Su brazo se demora en volver a su posición natural. Durante escasos segundos, lo que tarda Juliette en procesar lo que está ocurriendo, las yemas de sus dedos acarician su pálida piel, mojándola a su paso y arrancando un escalofrío de lo más profundo del cuerpo de la mujer.
—Estás muerta —en apenas un susurro, el inglés que se escapa de sus labios hasta morir en su interior, calando hondo, es lo más bonito que ha escuchado jamás.
—Qué muerte tan hermosa —responde, sin pensar.
No aparta su ojos de aquellas dos enorms pupilas, que de igual forma la observan como si fuera la cosa más interesante del universo. Y aunque desea quedarse así por siempre, perdida en él como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento, declarándose como una cruel jugarreta de su cerebro, analiza la situación en cuanto el shock inicial se lo permite.
L está ahí.
Realmente lo está.
Y tan cierta como su presencia es el agua que empapa cada centímetro de su cuerpo. En su habitual postura encorvada, no necesita alzar demasiado la cabeza para poder observarle directamente. Su palidez es extrema, más aún, y sus ojeras se ven realmente dolorosas.
Él tampoco ha pasado buenos días. Incluso diría que él ha estado incluso peor.
Se hace a un lado con rapidez, indicándole con un gesto perfectamente ensayado para las visitas que se sienta libre de entrar en el apartamento.
Aunque él no es cualquier visita.
—¿Está Watari esprerándote?
Cree ver un amago de sonrisa elevando una de las comisuras de sus labios antes de responder con una negativa que agita los pocos mechones que no están pegados a su rostro.
Aún completamente empapado su cabello es indomable, casi tanto como la necesidad de peinarlos con sus dedos.
No se mueve, por lo que ella toma la iniciativa y estira un brazo hasta tomar su mano con la propia. La temperatura de L nunca ha sido especialmente alta, pero está realmente helado.
—Vas a enfermar —casi le recrimina—. Una mente febril tiende a hacer tonterías.
Se pregunta si acaso eso es lo que pretende. Ambos son conscientes de que el otro sabe que muy mal tienen que ir las cosas para que L esté ahí ahora mismo, casi siendo arrastrado como un niño pequeño, del mismo modo que saben que, pese a todo, él necesita mucho más que la voluntad de haberse plantado allí para que pueda abrirse ella.
Cuando llegan al salón siente la mano de L apretar la suya antes de que termine de zafarse de su agarre. Una corriente eléctrica eriza su piel, pero con el objetivo en mente no se detiene. Va de habitación en habitación recogiendo lo necesario hasta que finalmente se para frente a él de nuevo y le tiende el atillo que ha preparado.
—Ve, cambia y sécate —no muy segura del significado de su mirada, asegura:—. Estaré aquí.
Ella no es de las que huyen, lo sabe.
En lo que él ha tardado en adecentarse, Juliette se ha estado peleado con la cafetera. Una vez él desaparece de su vista, la determinación, irónicamnte, abandona su mente. No sabe qué demonios está pasando. Ni lo que va a ocurrir. Y acostumbrada a tenerlo todo bajo control, siempre, tiene ganas de golpear algo hasta hacero añicos.
Pero en su lugar aguarda con una taza de chocolate humeante entre sus casi temblorosas manos, sentada en el sofá con los pies sobre el mullido asiento. Necesita mantener su mente ocupada en algo, de modo que se dedica a contar las pequeñas semillas que se extienden a lo largo y ancho de la fresa que decora el pastel que ha dejado para L encima de la mesa ratonera frente a ella.
No ha llegado a la décima cuando L finalmete sale del cuarto de baño. Juliette sonríe inevitablemente al verle con aquel pijama gris de corte masculino que tantas veces ha llevado ella, aún a pesar de ser, curiosamente, de la talla de él.
No esperaba que le quedara bien, pero tampoco era opción pedirle que aguardara en toalla hasta que ella secara su ropa.
¿Verdad?
Deja la taza encima de la mesa, dispuesta a ponerse en pie para colocar sus prendas en la secadora, pero él la detiene con un gesto, acercándose hasta el sofá y sentándose a su lado, en una posición muy parecida a la suya, solo que a su forma de hacer las cosas.
Se pregunta si tiene que decir ella algo para animarle a él a romper la tensión cuando su voz llega hasta sus oídos.
—Estoy cansado del silencio —se alza la quietud y, de nuevo, cuando ella va a romperlo, es alterada por él—. No sé cómo manejar esto, no puedo encontrarle un origen lógico a esta situación. No sé controlarla, ni controlarme, Juliette.
De no haber sido como es posiblemente no habría sido capaz de hablar de la emoción, de la intensidad con la que siente sus palabras. No es L admitiendo que él, la mente más brillante sobre la faz de la Tierra, no es capaz de hacer algo, no; eso va mucho más allá y debe escoger las palabras con cuidado para evitar que se cierre en banda de nuevo.
Es difícil tratar con un adulto que necesita ser tratado con suma delicadeza pero que es capaz de darse cuenat de lo que realmente piensas antes de que tú mismo seas capaz de procesarlo. Pero él ha respondido a su sinceridad con otra tan aplastante que no puede hacer menos que seguir el curso de a conversación y hablarle con franqueza.
—El quid de todo esto es que no tene un origen razonable, no sigue unas pautas que puedas seguir. La única forma de controlarlo es aceptarlo y tirar para adelante con ello —tragó saliva, tenía que preguntarlo, sabía que él lo iba a entender perfectamente; ¿un poco pronto, quizás? posiblemente, pero tendría que haberlo hecho antes de que a él le diera tiempo a recapacitar y marcharse—. Yo lo acepto, y no es fácil. ¿Tú lo haces?
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(No sé si se pueden poner barritas divisorias desde el teléfono, y tampoco sé cómo diferenciar renglones. Mis disculpas, en cuanto pueda lo corrijo desde un pc)
N/A: Oya, oya! He decidido que, tenga o no esta línea de historia, voy a ir publicando todo lo que he ido escribiendo de Juliette. Aunque la tenga en el olvido, la amo con todo mi ser.
GRACIAS de corazón, Hitsuji-Sama.
Juliette ya no es sin ti, y desde que te leí, L tampoco lo ha sido.
