Elle quiere desahogarse de una vez, descargar toda su rabia contra algo (o alguien) para hacerlo añicos. «¡Soy una completa imbécil! ¡Lo debí de ver venir!» piensa al recibir la desagradable noticia de boca de Claire y empezar a digerirla. Está enojada de no poder vengarse y de la amarga ironía de su situación. Ahora ella es la prófuga, la que debe esconderse de la Compañía. Y Sylar, el agente, el que persigue a los malos como ella. «¡Qué estoy diciendo! ¡Lo sospechaba desde hace tiempo!» admite resignada. Las órdenes con respecto a Sylar siempre han sido su captura con vida, no su eliminación. Lo quieren convertir en un perro de caza, igual que ella misma lo ha sido durante muchos años.
—Pero eso no es todo… —exclama Claire cuando Elle pone en movimiento el vehículo tras recibir un grosero bocinazo. Y la animadora comienza a narrar dilatadamente lo sucedido en la persecución de Stephen Canfield. Elle escucha con atención el intento absurdo de Claire para capturarlo sola. Y no le sorprende en absoluto su estrepitoso fracaso. En cambio casi celebra con una carcajada la astuta maniobra de Bennet al intentar hacer desaparecer para siempre a Sylar. Al menos está segura de que 'el gafotas' no descansará hasta acabar con él. No obstante la risa se le hiela en los pulmones al escuchar el desastroso final de la historia y la inmolación de Canfield—… Sylar dijo que para mi padre no somos más que monstruos, que nunca verá nuestro lado humano.
—Habló la vaca y dijo 'mu' —comenta por lo bajo Elle. Piensa sardónicamente que Sylar es el menos adecuado para hablar de la humanidad de otros. Y apaga el motor del coche cuando logra aparcar enfrente del edificio, aguijoneando a Claire con una suspicaz mirada—. Aguarda un minuto… ¿Por eso estás así de depre? ¿Porque le has hecho caso a ese cretino? —a los ojos de Elle, Claire parece una lamentable sombra de sí misma. Ya no tiene la osadía y la voluntad como cuando le amenazó en la playa de Costa Verde pocas semanas antes. En aquel momento había considerado su amenaza con verdadero cuidado. No sólo por el consejo sempiterno de su padre, sino porque en sus retadores ojos verdes había visto una temeridad y una furia desmedidas.
—No, no me encuentro deprimida, es que… —comenta Claire con desaliento, bajo el escrutinio de Elle
—Pues parece que te haya atropellado un tren —sonríe Elle, desabrochándose el cinturón de seguridad.
«No, seis trenes» recapacita la animadora con poco humor. Los últimos días han sido como una maratón de fondo para la joven: ha estado a punto de ver morir a sus dos madres a manos del maestro de marionetas (y de las suyas propias); su padre se encuentra trabajando con el mismísimo Diablo encarnado; su (otro) padre ha sobrevivido milagrosamente a un atentado contra su vida; su tío Peter la ha apartado de su lado en el peor día de su vida; se ha visto obligada a suplicar a su madre para que le matara con un revólver, mientras que su otra madre (Meredith) ha intentado llevarla por la senda de la venganza asfixiándola, esto último al pie de la letra.
—… es que me siento diferente de los demás, como un monstruo —Claire percibe que su corazón ha empezado a encallecerse, volviéndose insensible con cada una de las sacudidas que ha recibido.
—Claro que lo eres —repentinamente la voz de Elle le agita del abatimiento y ésta se justifica de manera inmediata por el malentendido—. No digo un monstruo, sino que eres diferente, también lo soy yo —explica Elle con brusquedad a lo que la animadora responde sacudiendo la cabeza en señal de negativa y poniendo los ojos en blanco, como diciendo «No lo has entendido», antes de agarrar el tirador de la puerta. Pero inesperadamente la mano de Elle le frena de golpe cuando la coge del hombro y la hace girarse para hablarle de nuevo. Esta vez en un tono más amenazador y cortante—. Me estoy empezando a cansar de tu actitud de víctima, mocosa egoísta. ¿Crees que nadie más que tú tiene problemas? ¿Tienes miedo de que tu papaíto deje de hablarte? ¿Y a mí qué, si piensas que te estás convirtiendo en una monstruito de feria? —Claire se arremolina en el asiento, pero los dedos de Elle se aferran con indolora fuerza en torno a su hombro y la mantienen inmóvil. La joven está incómoda por esos comentarios, no quiere seguir escuchándola, no quiere estar ni un minuto más con Elle en el interior de ese coche. Y la sensación de opresión e impotencia se repite, como cuando Sylar la arrinconó en su propio hogar—. ¡Madura de una vez, niñata consentida! —la respuesta de Claire deja aturdida a Elle, cuando suelta la puerta y velozmente le cruza el rostro (con la palma abierta) en un sonoro sopapo.
«¡Ha costado, pero ya está!» piensa Elle, con la mejilla lastimada por el revés de la animadora. Durante los segundos en los que finge consternación, perfila una sonrisa taimada en sus labios, al lograr el objetivo que se había marcado. Una minúscula chispa de rabia en la mirada de Claire justo antes de que se rebelara. La animadora mueve enmudecida los labios, con la respiración un poco apresurada, como si fuera a pronunciar una disculpa. Pero Elle no quiere que se excuse, le suelta del hombro y le mira con tanta intensidad que la deja sin aliento otra vez.
—Eres una necia si dejas que otros te digan quién eres. Ya sea Sylar, tu padre o yo. Si te estás convirtiendo en un monstruo, acéptalo y sigue adelante —Elle quiere recuperar a esa Claire que había conocido como su Némesis, para cuando entren a Pinehearst las dos juntas. No le sirve para nada una adolescente inmortal que está de 'bajón'. Si les sale rana el asunto de esa nueva Compañía y resulta ser una encerrona, Claire será su chaleco antibalas viviente. Y la única idea que se le ha ocurrido para animarla, es enfurecerla. Despertarle el instinto combativo y las ganas de pelear. Pero el resultado no ha sido como lo esperaba Elle.
Otra astilla se clava en el corazón de Claire mientras contempla su mano adormecida. «¿Y si nunca voy a poder ser normal?» No quiere aceptarlo, pero puede que todos los esfuerzos que está realizando no sirvan para nada. Tal vez logre recuperar la sensibilidad al dolor, pero eso no es una garantía de que a su vez recupere de nuevo sus emociones. Quizás ese cambio sea completamente irreversible. Elle se ha expresado con crueldad, incluso con perversa inquina, pero son las palabras más reconfortantes que ha escuchado últimamente. Después de un silencio embarazoso que se produce entre las dos, Elle sale del vehículo con agitada prisa. Y Claire le sigue los pasos sin rechistar para entrar a un bloque gris de apartamentos situado al otro lado de la calle.
—Éste es mi piso, aquí en Nueva York —explica con reticencia la ex-agente cuando llegan a la puerta del 1B y la abre dificultosamente—. No he tenido tiempo de darle mi toque femenino —añade Elle forzando una sonrisa, prieta en sus mejillas, que no se extiende del todo a sus labios.
—Tiene un aire a lo Batcueva —Claire dice lo primero que se le pasa por la mente, cuando echa un rápido vistazo al cubil de Elle. Apenas hay iluminación en el recibidor, debido a las escasas lámparas que lucen sin tulipas ni embellecedores, tan sólo son bombillas colgando de precarios cables terminados en casquillos. Y el salón principal al que se adentran para dejar sus pertrechos, sin bien es bastante amplio, aparenta ser mucho más grande debido a los pocos muebles que lo decoran. Un sofá cama, un par de armarios rinconeros no muy grandes, una mesita baja de cristal (que hace las veces de comedor) y una televisión cochambrosa enfrente del asiento.
Además se pueden observar incontables estantes empotrados de madera, que jalonan todas las paredes de la sala y continúan más allá de donde comienza el dormitorio. A Claire le llama la atención que, absolutamente todas las estanterías, estén vacías de libros. La animadora sigue distraídamente las repisas con los ojos, contemplado el horrendo color marrón caqui de la pared pintada, hasta dar con los biombos que Elle ha colocado para separar la alcoba del salón.
A Elle en cambio le trae sin cuidado el descuido del piso.
—Tú dormirás en el sofá —comenta a la animadora cuando la pesca fisgoneando a través de una rendija de la mampara—. No es muy confortable, pero tendrás que arreglártelas —agrega Elle cuando la joven desvía la mirada hacia el rígido y austero sofá.
—No te preocupes, me las apañaré —contesta automáticamente Claire antes de quedarse paralizada de golpe, girándose hacia Elle. Ambas se dirigen una mirada de extrañeza e incredulidad compartida. Por un segundo piensan exactamente lo mismo: La ocurrencia de Claire al pensar que Elle pudiera estar verdaderamente interesada en su bienestar. Y ambas llegan a la misma conclusión, sin pronunciarla en voz alta.
Ha sido tan sólo un malentendido de la otra.
No hay más malas interpretaciones cuando Elle le pide (más bien, le exige) a Claire que escoja entre comida mexicana o japonesa para cenar. En el tono de voz de la ex-agente no hay nada que pueda confundirse ni remotamente con una muestra de cordialidad o algún intento de trabar amistad. Ni tampoco hay algún asomo de sonrisa acorde cuando regresa de su restaurante preferido con los pedidos bajo el brazo. Aunque ambas coincidan en los mismos gustos culinarios, Elle no está dispuesta a mostrarse simpática con ella.
