PRIMER DÍA

La tarde era bastante común, el cielo permanecía nublado desde el día anterior, y las personas oriundas de las costas, que días antes fue evacuada, comenzaban a regresar a sus hogares. El mar permanecía calmado, como es sabido que el mar hace tras una tormenta; los pescadores más veteranos –y locos – decidieron pasar en altamar la tormenta, se hablaba de la desaparición de algunos barcos, pero pronto se disiparon los rumores al confirmarse la noticia: tres embarcaciones se perdieron con 14 hombres en total.

Una chica joven paseaba por los pequeños y viejos muelles de su ciudad, recorría los muelles observando el caos dejado por el tifón, recientemente salió de casa para buscar oportunidades en otro lugar, buscaba un navío para llegar a un medianamente lejano pueblo en las afueras de la región. Los destrozos se hacían presentes y el llanto no faltaba, pues muchas familias perdieron sus casas. Los trabajos de reconstrucción fueron inmediatos, y algunos hombres tomaban un merecido descanso en el capó de su auto o en sus botes, un grupo de mujeres, presumiblemente amas de casa, discutían sus vivencias de los días anteriores: "Joselito está asustadísimo" dijo una de ellas.

Un hombre en la lejanía llamó la atención de la chica, al acercarse pudo notar a un hombre chino de aspecto amable, éste descansaba en unas cajas al final del muelle, al ver que la chica se acercaba se levantó de un salto y con un ademán de salutación típico de su gente la recibió.

– ¡Buen día! – comenzó éste. – ¿Quiere comprar manzanas? – dijo con su típico acento.

La chica, bella cual alba, denotaba confusión en su rostro. El amable - y un poco torpe - hombre trató por varios minutos vender sus especiales manzanas, pero tras rechazarlo de forma constante y amable la chica cambió de tema.

– Basta, no quiero manzanas– dijo amable.

– ¿Qué necesita?

– Un barco, ese es suyo, ¿no? –dijo apuntando a un extraordinario buque, un imponente máquina de varios pisos de altura.

–Sí, sí, bote, sí, barato sí ¿a dónde va? – preguntó exaltado el hombre

–Mineral Town – contestó ésta.

Un destello pareció tomar lugar en los ojos del hombrecillo, éste se emocionó y continuó con su oferta.

– sí, sí, ya vuelva, sí, en tres horas nos vamos, sí– pidió éste.

– ¿Qué? No le entiendo, ¿así nomás? ¿Pero cuánto cuesta? –

– Sí, sí, barato, sí en tres horas.

Y sin más, el hombrecillo, escuálido y pequeño, se fue del muelle, si bien no corría sí caminaba con cierta prisa, dobló la esquina y se perdió entre el gentío. La chica permaneció confundida y extrañamente calmada, una hora pasó perdida en sus pensamientos antes de ponerse en acción. De camino a casa compro algunos bocadillos y al llegar a su hogar, guardó las pertenencias de su habitación en la sala y cerro con bastante ímpetu la cabaña, emprendió el viaje de regreso a los muelles, el problema fue que dicho viaje tomó dos horas, por lo que se preocupó, a mitad del camino, al descubrir que llegaría tarde.

Al llegar no vio aquel enorme navío en la costa, el ajetreo de las calles estaba bastante más calmado por lo que no tardó demasiado en encontrar al hombrecillo, sentado en las mismas cajas de antes cajas, ahora, el hombre fumaba de una pipa e instintivamente se levantó al ver a la chica.

– Llegas tarde – dijo abandonando su amable y apresurado tono, hablando ahora de forma lenta y con molestia en la voz.

– Lo siento– se disculpó ésta. Antes de darse cuenta de algo. – ¿Dónde está el barco? – dijo mirando el vacío a su izquierda.

El hombrecillo señaló una pequeña embarcación al lado contrario a donde miraba la bella chica, una pequeña barcaza de pesca de madera, se movía con velas y si bien estaba limpio, se veía bastante descuidado. La chica se debatía, ¿debería subir a aquella barcaza o alejarse de aquel hombre? La respuesta no se hizo esperar y confiada por la amable apariencia del hombre subió al barco, el chino subió tras ella cargando la única maleta de la chica. Desató su bote y preparó todo para partir.