Los pasos de la chica de cabellos rubios intentaban sonar lo menos fuerte que podía, pero aun y tratándolo no podía evitar que sus tenis emitieran ese ruido tan característico en su persona.

Mientras volvía a detenerse, en un intentó disimulado por controlar la revolución de mariposas en su estómago, la muchacha lanzó un suspiro y dejo que su voz mental la reprendiera.

"¿Eres tonta o que, Helga? Deja de estar caminando como cuando eras niña. Ya no estás en la P.S. 118, ahora te encuentras en la preparatoria, y si no tienes cuidado te puedes buscar un buen problema con los de grados menores, e incluso con los profesores… Ya no te puedes dar el lujo de otra mancha en tu expediente, no después de lo que…"

Antes de revivir el pasado, la jovencita agitó la cabeza cual perro y lanzó un suspiro. Algunos de los chicos que se encontraban pasando por el lugar la miraron raro, pero la mayoría no le prestó atención y siguió con sus cosas, ignorando a la rubia de gorra deslavada y pantalones rotos.

Hacía mucho que Helga había dejado los vestidos y su moño atrás, pero sin importar cuanto quisiera disimularlo, siempre había una cosa que destacaba sobre su persona: aquella pulsera casera que la muchacha había hecho con un listón casi idéntico al que le había dejado a Arnold.

Eso era lo único que la distinguía como miembro del sector femenino de la población estudiantil. O por lo menos, eso suponía ella. Era poca la atención que le dedicaba a su cuerpo y a lo que los varones veían de ella cuando se acercaban a conocerla mejor, y aun y cuando un par de veces le habían dicho que era muy linda, esta solo se encogía de hombros o dejaba a los "pelmazos" con la palabra en la boca.

Era su forma de ser, y aun y con todos los problemas que le había provocado, no podía negar esa parte de ella que la impulsaba a ser la más fuerte y valiente de todo el lugar. Más ahora que volvía a pisar un terreno que conocía bien, y que necesitaba dejar el pasado atrás.

No le había dicho a nadie, pero en el tiempo que había estado afuera había tenido ciertos "problemas" de cuidado, y si no andaba con precaución estos podían salir a la luz y…

"No. No pienses en eso y mejor dedícate a disimular… Solo pasa desapercibida y no te meterás en problemas. Acuérdate lo que te dijo la irritante de Olga y puede que te vaya bien en…"

—Eh, pero miren quien llego. Es miss cejas de oruga.

"Maldición… Te odio, Harold".

—¿Cómo estas miss cejas de…? —, antes de que el fornido chico pudiera decir algo más, Helga se plantó frente a él en dos pasos, con las manos en las caderas y una mirada asesina que lo hizo retroceder un par de pasos.

El robusto muchacho se ganó un buen abucheó por parte de sus fieles amigos, Sid y Stinky. El segundo no tardó en apoyar su mano sobre el hombro del Harold y dijo, sin borrar la sonrisa de su boca.

—¿No que volvería como una chica?... Págame.

—No seas tramposo, Stinky. Seguro ya la habías visto antes y no…

—Sigues siendo un llorón, Harold —, dijo Helga a la par que le propinaba un golpecito en la frente al chico rollizo. Este torció el gesto pero no hizo más, todavía no sabían bien de que era capaz la nueva Helga y necesitaba medir sus distancias —, y aunque no me gusta que hagan apuestas conmigo, me parece que le debes un dinero a Stinky.

El mencionado le dedicó una pequeña sonrisa a la rubia, gesto que aunque no le respondió, si captó la muchacha.

Harold avanzó un paso y se cruzó de brazos. Todo porque un grupo de chicos de primero habían llegado a esa zona del pasillo, y miraban el intercambio de palabras con bocas entreabiertas y ojos casi saltones.

Era claro, quería demostrarles quien mandaba. Lo malo fue que Helga se enfureció por el cambio de actitud.

—¿Qué? ¿Quieres otro recordatorio?

Esas preguntas fueron suficientes para que el chico rollizo retrocediera de nuevo y, con las manos dentro de los bolsillos, se fuera del lugar arrastrando los pies, seguido de cerca por Sid y un risueño Stinky.

—Increíble. Ese chico ya olvido quien manda. Creo que voy a tener que recordárselo, antes de que vuelva a hacérmela y…

—¿Helga? —, una vocecita sonó por detrás de la chica, y mientras esta volteaba unos delgados y pecosos brazos la rodearon del cuello. Era Lila —, ¡Hola, Helga! No puedo creerlo, de verdad volviste. Creí que era una broma de los chicos, pero aquí estas.

La rubia soltó un bufido e intentó alejarse de la pelirroja, pero tras un par de tirones se dio cuenta de que aquello sería una empresa perdida. Parecía ser que la chica había aprendido a ser igual de pegote que su "querida" hermana Olga.

—Sí, sí. Volví y aquí me voy a quedar. Ahora, ¿Podrías soltarme por un momento? Me vas a ahorcar y voy a llegar tarde a la clase.

—Sí, claro. Lo siento. Es que, no esperaba verte por aquí.

—De acuerdo, hermana. Ya entendí.

Helga ya se estaba reacomodando la ropa para poder seguir su camino, cuando un par de ojos azules chocó con los de la rubia.

Sabía que no podía acercarse a ella. Se lo había dejado bien claro la noche anterior, en las escaleras frente a su casa, mientras se…

—¡Helga! ¿Tienes fiebre? ¿Qué…?

—No. No tengo nada. Estoy bien. Solo necesito llegar a la clase y ya. Yo…

Aun y con esas palabras, la pelirroja volteó lo más disimulada que pudo y, al toparse con la figura larguirucha de Arnold, devolvió sus ojos a donde se encontraba su acompañante.

Esta había notado toda la operación y ahora la miraba con los ojos entrecerrados.

"Y vamos otra vez con lo mismo. Ah, Helga, ¿Por qué no puedes ser un poco más disimulada en esas cosas?"

—Ven. Te llevo al salón.

Aquello no se lo esperaba la rubia, que se dejó transportar por una Lila sonriente pero muda. Viendo que tendría que ser ella la que rompiera el silencio, la muchacha lanzó un suspiro y, con la boca medio arrugada, dijo.

—Gracias, señorita perfecta.

—De nada.


Volví, jajaja.

¿Están list s para descubrir que más le depara a nuestra querida rubia que ya no tiene una sola ceja?

Es tiempo de retomar la historia donde la deje, así que comenzamos.