Encurcijadas II

El cielo ya estaba oscuro cuando Oscar llegó la puerta de una casona grande y algo desvencijada

El cielo ya estaba oscuro cuando Oscar llegó a la puerta de una casona grande y algo desvencijada. Unos segundos después, una mujer de edad vestida de blanco le abrió y al verla con caballo y equipaje, supo de inmediato que era uno de los enfermos que venía a curarse o a morir a ese hogar. Se trataba de Saint Michel, un hogar para enfermos que podían pagarse ciertas comodidades.

La llevó por unos intrincados corredores hasta la consulta del médico donde Oscar tomó asiento y esperó cerca de media hora. Al cabo de ese tiempo entró un hombre de modales nerviosos y cabellos castaños revueltos. No debía tener más de 40 años pero parecía más viejo por el cansancio que denotaba su rostro. Se acomodó los lentes sobre la nariz y estudió a este nuevo paciente.

Bienvenido a Saint Michel, joven – saludó el médico mientras se sentaba en su escritorio, sin quitar la vista de aquel rubio joven de belleza casi femenina.

Gracias – contestó Oscar con timidez.

Mi nombre es Vincent Loiseau y soy el director y uno de los médicos del Hogar Saint Michel. Primero que nada, decidme vuestro nombre – solicitó él mojando la pluma en el tintero.

Oscar...Oscar Francois de Jarjayes.

El médico abrió sus grandes ojos azules y se quitó los lentes.

¿Vos sois la famosa comandante? ¿Vos sois Oscar Francois de Jarjayes? – El médico había escuchado muchas historias acerca de la valiente comandante de la Guardia Metropolitana que había sabido ganarse el respeto de sus hombres y había tomado a su cargo las misiones más peligrosas. Secretamente, era la mujer que protagonizaba algunos de sus sueños y tenerla ahora enfrente lo había descolocado.

Oscar se sintió incómoda.

Sí, soy yo, pero quisiera que tanto mi apellido como mi identidad permanecieran entre nosotros, no me encuentro en una situación favorable con estos tiempos que corren y no deseo poner a nadie en peligro.

No os preocupéis – le aseguró el doctor recobrando la calma – aquí podéis adoptar la identidad que os plazca. ¿Por qué habéis venido, Lady Oscar?

Porque... mi médico de cabecera me diagnosticó tuberculosis en estado grave y no deseo que la gente que me quiere me vea morir como tampoco deseo exponerlos al contagio...

Bueno, la gravedad de vuestra enfermedad la evaluaremos aquí. Recostaos sobre la camilla y descubríos el pecho, voy a auscultaros – concluyó dejando la pluma y poniéndose de pie.

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Al llegar, André se dio cuenta del alboroto reinante en la Mansión por la desaparición de Oscar. Todos se volvieron hacia él con preguntas y vio la profunda decepción en sus ojos cuando les dijo que ignoraba lo que había sucedido.

André, esperaba que tú tuvieras noticias de ella. Sólo supimos por la reina que renunció a su cargo para partir de viaje. No dejó ninguna carta, ¡nada! – gritó el General, desesperado. La Nana lloraba en silencio, abrazando a su nieto.

Lo siento, General, a mí tampoco me comunicó sus intenciones pero le juro que no dejaré de buscar hasta encontrarla – dijo él con determinación.

¡Hija malagradecida! – gritó el General con rabia – Nunca pensaste en el honor de tu padre...

André cerró los puños. Aún en esas circunstancias, el General no se preocupaba por el bienestar de Oscar, sino por la ofensa al honor de la familia y a él.

Durante los días siguientes, André se dio a la tarea de indagar sobre el paradero de Oscar. Los disturbios y los turnos irregulares favorecían su tarea. Bernard y Rosalie también se sumaron a la búsqueda. Sin embargo, los días se hicieron semanas y no había ningún avance. André estaba muerto de angustia, incluso llegó a pensar en lo peor.

"Justo ahora que creí que podíamos estar juntos y tú desapareces, Oscar" le reprochaba André en el pensamiento.

Para aquel entonces, Oscar se encontraba extremadamente débil, pocas veces se levantaba pues los accesos de tos eran muy frecuentes y le avergonzaba estar escupiendo sangre a vista y paciencia de todo el mundo. Los días en que se sentía mejor, salía al hermoso jardín y se sentaba apoyada en el tronco de una higuera a escribir una carta interminable a André, carta que por supuesto, jamás enviaría. Sin embargo, al expresar sus sentimientos por escrito, sentía que de alguna forma hablaba en persona con él y eso la reconfortaba.

En París, los disturbios y protestas se habían transformado en franco terrorismo y enfrentamientos mortales entre el pueblo y el ejército. Los reyes habían mandado a llamar desde las regiones a más regimientos, de manera que la capital francesa ahora era una zona fuertemente militarizada. Su espíritu guerrero instaba a Oscar a tomar parte en los acontecimientos pero su cuerpo le indicaba que ya no podría ni siquiera empuñar un arma sin antes caer abatida por esa vil enfermedad que cada día ganaba más terreno. El tomar conciencia de esto y la preocupación por su familia y por André la llenaban de tristeza e impotencia, lo que no pasó inadvertido para el joven doctor que tenía predilección por esta valiente mujer soldado. Él trataba de animarla, cuando podía le administraba personalmente las medicinas y también le prestaba los libros de su biblioteca personal para distraerla. Sin embargo, Oscar cada vez estaba más deprimida y su estado de ánimo indudablemente agravaría su dolencia.

Un soleado día de fines de junio, salió al patio a dar un paseo con sus instrumentos de escritura bajo el brazo. Esta vez no se sentó bajo la higuera sino que se dirigió a los límites de la propiedad donde corría un arroyo y podía gozar del silencio y la privacidad que necesitaba.

Al caer la tarde, comenzó a levantarse viento y los negros nubarrones anunciaban tormenta. El médico y las enfermeras ayudaron a los pacientes a ingresar al edificio pero no pudieron encontrar a Oscar. El doctor Loiseau en persona ayudó a buscarla y cuando ya empezaba a creer que había huido, vio en la orilla del arroyo a la joven desmayada y rodeada de papeles desperdigados a su alrededor. Se dirigió corriendo a su lado y comprobó que tenía fiebre altísima y respiraba con dificultad. Reunió algunas de las hojas (que Oscar querría ver cuando despertara) y la tomó en sus brazos, dirigiéndose con rapidez a la casa.

Ya en la noche deliraba y ni el médico ni las enfermeras creyeron que pudiera superar esa crisis. Oscar se agitaba en sueños y llamaba incesantemente a un tal "André". El médico se sentó al lado de la enferma y mientras la examinaba, escuchando la interminable y febril letanía, se preguntó quién sería este hombre que ocupaba los pensamientos de Lady Oscar. Después de reflexionar un momento, habló con el sacerdote Gustave, que asistía espiritualmente a todos en el hogar, y le planteó la idea de buscar a ese hombre. Sabía que ella había comandado la Guardia Metropolitana de París y tal vez allí podía comenzar la búsqueda. El religioso, sin dudarlo, accedió a cumplir la misión. Al día siguiente partió al alba y llegó al medio día a la capital.

No se esperaba aquel ambiente de pesadilla. Las hordas de parisinos se entregaban al terrorismo y el saqueo con igual frenesí y los soldados no se quedaban atrás. Los métodos represivos eran temibles y el odio entre las partes se podía sentir con la densidad de la niebla en las calles y avenidas. El sacerdote comprendió que su investidura de poco le serviría entre las multitudes furiosas. Preguntó la dirección del cuartel de la Guardia B y allí se dirigió sin perder más tiempo, cada minuto contaba.

Alain estaba hablando con Gerard en el patio cuando vio al religioso ingresar al cuartel.

¿En qué puedo ayudaros, Padre?

Buenas tardes, hijo. Por favor decidme: ¿Conocéis a la comandante Oscar Francois de Jarjayes?

Alain dio un respingo.

Por supuesto – repuso – fue nuestra comandante hasta hace un mes atrás. ¿Por qué la buscáis?

¿Conocéis a un hombre llamado André?- preguntó el sacerdote sin responder a la anterior pregunta de Alain.

¿André Grandier?

No lo sé, hijo, desconozco su apellido pero si pudiérais llevarme ante él, os lo agradecería, es muy importante – pidió humildemente el hombre.

Seguidme – le indicó Alain y lo llevó a una de las salas del cuartel donde lo dejó esperando por algunos minutos. Luego, regresó con André, cuya mirada brillaba de ansiedad.

El sacerdote se puso de pie.

Padre, me dijo Alain que me buscábais, ¿sabéis algo de Oscar? – preguntó André aproximándose - ¿Está viva? ¿Está bien?

Tranquilízate, hijo, la dama está viva pero no se encuentra nada de bien, de ahí el motivo de mi visita.

La expresión de André pasó de júbilo a pánico en fracción de segundos.

¡Por favor, decidme todo lo que sepáis! – exclamó André tomando de la manga al padre.

Está bien pero, por el amor de Dios, calmaos. La joven Jarjayes se encuentra en un hogar para enfermos en las afueras de París. Sufre de tuberculosis y no es posible determinar si vivirá o no. Su médico y yo creímos que la presencia de un ser querido podría ayudarla a recuperarse o al menos a morir con tranquilidad y en su delirio ella no cesaba de llamar a un "André". Supongo que se refería a vos – concluyó.

Alain... – dijo André volviéndose a su amigo.

No te preocupes – se adelantó Alain – yo te cubro con Dagout, ve tranquilo y cuida de la comandante, tienes que traerla viva, ¿de acuerdo?

Por favor, Padre, llevadme con ella – suplicó André

Está bien, hijo mío, pero antes de partir, ¿podríais darme un vaso de agua y algo de pan? Acabo de llegar y quisiera reponerme un poco.

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En la tarde llegó al hogar el padre Gustave con André. No bien abrieron el portón, André desmontó y partió a grandes zancadas hacia la casa. Al pobre sacerdote se le hacía difícil equiparar su paso al del joven.

El médico los recibió en el vestíbulo y llevó a André hasta la habitación de Oscar. Las cortinas cerradas, el crucifijo en la cabecera y la respiración agitada e irregular de ella creaban una atmósfera casi fúnebre. André se estremeció al pensarlo pero se dirigió resueltamente a la cama y tomó una de las manos de Oscar.

Oscar – murmuró él mientras observaba la figura delgada y macilenta de quien fuera la robusta comandante de la guardia. Estaba muy pálida y sendas ojeras sombreaban sus ojos cerrados.

El médico no quiso interrumpir aquel momento y se retiró discretamente, no sin antes advertirle a André del riesgo de contagio y que no debía agotar a la paciente. El Doctor Loiseau salió de la estancia con un profundo aire de decepción. Tenía la egoísta pero secreta esperanza de que el sacerdote no encontrara al tal André y él pudiera seguir siendo el único apoyo de aquella mujer de la que había comenzado a enamorarse.

André permaneció por largo rato velando el sueño de Oscar cuando unas hojas arrugadas sobre el velador llamaron su atención. La letra era de ella y aparentemente se trataba de una carta. Comenzó a leer algunos fragmentos:

"No se cuándo comencé a amarte de esta forma, André, quizás fue hace sólo unos meses, quizás fue hace años, no lo sé (...). Es un día maravilloso de verano, los olores frutales y florales se mezclan en un abrazo indefinible y el sol dibuja siluetas danzarinas entre las hojas de los árboles. Como quisiera tenerte conmigo ahora y disfrutar de todo esto juntos (...). ¿Podrás perdonarme alguna vez? Fui insensible y cruel contigo, no creas que no me di cuenta. Ahora que se me acaba el tiempo y tengo tanto de qué arrepentirme, quisiera pedirte perdón, aunque fuera en esta carta que jamás llegará a tus manos (...). André, te amo tanto, deseo de verdad que tengas una vida feliz, como te la mereces. Sólo quisiera tocarte y sentir tu aroma, tu voz, tus manos una vez más..."

André no quiso seguir leyendo. Todo estaba claro ahora. Oscar le correspondía y él no dejaría que ella se escapara así se la tuviera que pelear a la misma muerte. Comenzó a acariciarle la cabeza hasta que ella despertó.

¡André! – exclamó tratando de incorporarse pero él la detuvo y la recostó nuevamente - ¿eres realmente tú?

Sí, soy yo y no me moveré de aquí hasta verte sana y caminando. No volverás a huir así te tenga que amarrar, ¿me oíste, Oscar? – dijo él con una mezcla de enfado y alivio.

No te preocupes, aunque quisiera, no puedo levantarme – respondió ella con una sonrisa – André, eres tú, no puedo creerlo, no sabes lo feliz que me siento, pensé que jamás volvería a verte...

Aquí me quedaré hasta que te hartes de mí, Oscar – dijo él acariciándole la mejilla. Oscar correspondió al gesto levantando una de sus manos hacia él y acariciando su rostro.

En ese momento, regresó el doctor y puso fin a la visita. Al ver las mejillas arreboladas de la paciente, supo que el sacerdote y él habían tomado la decisión correcta y guardó su desilusión para más tarde.

André se puso de pie para retirarse.

¿Volverás? – preguntó Oscar con ansiedad.

Por supuesto, querida Oscar, ahora que te encontré, no te perderé de nuevo – repuso él apretando una de sus manos.

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Durante los días siguientes, cada vez que podía, André viajaba una hora y media hasta el hogar donde Oscar se encontraba. Desafiando todos los pronósticos, ella comenzaba lentamente a recuperarse. Aunque las crisis seguían siendo muy fuertes, parecía que el organismo de Oscar luchaba por vivir y estaba claro que la razón era André. Habían pasado dos semanas desde el afortunado encuentro y Oscar deseaba salir a dar un paseo por el jardín, los días de guardar cama y de confinamiento en su habitación comenzaban a agotarle la paciencia. André llegó justo a la hora del almuerzo y una vez que Oscar recibió su ración, él le quitó la cuchara de las manos y comenzó a alimentarla como si fuera un bebé.

¡Pero André! No soy una inválida, puedo comer sola – reclamó ella.

Sssshhh...dame el placer de cuidarte, ¿quieres? – dijo callando a Oscar con una gran cucharada de sopa – Me dijo el doctor Loiseau que estás muy ansiosa por salir, ¿quieres que vayamos al arroyo que tanto te gusta?

Oscar lo miró extrañada, ¿cómo sabía él del arroyo? Comprendiendo su reacción, André señaló:

Así es, Oscar. Leí tu carta, lo siento.

Oscar bajó la mirada.

No tienes que disculparte. La carta iba dirigida a ti de todas formas. Supongo que ya no tengo secretos para ti, ¿verdad? – preguntó ella ruborizándose.

Por toda respuesta, André retiró la bandeja del almuerzo, se sentó a su lado y la abrazó con fuerza. "Te amo" murmuró mientras besaba sus cabellos. "y yo a ti" contestó Oscar casi en un murmullo. Aún se le hacía difícil poner sus sentimientos en palabras.

Aquella tarde la pasaron a orillas del arroyo de Oscar, sintiendo los aromas y colores envolventes del verano colmar sus sentidos. André la tenía abrazada mientras hablaba y hablaba con el afán de distraerla y notó que Oscar llevaba más de media hora en silencio con la vista fija en la superficie rizada del agua.

Oscar ¿qué sucede?

André... ¿Qué pasó con la muchacha que estabas viendo? – André se puso tenso de inmediato.

Ella ya es parte del pasado, Oscar.

Pero... yo pensaba... yo pensaba que la amabas – insistió ella.

Oscar – dijo André tomándola por lo hombros – Francine es la muchacha con la que traté de olvidarte hasta que me di cuenta de que era imposible, estás dentro de mi corazón y ahí estarás siempre, ¿me entiendes? Aunque quisiera, no podría querer a otra.

Oscar se emocionó ante la vehemencia de tal declaración e iba a decir algo cuando una fuerte crisis de tos estropeó el momento. André la sostuvo mientras le llevaba un pañuelo a la boca. Cuando la crisis pasó, Oscar se desplomó agotada en los brazos de André, que amorosamente la acunó y le limpió un rastro de sangre de la comisura de los labios.

Lo lamento, André – dijo Oscar con la voz aún ronca por el esfuerzo.

¿Por qué te disculpas?

Hubiera querido ahorrarte todo esto...

Pero, Oscar, siempre hemos estado en todas las circunstancias juntos, ¿por qué habría de ser diferente ahora?

Ella levantó la vista hasta encontrar la de él.

Cómo quisiera besarte ahora... – dijo ella con tono malicioso.

¿Y qué te detiene?

Bien sabes que no es posible. Prefiero pegarme un tiro antes de contagiarte...

Ambos rieron a carcajadas ante el dramatismo de Oscar.

No te preocupes, pronto tendremos tiempo de sobra para eso...¡y para otras cosas mas! – replicó él con la misma malicia, haciendo ruborizarse a Oscar - ¿Es rubor lo que veo en las mejillas de mi comandante? – preguntó André, riendo.

No sigas que me harás ponerme roja como un tomate, no estoy acostumbrada a hablar de estas cosas...

Así continuó la tarde, entre bromas y palabras de amor, hasta que comenzó a caer la noche y André tuvo que despedirse.

André – lo detuvo ella - ¿no has dicho nada a mi familia ni a nadie, verdad?

No, esperaba que tú me lo pidieras, Oscar.

Prefiero que no digas nada, al menos por ahora...

Como prefieras, Oscar. ¿Qué les digo a Bernard y a Rosalie?

A ellos puedes informarles...

No sabes lo felices que estarán, te buscaron hasta debajo de las piedras...

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El amanecer del 14 de julio auguraba un día tranquilo y estival, nada más lejos de lo que sucedía en París. La noche anterior, André recibió, al llegar a la capital, un mensaje de Bernard citándolo a una reunión importante. Allí se giraron instrucciones en cuanto a las actividades del día siguiente, cuyo evento principal sería tomar la prisión real de La Bastilla. André y Alain escucharon con atención y cuando recibieron órdenes superiores de sumarse a la defensa de la ciudad, ambos abandonaron las barracas como desertores. Bernard valoró mucho sus consejos de estrategia y los puso al frente del ataque.

Así fue como esa mañana, André, Alain y otros desertores del Regimiento B se dieron a la tarea de organizar el ataque con la artillería pesada y armar barricadas. Todos sentían la adrenalina bullir en sus venas, todos serían parte fundamental de un evento histórico y las generaciones futuras los recordarían como los gestores de una nueva Francia.

André se sentía parte de todo el entusiasmo pero no pudo dejar de preocuparse por Oscar. ¿Qué sería de ella si él moría? La nobleza comenzaría a caer como presas en una cacería de patos y él deseaba estar ahí para protegerla.

A la una de la tarde en punto se inició el ataque1. Bajo las órdenes de De Launay, los soldados apostados en lo alto de la prisión trataban de repeler el ataque disparando a todo lo que se moviera y muchos soldados y ciudadanos cayeron abatidos por las balas y los cañonazos pero un buen número de ellos se hallaba a buen resguardo tras las barricadas.

André se movía con rapidez guiando a los hombres que manejaban los cañones y en su concentración, no se dio cuenta de que los fusiles apuntaban hacia él. Sin embargo, Lasalle si los vio y escudó a André recibiendo una ráfaga de balas. André quedó petrificado de terror al quedar bajo la mirada inerte y fija de Lasalle mientras la sangre le impregnaba las ropas. Alain levantó el cuerpo y ayudó a levantarse a André, que estaba en estado de shock. Ni en las peores aventuras con Oscar había visto a la muerte tan de cerca y ahora ella lo miraba amenazante a través de los ojos vacíos del pequeño Lasalle. Gracias a él, sólo recibió un balazo en un hombro y algunas esquirlas.

Sin embargo, la batalla debió seguir hasta que una insignificante bandera blanca se alzó entre las nubes de pólvora y escombros que rodeaban a La Bastilla. El pueblo había vencido. Era la hora de curar a los heridos y cerrar los ojos a los muertos. Sin embargo, para algunos, era la hora de cobrarse por años de abusos con una verdadera carnicería. André, impactado más allá de las palabras, vio a una multitud vociferante salir de la bastilla con una pica, y al final de ésta, un bulto sanguinolento que resultó ser una cabeza. Más atrás venían otros, con más cabezas y enarbolando miembros humanos. André, Alain y algunos otros soldados no podían dar crédito a sus ojos. El pueblo oprimido ahora se transformaba en una manada de hienas sedientas de sangre.

Alain, yo...creo que voy a vomitar – André se dobló en dos vomitando todo el horror de la jornada.

Luego fue con Alain a ayudar a los heridos y retirar a los muertos de la plaza. Al recoger a Lasalle, no pudo evitar largarse a llorar. Le había salvado la vida y gracias a él, podría ver otro amanecer junto a Oscar.

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Esa noche, André se quedó en casa de Bernard y Rosalie. Necesitaba curar sus heridas y además deseaba conversar con su amigo sobre el giro que tomarían los acontecimientos.

Rosalie estaba muy preocupada por Oscar y André le contó dónde estaba y le prometió llevarla con él en la próxima visita. No obstante, había que estar consciente que las salidas y entradas de París estarían custodiadas celosamente para no dejar escapar a la Familia Real ni a ningún miembro de la aristocracia. André temió por Oscar pues su condición de noble sería su condenación y deseó poder verla y abrazarla.

Oscar, por su parte, recibió las noticias ya entrada la noche, cuando un mensajero llegó al hogar diciendo que se había organizado una verdadera cacería de brujas contra la nobleza y en ese preciso instante, muchas mansiones y castillos estaban siendo saqueados, los hombres asesinados, las mujeres violadas y los niños atravesados por las bayonetas populares. El doctor Loiseau y el padre Gustave se miraron. Muchos enfermos eran terminales y jamás resistirían un viaje pero había que salir de ahí pues entre ellos había varios nobles. El sacerdote propuso quedarse a cargo de los más graves mientras que Loiseau iniciaba el éxodo con los que podían viajar. Se llegó a un acuerdo y el Doctor les comunicó a todos los planes. Oscar se estremeció. No deseaba partir sin André y tampoco le agradaba la idea de huir dejando a los más débiles a merced de aquellas hordas enfurecidas.

Yo me quedo con el Padre Gustave – dijo Oscar resueltamente.

Loiseau se volvió a mirarla extrañado.

Eso es imposible, Madame. Todos los que puedan viajar, irán conmigo y no acepto réplicas.

No iré – Señaló Oscar con determinación.

Lady Oscar – intervino el Padre Gustave – irán a refugiarse a una abadía que está a cuatro horas de aquí y yo me encargaré de darle la dirección al señor Grandier, no debéis preocuparos.

Por supuesto que me preocupa. No se trata tan sólo de André sino de un sacerdote y un puñado de enfermos terminales enfrentando a una multitud de bestias sanguinarias. Definitivamente me quedo – concluyó.

Lioseau lanzó contra la muralla los libros que llevaba en la mano y se retiró indignado.

De ahí en adelante, se organizó la huida, los equipajes, las enfermeras que se quedaban y las que partían, etc. Oscar quiso hablar con el Doctor Loiseau para hacerlo entrar en razón y tocó a la puerta de su oficina. Lo encontró con la vista fija en algunos documentos y no hizo ningún ademán de levantarse al verla entrar.

Doctor, por favor entendedme. Tengo poderosas razones para permanecer aquí. No quisiera que por ello permaneciérais disgustado conmigo, os agradezco profundamente vuestra preocupación y vuestras constantes atenciones pero este es el lugar que me corresponde.

No, Lady Oscar, no es el lugar que os corresponde – dijo él poniéndose de pie. Oscar no se percató de que en su mano derecha llevaba un abrecartas y antes de que se diera cuenta, la golpeó en la cabeza con el mango de madera, aturdiéndola.

Cuando el sacerdote lo vio llegar con la joven en sus brazos, le preguntó qué había sucedido.

Padre, fue la única forma. Sólo está aturdida pero ahora puedo llevarla junto con los demás a la abadía. Por favor haced llegar la dirección al señor André Grandier. ¡Ah! Y decid a una criada que reúna los efectos personales de Lady Oscar. Partimos en 10 minutos.

Al día siguiente y después de miles de dificultades, André llegó al hogar preguntando por Oscar. El Padre Gustave le explicó la situación y también cómo llegar a la abadía. Afortunadamente, cuando unas horas después llegaron las turbas dispuestas a saquear y se encontraron con un sacerdote y unos cuantos moribundos contagiosos, siguieron de largo.

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Gracias a su deserción de la milicia, André se encontró desocupado, sin un medio estable de trabajo pero feliz de poder acompañar a Oscar y también de participar en los cambios que vivía la nación. Oscar disfrutaba de la alegría refleja al ver a André tan comprometido e involucrado con sus causas. Escuchó con atención acerca de la Toma de la Bastilla, sintiendo en su corazón el horror y la tristeza que experimentó André. Cuando supo lo de Lasalle, no pudo contener las lágrimas.

Ahora que estaba alojada en la abadía, André se quedaba varios días con ella y viajaba ocasionalmente a París, dejándola con el corazón en la mano temiendo por su seguridad.

Un día, llegó a verla con Rosalie, quien no cabía en sí de alegría por verla más repuesta. Rosalie comenzó a visitarla con la regularidad que sus deberes de esposa, su trabajo en el mercado y la situación social le permitían. Oscar disfrutaba de su conversación y sus chismes y sentía que de alguna forma había recuperado a su "hermana pequeña", como solía llamarla.

Rosalie le comentó que estaba agotadísima pues en el mercado le tocaba atender sola a la clientela así es que había contratado a una chica nueva para ayudarle.

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La muchacha en cuestión resultó ser encantadora. Se llamaba Lucienne y a Rosalie le recordaba mucho físicamente a Lady Oscar aunque la joven era más alegre y risueña. Extrañamente, se rehusaba a hablar de su pasado y todo lo que Rosalie sabía es que había trabajado como mesera en una taberna y su esposo se había arrancado con otra mujer. Sin embargo, en la medida que los días pasaban, Lucienne se ganó la confianza de Rosalie y un día, mientras ordenaban la fruta en el mostrador, la joven le preguntó:

Rosalie, perdona que me meta en tus cosas pero, ¿a dónde vas los días en que me dejas a cargo del puesto?

La pregunta fue tan casual y la disposición de Rosalie tan honesta, que le contó parte de la historia de Oscar, no sin antes pedirle que guardara silencio absoluto al respecto.

No te preocupes, no diré nada – respondió la joven con una sonrisa. Lo que Rosalie no podía imaginar es que esta joven en realidad se llamaba Francine y había pasado las últimas semanas rastreando a la misteriosa mujer que amaba André. Quería herirlo donde más le doliera y finalmente, la oportunidad había llegado.

Ahora podía cobrarse por la humillación recibida.

Cuando Rosalie le contó inocentemente la ubicación del lugar, Francine tomó nota y se dirigió al edificio de la Asamblea Nacional a realizar la denuncia de que en cierta abadía había una noble de la alta aristocracia refugiada.

Continuará...

1 Frase tomada del guión del animé (doblaje mexicano)