PROLOGO
Observé el apartamento de Delly, una casa de pueblo anaranjada de estilo mediterráneo con jardines en las ventanas llenas de hibiscos rosados. El jeep de él se encontraba allí, un cuadro de masculinidad americana cubierto de barro en un mar de autos extranjeros. Habían pasado veintidós minutos desde que él entró, sus manos sumergidas en los bolsillos de sus jeans, su cabeza hacia abajo, sus pasos caminando sin pensar, como si hubiera recorrido el camino cientos de veces.
Hice repiquetear mis uñas desnudas contra la palanca de cambios. Cerré mis ojos un momento y dejé que la brisa del aire acondicionado me refrescara. Tenía un masaje programado en una hora, por lo que esta situación debía resolverse pronto o llegaría tarde a mi cita con las manos de Portia.
Movimiento, apartamento superior a la derecha. El de ella. Una puerta se abrió de golpe, la cabeza de Lee avanzando rápidamente por el abierto pasillo, una cabeza rubia de cerca, tirando de su camisa, brazos sacudiéndose salvajemente. Podía imaginar las palabras que salían de su boca. Lee, no te vayas. Lee, ¡no es lo que piensas! Me pregunté si la palabra "amor" salió de su boca, si su relación habría progresado hasta ese punto.
Desapareció en el hueco de la escalera. Me incliné hacia delante, deseando tener un trago, algo que abrir y disfrutar al mismo tiempo que mi trabajo daba sus frutos. Esto tenía que funcionar; esto tenía que suceder. Ella no podía tenerlo; él era mío.
Su cabeza serpenteaba entre los autos, su rostro entró en mi visión mientras se acercaba a su jeep. Rostro fijo, rasgos duros, una mirada que no había visto en su cara antes, pero que conocía bien. Determinación. Decisión. Apreté mis manos con entusiasmo, viendo como el rostro de ella aparecía a la vista, sus ojos abiertos y manchados, su boca moviéndose rápidamente, pechos gigantes agitándose mientras gritaba algo y agarraba sus hombros. Quería bajar mi ventana, solo dar un vistazo, lo suficiente como para escuchar ese intercambio, lo suficiente como para saborear este momento solo por un poco más de tiempo.
Eso es correcto. Date la vuelta y aléjate de este hombre. Él no tocará tu rostro en mucho tiempo. Ya no le hará el amor a tu cuerpo. Es mío. Yo voy a tomar tu lugar.
Lo vi entrar a su auto, su puerta golpeando con la fuerza suficiente como para hacerla saltar. Y luego, con el chillido de neumáticos —el mejor sonido del mundo, mejor que mis fantasías— un sonido final que la dejó de pie en el lugar de estacionamiento vacío, las lágrimas de rímel negro manchando sus mejillas, su grito lo suficientemente fuerte como para pasar a través de mi vidrio polarizado.
La victoria es mía. Sonreí, dándome una palmada virtual, y puse a andar mi Mercedes. Bajando por la calle, me dirigí hacia el sur. Tal vez después de mi masaje pasaría por la oficina de mi novio. Le daría un sándwich. Celebraría mi victoria con otro hombre en mi vida.
Vamos. Júzgame. No tienes ni idea de lo que implica mi amor.
Amo a dos hombres. Follo a dos hombres.
Si piensas que has oído esta historia antes, no lo has hecho.
Parte uno
Esta es una historia de amor, pero no es una fácil de leer.
Mi vida siempre ha tenido un plan. Creo que mis padres, antes de mi concepción, se sentaron y me planearon.
Me inculcaron con recordatorios constantes y un régimen de seguimiento basado en ejemplos. Yo era una niña rica, una de la que se esperaba hiciera todo. Un 4.0 era requerido, aunque nunca tuve un trabajo. La Ivy League era obligatoria, pero solo porque era ahí donde conocería a mi marido. No podía ganar peso adicional, ya que sería una vergüenza, pero no podía mostrar mi figura, ya que eso sería no tener clase.
El plan era sencillo. Obtener un título respetable mientras era moldeada para ser la esposa perfecta. Casarme rápidamente. Apoyar a mi marido mientras perseguía mis otros intereses, como obras de caridad y el funcionamiento de mi casa.
Nunca me gustó el plan. Me frustrada de tantas maneras agresivas y pasivas como era posible. Aprendí a una edad temprana a ocultar la traición detrás de una sonrisa dulce y fachada inocente. A los ojos de mis padres, me comportaba. Prosperaba. Convirtiéndome en la mujer que su ADN se merecía. Pero en la realidad, yo estaba a la espera, acomodando cada detalle a la perfección y teniéndolos listos para el día que importaba: mi cumpleaños veinticinco.
Ocho años atrás
Veinticinco velas. Era ridículo que estuviera teniendo un pastel de cumpleaños; la tradición debía dejarse para los años de adolescencia. Sin embargo, aquí estaba mi pastel, cargado en los brazos de mi madre. Mi madre, la imagen perfecta de mi futuro, de mi futuro que debería incluir Bótox y rellenos, los labios estirados y cejas excesivamente depiladas. Sonreí como se esperaba. La dejé cantar la canción, la voz de mi padre cayendo después de las primeras palabras, su atención atrapada por el sonido de su teléfono. Sonreí para la foto y apagué las velas, fallando en tres a propósito, viendo los ojos de mi madre parpadear, su sonrisa quedándose fija.
Ella cortó el pastel, el aroma de Chanel N°5 yendo a la deriva sobre la mesa mientras me servía la más pequeña rebanada posible, un corte central, lejos de la decadencia de una pieza final. Luego comimos, los tres dispersos sobre una mesa de doce asientos, el roce de plata contra la cerámica era el único sonido en la habitación.
Mi padre se levantó primero, dejando su plato, y me besó en la cabeza.
—Feliz cumpleaños, cariño.
Entonces solo quedamos mi madre y yo, y comenzó el interrogatorio.
—¿Estás saliendo con alguien? —Dejó su tenedor. Alejando su rebanada de pastel apenas tocada y miró la mía enfáticamente.
—No. —Sonreí como me habían enseñado. Siempre sonreír. Las sonrisas escondían los sentimientos.
—¿Por qué no? Tienes veinticinco. Solo te quedan unos pocos buenos años.
—Soy feliz, madre. Encontraré a alguien pronto.
—Creo que deberías reconsiderar a Tresh Rochester. Saliste con él durante casi dos años. —Cuatro meses. Cuatro meses que convertimos en una relación de dos años para mantener a mis padres apaciguados y a su estilo de vida gay en secreto.
—Oí que Tresh está viendo a alguien. Y realmente no tenemos ninguna química. —Di otra mordida a mi pastel, disfrutando del dolor en sus ojos cuando me lo tragué.
—La química no es importante. Es de buena familia, te proveerá muy bien.
Mi fondo fiduciario me proveería. No necesitaba una relación sin química, una condena para la prisión que pintaría una sonrisa en mi locura y me llevaría a un caso temprano de depresión y de uso farmacéutico de drogas. Pero no quería hablar de mi fondo fiduciario. No cuando estaba a una hora de terminar esta fiesta y de dirigirme directamente al banco.
—Octavia Wilkins me dijo que te vio trabajando en el centro. Por favor, dime que no es verdad.
Sonreí.
—Tengo una licenciatura en ciencias cuantitativas. No es irracional que considere usarla. Estoy haciendo consultoría para una empresa médica. Supervisando algunas pruebas para la FDA.
—Por favor, no lo hagas. El trabajo provoca estrés, lo que te envejece prematuramente. Y solo tienes…
—Unos pocos buenos años —terminé la frase, manteniendo mi voz ligera. Tomé otro bocado de pastel. Raspando cada pedacito de glaseado del plato y deslizando el tenedor en mi boca. Chupando toda la cosa. Asesinando un poco el alma de mi madre.
—Trabajamos muy duro para que tuvieras una buena vida.
—Y la tengo. Hiciste un trabajo maravilloso, y soy muy feliz.
—¿Qué pasa con Ned Wimble? Oí que él y esa heredera Avon terminaron.
Dejé mi tenedor, apreté mis manos debajo de la mesa, y sonreí.
Salí de la casa de mis padres un par de horas más tarde, con una bolsa de regalos en el maletero de mi auto. Un suéter de cachemira. Pendientes de zafiro de mi padre. Un libro de bolsillo de J.D. Robb por parte de Sae, la criada que probablemente sabía más de mí que mis padres juntos. Ella era quien limpiaba mi vómito en el baño cuando mi yo borracha y adolescente no pasaba la noche. Quien había desechado los condones, los paquetes de pastillas anticonceptivas y las botellas de vodka. Ella era quien me había abrazado a los quince cuando sufrí mi primer corazón roto, cortesía de Seneca Crane, quien no merecía mi virginidad y mucho menos mis lágrimas.
Mi regalo real no estaba en el maletero. Estaba en la fecha, en el papeleo de mi fondo fiduciario que se había completado antes de mi primer cumpleaños. Doce millones de dólares me esperaban en una cuenta conjunta que había visto de lejos por más de una década.
Con esa fecha, con los papeles que estaba a punto de firmar, sería libre de mis padres, de sus expectativas y requisitos que habían mantenido ese dinero por encima de mi cabeza por los últimos veinte años. Me dirigí a la oficina del fiscal, y, treinta minutos más tarde, era una mujer libre. Me permití una pequeña sonrisa, una de verdad, mientras salía de Jackson & Scottsdale. Permitiéndome una completa sonrisa una vez que visité el banco y transferí los fondos a una cuenta de dinero que estaría únicamente a mi nombre.
Después, la libertad. Se sentía muy bien. Bajé la parte superior de mi convertible y grité al viento. Celebré la noche con uno de los valets de mi edificio, un chico de veintiún años quien solo aguantó unas cinco metidas, pero que trajo un poco de buena hierba y se reía de mis chistes.
Era un triste inicio para mi nueva vida.
