Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece, pero tampoco cobro por escribir el fic u_ú
Advertencias: Shonen ai (amor entre chicos).
N/A: Hace tiempo que terminé este fic D: se me había olvidado subirlo.
Galletas
Segunda galleta.
Hyoga se llevó las manos a los lados de su cabeza, tapándose los oídos.
–¡Hyoga! –llamó Shun desde el otro lado de la puerta– ¡Venga, sal de ahí!
El rubio se hundió más aún debajo de la sábana, colándose también por debajo de la almohada.
«¡No te escucho!» pensó mientras sus hombros temblaban.
Shun suspiró audiblemente en el pasillo y se apartó un par de pasos. Llevó una de sus manos a la barbilla y pensó durante unos segundos qué podría funcionar.
Una idea surgió en su mente.
Arrugó las cejas y aclaró su garganta antes de hablar más alto de lo necesario, para asegurarse de que Hyoga lo iba a oír.
–¡Oh, vaya! –empezó– ¡Tendré que decirle a Shiryu que Hyoga no va a llegar a clase!
El rubio se hizo una bolita en la cama.
Shiryu sería capaz de sacarlo a rastras, aunque tuviera que destrozarse la camiseta por el camino.
De todas formas podía hacerse el enfermo. El otro mestizo tenía buen corazón, lo dejaría dormir si parecía tener fiebre.
Hyoga se relajó en su cama, expandiéndose un poco más.
Shun esperó una reacción que no llegaba. Encogió su cabeza entre los hombros y pensó en el siguiente paso a seguir.
–Nh… –rumió– ¡Ah! ¡Ya sé!
Inspiró fuerte y se acercó a la madera de la puerta.
–¡Supongo que tendré que decirle a Seiya que entre a mirar por mí…! –gritó esta vez.
Hyoga se incorporó de repente, mandando la almohada a volar y a la sábana a hacerle compañía en el suelo.
Seiya echaría la puerta abajo si hacía falta. El rubio se llevó las manos a la cabeza, pensando que hacer.
Rescató la sábana del suelo y se tapó con ella, formando un perfecto iglú con su cuerpo.
Siempre podía esconderse debajo de la cama, Seiya era tan estúpido que no miraría allí.
Shun contó hasta diez y saltó en el sitio al ver que no conseguía la reacción apropiada. Juraría que había oído ruido en el interior del cuarto.
–Sólo me queda una carta… –susurró para si mismo– Supongo que tendré que usarla.
Se apoyó en la puerta y escuchó atentamente por si notaba algún movimiento más. Unos segundos después carraspeó.
Una gota de sudor resbaló por toda la columna vertebral de Hyoga, produciéndole un escalofrío.
El castaño se apartó un poco de la puerta y habló en tono normal.
–Bueno, tendré que decirle a Ikki que venga a despertar a su…
La sábana voló de nuevo, las rodillas y las manos de Hyoga encontraron el suelo y sus pies buscaron el camino más rápido hasta la manilla de la puerta, que abrió con premura.
–¡Buenos días, Hyoga! –canturreó Shun, después de dar una palmada en el aire–. Pensaba que estabas dormido.
–¿Cómo voy a estar dormido ¡cuando gritas como un demonio delante de mi habitación! –contestó Hyoga a un paso de la hiperventilación.
Shun sonrió como un tierno angelito, subiendo los hombros y haciéndose el desentendido.
Él siempre se refería al moreno como 'hermano'. Hyoga estaba seguro de que había pronunciado su nombre sólo para fastidiarle.
El rubio lo miró con los ojos entrecerrados y terminó por desistir de su lucha de miradas de un solo sentido. Suspiró y se rascó la nuca.
«Será mejor que me vaya preparando o no llegaré a clase…» caviló «Tampoco es como si tuviera ganas de ir.»
Empezó a reptar hacia el cuarto de baño, arrastrando los pies cual oruga perezosa y tragándose el puño al bostezar. A Shun le brillaron los ojos, enredó sus manos alrededor del brazo de Hyoga y apoyó la cabeza en su hombro.
–No tienes porqué ser tan tímido –le recriminó mientras inflaba sus mofletes–. De todas maneras, ahora eres mi cuñado.
Hyoga se petrificó donde estaba. Su rictus facial podría haber sido el de un muerto por sorpresa.
Intentó recuperar su brazo, sacudiendo a su amigo y apartándose de él con rapidez.
–¡No vuelvas a decir eso! –avisó– ¡Es mentira!
Su cara se había sonrojado completamente, dándole un aspecto bastante cómico y su brazo derecho se dedicó a señalar a todas partes.
Pivotó sobre su pie izquierdo y mirando al suelo avanzó hacia su pertinente higiene dental matutina con renovadas fuerzas.
Shun se llevó la mano a los labios.
Era interesante ver como reaccionaba a la palabra 'cuñado'. Sobretodo si la decía él.
Hyoga giró la esquina, pensando en las dos semanas de suplicio que había estado viviendo desde 'aquel día'. Aquel fatídico día.
Aquella noche, Hyoga había decidido que no cenaría. Ya había comido galletas de todas formas.
«Galletas…»
Las mismas que le había regalado a Ikki por encargo de Shun. La misma que Ikki había tomado con sus labios de sus dedos.
La sangre volvió a agolparse en su cara al recordar su rostro inclinado, sus largas pestañas sobre las mejillas, la cicatriz tapada por una sombra y la mano fuerte del japonés rodeando su muñeca.
Ikki, sin embargo, había salido del salón de estar para unirse a los demás. Seiya y Shun lo habían interceptado unos pocos pasos después…
–¿Vienes a cenar, hermano? –preguntó Shun, observando por si encontraba cualquier reacción fuera de lo normal.
–¿Ah? –fue su inteligente respuesta– ¡Ah! Sí, iba ahora.
Seiya cogió una de sus manos con las dos suyas y empezó a arrastrarlo hacia el comedor.
–¡Vamos! –se quejó– ¡Qué si no estamos todos no puedo empezar a comer!
–¡Hermano! –volvió a llamar Shun– ¿Has visto a Hyoga?
Y ahí fue cuando las sospechas del Caballero de Andrómeda empezaron.
Ikki se quedó en blanco.
Seiya siguió arrastrándolo sin que se quejara ni una sola vez.
Shun arrugó la nariz y oteó hacia la dirección por la que venía Ikki. Allí se encontraba el salón de estar, con la puerta abierta.
Vio luz y le pareció oír la televisión entre los grititos lastimeros del menor del grupo.
Entró, sin saber muy bien que esperar, pero la cabeza rubia que asomaba tras el sofá le trajo un buen presentimiento.
–¡Hola, Hyoga! –saludó alegremente.
El mestizo dio un respingo en su asiento y se apresuró a agarrar uno de los cojines cuadrados para abrazarse a él. Musitó un saludo en respuesta.
Shun encendió la luz de una de las lámparas de pie.
Se fijó en las revistas que estaban en el suelo, el mantel descolocado de una mesa auxiliar y un par de cojines que habían terminado en los lugares más insospechados. Como, por ejemplo, la lámpara colgante de brazos del siglo XIX que tanto le gustaba a Saori.
Prefirió no preguntar por el desorden. Al menos, de momento.
–¿Vas a cenar? –preguntó.
–¡No! –contestó con demasiado ímpetu– No…
El castaño se frotó la nariz con un dedo, mirando de reojo a Hyoga mientras recogía una caja vacía de galletas del suelo.
–¿Pasa algo? –interrogó directamente.
El rubio ladeó la cabeza, con los ojos muy abiertos perdidos en la inmensidad de la pantalla de plasma y los ecos del home cinema.
Shun le tiró la caja a la cabeza.
Hyoga se dejó caer en el sofá.
–Bueno… –continuó– Supongo que ya habrás comido.
Alzó una ceja al agarrar del suelo una bandeja con restos de migas y un envoltorio bastante bonito de la mesa frente al sofá.
Sonrió y pestañeó esperando la respuesta.
–… ¿Ah? –fue lo único que fue capaz de decir Hyoga después de casi un minuto.
Shun suspiró, anotando como dato interesante a tener en cuenta el ensimismamiento en el que tanto Hyoga como su hermano se encontraban.
Tendría que averiguar más sobre eso.
–Me llevo esto –sacudió la caja de galletas vacía, el envoltorio, varios paquetes de plástico y la bandeja llena de migas que milagrosamente no se expandieron alrededor–. Te dejaré algo en el frigorífico.
Se despidió con par de palmaditas en la cabeza de Hyoga, que seguía de costado en el sofá.
Hyoga había estado toda la noche pensando en el rato tan agradable que había pasado con Ikki. En las palabras que le había dicho antes de dejarlo allí, vulnerable.
Aún se sentía así. No estaba preparado para verlo tan pronto.
Algo en su interior pulsaba cuando la imagen del moreno aparecía en su mente.
Apretó la sábana con su puño y negó con la cabeza bajo la almohada.
Mordió su mano libre y arrugó las cejas.
No podía esconderse por mucho tiempo, pero al menos podía bajar más tarde a desayunar. Cuando no hubiera nadie, por ejemplo.
Un rugido se oyó por toda su habitación y parte del pasillo.
–Ouh… –después de todo, la noche anterior no había cenado.
Hyoga bajó a regañadientes, intentando no hacer ningún ruido y asomándose furtivamente a la cocina.
No podía esperarse a que los demás abandonaran el lugar de desayuno, pero parecía que había llegado antes de que lo ocuparan.
Sonrió de lado y abrió la nevera en busca de la leche. Esta vez, Seiya no le dejaría sin cereales.
Abrió la alacena y cogió un tazón grande y azul, buscó la susodicha caja marrón con un mono pintado en la parte de delante, pero no aparecía por ningún lado.
–¿Buscas esto? –le preguntó una voz somnolienta proveniente de la mesa.
«
No puede ser…» pero en efecto, lo era.
–¡Seiya! –exclamó, arrebatándole la caja de cartón.
La sacudió un par de veces para comprobar que aún quedaba algo en su interior.
–¡Buenas días, señor malhumorado! –gruñó Seiya, cruzándose de brazos– Creía que hoy estarías más contento…
Hyoga elevó una de sus cejas, llenando su tazón de cereales y devolviéndoselos al enano despeinado.
–¿Acaso tengo algún motivo para estarlo?
El mestizo frotó la cabeza de Seiya, desperdigando sus ideas y su pelo más todavía.
–¡Aúh! –se quejó Seiya con razón.
–A todo esto… -dijo Hyoga mientras se sentaba en la mesa con su desayuno ya preparado– ¿Cuándo has entrado? No te he oído…
–Ya estaba aquí –cortó Seiya, desalojando una legaña de su ojo derecho–. Debajo de la mesa…
Hyoga se atragantó, pero consiguió reírse sin morir por el camino.
Miró el reloj de la cocina y pensó que aún era pronto. Si terminaba su comida no tenía por que encontrarse con Ikki, que era lo que en realidad le preocupaba.
Compartir mesa con Seiya no podía ser tan malo.
–Buenos días. –saludó Shiryu correctamente.
Oh, bueno… compartir mesa con Shiryu tampoco podía ser tan malo.
Seiya saludó con una mano mientras empinaba la caja de cereales con la otra, directamente hacia su boca.
Hyoga cabeceó hacia él.
–¡Oh! –el medio chino ladeó la cabeza y sonrió en su dirección– Felicidades.
–¿Eh? –preguntó Hyoga, dándole vueltas a los últimos copos de arroz flotantes– Mi cumpleaños fue hace casi un mes y me regalaste un…
–Debo decir que la noticia me impactó –continuó el moreno–, pero no soy yo quien tiene que decidir donde buscáis vuestra felicidad.
Hyoga se rascó la cabeza.
–Pero… –insistió, pareciéndole que se había perdido algo.
Shiryu tomó los hombros del rubio con sus manos y lo miró seriamente.
–Si es vuestra decisión, tenéis mi apoyo.
Apretó sus manos sobre el cuerpo de Hyoga y lo soltó, haciendo ondular en el aire su cabellera al girarse para buscar su bebida isotónica, perfecta para después de su hora de ejercicio matutino.
Hyoga negó con la cabeza, parpadeando y bebiendo las reminiscencias de su desayuno antes de levantarse para retirarse elegantemente de allí.
Se aseguraría de no comer lo que fuera que esos dos cenaran la noche anterior. Estaba convencido de que contenía condimentos altamente alucinógenos.
–¡Hola! –gritó alguien desde la puerta, dirigiéndose directamente a Seiya.
El castaño decidió dejar la caja al lado del tazón de Hyoga y se limpió las migas como bien pudo.
–Seiya… –suspiró Shun– Y yo que iba a hacerte tortitas para…
–¡Sí!¡Dame, quiero, haz! –exclamó el pequeño, levantándose de su silla y corriendo a abrazar al otro– ¡Aún tengo hueco para dos o tres o diez tortitas!
Shiryu negó con la cabeza, sin explicarse como Seiya podía comer tanto y seguir en forma. Aunque casi prefería no saberlo. Por el bien de su salud mental y la relación que mantenía con Ikki.
No le gustaría ser él quien tuviera que decirle donde se metía su querido hermano por las noches…
Hyoga aprovechó el momento de distracción para encaminarse hacia la puerta. Pero nada escapaba al ojo crítico de Shun.
–¿No quieres tortitas Hyoga? –preguntó con un parpadeo encantador y agarrando el codo del rubio.
–Eh… no, paso.
El mestizo empezaba a sentir la necesidad apremiante de salir de aquel lugar.
Todos sabían que Shun solía despertar a su hermano. Ikki tenía que estar al caer.
¿Por qué se habían despertado todos tan pronto?
–¡Pero Hyoga! –señaló eufórico– ¡Hoy es un día para celebrar!
–¿Eso no fue ayer? –indagó Seiya, intentando separar a Shun de Hyoga para dirigirlo hacia los fogones.
Hyoga estiró su brazo disimuladamente, casi zafándose del agarre del ilusionado Shun.
–Bueno, también… –reconoció Shun, soltándose de Seiya con un movimiento calculado– ¡Pero es que es una noticia tan feliz!
–¿Saori se ha ido de vacaciones y no me había enterado? –se oyó el retumbar de una voz rasposa.
Ikki los miraba con una ceja levantada, la sonrisa sesgada y un hombro apoyado en el quicio de la puerta.
Descruzó los brazos y anduvo hacia los otros cuatro.
Hyoga dejó de resistirse. Por algún motivo desvió su mirada hacia el frigorífico y las caras sonrientes e instigadoras de Shiryu, Seiya y Shun no lo animaron en absoluto.
–Buenos días… –saludó, sentándose en una silla y esperando a que Shun le sirviera el desayuno, como siempre.
Hyoga volvió a mirar hacia Ikki y notando que el castaño claro lo había soltado, empezó a caminar hacia la puerta.
–¿No vas a saludarme? –preguntó el moreno azabache sin girarse hacia él.
–B-Buenos días. –consiguió articular Hyoga, mordiéndose el labio al notar su voz temblorosa por los nervios.
–¡No estés tan nervioso, hombre! –exclamó Seiya, palmeando la espalda del rubio– ¡Qué no te va a comer!
Shun se rió por lo bajo.
–¡Déjalos! –ordenó, alejando a Seiya de los otros dos y acercándolo a los ingredientes de su desayuno– Seguramente necesiten un poco de tiempo para acostumbrarse a la situación…
–Shun… –bufó Ikki– Que aún no le he respondido y ya lo dais todo por hecho.
Ikki miró nervioso hacia Hyoga, que estaba congelado en el marco de la puerta.
Algo no le cuadraba. Había alguna cosa que estaba martilleando en su mente desde que Seiya había presupuesto que tenía que estar contento, pero la frase de Ikki era ya la gota que colmaba el vaso.
Y como en cualquiera de estas ocasiones, la furia del cisne cayó sobre todos ellos como un granizo de verano.
–Con eso no quiero decir que… –siguió Ikki con lo que estaba diciendo.
–¡Basta ya!
–¿Ves, Ikki? –añadió Seiya– Ya lo has hecho enfadar
–¿¡Qué es lo que está pasando! –inquirió Hyoga con un puñetazo en la mesa.
Shiryu volvió a negar con la cabeza, con la harina en la mano.
–Hyoga, deberías tranquilizarte porque…
–¿¡Qué yo qué! –intervino Ikki– Igual son tus ánimos que se le han metido por el…
–… esa rabia no es nada buena para ti y…
–¿Queréis dejar de discutir? –preguntó Shun.
–¡Sí claro, como siempre mi culpa!
–..además está claro que su respuesta va a ser positiva.
–¡Chicos! –volvió a decir Shun.
El rubio arañó la mesa con sus uñas, produciendo un chirrido agudo que los hizo callar.
Respiraba profunda y rápidamente, al punto de la hiperventilación y sus mejillas estaban más rojas que el pelo de Camus.
Sus ojos pedían una respuesta.
Shun avanzó hacia él, aunque el suicida solía ser Seiya.
–¿Qué respuesta? –decidió vocalizar cuando pudo controlar su aliento.
Los chicos se miraron entre ellos. Ikki parpadeó incrédulo.
–Bueno, ya sabes… –le comentó Shun– Lo de ayer.
El rubio se llevó una mano a la frente, debajo del flequillo. Una fina capa de sudor le humedeció la mano.
–Lo del chocolate… –intentó ayudar Seiya.
«
¿Qué chocolate?» se preguntó Hyoga «Le regalé galletas…»
–Las galletas de chocolate. –intervino Shiryu.
Ikki se levantó de la silla encarando al medio ruso e intentó hablar lo más suave que pudo, debido a la situación.
–Yo… no sabía que te sentías así.
–… –Hyoga aún no comprendía del todo la situación.
–Mnh. Siento… –Ikki miró hacia otra parte, haciendo una mueca de inconformidad– Si no te dije nada al principio, no sabía que día era.
Hyoga se rascó la oreja, Ikki se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
Seiya se llevó una magdalena a la boca disimuladamente, Shun se la quitó sin contemplaciones.
Shiryu se preguntó si aquello iba a durar mucho, tenía que llamar a Shunrei.
–… –respondió de nuevo el rubio.
–Ehm… –Ikki se sentía incómodo delante de todos los demás, pero creía que Hyoga se sentiría más incómodo a solas– Ayer, chocolate…
Una vena decidió palpitar dolorosamente en la sien de Hyoga. Creía comprender que Shun le había tendido una trampa, pero no llegaba a ver la magnitud de la misma.
–San Valentín…
Y entonces se desmayó.
–¡Hyoga! –gritó Shun.
–¡Llamaré a una ambulancia! –anunció Shiryu.
Ikki se arrodilló a su lado, tomando su cuello con cuidado y tratando de mantenerlo en el mundo de los conscientes.
–¡Hyoga! –lo llamó dándole palmaditas en las mejillas.
El rubio abrió los ojos y lo miró con rencor acumulado.
–¡Métete las palmaditas por el culo! –sentenció antes de volverse a desmayar.
Esta vez Ikki prefirió dejarlo en el suelo.
–¡Joder, con el pato de los huevos! –soltó Seiya atónito.
–¡Obvio, burro!
Ikki se fue dando zancadas de la cocina.
