Nuestra querida Rosalie y los restos de historia de los que saco este pequeño fragmento son de la grandiosa creación de nuestra estimada Meyer. Te adoramos, mi lady.

Segundo Acto

La puerta cayó al suelo soltándose bruscamente de los goznes. ¡Qué dramatismo, Rosalie!

Caminé despacio hasta el centro de la habitación para que la luz de las velas me iluminase por completo.

-No, no, no...-decía entre jadeos acurrucado en el suelo.

-¿En esto te has convertido, cariño? En un mísero bulto denigrante lloriqueando en el suelo de un cuarto oscuro, sin ventanas y con guardas en la puerta...inservibles, cabe añadir.-susurré.

Chasqueé la lengua con desaprobación.

-¡Esperaba más!-fingí pesar.

Su cuerpo se tensó al escuchar mi voz y dejó de mecerse como desquiciado y sus brazos cayeron flácidos a sus costados.

Estaba pálido y muy descuidado. Los huesos de sus pómulos sobresalían agudamente. No quedaban apenas vestigios del hombre que un día había sido. Cerró todavía más fuerte sus ojos al decir:

-Rosie...

Fue un débil murmullo que escapó de lo más hondo de su ser, pero suficientemente audible para mí.

-¡No!-bramé.

Se estremeció y yo avancé a su alrededor.

-¡Es Rosalie!

Sentí sus lágrimas, a pesar de que volvió a ocultar su rostro entre los brazos. Quería mirarle a los ojos...sí...

Recogí mi vestido y me agaché a su altura.

-Royce...mírame.

Mi voz sonó suave, como un cántico.

-No, no, no...no es verdad, no es real...¡ella está muerta!-gritó pasando desquiciadamente las manos entre sus cabellos rubios.

-No lo estoy.-aseguré acercando mi rostro al suyo.- Estoy aquí... más viva, ¡más fuerte que nunca!

Me incorporé.

-Lo sabes, Royce. Lo supiste cuando el primero de tus amigos cayó. Lo supiste entonces y lo sabes ahora...-volvió a llorar.-Tranquilo, no estás volviéndote loco...-reí descontroladamente.

A lo lejos se escuchó el reloj de la plaza. Medianoche.

-Se me hace tarde, Royce. Tengo prisa.

Sonreí con ironía ante la falsedad de mis palabras.

Lo tomé del cuello de su camisa y lo alcé. La sorpresa del movimiento le hizo abrir sus ojos.

¡Al fin!

Su mirada, antes altanera y arrogante, ahora decaía en miedo y horror. ¡Oh, sí! Terror...

El iris azul estaba oscurecido y apenas era visible por la dilatación de sus pupilas. Tenía ojeras muy profundas a su alrededor y lo que antes había sido un brillante blanco, amarillo aquella noche por el alcohol...ahora sólo era un mar de capilares rotos.