No fallar
Noviembre 2012
–¿Crees que voy bien?
Lizzy se giró y suspiró. Estaba muy preocupada por aquel evento. El padre de Giorgio se presentaba a la alcaldía de Seattle e iba a presentar su candidatura aquella misma noche. Y, aunque había acudido ya a algún evento formal con los Cavalli, tenía miedo de desentonar en uno tan importante. Seguro que Giorgio se enfadaría y tendrían una pelea y no le apetecía nada discutir con él. Se ponía muy estúpido cuando peleaban.
–Estás muy guapa, cariño –su madre asintió y sonrió levemente. No le hacía mucha gracia que su hija de 17 años fuera a eventos políticos, pero era muy importante y Giorgio y sus padres habían insistido tanto que al final no había podido decir que no. Además, le habían prometido que no la expondrían ante los medios y que estaría a salvo.
La chica asintió. Se había puesto un vestido largo de color rojo –por petición expresa de sus suegros, ya que aquel era el color del partido por el que Umberto se presentaba– y unos tacones no muy altos negros y se había hecho un semi-recogido y la manicura francesa en la peluquería. Además, también había pedido que la maquillaran. Necesitaba estar perfecta y poder demostrarle a los Cavalli que estaba a la altura y que Giorgio no se había equivocado y que no era ninguna cría. Además, ¿qué eran cinco años de diferencia?
–Espero no desentonar mucho –murmuró, cada vez más nerviosa.
–Seguro que todo irá bien –le aseguró su madre. Miró el reloj y sonrió–. Ya es casi la hora, ¿te falta algo?
–Solo coger el bolso.
–Pues te espero en el salón.
La mujer salió del dormitorio y comenzó a bajar las escaleras que conducían al salón justo cuando sonó el timbre.
–¡Si es Giorgio, dile que ya bajo!
–Claro, cielo.
Asintió y terminó de bajar las escaleras mientras su marido abría a su madre, que parecía realmente emocionada.
–¿Se ha ido ya? –Preguntó Charlotte, entrando en la casa.
–No, pero ya está lista y va a bajar –Mary sonrió–. Está preciosa. Gracias por el vestido.
–Las chicas como ella solo deberían llevar vestidos de grandes diseñadores –replicó. No entendía esa manía que tenía su nuera de comprar la ropa en tiendas normales.
Lizzy bajó entonces y sonrió al ver allí a la mujer. Su abuela Anne se había pasado antes a verla y le alegraba que ella hubiera decidido venir también.
–¡Abuela!
–Elizabeth, estás radiante –dijo, cogiéndola de la mano y contemplándola con orgullo.
–Gracias.
–Estoy segura de que los Cavalli estarán encantados –siguió diciendo. Desvió la mirada a los dedos desnudos de su nieta y tuvo que contener un suspiro. Solo esperaba que pronto un anillo de compromiso adornara uno de ellos. Cuanto antes se comprometiera, menores posibilidades habría de que llegara algún niñato y echara su vida a perder.
–Eso espero, estoy nerviosa.
Justo entonces, el timbre volvió a sonar y la morena dio un pequeño bote.
–Debe de ser Giorgio. Ya voy yo.
Abrió rápidamente la puerta y saludó a su novio con un corto beso en los labios.
–Estás guapísima, Lizzy –le dijo, mirándola de arriba abajo con una sonrisa–. Sei bellísima, amore!
–Esagerato –rió y volvió a besarlo–. Ti amo.
–Ti amo di più –le dio un pequeño toquecito en la nariz antes de pasar a la casa, con una sonrisa–. Buenas noches a todos.
–Giorgio, querido.
–Señora Collins, está tan hermosa como siempre –besó su mano y Charlotte amplió su sonrisa, mientras Lizzy ponía los ojos en blanco y se cruzaba de brazos–. Ya entiendo a quién ha salido Elizabeth.
–Qué adulador –asintió–. Tened mucho cuidado y deséale a tu padre mucha suerte de mi parte.
–Lo haré –respondió–. Se hace tarde y debemos irnos pero, no se preocupen: mañana por la mañana Lizzy estará de vuelta sana y salva. Tienen mi palabra.
–Disfrutad de la fiesta, chicos –dijo David, con una pequeña inclinación de cabeza–. Escríbenos luego, ¿vale?
–Lo haré.
Lizzy se despidió de sus padres y su abuela y entrelazó sus dedos con los de Giorgio antes de salir al pasillo.
Bajaron por el ascensor y salieron del edificio, donde les esperaba la limusina privada del chico. Se montaron y recorrieron el camino hasta su casa en silencio. Ambos sabían que era un momento importante y que no podían fallar o toda la familia quedaría mal y la candidatura peligraría. Lizzy sentía que aquello era demasiado peso para sus hombros, pero se obligaba a aparentar serenidad. Si Giorgio y ella seguían juntos tendría que acostumbrarse a aquello.
Cuando llegaron, se bajaron y subieron rápidamente. Los padres del chico –que ya los esperaban–, los saludaron rápidamente y sonrieron.
–¿Entramos?
Los dos asintieron y él entrelazó sus dedos con fuerza. Había llegado la hora de la verdad.
