Digimon le pertenece a Akiyoshi Hongo y a Toei Animation, si me perteneciera… mejor dejo de soñar ¬¬
Nuevo fic, universo alterno supuestamente ubicado en un futuro muy lejano, aunque ciertas circunstancias hagan pensar que es del pasado. Los personajes incluidos son todos los niños elegidos de 02, la diferencia de edad se mantiene y se menciona en la historia y los personajes que no aparezcan aparecerán en los siguientes capítulos.
El romance no es mi fuerte, pero habrá más "parejas" aparte de las mencionadas en el summary, no se preocupen que el TAKARI y KENYAKO si son seguros, bueno los demás son romances algo raros (al menos para mi) así que mejor lo dejo en… veremos.
Se recomienda no interpretar literalmente el titulo de algunos capitulos (eso incluye al primero).
El mundo como alguna vez se conoció jamás volvió a ser el mismo, la tecnología arrasó con la mayor parte de los lugares que daban naturaleza a la vida de los hombres, lugares que daban oxígeno a ese hermoso planeta. Sin embargo, aún hay sitios que cumplen esa función, sitios que fueron protegidos por muchos hombres, sitios que conservaron la naturaleza que alguna vez existió en todo el planeta. Sin lugar a dudas ese bosque podría presumir de ser uno de esos sitios, uno de esos lugares que sirve de pulmón a ese planeta, un bosque no alejado del todo de la civilización, era la frontera de muchas ciudades y no podría ser molestado por nadie.
Pero aquel inmenso bosque era perturbado en esos momentos, perturbado por dos presencias que no deberían estar ahí, dos personas que no encajaban con ninguno de los animales del bosque, dos jóvenes que atravesaban el bosque caminando rápidamente. Esa perturbación era el preludio de los muchos sucesos que ocurrirían ahí posteriormente...
CAPÍTULO 1: El Sacrificio de... dos Mercenarios
Con sus ropas siendo llevadas por el viento, sus pisadas sigilosas pero rápidas, caminaban sin detenerse. Una nueva petición les había sido solicitada y, aunque todavía no les decían en que consistía, ellos, por el tamaño de la recompensa, esperaban algo nada fácil y por ello la cumplirían en el menor tiempo posible. Ésa era su ideología. La ideología que tenían desde que habían comenzado con ese tipo de trabajos… hace cuatro años.
Taichi y Yamato contaban con 17 años y ya tenían suficiente experiencia como para ser especialistas en su trabajo, el ser: Mercenarios. Con el tiempo se volvieron muy conocidos por ello y muchas personas terminaban demandando sus servicios. Al final, ellos sólo aceptaban los trabajos con mayores pagas porque esas eran las más difíciles, después de todo de eso vivían.
Amaban los retos, es por eso que ahora atravesaban ese bosque. Les habría facilitado las cosas el tomar algún tipo de transporte que los llevara a su destino rápidamente, pero eso hubiera sido nada divertido. Y aunque hace tiempo que habían dejado la diversión, preferían hacerlo de la forma difícil.
Su destino actual… la capital de un país en guerra, la que se encontraba al final del bosque.
A pesar de ser amigos desde siempre, habían dejado atrás sus largas conversaciones amistosas, las que cada vez desembocaban en una pelea por el contraste de sus actitudes, eso debido a todas las cosas que habían vivido. Experiencias que obligaron a que ellos empezaran a hacer ese tipo de trabajo… ya que tenían un objetivo, un objetivo que no era precisamente llevarse un pan a la boca.
Por eso, en esos instantes, cada uno caminaba en su propio mundo.
Taichi, siempre caracterizado por ser impulsivo, muchas veces imprudente e insensato cuando estaban en misión, pero la mayor parte del tiempo relajado cuando no tenían más asuntos que atender lo que conllevaba a que esa caminata la hiciera con los brazos detrás de la nuca mientras silbaba una extraña melodía. De vez en cuando saltaba a un árbol cercano y se paraba en la copa para visualizar el paisaje con un monocular que sacaba de sus ropas, viendo cuanto faltaba para llegar a su destino. También se caracterizaba por ser impaciente.
A diferencia de Taichi, Yamato caminaba con suma serenidad, aunque le parecía estúpido que su compañero haga el ritual de subir a un árbol cada hora, lo dejaba ser, evitaba por cualquier modo empezar alguna riña por simplezas. Por ello, cada vez que su amigo hacía eso, él miraba un pequeño holograma que salía de una pulsera en su mano izquierda, un holograma que mostraba un mapa exacto de su ubicación, con el que podía decir con exactitud cuánto faltaba para llegar a su destino.
El ser especialistas en su trabajo, implicaba una cosa y a la vez muchas. En resumidas cuentas, sus sentidos se hicieron más agudos con el tiempo, y ahora todo lo hacían por instinto…
Y justamente en ese instante, faltando pocas horas para el anochecer, su instinto se hacía presente… algo fuera de lo normal en ese inmenso bosque era captado por sus sentidos.
En seguida sacaron de entre sus ropas… unas espadas, espadas al parecer comunes y corrientes -aunque en ese tiempo era muy raro ver ese tipo de armas, ya que habían sido reemplazadas por armas más sofisticadas, eso a ellos no les importaba, siempre habían preferido el ataque cuerpo a cuerpo-, y se pusieron a la defensiva, haciendo el menor ruido posible para encontrar al intruso que había alertado sus sentidos. En esos momentos sabían perfectamente lo que tenían que hacer: esperar… ellos esperaron durante un buen tiempo, pero todo seguía igual.
Pronto, un gran ruido resonó por todo el bosque, el sonido del aletear de las aves emprendiendo el vuelo hacia el cielo, aves que anteriormente habrían estado tranquilamente reposando en las ramas de los árboles.
"Sigamos, debemos llegar lo más antes posible." Taichi cambió su expresión en el rostro a una más atenta, expresión que sólo se veía cuando ya estaba listo para iniciar el trabajo. Guardó su arma entre sus ropas y se dispuso a avanzar. "Yamato." Llamó la atención de su amigo, se había detenido al verlo con la mirada fija en un punto del bosque, lo cual lo impacientaba. "¿Pasa algo?"
"No. Nada." Respondió el susodicho, como saliendo de un trance, y volteó a ver a Taichi. "Al parecer ya no está. Tendremos que apurar el paso, Taichi."
"Si. También pensé en eso, ¿entonces…?" su pregunta quedó al aire, pues Yamato ya terminaba de guardar su arma entre sus ropas y le hacía una señal con su mano. Taichi comprendió de inmediato y ambos empezaron a correr, cruzando el bosque a mayor velocidad.
Lejos de ahí, entre las sombras de un oscuro lugar, tal vez en una cueva o entre las sombras de los árboles, dos personas se encontraban apoyadas espalda contra espalda. Uno con la mirada hacia arriba y otro con su vista puesta en sus manos unidas a la altura de su pecho, ambos respiraban de forma tranquila.
"No vuelvas a hacer eso." Habló con voz calmada el que miraba al techo, en forma de amonestación. "Por poco y el plan se hecha a perder, no los vuelvas a provocar." Su voz no sonaba enojada, a pesar de usarla para el regaño, mas bien, era una voz muy tranquilizadora para quien la escuchara.
"No pude…" una dulce voz se hizo escuchar proveniente de la otra persona. "… No pude controlar mis sentimientos. Discúlpame, fue todo mi culpa." Dijo cerrando los ojos, apretando más sus manos contra su pecho.
"No te preocupes, eso ya no importa ahora." El primero volteó el rostro para ver a su compañero. "Porque hoy saldaremos nuestras deudas pendientes. Mataremos dos pájaros de un tiro." Habló seriamente el chico.
La otra persona soltó una pequeña risita. "Querrás decir tres." Dijo en medio de la risilla.
El primero esbozó una sonrisa. "Tienes razón." Luego volvió a mostrar un rostro sereno. "Tenemos que aprovechar todo el tiempo posible… mientras ellos no estén enterados." Dijo haciendo unos movimientos con sus manos, como si estuviera dibujando algo en el aire para, al final, quedar su mano derecha estirada hacia arriba. Unas luces moradas/negras salidas de la nada empezaron a rodear la mano, dichas luces se iban materializando y poco a poco dieron forma a una gran espada sostenida en la mano alzada. Una espada con una empuñadura negra y una especie de alas de murciélago formando su guarnición.
"De acuerdo." Asintió el segundo con su dulce voz, moviendo sus mano de la misma forma que el primero… pero en sus manos apareció un arco negro, también tenía algunos grabados en alas de murciélago. "Lo haremos en su nombre… y por nuestra venganza."
Cuando Taichi y Yamato llegaron al final del bosque pudieron visualizar su destino, las afueras de la ciudad capital rodeada por murallas de gran altitud. Asombrosamente habían muchos carros flotantes en fila esperando poder entrar a la ciudad, también había muchas personas, familias enteras, haciendo cola, esperando lo mismo. En las grandes puertas -que parecían ser la única entrada a la ciudad- los soldados, con armas de fuego en manos, revisaban a todas las personas para después dejarlas pasar. Algunos gritaban por la demora que todo eso causaba, había muchas personas desesperadas y niños llorando, aún así los soldados parecían encargarse de que todo se diera en orden.
Sin embargo, todo eso no parecía sorprender a los mercenarios en demasía, aunque la expresión en sus rostros haya cambiado. Taichi empezaba a sonreír abiertamente después de lanzar un silbido de admiración, y Yamato sólo mostraba en sus ojos el fastidio que le causaba ese ambiente.
Ellos empezaron a acercarse a las puertas, pero a medio camino, un hombre, rubio y con anteojos, los interceptó.
"Me alegra que hayan atendido nuestro llamado." Fue lo primero que dijo el hombre cuando los alcanzó, sólo se veía unos años mayor que ellos. "Déjenme presentarme, soy Inoue Mantarou, un enviado del palacio."
Enviado del palacio, eso era lo único que les importó de toda esa palabrería que, aunque no era mucha –en realidad sólo una simple presentación-, a ellos les pareció enorme, tal vez, el estar aislados del mundo por tanto tiempo los había vuelto algo... insociables. Al parecer su interlocutor esperaba alguna respuesta por parte de ellos, así que, con irritación en su interior, decidieron presentarse.
"Yagami Taichi." El chico con cabellos castaños desordenados y piel morena tenía impreso en su rostro una mueca que pretendía ser una sonrisa, la que ocultaba el desagrado que le causaba ese tipo de actos. Hace tiempo que las sonrisas que emitía distanciaban de ser sinceras.
"Ishida Yamato." El rubio de ojos azules sin embargo, prefería escapar de esos momentos con un rostro sin expresión alguna, no pretendía añadir más palabras por lo que se alejó unos pasos de ahí. 'A Taichi le da más eso de socializar', era siempre el pensamiento de Yamato.
Pero el anfitrión no se enteró en ningún momento de los conflictos internos que habían en los dos mercenarios, él sólo soltó una sonrisa.
"No se preocupen, se perfectamente quienes son ustedes. Son de los guerreros más fuertes, que se diferencian de los demás por estar al servicio de la población a cambio de una cantidad razonable. Son muy reconocidos por ello, fue por eso que nuestros reyes recurrieron a ustedes." Expresó subiéndose los anteojos que se le caían de la nariz.
"No hay problema en que nos llames 'mercenarios', Inoue-san." Replicó Taichi recalcando la últimas palabras, su mueca ya no podría considerarse una sonrisa.
"Disculpen las molestias," El anfitrión era, a pesar de todo, alguien muy simpático y siguió con lo que tenía que hacer ignorando el bufido de desagrado que se escuchó por parte de Yamato. "Tendrán que acompañarme al palacio, nuestros reyes los esperan. Síganme." Terminó de decir con una ligera sonrisa.
El anfitrión/guía empezó a caminar y los dos le siguieron. Caminaron alrededor de la muralla de la ciudad durante varios minutos, hasta que llegaron a un lugar donde ya no había gente. Mantarou les hablaba explicando muchas cosas durante el camino como que esa era la parte trasera de la ciudad, y que allí estaba una entrada secreta que sólo los servidores del palacio conocían, que por cierto no era la única entrada secreta… en fin, Taichi y Yamato sólo le escuchaban sin pronunciar palabra alguna. Escuchaban pero poco entendían no por no estar atentos a su explicación -que poco les interesaba- sino porque tenían un mal presentimiento, un mal presentimiento que les iba llenando cada vez que se acercaban a la entrada, un mal presentimiento que guardarían en su interior.
El sol ya se metía entre las montañas, estaba atardeciendo y sólo quedaban rastros de lo que fue el día. Los tonos naranjas en el cielo conforme el sol se alejaba de las montañas, la luna ya empezaba a brillar en lo más alto del cielo y todavía no aparecían las estrellas… aún así, esa vista era hermosa para sus ojos miel. Para Mimi, el estar en su balcón a esas horas, era muy especial, ya que apreciaba ese espectáculo que tanto le encantaba, que le hacía desaparecer del mundo físico…
De repente se vio interrumpida por el sonido de la puerta. Suspiró frustrada.
"Adelante." Dijo yendo resignada al interior de su cuarto.
"Señorita, sólo vengo a avisarle que su baño está listo y a dejarle la ropa que se supone debe usar esta noche, para recibir a los invitados de sus padres." Habló una muchacha con lentes y cabello castaño claro casi rubio, dejando sobre la cama un vestido rosa, de los favoritos de Mimi.
"Esta bien, yo me ocupo de mi baño. Ahora puedes retirarte. Regresa en una hora, Chizuru." La muchacha no dudó ni un segundo en seguir el mandato de Mimi y se marchó después de hacer una reverencia.
Mimi volvió a su balcón, intentando recuperar su atención en el crepúsculo, intentando ver el espectáculo que tenía antes de verse interrumpida. Pero no tuvo éxito, el sol ya se había metido completamente, por lo que, después de volver a suspirar en forma frustrada, desvió su vista a la plaza que se erigía frente a ella. Una plaza en el centro de ese palacio, lugar donde ella se encontraba actualmente.
Su vista se posó principalmente en los árboles implantados en orden alrededor de dicha plaza, el pasto verde y las flores con todos los colores que podría desear iluminados por la luz de la luna. Otras de las cosas que le gustaba ver, no sólo porque las plantas eran una pasión en ella, sino que al admirarlos no podía evitar recordar los momentos que pasó ahí en su niñez, los recuerdos de lo que hacía en esa plaza cuando era pequeña y recordar… recordar eso irónicamente siempre la llenaba de alegría, todas las veces una sonrisa normalmente se posaba en su rostro, pero en esta ocasión algo la había hecho sentir diferente.
'¿Por qué tengo este mal presentimiento?' Pensó frunciendo el ceño, y es que ese algo era un mal presentimiento que venía sintiendo desde hace mucho tiempo. Sólo que ella nunca lo tomaba importancia, más bien, se reprochaba el hecho de sentir esas cosas, cuando todo a su alrededor estaba igual que siempre, incluso sus padres estaban más cariñosos que nunca. Por eso regresó a su cuarto, ya no quería ver más esa plaza. No, si le hacía sentir eso.
"¡Bah! Como si me importara, si todo está perfecto. No tengo por qué preocuparme." Luego de tomar algunas cosas se fue al cuarto de baño, necesitaba relajarse, aunque eso cada vez le era más imposible. 'No hay nada que me haga falta, no tengo que pensar en tonterías, pero ¿porque?.' Se remojó en la tina, trataba de relajarse, pero esos pensamientos seguían en su cabeza y sabía que de esa forma no lograría relajarse, no si no iba a su jardín privado, ahí era el único lugar donde lograba hacerlo.
Sin embargo, el relajarse era lo que menos le preocuparía más tarde.
La noche ya había caído en ese lugar, las estrellas empezaban a aparecer y la Luna ya brillaba en todo su esplendor. Ahí, en la cima de una montaña, lejos de toda civilización, se erigía un hermoso templo, de esos con estructura oriental, que aunque pasaran cientos de años seguían en su máxima magnificencia.
Adentro de aquel templo, que sólo se iluminaba con la luz de unas velas, se encontraba un solo hombre, vestido con una túnica blanca con bordes cafés, su cabello sujeto en una pequeña cola. Estaba parado en medio de ese salón, el primer salón al que se ingresa por la entrada, sin mover ni un sólo músculo. Sus ojos azules miraban expectantes un cuadro que estaba al frente de él, en el fondo del salón.
Estaba esperando… ya estaba preparado… sabía cual era su destino.
En ese momento una fuerte corriente de viento entró al templo, haciendo que el fuego de las velas se desplazara hacia el interior por un breve momento, pero el viento no fue suficiente para apagarlas.
"He estado esperándote."
Habló el hombre son naturalidad, aún sin moverse de su sitio… el momento que estaba esperando había llegado.
Atrás de él, en la entrada del templo, se descubría una figura, cuya capa y capucha negra no permitía ver ninguna parte de su cuerpo.
"Que bueno, eso hace el trabajo más fácil." Le respondió el encapuchado con arrogancia. "Supongo que ya sabes a que vine."
"Viniste a cumplir los planes de tu señor, ya que el prometió ayudarte a cumplir tu venganza. Pero aquí no encontrarás nada de eso, lo que hagas acá no cambiará en nada el destino que les aguarda." Respondió el hombre volteando a ver al encapuchado.
"Déjate de rodeos, Gennai." Dijo el encapuchado con fastidio, por un breve momento unos ojos rojos brillaron dentro de la capucha. "Has estado esperando tranquilamente tu muerte aquí, seguro porque te enteraste que le pasó a todas tus copias… ¿Vas a rogar por tu vida?" Preguntó con desprecio.
"Estoy aquí para ver con mis propios ojos en qué te has convertido. La maldad en este mundo es tan grande que incluso pudo influenciar en ti de esa forma." El castaño miraba intensamente al sujeto que tenía frente a él, lo veía, lo veía sin nada, sin protección, la capa que lo cubría no le molestaba, porque incluso podía ver su alma.
"¡No me vengas con estupideces! ¡Tú no me conoces!... Tú eres el representante de la maldad en este mundo, por tu causa muchas vidas tendrán que ser derramadas. Voy a purgar este mundo del mal, ¡y voy a empezar por ti!" exclamó el encapuchado, subiendo el tono de voz a cada frase que pronunciaba. "Ya hubo mucha plática para una noche, ¡ahora muere, Gennai!"
Y en el instante que terminó su frase, corrió con tal rapidez que a los pocos segundos ya se encontraba unos pasos por detrás de Gennai, en una posición de ofensiva con el pie derecho delante del izquierdo, levemente inclinado y con la mano derecha estirada. En esta mano sostenía una daga dorada, una gota de sangre escurriéndose a lo largo de su hoja.
Gennai, que en un principio no parecía haber tenido daño alguno porque sólo tenía su vista en las puertas vacías, de un momento a otro empezó a toser sangre, mientras se tocaba el pecho en un ademán de un dolor intenso a esa altura, un dolor interno que iba incrementándose cada vez más, extendiéndose por todo su cuerpo. En ese instante, como cualquier hombre, pensaba en resistirse a lo que inevitablemente llegaba.
El encapuchado se irguió atrás de él mientras una sonrisa oculta crecía en su rostro.
"No… lo… en… ti-en… des… mi muerte… no… cam… biará… nada…" Genai utilizó su último aliento en esas palabras para después caer bruscamente al suelo, boca abajo, misma que seguía votando sangre.
"¿Aún en la muerte sigues con esas absurdas ideas?... tu muerte sólo es el inicio." Dijo el encapuchado susurrando la última oración, aún de espaldas al que ya era un cadáver, con lo que el lugar quedó en silencio absoluto.
Silencio.
Pero el silencio se vio interrumpido por un sonido zumbante. Un sonido zumbante proveniente de un insecto que volaba en frente del encapuchado, haciendo que éste volteara violentamente hacia atrás, para mirar directamente hacia la puerta.
"¿A qué viniste?"
La pregunta hostil no se hizo esperar al ver en la puerta a otro encapuchado parado de la misma forma en la que el primero estaba minutos atrás… antes de matar a Gennai.
"Yo también me alegro de verte." Contestó sarcásticamente caminando hacia el centro del salón, sólo recibió una mirada amenazante de parte del primer encapuchado. "Ja, bonita forma de darme la bienvenida –se detuvo y suspiró- y yo que venía a darte… noticias." Su última frase fue suficiente para que el primer encapuchado quede intrigado.
"¿De qué hablas?"
El palacio era una inmensa estructura de mármol, semejante a los antiguos edificios árabes, grandes columnas y grandes edificaciones, pero lo que más resaltaba era una gigantesca cúpula central. Adentro, los lujos destacaban en cada esquina, desde vasijas hasta hermosos cuadros, con una alfombra roja cubriendo el piso del lugar. Todos los días había movimiento de los guardias, siempre resguardando el lugar, pero a diferencia de otras veces, esa noche había mucho más movimiento de lo normal.
Dentro de un salón con paredes tan blancas como la nieve y lujos de igual forma que en todo el lugar, ya se encontraban en una reunión privada los mercenarios junto a su guía, una única sirvienta que los atendía y los reyes Keisuke y Satoe, quienes ya les habían informado a los mercenarios sobre la misión que deberían cumplir. Dentro del rostro de los mercenarios se podía observar de todo menos felicidad o por lo menos, conformidad. Yamato permanecía callado, la inconformidad estaba en su rostro pero no decía nada, el más expresivo siempre fue Taichi.
"¡No seremos niñeras!"
Taichi exclamó exaltado interrumpiendo por décima vez las palabras del rey Keisuke. Y por décima vez recibió una mirada severa por parte de su amigo rubio para que se calmara. El moreno bufó. 'Trabajo es trabajo, ¡pero esto es el colmo!' Se dijo a sí mismo apretando sus puños tratando de contener su furia, no le gustaba que lo subestimen.
"Aunque lo parezca… esta no es una misión fácil. Hay muchos hombres que querrán su vida, ¡no lo podemos permitir!" La reina Satoe se encontraba al borde de un ataque de desesperación.
"El ataque a la ciudad no tardará en llegar, aún no sabemos a ciencia cierta quien es el que está atacando. Por eso sólo podemos concentrarnos en nuestra defensa y no en un ataque porque no sabemos quien es el verdadero enemigo. Hemos intentado por todas las formas posibles pero no encontramos ninguna otra salida que no sea esta."
El rey estaba más sereno que su esposa, pero aunque no lo demostrase, él también sentía impotencia.
"¿Están seguros que eso es lo que quieren?" preguntó Yamato antes de que Taichi volviera a objetar algo, aunque ambos tuvieran los mismos pensamientos quería buscar una solución. "Nos están ofreciendo una gran cantidad, podrían utilizar nuestros servicios para proteger esta ciudad." Para ellos, el enfrentarse a un ejército completo que intenta destruir una ciudad era mucho mejor que servir de guardaespaldas a alguien de la realeza... la misión que les acababan de dar.
"Ya no hay nada que proteger acá –respondió el monarca-, todos los ciudadanos están siendo evacuados en cápsulas de transporte. Los únicos que nos quedaremos aquí seremos nosotros y nuestros soldados más leales."
El rey, con seguridad, expuso claramente sus intenciones. Su esposa sólo asentía ante sus palabras pero, aunque las lágrimas no le permitían hablar, atino a decir:
"Sólo les pedimos que la lleven sana y salva a la sede del gobierno mundial, ya que… después de nosotros… ella es la única persona que queda para gobernar el país, ¡tienen que protegerla!"
La última exclamación de la reina hizo que los mercenarios lo pensasen seriamente. Sus trabajos nunca habían sido tan fáciles, porque siempre escogían lo más difícil y el llevar a una chica a una ciudad central no era lo más difícil del mundo. Pero los reyes les estaban ofreciendo una muy buena cantidad de dinero y además estaba… esa determinación que mostraban en sus miradas… el querer proteger a su ser más querido. Ese hecho les hizo recordar un evento de su pasado, algo que ellos no pudieron hacer… proteger a sus seres más queridos. Ambos pensaron lo mismo, ambos recordaron lo mismo, ambos habían tomado la misma decisión... además, tal vez, sólo tal vez -y para gusto de ellos-, la misión no sería tan fácil como sonaba.
"Aceptamos." Dijeron los dos al mismo tiempo, sin ninguna expresión en su rostro, pero en sus ojos se veía un dejo de… tristeza.
Los reyes no hicieron otra cosa que sonreír de satisfacción, por fin su hija estaría en buenas mano. Ahora solo faltaba una cosa por hacer, por lo que el rey se disponía a hablar... pero el sonido de la puerta interrumpió la reunión. Con un "adelante" por parte del monarca un soldado entró a la estancia, y después de la reverencia respectiva hacia los soberanos…
"Esto llegó con nivel de seguridad uno." Dijo entregándole al rey una caja metálica, una minicomputadora.
Ambos reyes vieron lo que informaba aquella máquina mediante un holograma. Al terminar ambos gobernantes tuvieron diferentes reacciones: él cerraba los ojos con resignación, ella ponía sus manos en su boca con perplejidad.
"¡Sus majestades…!" La joven que minutos atrás les estuvo atendiendo, llegó al lugar corriendo, entrando sin siquiera avisar. "Lamento… lamento la interrupción, pero… la princesa… la princesa esta exigiendo salir del palacio." Comunicó aún cansada por la carrera que había hecho, pero con miedo en su voz.
Los reyes se miraron con pánico después de todas las noticias que se les venían encima, así que, luego de dar órdenes de atender a 'sus invitados', ellos salieron en la dirección que la muchacha había mencionado.
"¡¿Cómo te atreves a prohibirme el paso?! ¡¿Acaso tienes el suficiente valor para rechazar las órdenes de la princesa?!" una jóven castaña de pelo largo vestida con un hermoso vestido en tonos rojos y rosados gritaba a un soldado que estaba en frente de ella.
"Lo siento señorita, pero son órdenes de sus padres." Decía el soldado tratando ser lo más delicado posible con su princesa.
"¡Mentira! Mis padres nunca ordenarían algo semejante. ¡Pagarás—!"
"¡Mimi!" Gritó el rey interrumpiendo a su hija.
"¡Otousan! ¡Okaasan!* Que bueno que llegaron, ¡este insolente se atrevió a desobedecerme!" Dijo señalando con desprecio al soldado.
"Hija, tenemos que hablar contigo." Hablo el rey con tono serio.
"¿No harán que se le castigue?" preguntó desconcertada.
"Mimi, por favor."
El tono suplicante de su madre hizo que la joven se preocupara. Sin hacer más replicaciones y aún impresionada decidió hacerse guiar por sus padres. Mimi encontraba en todo eso algo raro, sus padres siempre estaban alegres, nunca le prohibían nada y siempre le daban lo que ella pedía. El que ellos le hablasen en tono serio hacía que ese mal presentimiento que sentía cada vez con mayor frecuencia regresará… de nuevo. Sus padres la llevaron hasta la sala privada de juntas.
Dentro de la sala había más personas, una gran parte de la servidumbre que parecía esperar el momento en que la familia real llegara. Entre la gente estaban los Inoue, personas a los que Mimi conocía muy bien debido a que eran muy leales a la familia real. El rey se acercó al mayor de los Inoue, Mantarou, con quien mantuvo una pequeña conversación a los ojos de su hija. Luego de muchos asentimientos por parte del joven, éste hizo una señal y todas las personas, a excepción de la familia real, empezaron a salir en orden, no sin antes hacer las debidas reverencias a sus gobernantes.
"Mimi."
El rey llamó la atención de su hija, quien hasta ese momento no entendía las acciones de sus progenitores.
"Hay muchas cosas que tenemos que decirte –suspiró-… pero ya no queda tiempo. Es cierto que te hemos ocultado muchas cosas, que te hicimos vivir una vida ideal, todo eso para que no te enteraras de lo que en verdad ha estado pasando en el país desde hace algunos años. No creímos importante decírtelo porque pensamos que lo solucionaríamos… pero nos equivocamos, y por habernos equivocado, nosotros… debemos pagar por nuestros errores."
Su padre trataba de hablar con más seriedad posible. Su madre sólo sollozaba frente a ella mientras su esposo hablaba.
"No, no entiendo, ¿Qué…qué me han estado ocultando?, ¿qué paso hace años?, ¿por qué dicen eso?" Preguntó al punto de la desesperación, no entendía lo que sus padres le querían decir y no era para menos.
"Como te dijo tu padre." Intervino su madre, intentando recuperar la calma. "No hay tiempo para explicarte. Ahora mismo un ejército enemigo está acercándose a esta ciudad, no sabemos que buscan, pero ya han arrasado con muchas de nuestras ciudades y no han mostrado compasión alguna. Por eso tienes que irte, ¡tienes que salvarte!"
Mimi se asustó ante el último grito de desesperación de su madre, pero la reina se trató de contener, aún tenía algo que hacer.
"No, no, ¡no!… ¡yo no quiero irme! ¡Yo…yo quiero estar con ustedes!"
Los gritos de negación de la muchacha no se hicieron esperar, se aferraba a su actual hogar y el saber lo que sus padres querían hacer le vino como balde de agua fría, estaba al borde de las lágrimas.
Pero sus padres ya habían tomado una decisión.
"Tu eres la que tiene que guiar esta nación a la paz. Si no eres tú ¿Quién lo hará? Tu eres la única que mantiene los ideales de nuestro país, y cuando nosotros no estemos, los ciudadanos sólo aceptaran un gobierno que esté gobernado por TI, por alguien de la realeza ¿Acaso no entiendes eso?"
El rey Keisuke trataba de ser lo más duro posible, tenía que hacerle entender a su hija el significado de lo que estaban por hacer.
"No. ¡No!"
Sin embargo ella todavía no podía aceptar la verdad, deseaba desde el fondo de su corazón que todo eso fuera una pesadilla.
Su madre se le acercó, tenía algo sostenido en sus manos, Mimi no sabía desde qué momento, pero… tampoco importaba.
"A… a nosotros nos hubiera encantado estar contigo… la próxima semana, en tu cumpleaños número 16. Pero veo que eso ya es imposible."
La reina trataba de sonreír, conteniendo la tristeza de la despedida. Abrió sus manos y se pudo ver un collar con una hermosa piedra verde en el centro… una esmeralda.
"Toma. Esto tendría que habértelo dado el día de tu cumpleaños, pero como están las cosas –ahogó un sollozo-… Con esto podrás convocar al hada… ella responderá todas tus preguntas, te dará todo lo que necesites. Cuídala, que también te cuidará."
Mimi ya no respondía, poco a poco se iba separando de la realidad y sólo miraba a su madre desconcertada, ¿acaso eso significaba que todo era cierto? ¿Que tendría que dejar su hogar? ¿Qué ya no los vería más?... Aceptó el regalo de su madre casi por inercia, su corazón no podía estar más dolido.
En ese momento se escuchó un estallido a lo lejos… los reyes sabían lo que significaba.
"Dentro de poco ya no quedará nada aquí, por eso tienes que irte ahora mismo. En estos momentos hay unos jóvenes que te están esperando. Ellos te ayudaran a escapar de este país, te llevaran a la sede del gobierno mundial."
El rey Keisuke, sabiendo de antemano como actuaría su hija y ante el desconcierto de la misma, tomó uno de sus brazos con brusquedad y comenzó a caminar. La llevó a la fuerza hasta uno de los extremos de la habitación, mientras ella derramaba más y más lágrimas tratando de resistirse a la fuerza de su progenitor. La reina Satoe sólo los seguía con lágrimas saliendo con la misma intensidad que las de su hija.
"Si no sobrevives, esta nación quedará destruida. Pero si sobrevives, quedará algo de esperanza para formar una nueva nación y nuestro sacrificio no habrá sido en vano."
Keisuke puso su palma en un sector de la pared, y en ese momento el muro se hizo a un lado, dando lugar a unas escaleras que iban hacia abajo. Todos bajaron. El rey aún sostenía el brazo de su hija hasta tal punto de hacerle daño, sin embargo ella estaba tan afligida y triste que no le importaba ningún dolor físico… el emocional dolía más.
Llegaron a un subterráneo, parecía una estación de trenes, y en efecto había un pequeño vagón de tren eléctrico, blanco como las paredes de ese lugar, esperando ahí, con las puertas abiertas. A la joven no le importaba el nunca haber visto ese vagón o siquiera haber pisado alguna vez esa estación, ahora lo único en lo que se preocupaba era en tratar de escapar de su padre, sin éxito alguno.
Dentro del vagón estaba Taichi moviéndose de un extremo al otro murmurando cosas inentendibles, mientras que Yamato estaba sentado cruzado de brazos y piernas con los ojos cerrados y el rostro abajo, como si estuviera descansando. Fue ahí cuando oyeron llegar a los reyes, mas bien, oyeron los gritos que lanzaba Mimi para evitar que su padre se la llevara. Entonces supieron que su misión ya había comenzado.
Su padre no la soltó hasta dejarla dentro del vagón de tren, donde la dejó a cargo de los jóvenes. Su madre le sonrió tristemente, ya no soltaba más lagrimas, para luego señalar a los mercenarios. "Ellos te protegerán hasta que llegues a la sede del gobierno mundial, confía en ellos."
Ambos chicos se colocaron a cada lado de la princesa, en ese momento el rey la empujo hasta el interior del vagón y salió inmediatamente de ahí antes de que ella pudiera regresar. Ella reaccionó rápidamente tratando de regresar pero las puertas automáticas ya se había cerrado en su cara.
"¡Papá! ¡Mamá!" Gritó con todas sus fuerzas golpeando, sin resultados, la puerta del vagón.
"Te queremos, de eso no tengas duda." Dijo su padre mientras abrazaba a su madre.
"¡Papá! ¡Mamá!" seguía llorando, seguía golpeando, todos sus esfuerzos eran en vano.
"Adiós." Dijeron dándole una última sonrisa sincera a su hija. El vagón empezó a funcionar, adquiriendo cada vez mayor velocidad.
"¡No! Papá, mamá"
Sólo vio como sus padres se despedían con la mano mientras el vagón se alejaba cada vez más de ellos.
"¡¡Otousan!! ¡¡Okaasan!!"
Continuará...
*Naa, sólo para aclarar (siempre hay alguien que no sabe) Otousan: Papá, Okaasan: Mamá. fin
DELIRIOS DE AUTORA:
Creo que tengo que aclarar algunas cosas, que remedio, en principio, en este fic no encontrarán ningún OC, soy mala para inventar nombres (le van a preguntar a alguien que le llama "cosa" a su perro ¬¬) así que todos los personajes que encuentren aquí son de digimon, incluidos los padres de Mimi y el hermano de Miyako, quienes por cierto no creo que vuelvan a tener una aparición en el fic. El porque maté a Gennai? bueno era necesario y por que repiten constantemente eso de venganza?, pues si les digo me quedo sin historia, por cierto a los encapuchados sólo lo puse así porque no sabía de que otra forma ponerlos, de repente se me vino la idea de Saint Seiya y ahí ven los resultados, me parece que son demasiado predecibles sus identidades pero que se puede hacer, sólo digo que estos encapuchados no durarán así más de tres capítulos. Y el romance? se va a dar pero poco a poco (eso quiere decir que se va a tardar ¬¬)
Ahora si, ahí está el capitulo uno, ahora si pueden darme su opinión, ahora si pueden criticarme, ahora si... (mejor dejo de repetir "ahora si")
Como siempre pueden demandarme... digo mandarme lo que quieran mediante cualquier medio de comunicación (si es crítica que mejor)... creo que existe el sistema de review para esto, pero ya.
Umi_lizs5
