellos para merecer lo que les pasó? Tendría que poner a trabajar la lógica y la coherencia de la que tanto se enorgullecían los Holmes.
