Gemütlichkeit [ge·müt·lij·kait]: Es la sensación de estar a gusto en casa, de sentirse arropado, caliente y cómodo [...].
La lluvia caía torrencialmente y sin perdón sobre París. Los truenos rugían como fieras y los relámpagos danzaban intermitentes en los cielos. Marinette creía recordar que su profesora de literatura alguna vez había mencionado que, en el movimiento artístico que había empezado en el siglo XVIII denominado "Romanticismo", los escritores y pintores solían hacer que el estado del tiempo acompañara el estado de ánimo de sus personajes. Días soleados para representar la felicidad, días lluviosos para la tristeza…
Pues Marinette creía que la lluvia había exagerado un poco: en realidad, una noche nublada habría sido más fiel a sus sentimientos.
—No estoy enojada, Tikki, sé que no lo hizo a propósito…
—Pero…
—Por alguna razón no me siento cómoda con él sabiendo quién soy. Y ya sé, ya sé que es un poco bastante contradictorio… Porque, vamos, tengo total confianza en Chat.
—Pero… —repitió la pequeña criatura.
—¡Agh! No sé. Ni yo entiendo qué me pasa.
Se sobresaltó cuando oyó algo pesado caer sobre su balcón. Luego, escuchó pisadas sobre el suelo de madera. Se miró con Tikki. Escuchó unos golpecitos sobre el cristal de su trampilla que apenas se distinguían del repiqueteo de la lluvia. Marinette se pasó las manos por el rostro mientras su kwami se posaba sobre su hombro.
—Hablando del diablo…
Se paró sobre su cama y jaló del cordón para abrir la trampilla. Con un salto agraciado y procurando mojar la habitación lo menos posible, Chat Noir entró en ella. Marinette cerró la puertita para que dejara de entrar el agua. Acto seguido, se volteó a verlo.
—Hey, Marinette, espero no estar importunándote… —corrió la vista hasta encontrarla con la del kwami. La saludó con la mano—. Oh, hola. Tú debes de ser Tikki, ¿verdad? Plagg me ha hablado de ti.
—Buenas tardes, Chat Noir —le devolvió el saludo con amabilidad.
—Chat —intervino Marinette, curiosidad en la voz—. ¿Qué te trae por aquí?
—Vine a decirte que… lamento mucho lo que pasó.
—Creo habértelo dicho ya, ¿no? —Marinette ladeó una sonrisa tranquilizadora—. Sé que no lo hiciste a propósito, Chat. En cualquier caso, es culpa de ambos por no habernos coordinado antes para deshacer nuestras transformaciones.
El joven héroe asintió.
—Y supongo que aunque yo sugiriera revelarte quién soy para estar a mano, no estarías de acuerdo, ¿verdad?
—Me conoces bien, chaton.
Chat Noir estuvo a punto de añadir algo más, pero se vio interrumpido por un estornudo. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. Marinette no pudo evitar reír, el otro había estornudado como un gatito.
—Ven conmigo.
La siguió de cerca y bajaron las escaleras. Marinette lo hizo sentarse sobre el piso y le ordenó que la esperara allí. Volvíó a los pocos minutos con una toalla, una manta gruesa y una taza de chocolate caliente.
—Podrías haber esperado a que parara la lluvia antes de venir a verme, ¿sabías?
—¿Qué clase de superhéroe sería si le tuviera miedo a la lluvia? —preguntó con un tono divertido al mismo tiempo que Marinette le daba la taza. Chat Noir dio unos sorbos gustoso.
—Un superhéroe resfriado, al parecer. ¿Ya bebiste?
—Algo, ¿por qué?
Sin agregar nada más, Marinette se paró tras él y empezó a secarle el cabello con la toalla. Las orejas negras de Chat Noir molestaban un poco, pero no hicieron imposible la tarea.
—Debo decir, Chat, que tienes una excelente memoria.
—¿Por qué lo dices? —Sintió cómo Marinette le secaba los brazos y le colocaba la manta sobre los hombros.
—Si no mal recuerdo, has venido una sola vez a mi casa. Y recordaste exactamente dónde estaba.
Él había estado a punto de confesarle que sabía dónde vivía porque también eran amigos sin las máscaras y que, por lo tanto, había estado allí en más de una ocasión. Mas decidió quedarse con la razón que ella había conjeturado. Si Marinette realmente prefería que Chat Noir no le revelara su identidad, era mejor así.
—Es difícil olvidar que vives sobre una de las mejores panaderías de París, Marinette.
—¿Oh, acaso eres uno de nuestros clientes, Chat Noir?
—Podría responderte esa pregunta, Marinette, pero acabamos de acordar que no te puedo decir nada.
—Touché —rió y y puso la toalla a un lado—. Voy a encender el secador de pelo. No te vayas a asustar, ¿sí?
Antes de que él pudiera contestar, el ruido del aparato inundó la habitación. Una sensación de calidez pronto se apoderó del héroe. No sabía si era el chocolate caliente que había bebido, lo bien que se sentía el estar arropado en esa manta gruesa o si la sensación venía del agradable cosquilleo que le hacían los dedos de Marinette al secarle el cabello. Chat Noir admitió, para sus adentros, que podría quedarse así para siempre. ¿Cuándo había sido la última vez que lo habían mimado de esa manera? Cerró los ojos, relajó los músculos lo más que pudo y pensó en su madre.
—Todo listo, chaton. ¿Chat? ¿Chat…?
Se había quedado dormido.
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