CAPÍTULO DOS: LA MEDICINA Y LA SIERRA
No era la primera vez que Link decidía perder el tiempo con cosas que no tenían qué ver con su misión.
A Link le gustaba el tiro al blanco. Navi supuso que Link se había obsesionado con aquella habilidad desde que
, estando en los Bosques Perdidos siete años atrás, Link había disparado su resortera directamente hacia una rebanada pequeña de tronco, que colgaba de un árbol. Había acertado tres veces seguidas, justo en el blanco, y un Deku Scrub había salido de su guarida de hojas para felicitarlo: le había regalado una bolsa más grande para guardar sus semillas Deku.
Después de eso, en cuanto Link se dio cuenta de que en la Ciudad Castillo existía un establecimiento para poner a prueba sus habilidades como francotirador, había acudido de inmediato, y había ganado a la primera vez. Era talento natural, le dijo el Hylian.
Cuando pasaron siete años, Link encontró el mismo establecimiento, e iba regularmente a alardear.
Uno de aquellos días, un sujeto le comentó que, con habilidades así, incluso las Gerudo tendrían qué preocuparse por su reputación. Navi no quiso que Link siguiera indagando, pero no pudo frenar su innata curiosidad, y de un día para el otro, el muchacho ya había averiguado que, en el desierto, las Gerudo eran famosas por sus tiros al blanco, ¡montadas a caballo!
Link no había descansado hasta lograr alardear con ellas también. Se hizo miembro de las ladronas Gerudo, pero esa era otra historia…
Perder el tiempo así…
Aunque Navi sospechaba que la membresía de las Gerudo les sería útil más adelante. Después de todo, Ganondorf era un Gerudo; ahora Navi y Link podrían entrar como Pedro por su casa e investigar el desierto.
El caso era que, después de practicar arquería a caballo (cazando fantasmas por todo Hyrule), Link se encaminó al campo de tiro de las Gerudos y batió sus récords.
¡El chiquillo no podía tener la cabeza más grande…!
— ¡No puede ser! ¡Llegamos de noche! — exclamó Navi, un poquito (porque ella misma era "un poquito") molesta. Se salió del cálido refugio bajo el sombrero de Link y empezó a dar vueltas alrededor de su cabeza, haciendo que la sombra del rubio danzara en círculos también.
Link empezó a caminar más tranquilamente una vez que se encontró en Kakariko. Divisó el árbol de la entrada y tuvo un recuerdo… ¡Justo allí, se sentaba un muchacho por las noches! Aquel muchacho era el mismo que se acababan de encontrar en los Bosques Perdidos, y que les pidió que le llevaran un hongo a la vieja de la tienda de pociones.
Y hablando del hongo…
Link se sacó la bolsa mágica de detrás de su escudo Hylian, y hurgó en ella. Cuando finalmente sacó el hongo, le echó un vistazo para ver si aún estaba fresco.
— Link… — seguía diciendo Navi, empezando a volar frente a él para asegurarse de que le estuviera prestando atención. El Hylian le sonrió por toda respuesta. — Link, ya es de noche — repitió —, el hombre lindo que atiende el negocio de las pociones ya debe de estar durmiendo. No nos va a dejar pasar, y para llegar a la tienda de la señora, hay qué pasar por la tienda de él.
Sin embargo, Link no parecía muy preocupado por eso. Frunció el ceño.
— ¿Qué quieres decir con "lindo"? — le preguntó a Navi. El hada se sintió avergonzada. Link siguió mirándola, sin comprender. — ¡Tiene el cabello largo, como las niñas! — Era la explicación del Héroe. Navi reprimió una sonrisita: la lógica de Link seguía siendo muy infantil, y le enternecía.
— Ah, cállate. — Contestó Navi, volando frenéticamente de arriba a abajo, como si estuviera ofendida. — ¿Tú qué puedes entender? Eres un hombre. No puedes notar cuando otro hombre es guapo. — Y esta era la explicación de Navi. No podía objetarse.
— A que sí. — Contestó el Héroe, sin pensarlo. Navi se detuvo en seco frente a sus ojos, alarmada.
— ¿Tú sí? — repitió el hada, mirándole con suspicacia. Estaba un poquito preocupada ante esta respuesta; sobre todo, porque Link era su "Kokiri", y ella era su hada. El hada debía ser como la madre del Kokiri, y Navi no estaba segura de que fuera conveniente que al Héroe del Tiempo le gustaran los hombres y no dejara vástagos. — Link, eso es alarmante… ¿Acaso has pensado en otros hombres como hermosos, digo, como guapos?
— Supongo… — contestó Link, paseando la mirada por villa Kakariko, como si estuviera tomándole medidas mentales. — Quiero decir, no he pensado en "otros hombres", pero… Creo que simplemente se me vino a la cabeza…
— ¿Entonces estás hablando de alguien en especial? — Navi empezó a volar de frente a un ojo del Héroe, al otro, pero Link seguía enfrascado en el paisaje. En realidad, el Héroe estaba pensando en la mejor manera de llegar a la tienda de la vieja sin tener qué pasar por la tienda del hombre que a Navi le parecía lindo. No entendía por qué Navi parecía tan interesada con la actual conversación.
— Sí. — contestó Link. Ya había alcanzado los escalones que dirigían al Molino, y empezó a subirlos desenfadadamente. — Sheik.
En ese momento, Navi se detuvo tan de repente que chocó contra la frente de Link. Si no fuera una esfera azul (lo que, seguramente, no era), tendría la boquita abierta.
El impacto captó toda la atención de Link, que ahora se divertía ante la indignación de Navi, aunque seguía sin entender por qué el hada era tan densa…
— En este momento voy a buscarlo para decirle lo que sientes. — Contestó el hada, y empezó a alejarse. A Link, la realidad lo golpeó en la cara, justo como hizo Navi segundos atrás, y se dio cuenta de cómo había sonado toda la conversación, para cualquiera.
— ¡Navi! — Link consiguió capturarla entre sus manos, y sintió las alitas moviéndose frenéticamente contra sus palmas. — ¡No quise decir que me gusta Sheik! Es sólo que tiene… No sé qué…No lo puedo explicar. Es como… Raro. ¿Sabes? — Abrió las manos, y el hada se quedó obedientemente sobre ellas, ahuecadas. Le dirigía toda su atención. — No se lo digas — añadió finalmente el Héroe, en un tono conspirador —, pero parece una señorita.
Se rió, y dejó ir al hada.
Navi volvió a volar frente a sus ojos, pero su actitud había cambiado por completo a una mucho más peligrosa: la actitud maternal.
— Link — lo riñó. — Eso es bastante grosero de tu parte.
— ¿Quién te entiende, Navi? — Link subió los ojos, divertido. Siguió caminando, hasta toparse con la veranda, y de un salto, se encaramó a ella.
— ¿Qué vas a hacer, Link? — le preguntó un hada curiosa.
—Voy a usar el Gancho, para llegar al techo — explicó, señalándolo, adelante — Y así poder entrar a la tienda de Pociones de la vieja por la puerta de atrás.
— ¡Bien pensado! — lo felicitó Navi, a lo que Link le correspondió con una sonrisa casi altanera (e infantil). — Y date prisa. Porque, no quiero ser alarmista, pero me llega un olor pútrido… Y el hongo ya se siente como…Reseco.
Link se dio prisa en efectuar su plan.
La tienda de pociones de la vieja siempre estaba muy cálida, llena de los vapores de las pociones que abarrotaban su tienda; sobre todo del par de calderos, uno rojo y otro verde, que estaban en fila, cerca de la entrada, y como el clima todavía no empezaba a calentarse, Link lo agradeció desde el fondo de su corazón. Evaluó la temperatura: si dejaba pasar más el tiempo, cuando llegara la hora de entrar al Templo del Agua, el agua estaría menos fría, y Link realmente quería aquello. Pero tampoco podía dejar pasar mucho tiempo, porque había vidas en juego. Los pobres Zoras…
La vieja bruja parecía ya estarlo esperando, y antes de que Link pudiera hacer nada, ella le pidió (más bien, le exigió) que le diera el hongo. Lo había olfateado. Link se lo tendió, confundido. Ella murmuró algunas frases, Link no les encontró mucho sentido, claramente dirigidas hacia el sujeto que estaba en los Bosques Perdidos, y luego le dijo a Link que le llevara una pócima.
Link la tomó con cuidado. Olía exactamente igual al hongo.
El viaje de regreso fue mucho más rápido, en parte porque Link había mimado mucho a Epona antes de empezar a cabalgar, para animarla. Además, no tomó ningún descanso.
Cuando le había llevado el hongo a la bruja, se detuvieron a la mitad del camino para dormir un poco, pero esta vez Link se sentía energético. Navi no entendía cómo era que el rubio apenas dormía tres horas al día, a veces, y despertaba fresco como lechuga al término de su descanso. Ella se la pasaba la mayor parte de estos viajes dormida bajo el sombrero de Link. Era como un gato, y despertaba ocasionalmente cuando sentía la presencia de enemigos.
Quizás era la influencia de los Kokiri, que rara vez dormían. A cualquier hora que entraran a su bosque, los Kokiri estaban despiertos y jugando.
— Fue culpa mía — se lamentaba el Héroe, mientras cabalgaba tristemente hacia el valle Gerudo. La vegetación empezaba a perderse, y las tierras rojas dominaron todo el paisaje. Las enormes rocas sobresalían del suelo como icebergs, y aunque el terreno era difícil, aquello no era ningún problema para Epona. Además, solamente estaba trotando, perezosamente, como si el viento fuera quien la fuera empujando.
Las palabras de Link fueron captadas por Navi, quien llevaba callada todo el viaje desde el bosque Kokiri, impactada.
Su deber era salir de debajo del sombrero, por más que lo adorara.
— No fue tu culpa, Link. Tú siempre supiste lo que le pasa a las personas en los Bosques Perdidos, si no son acompañados por un hada.
— Por eso precisamente. No sé cómo no se lo dije al dueño de Cojiro — susurró Link —, no sé cómo se me pudo pasar ese detalle. Lo vi ahí, abandonado, y no le advertí que se fuera. Seguramente ya es un Stalfos… — razonó el de túnica verde, con un estremecimiento. Pareció pensarlo por un segundo, y soltó una conclusión: — jamás volveré a pelear contra un Stalfos.
Aquello no tenía mucho sentido, pues los Stalfos eran las criaturas que más problemas le representaban a Link, y dejarse hacer como saco de papas, mientras el enemigo atacaba, no sonaba nada bien. Además, ¿cuántas probabilidades había de que alguno de los Stalfos, que estaban por venir, fuera el dueño de Cojiro?
El silencio volvió a caerles encima.
Navi se dio cuenta de que Link se había traumatizado desde el momento en que la Kokiri rubia, de las dos coletitas, le dijo a Link, con una gran sonrisa burlona, que el sujeto que había estado ahí ya se había convertido en un monstruo, y que solamente había dejado su sierra. La Kokiri le extendió la sierra de carpintero a cambio de la medicina que Link pretendía darle al dueño de Cojiro.
Link, en ese momento, comprendió quién era aquel hombre. Recordó que, siete años atrás, el maestro carpintero de la Villa Kakariko se quejó (como siempre, quejándose) de que su hijo era un bueno para nada.
Por las noches, el hijo del maestro carpintero descansaba al pie del árbol de la entrada, despotricando contra todo el mundo.
¡Ese era! El hombre de los Bosques Perdidos, quien seguramente ya era un Stalfos, era el hijo del maestro carpintero.
Y lo menos que Link podía hacer por él, era devolverle la sierra a su padre.
La guardó con devoción dentro de su bolsa mágica, escondida tras su escudo de soldado Hylian, y se encaminó a buscar al carpintero.
Tiempo atrás, había liberado a los trabajadores del carpintero de la Fortaleza Gerudo.
Lo había hecho miembro de las ladronas, y los carpinteros habían reparado el puente que comunicaba el Valle Gerudo con el resto de Hyrule.
Link disfrutaba mucho al cabalgar a través del Valle Gerudo. Mucho más ahora, que el invierno aún lo atormentaba, pues en el valle siempre hacía calor.
Así fue que, aunque había estado muy triste por el destino del hijo del maestro carpintero, Link se animó un poco en cuanto entró a los dominios de las Gerudos.
El rubio estaba fascinado con las mujeres Gerudo. No se lo diría a Navi, claro, porque podría malinterpretarlo; aunque eso no lo exentaba de admirar la belleza de la diversidad de las razas de Hyrule.
Los Goron, tan desenfadados; los hermosos Zora; tantos Hylian, la gente a quien pertenecía; sus divertidos Kokiri, de mentes puras; dos místicos Sheikah; y claro, las valientes Gerudo. Observar su hermosa piel apiñonada y sus rasgos fuertes era un deleite.
Link se imaginó que las Gerudo le parecían tan atractivas porque, una de las Piedras Parlantes le dijo una vez, desde hace muchísimos años, ellas visitaban Hyrule en busca de novios, para tener hijas.
Ellas también demostraban ese principio, pues todas parecían gustar de Link. Esto no le hacía mucha gracia a Navi; por eso no quería visitar el Valle Gerudo.
Cuando cruzaron el puente, el amanecer pintaba el cielo de lavanda brillante, pero el paisaje terrenal seguía oscuro, como si aún fuera de noche.
Link dirigió la vista, inmediatamente, a la tienda de los carpinteros, que estaba cerrada. No había ninguna luz de ninguna lámpara, así que supuso que seguían dormidos. No eran muy madrugadores.
— ¡Hey, novato! — clamó una voz, alegre.
Link buscó la fuente del sonido y se encontró a una Gerudo, cabalgando resueltamente hacia él. Link le sonrió y le hizo una seña con la mano; ambos bajaron de los caballos y luego ella le dio en el hombro con demasiada rudeza para tratarse de una mujer, pero gentileza para ser Gerudo. Navi resintió la sacudida y salió del sombrero de Link, zumbando, enfurecida por la interrupción de su sueño feérico. Link ocultó una risita, respuesta de la indignación de su hada guardiana.
— ¿Cómo has estado? ¿Le has dado un buen uso a la aljaba que te di? — preguntó la Gerudo, esperanzada. Link, entonces, recordó que era ella quien llevaba el negocio del tiro al blanco a caballo. Link se sintió orgulloso de recordar que había batido su récord: más de mil quinientos puntos. Ella le regaló la aljaba, con la que ahora él podía cargar cincuenta flechas, para su arco.
— Claro. He destruido muchos jarrones, a la distancia. — Le explicó Link, mientras Navi lo miraba con reprobación. Lo bueno del asunto, era que nadie podía distinguir sus ojos, ya que solamente veían su resplandor — Así, la gente nunca sospecha que se trata de mí. — Era una broma, pero a las Gerudo les gustaba escuchar cosas vandálicas como esas.
Epona relinchó, contenta. Parecía entusiasmarse ante la presencia de otros caballos; en este caso, el que tenía la Gerudo. Ella lo notó y miró a la yegua, evaluándola.
— ¡Oye, te robaste un lindo ejemplar de Cuarto de Milla Hylian, chico! — lo halagó. Ya antes se lo había dicho, pero ella jamás había puesto atención a los detalles. Su tono cambió. Ahora sonaba mucho como a Ingo, pero en mujer.
— ¿Eh…? — a Link le tomó por sorpresa. No sabía si contestar que Epona no era robada, o si preguntar qué era "Cuarto de Milla Hylian".
— Yo tengo un hermooso Pura Sangre Sheikah, ¿sabes? — la Gerudo puso una de sus manos en la cadera, creando un gesto de pretensión masculino. Link debió poner cara de tonto, porque ella se apresuró a completar su propaganda: — Es la raza que dejaron los Sheikah. Es la que solían utilizar cuando vivían en el desierto, hace muchos años. ¿Sabes qué más, novato? ¡Deberías cruzar a tu yegua con mi caballo! Es una oferta única. Sólo nosotras, las Gerudo, poseemos unos pocos ejemplares de esta ágil, preciosa y resistente raza. Y tú, rubito, tienes suerte de tener una membresía. La gente te amará y te ADMIRARÁ cuando te vean pasar, montado en una cruza de Pura Sangre Sheikah. Es inconfundible, ¿ves su crin? ¿Ves el arqueamiento del lomo? — Hablaba tan rápido que era imposible concentrarse en alguno de los puntos que puso sobre la mesa. Además, mientras hablaba movía mucho las manos.
— Pero… ¿para qué rayos querrían caballos los Sheikah…? — murmuraba Link, para sí, mientras la Gerudo seguía parloteando y señalando a su caballo, para ejemplificar sus palabras.
— ¡Vamos, novato, es un regalo que quiero hacerte!
—…Después de todo, los Sheikah se pueden teletransportar con las Deku Nuts… — cavilaba Link, siendo desapercibido.
— Y bueno, ¿qué dices? — cortó la Gerudo, entusiasmada. — ¿Quieres que tu yegua tenga un potro único?
Y lo miró, expectante.
Link sabía que ahora sí debía contestar algo, aunque no sabía qué era un potro.
Navi salió al rescate.
El hada comenzó a volar frente a sus ojos, con un aire peculiar: la inocencia fingida, la burla escondida. Hasta dio algunas volteretas, coqueta, mientras disfrutaba lo que decía.
— Quiere que Epona tenga un bebé — Dijo, con simpleza. Ojalá Link dijera que sí, pensó Navi, esperanzada. Así, la yegua debería quedarse en el Rancho Lon Lon, y Navi sería la única chica en la vida del Héroe, como todo se suponía que debería ser.
Link le dirigió una mirada desamparada a Navi.
El hada suspiró.
— ¿Acaso… No sabes cómo se hace un bebé, Link? — adivinó Navi. Link negó con la cabeza. La pequeña hada enrojeció, pero este era su trabajo como guardiana. Suspiró. Tomó aire, revoloteó hasta la singular oreja de su "Kokiri" y empezó a susurrar las instrucciones.
La Gerudo miraba con curiosidad, pues no había captado ninguna de las palabras que el hada había dicho; pero se dio cuenta de que el rostro del Hylian rubio empezaba a adquirir un tono pálido, y luego un rojo especial: el de la ira.
— ¡¿QUÉEE?! ¡NO! — gritó el Hylian, súbitamente, sorprendiendo a la Gerudo. — ¡Jamás podría dejar que cometieran esa infamia con Epona! ¡Es demasiado joven!
— Yo difiero. Déjame ver, novato. — La Gerudo se acercó a la yegua, con presteza. Link la miró con recelo, como si esperara que la mujer la asesinara con la mirada o algo por el estilo. La mujer separó los belfos del animal y escudriñó sus dientes, con ojo experto. — No… Al contrario. Ya es muy vieja. Debe de tener unos… Siete años.
Aquéllo ofendió de gravedad al joven Hylian. ¿Vieja? ¿Qué se creía esa Gerudo? ¡Epona era sólo una niña: tenía siete años!
— Jamás dejaré que Epona sea maltratada así. ¡Ella tiene que ser la única de su especie! — sentenció Link, subiendo a la yegua, con aire molesto. La Gerudo enarcó una ceja, incrédula del espectáculo.
¿Quién rechazaría una oportunidad dorada como esta?
— Vámonos, Epona — comandó Link, apretando los flancos de la yegua con sus piernas. Navi se quedó flotando en el mismo sitio, terriblemente decepcionada de la respuesta del Héroe.
Y entonces ocurrió lo impensable: Link fue derribado de su yegua con una flecha.
Navi empezó a tintinear, histérica, mientras se acercaba al héroe caído. Epona relinchaba, parada sobre sus miembros posteriores, y fue realmente una proeza que la mujer Gerudo apareciera de la nada y montara con facilidad a la yegua en ese estado de excitación.
Los cascos del caballo empezaron a resonar cada vez más lejanos, mientras Link y Navi oían que la arreaba con las riendas de cuero.
— ¡Epona! — gritó Link, esperando a que reaccionara con su voz. Navi miró de cerca el sitio donde lo había golpeado la flecha, y lo encontró intacto. Con la curiosidad que la caracterizaba por entender todo lo que estaba a su alrededor mediante su propio conocimiento empírico, Navi buscó la flecha, tirada en el suelo, y se dio cuenta de que no tenía una punta afilada, sino una bolita de trapos anudados. La flecha sólo pretendía tirar al oponente del caballo, no hacerle daño. Extraño…
— ¡Se la roba…! — exclamó Navi, con la voz muy aguda.
— ¡No me digas…! ¡Como siempre, qué atinados comentarios, Navi!
— ¡Cállate, y haz algo! — lo riñó el hada, volando de arriba abajo con gran velocidad. De pronto, algo captó su atención, y se lo señaló a Link: — Mira, dejó su caballo Sheikah.
No necesitó que se lo dijeran dos veces; Link montó al caballo con gran agilidad y empezó a arrearlo. El caballo Sheikah se resistía, pero finalmente terminó obedeciéndolo, confiando en las caricias que el Hylian le hiciera, para que le tuviera respeto.
De inmediato, Link se dio cuenta de la diferencia entre un caballo y el otro: este era muy ligero, y corría como el viento, pero Link dudaba que pudiera soportarlo en viajes largos, sobre todo si cargaba la Espada Maestra, el Escudo Hylian y demás artilugios especiales.
¿Cuán lejos podría llegar la Gerudo? ¿Se adentraría al desierto…? No. Porque Link trató de hacer pasar a Epona una vez, y ella se rehusó completamente. Cuando había puesto las primeras patas en el terreno, se asustó y se dio la vuelta, histérica.
Entonces, no tendría muchos lugares a dónde ir, a no ser que…
Link dirigió al caballo hacia donde pensó.
¿Sería posible que un crimen estuviera tan mal hecho…?
Doblaron la esquina, subieron la colina y, presto, llegaron al Campo de Arquería a Caballo.
Allá estaban los tableros, los jarrones, las enormes cajas.
Allí, en donde la Gerudo se paraba a recibir a los retadores, estaba… La Gerudo.
Y al final de la pista, descansando tranquilamente (como si no hubiera pasado nada), estaba Epona.
Link desmontó al caballo cuando llegó hasta la Gerudo, sin saber si seguir enojado o no.
— Buenas, novato. ¿Quieres intentar romper tu antiguo récord? Costará sólo veinte rupias. — Le ofreció.
— ¿Qué…? — Link no solía enfadarse mucho, pero esto era ridículo. — ¡¿De qué estás hablando?! ¡Devuélveme mi yegua!
Entonces, la Gerudo rompió en carcajadas.
— Sólo era una broma, novato. – Le aseguró.
Jamás se habían burlado de él de esa forma.
Ahora Mido le parecía sólo un angelito; porque esta mujer, en cambio, estaba loca. Link agradecía haber conocido la locura antes de morir, él mismo la acababa de experimentar de primera mano.
Cuando salió de la Fortaleza, con Epona caminando a su lado con el más inquietante gesto de desfachatez, las Gerudo sonreían sin disimulo al ver a Link con la guardia bien alta.
Las mujeres estaban locas.
Finalmente, Link había regresado al campamento de los carpinteros, y le había regresado a Mutoh la sierra de su hijo.
No le dijo la teoría Kokiri, de que su vástago se habría convertido en un Stalfos para estos momentos, por supuesto. Link esperaba, en el fondo, que omitiendo esa información, las probabilidades de que el dueño de Cojiro hubiera mutado en un monstruo fueran menores.
Mutoh, el maestro carpintero, se sintió muy agradecido, y le obsequió a Link algo que parecía una espada, rota. Link no imaginaba cómo era que la había roto (¿luchando contra qué? y, ¿él también debería luchar contra algo así de duro?).
Link dio las gracias, educadamente (de no ser así, Navi podría jalarle o morderle las orejas), y se alejó del valle Gerudo, por el puente.
Cabalgaron con tranquilidad, mientas las mentes les volaban.
¿Qué harían ahora?
¿Les quitaría mucho tiempo pasar a la ciudad Goron para que le arreglaran la espada a Link? Y luego, claro, tendrían que ir al Templo del Agua, en el fondo del lago Hylia. Eso no era deseable, pensaron, con un estremecimiento simultáneo, porque la temperatura todavía era glaciar y cruel.
Navi estaría bien mientras pudiera dormir bajo el sombrero del Héroe. Con este pensamiento, ella se acomodó sobre el hombro del Hylian, descansando como gato frente a una chimenea.
Ya tenían sueño, los dos.
—Oye, Navi — dijo de pronto Link, arrullado por el lento galope de Epona y los tibios y directos rayos de sol del ocaso. Navi tintineó para que entendiera que estaba escuchando. — ¿Sabes qué sería lindo? Que te casaras con un Hado Rojo y tuvieran un hijo — Terminó, con cierto tono travieso.
— ¿Eh? — el corazón de Navi se rompió. Flotó algunos milímetros sobre el hombro del joven, con indignación. Entonces le reprochó, y su voz sonaba como si estuviera a punto de llorar de rabia: — ¿No querías, por nada del mundo, que Epona tuviera hijos, pero no hay ningún problema cuando se trata de mí?
Link se rió con suavidad. Navi tranquilizó sus ánimos asesinos con aquello, y además, todo quedó resuelto cuando Link reveló sus verdaderos pensamientos, con un aire inofensivo que, Navi no se decidía, podía ser auténtico o no:
— Sólo pensé que sería divertido tener un hada púpura, eso es todo
Notas:
¡Hola, ¿cómo están?!
Gracias por leer el segundo capítulo. Debería haberlo hecho la semana pasada, pero eran vacaciones de semana santa, vamos! :D
Quiero decirles a los que pulsaron "follow" y "favorite" que me hacen muy feliz! El haber escrito todo el fic -oh, sí, ya está terminado (; - vale la pena por el sólo hecho de su lectura. Muchas gracias!
Sobre los nombres:
Decidí llamar al carpintero como su alter ego de Majora'sMask: Mutoh.
Creo que sería más fácil que también hiciera lo mismo con quien pudiera. Me pregunto si utilicé "Grog" para referirme al hijo del carpintero, ¿es confuso si no lo hice?
