Capítulo II

-Kingsley ¿puedes concederme la libertad definitiva? – Preguntó serio – ya probé que soy de confianza.

-Aún no, Draco, sabes que debes cumplir con una cuota – respondió el Ministro, caminando parsimoniosamente hacia la salida de ese lúgubre lugar.

Malfoy respiró hondo, tratando de reprimir el deseo de abalanzarse sobre Kingsley. Caminó hacia él, para poder pedir explicaciones.

-¿Y cuanto es? Porque esos estúpidos que acabo de traer son los más peligrosos y malvados mortífagos que quedaban, valen mucho – opinó parándose frente a él – además, sabes la verdadera razón por la que me convertí en mortífago.

-Sí, la sé, pero no se lo quieres contar al mundo, y necesito pruebas para convencer de otra forma al consejo – el hombre lo apartó con el brazo y siguió caminando, dejando a Malfoy loco de frustración.

-He pasado tres años trabajando para ti, me has enviado a misiones, he capturado a quienes han quebrantado la ley, atrapé a dos mortífagos fugitivos, y salvé a Granger, ¡¿qué más tengo que hacer, maldición?

-Cierto, salvaste a la señorita Granger…

-No empieces.

Seguramente si cualquier persona hubiese osado en hablarle así al Primer Ministro habría recibido una gran reprimenda, sin embargo, Kingsley lo había acogido cuando nadie más podía ayudarlo, cuando sus padres habían sido capturados por los aurores, y la única forma de seguir libre había sido contarle la verdad a la autoridad. Draco tenía un secreto que reveló ese día, y cuando el ministro le creyó y le mostró su apoyo, surgió una confianza mutua que creció cada día.

-Atrapa a los ocho mortífagos que siguen sueltos, y te concederé la libertad definitiva. – Declaró el hombre, mirándolo con desafío.

-Trato hecho.

-Ve mañana al ministerio, a buscar tu certificado de auror – los ojos de Draco se abrieron mucho, sorprendido - no puedo venir a que te dejen meter alguien a prisión todo el tiempo, tengo otras cosas que hacer ¿sabes? Además lo mereces.

-Eh… está bien – accedió desconcertado. Quién lo pensaría, él, Draco Malfoy, sería un auror. Que irónica era la vida. – ¿Pero no es algo extraño que no sea completamente libre pero si auror?

-Aún debes hacer los trabajos que te mandó el consejo – Malfoy roló los ojos, pues ser el asistente, esclavo, de algunos funcionarios del ministerio era realmente tedioso. -Por cierto, ¿dónde está Hermione?

¡Dios! ¡De veras! Seguramente la pobre estaría gritando por ayuda.

-Mierda, Granger – masculló antes de pasar rápidamente por su lado – está en mi casa aún, nos vemos mañana.

Y dicho esto, desapareció.

El ministro rió, divertido ante el actuar del chico.

Hermione ya estaba cansada de tanto gritar para que alguien la escuchara. Malfoy se había ido hace por lo menos una hora y no se dignaba a aparecer. Su cuerpo cansado por las maldiciones que había recibido ya no le respondía como quería, y de tanto tratar de desatarse las manos, ya tenía las muñecas heridas. Suspiró, ¿qué haría si el rubio no regresaba? Nadie sabía dónde estaba, aparte de él, y era obvio que nadie se lo imaginaría. ¿Cuánto tardaría en morir? Sin comida, ni agua, duraría unos tres meses, o menos.

-¿En qué cosas piensas, Hermione? – se dijo a sí misma. Tenía la leve esperanza de que Él volviera y la sacara de ahí.

Y como si fuese adivina, un ruido de puerta proveniente del primer piso la alentó, seguido por unos pasos apresurados que subían la escala, para que finalmente entrara Malfoy por la puerta de la habitación, con aire agitado.

-¿Estás bien? – preguntó con un tono de ¿preocupación? No, estaba loca, imposible que él estuviera preocupado por ella.

-S…sí – respondió desconcertada aún, al momento en que él tomaba su varita y cortaba las cuerdas que la mantenían presa de esa cama.

-¿Eres estúpida o qué? ¿Acaso no leíste El Profeta esta mañana? – cuestionó ahora con un tono más duro. Hermione se incorporó, sentándose en la cama, bajando los brazos acalambrados, y sobándose los hombros que le dolían montones – ¡Diez mortífagos se escaparon de Azkaban y tú paseas tranquilamente por la calle como si nada pasara! ¡Eras la mano derecha de Potter en la guerra, era obvio que serías uno de sus blancos!

-¿Quién te crees regañándome así? – Preguntó ella exasperada porque el rubio la retara de esa manera – No te importa lo que haga, así que deja de gritarme – ordenó mirándolo claramente enojada - ¿y cómo sabías que andaba por la calle caminando?

-Legeremancia – respondió con simpleza, mientras ambos se veían con los ojos entrecerrados -. Agradece que te salvara el pellejo.

Malfoy, quien hasta ese momento se mantenía de pie junto a la cama, suya por cierto, se alejó de ella y caminó hacia la estantería de libros. Hizo chasquear los dedos, provocando que la luz se encendiera. Hermione hizo una visera con sus manos y lo miró, de espaldas a ella, buscando un libro entre los muchos que ahí había.

-Sí… bueno, gracias – comentó tímidamente, cosa que sorprendió a Draco. - ¿Por qué lo hiciste, por cierto?

-Luego de tantos años de insultos, - dijo volteando la cabeza con una sonrisa de medio lado en el rostro – creo que sólo yo tengo el derecho de maltratarte.

-Eres un estúpido – expresó un tanto divertida por el comentario. Malfoy no contestó. Cuando finalmente encontró el libro que quería, lo tomó, lo abrió en cierta página, leyó lo que ahí decía y lo devolvió a su lugar. Luego volteó y caminó hacia la cama.

-¿Puedes caminar?

-Eso creo.

Sin embargo cuando puso un pie sobre el suelo, cayó, golpeándose la rodilla. Trató de levantarse, pero no pudo, sus músculos no le respondían. El rubio roló los ojos y se agachó, para tomarla entre sus brazos. Hermione, sorprendida, apoyó su cabeza en el pecho del chico, aspirando su exquisito olor, una mezcla entre madera y menta que hacía que sus alocadas hormonas se alborotaran aún más.

-Malfoy…

-Sh – la hizo callar mientras salía de la habitación y bajaba la escala – eres bastante molesta, Granger – comentó con un tono divertido, haciéndola bufar.

Cuando Draco llegó a la planta baja, recorrió la casa por pasillos largos y estrechos de los cuales sólo se podía salir pasando por puertas que habían por todo el lugar. Hermione pensó que si se perdiera en ese lugar, no sabría cómo salir. Finalmente, el ex mortífago se detuvo en una habitación y la depositó en un cómodo sofá. El cuarto estaba oscuro y por lo que pudo notar la castaña, se debía a unas grandes y gruesas cortinas color verde, propio de un Slytherin.

Draco se alejó de ella, dándole la espalda y se acercó a una mesa donde había montones de frascos con todo tipo de pociones dentro. De color rojo, verde, morado, amarillo y azul, todas parecían resplandecer ante la luz que emitía la varita, ahora encendida, del rubio. Con su cuerpo tapó la visual de Hermione sobre la mesa, y con eso, la posibilidad de ver qué cosas mezclaba en ese cáliz de plata que sostenía en sus manos. Quería preguntar, pero no se atrevía, algo en la concentración que Malfoy estaba poniendo en eso la trastornaba.

Luego de un minuto, él volteó, con aire indiferente, para luego caminar nuevamente hacia ella. Le tendió el cáliz y se sentó a su lado, colocando sus manos en la su nuca, y echándose para atrás, cerrando los ojos a modo de descanso.

Hermione elevó una ceja, mirándolo desconcertada. ¿Quién se creía? Luego, bajó la vista al líquido, el cual era de un color rojo, que luego cambiaba a verde y al final, se quedó amarillo. No se parecía a ninguna de las pociones que antes había estudiado, y sí que había aprendido muchas. Pero esta definitivamente le daba recelo.

-¿Qué es esto? – preguntó con clara incertidumbre. Y pronto se arrepintió de haber preguntado por lo que seguramente iba a suceder: Malfoy saltaría burlándose de que la sabelotodo Granger no conoce esa poción. Sin embargo, lo que realmente pasó la desconcertó aún más.

-Aliviará el dolor que provocó el Cruciatus – comentó sin intensiones de moverse de su posición. Hermione volvió a mirar el líquido con desconfianza, ¿y si era…? – No es veneno, bébelo – dijo como si hubiese leído su pensamiento.

No sabía qué hacer, ¿creerle? ¿Y si le pasaba algo? Bueno, no es que lo estuviera pasando muy bien ese último tiempo. Ya no tenía a nadie, pues todos poco a poco se estaban alejando de ella. Había querido tener la compañía de sus padres luego de la guerra, pero ellos decidieron quedarse en Australia pues habían abierto una clínica y no querían venderla aún. Ginny ni siquiera la miraba cuando pasaba por su lado al salir de clases en la universidad, Harry estaba muy ocupado con las misiones que le encargaban en el ministerio, y como auror no podía fallar.

Ron… otra historia, desde que habían terminado, hace casi dos meses, no habían hablado casi nada y lo extrañaba. Porque, antes de todo, eran amigos, los mejores, y no podía creer que el haber terminado su relación, eso implicaba también su amistad. En el fondo sabía que esa afirmación no era cierta, que si se dieran la oportunidad de conversar civilizadamente tal vez sería igual que antes, pero claramente estarían incómodos.

No tenía nada que perder. Por lo que acercó el cáliz a sus labios y bebió el elixir. Una explosión de sabores la invadió, canela, menta, metal, sangre, jugo de calabaza, de manzana, chocolate… Pero lo que más la sorprendió fue que poco a poco fue recuperando sus fuerzas, sintiéndose estupendamente.

-¿Mejor? – preguntó Malfoy, quien aún no se dignaba en mirarla.

-Sí, gracias – comentó para luego ladear la cabeza, inquieta por sus pensamientos, y mirarlo. El rostro del rubio parecía tan perfecto, como nunca lo había visto, y desprendía una tranquilidad que ni en Hogwarts había podido apreciar. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo atractivo que era? Negó con la cabeza, no podía pensar en eso ahora, tenía otras preguntas que quería responder - ¿Por qué me sigues ayudando?

Draco abrió los ojos, dejándole ver la serenidad que sentía ahora que ya no había mortífagos en la mansión. Pero al mirarla, sonrió de la manera más seductora que ella había visto jamás, una sonrisa de medio lado que cargó hasta llevar su rostro a pocos centímetros del de ella.

-No sé, tal vez quiero jugar al héroe un rato – dijo con un tono de voz aún más sexy, haciéndola temblar. Su aliento de menta, su perfume varonil, y su mirada estaban nublando sus sentidos, haciendo que perdiera poco a poco el control de sí misma. Pero fue él quien evitó el inevitable beso que vendría, al alejarse de ella y ponerse de pie. - ¿Tienes hambre? – Preguntó al acercarse a ordenar las pociones que había usado - ¿quieres cenar?

Aquello la hizo despertar de su ensoñación, porque lo que estaba sucediendo no era posible, ni en sus más rebuscados sueños.

-Ahora sí me asustas, Malfoy – dijo levantándose también, buscando algo en la habitación con qué defenderse, pues ni idea tenía donde estaba su varita - ¿qué pretendes?

Y ante la pregunta, el rubio se volteó claramente molesto, y caminó hacia ella mientras la miraba con desprecio.

-Deja de desconfiar de mí – dijo con un tono de ultratumba -, no pretendo nada, ¿está mal que invite a alguien si no quiero comer solo?

-No invitas a quien ha sido tu enemiga por muchos años.

-¿Me vas a acompañar o no? – preguntó ignorando las palabras de ella, y nuevamente se volvieron a mirar con desafío, tal cual lo hacían en la escuela.

-Que quede claro – murmuró Hermione observándolo con los ojos entrecerrados – que no lo hago por ti, sino porque tengo que reponer fuerzas.

Malfoy sonrió arrogante de nuevo, parando su corazón ante la sensualidad que emitía aquel hombre. La tomó del antebrazo y comenzó a caminar hacia la puerta. Definitivamente jamás podría entender a ese hombre, pero de cierta forma el misterio que significaba su mente la excitaba y le provocaba un sentimiento de curiosidad más fuerte que saber todo lo que puede haber en una biblioteca.

Caminaron en silencio hasta lo que obviamente era el comedor de la mansión. Antiguos y elegantes muebles había ahí, todos finos y su color oscuro complementaba al de las paredes, las cuales tenían la huella de retratos que habían sido removidos. Sin embargo otros seguían colgados, no muchos a decir verdad, para ser un muro tan amplio.

Cuando Malfoy soltó su agarre, se acercó a mirar más de cerca los cuadros. Supuso que el rubio se molestaría y la insultaría por su curiosidad, pero no lo hizo. Solamente se le quedó mirando, observando también las fotografías movibles con un dejo de nostalgia y melancolía.

El primer retrato mostraba a un hombre de cabello rubio platinado, ojos fríos, muy parecido a Draco en su mirada. Parecía disgustado de estar ahí, de que ella lo estuviera observando, pues la miró de arriba abajo con desdén. Hermione bufó, típico de un Malfoy.

El segundo y el tercer retrato eran de Lucius, que parecía impotente con su porte y pose. Vestía un traje de Quidditch, y su escoba nueva era casi tan alta como él. De seguro era una foto del tiempo en que era estudiante de Hogwarts, pues la insignia de Slytherin la llevaba orgulloso en su pecho.

-No sabía que tu padre había jugado en el equipo de Slytherin – comentó la castaña con simpleza, no recibiendo respuesta de Malfoy, pero claro, eso era obvio.

Siguió mirando las fotografías, dándose cuenta de que los demás retratos eran de Lucius, Narcisa o él, nadie más estaba ahí, ni siquiera Bellatrix. ¿Habría sido siempre así? ¿Cuándo habrían sacado los demás? ¿Había sido Draco?

El último cuadro estaba él, vestido de Quidditch, en segundo año… Como la vez que la llamó por primera vez sangre sucia.

-Te pareces mucho a tu padre aquí – dijo tratando de desviar de su mente aquellos recuerdos que tan poca gracia le hacían. Malfoy hizo una mueca, que intentaba ser una sonrisa triste, pero no dijo nada, parecía metido en su propio mundo. Y de nuevo estaba ese impulso de querer saber, preguntar qué era lo que pasaba por su mente. Aunque trató de ser algo más sutil con su pregunta - ¿Los extrañas?

Draco bufó y se volteó para caminar hacia la mesa donde ya estaba servida la cena.

-A un hombre como yo no se le tiene permitido extrañar, Granger, es ilógico.

-No – contrarrestó ella – ilógico es que no los extrañes, pues son tus padres.

-No admitiré nada.

Con esas tres palabras, Malfoy había dada por terminada la conversación. Hermione se acercó tímidamente a la mesa, sentándose al lado de él, quien estaba a la cabecera. Se maravilló al ver la gran variedad de platos que había ahí, y se sorprendió también al saber que eran sólo para ellos dos.

Draco sirvió un poco de vino en su copa y en la de ella, tendiéndosela para que bebiera. Y luego de unos tortuosos minutos de comer en silencio, la castaña estaba desesperando.

-Malfoy – lo llamó y éste dejó atrás su semblante serio, para soltar una pequeña risa.

-Sabía que no podrías soportar tanto tiempo sin hablar, Granger. – la miró con arrogancia, algo que, sorprendentemente, ahora le parecía atractivo.

-¿Por qué no estás en Azkaban? - Y con esto, la expresión de él volvió a ser sombrío.

-¿Por qué preguntas? ¿Crees que debo estar en Azkaban?

La intensidad de su mirada la perturbó, sintiéndose por primera vez pequeña a su lado. No era que quisiera que él estuviese en prisión, solamente le sorprendía todo lo que había hecho por ella y quería saber las razones.

-No es eso – balbuceó -, sólo que pensé que como estabas del lado de Voldemort simplemente te enviarían ahí.

-No cometí ningún crimen, simplemente me sentaba en la mesa a escuchar los planes contra Potter – dijo sin mirarla, volviendo a su cena – ni siquiera maté a Dumbledore así que no tenían por qué incriminarme.

-¿Por qué te uniste a los mortífagos entonces?

-¿Qué clase de interrogatorio es éste? – Preguntó molesto - ¿No podemos hablar de otra cosa que no sea esa parte de mi vida?

-Bueno nunca hemos tenido algo de qué hablar, Malfoy – comentó ahora más intrigada. Sin embargo algo le decía que no debía seguir preguntando.

Ambos se sumergieron en un largo silencio que sólo era interrumpido por el sonido de los cubiertos sobre los platos. Cuando terminaron, Draco se quedó sentado, con los ojos cerrados, y Hermione no paraba de preguntarse qué era lo que pasaba por su cabeza. No entendía el pensar del rubio, era como un torbellino de cosas que parecían ilógicas. Pues el chico actuaba de una forma, pero decía otras. Estaba confundida.

En ese momento un fuerte crack hizo que todos los platos sucios desaparecieran de la mesa, quedando solamente las copas de vino con la botella a medio tomar. Hermione miró hacia todos lados, Draco no se había movido ni un solo centímetro.

-Señor – una voz aguda sonó a su lado, y cuando volteó a ver, un elfo doméstico estaba parado a unos metros de la mesa. Sus grandes ojos azules estaban fijos en Malfoy, aunque hizo una pequeña referencia hacia ella cuando lo miró. No vestía como un típico elfo domestico, con harapos y paños viejos. Este vestía un simpático traje de mayordomo en color verde y unos mocasines negros. – Lainadan quisiera saber si usted y la señorita desean algo más. Lainadan puede traer lo que guste, señor.

-Yo paso, Lainadan, gracias – contestó Malfoy, quien luego miró a Hermione - ¿deseas algo más? – ella negó con la cabeza, algo desconcertada – ella tampoco quiere. Puedes irte a descansar.

-Gracias, señor, con su permiso – y con otro crack, el elfo desapareció.

-¡¿Cómo puedes tener un elfo domestico? – Le gritó la castaña, mientras se ponía de pie, encolerizada - ¡Maldito insensible ¿cómo puedes? ¡Son seres vivos igual que tú y yo, no merecen…!

-OJ, Granger, cálmate – ordenó hastiado de toda la situación - ¿empezaras de nuevo con eso?

-¡Ellos tienen derechos! – siempre se le hacía inevitable defender a esas pobres criaturas que muchos trataban como esclavos. Por eso había fundado la Plataforma Elfica que Defiende los Derechos de los Elfos, en otras palabras, P.E.D.D.O. para poder velar por ellos.

-¡Lo sé ¿ok? – Él también se levantó y se acercó peligrosamente a ella – Por esa razón usa ese traje. Tienen un sueldo decente y un día de descanso a la semana. No los sobreexploto, Granger, yo también sé lo que es ser un esclavo.

El tono con que dijo aquella última frase le heló la sangre. Lo había pasado mal cuando estaba reclutado para el ejército de Voldemort, cada acción y comentario lo revelaba. Y de cierta forma quiso aliviar ese dolor, sólo que no sabía cómo.

Estaban tan cerca el uno del otro que podían sentir sus respiraciones. Sus miradas se habían aflojado y únicamente estaban concentradas en ellos. Hermione, por acto involuntario, subió su mano hasta el rostro de Draco, y cuando sus pieles hicieron contacto, una gran descarga los recorrió a ambos, pero a pesar de eso no se separaron. Malfoy cerró los ojos mientras ella le acariciaba la mejilla con su pulgar, disfrutando del momento. Y ella estaba como hipnotizada por la belleza del rubio.

Sus frentes se juntaron, pero no había más intensión que eso, por el momento. La castaña cerró sus ojos también y se dejó invadir por el exquisito aroma del ex mortífago. Estuvieron así hasta serenarse, hasta calmar sus corazones y sus respiraciones agitadas.

-Deberías quedarte con Weasley hasta que haya atrapado a todos los mortífagos – sugirió Draco con voz calmada, aún sin mirarse. Pero al escucharlo, ella se separó y lo observó, realmente jamás podría entenderlo.

-No puedo ir allá, él y yo terminamos – confesó, pero no sabía por qué lo hacía, a Malfoy eso no le importaba. Draco sonrió, acercándose a ella.

-Entonces tendré que llevarte a tu casa. - La tomó de la muñeca, pero Hermione emitió un gemido de dolor, debido a que estaba herida por las cuerdas. – Perdón.

La tomó de la cintura, apegándola fuertemente a él y desaparecieron.

Hola! como están? aquí he vuelto con otro capitulo de esta historia, quería darles las gracias a todas aquella las que me dejaron reviews, las que agregaron a favoritos y a alertas. Ojala les haya gustado el capitulo, díganme ¿cual piensan que es el secreto de Draco? Tal vez lo descubran en el próximo capitulo, o tal vez seré mala y no lo diré aún jejeje. Dejenme sus opiniones, para ver si vale o no la pena seguir escribiendo.

Eso, nos vemos, bye