Disclaimer: Los personajes son propiedad de J. K. Rowling.
De nuevo en su habitación, ya había perdido la cuenta de las veces en que se adentraba en la torre Gryffindor, sabía que Sir Nicolas sentía su presencia, sin embargo nunca se lo había reclamado, y en silencio agradecía la discreción del fantasma.
Ella dormía profundamente, si no fuese porque la conocía, podría jurar que aquella chica era un ángel, maldita sea… ¿Por qué estaba tan enamorado de esa jovencita?
Soltó un suspiro frustrado y fingido mientras se dirigía hacia la salida de aquella habitación, para luego dirigirse a la salida de aquella sala, seis años, seis años habían transcurrido luego de aquella chiquilla había entrado por primera vez a ése castillo.
Pero justo antes de traspasar la puerta, no pudo evitarlo, simplemente se devolvió y le observó allí tan sumida en sus sueños, tan pasiva, tan tranquila, tan hermosa, tan angelical, que su fantasmal mano se posó en el cabello de la castaña y luego en su mejilla.
No estaba seguro, quizás la chica le sintiera, quizás no, aunque se guiaba por la segunda opción, él era un fantasma y ella era una mortal, era casi imposible que sintiera aquél roce, volvió fingir un suspiro, quizás así se sentía más humano y podía mantener la esperanza de que ella había sentido su caricia, aunque muy en el fondo lo dudaba.
Lo dudaba porque él si podía sentirla, él podía sentir el calor que ella desprendía, podía sentir la indomabilidad de su cabellera y era eso una de las cosas que más le encantaban de ella, ese terrible cabello que a sus ojos era simplemente hermoso… ¿Quién era Helena Ravenclaw? Ya ese nombre ni siquiera le sonaba, sí, definitivamente la había olvidado y la culpable era aquella dama, aquella hermosa dama que dormía tan tranquilamente debajo de sí.
- Mmm…-gimió Hermione entre sueños.
Y aquello fue una alarma, un indicador de que debía retirarse, dejarla dormir en paz, irse de aquél lugar y efectivamente así lo hizo, volvió su andar hasta la puerta de la habitación, y simplemente traspaso la puerta, justo igual como traspaso el retrato de la señora gorda, segundos después.
Sin embargo en la habitación de Hermione entró alguien más, alguien que era capaz de traspasar las paredes al igual que el barón; pero que no era hombre precisamente, era una ella, una mujer fantasma, y no cualquiera sino la mismísima hija de Rowena, Helena Ravenclaw.
O mejor dicho la Dama Gris, como era conocida actualmente, sus ojos fantasmales se posaban en la figura de Hermione, aquella chica de Gryffindor que sobresalía de cualquier alumno en Hogwarts por su inteligencia y él… la amaba.
Aquél idiota que años antes la había matado a ella, que aseguraba estar enamorado y vivir sólo por ella, ahora simplemente suspiraba, y deambulaba por aquella sangre sucia que yacía en la cama. Y al parecer la había olvidado, por esa niñata, tenía que hacer algo, debía hacerlo, porque simplemente él no podía olvidarla, tenía que amarla por siempre y para siempre, no podía amar a nadie más.
Se acercó a la joven que aún dormía y le observó atentamente durante varios minutos.
- Tú no me lo quitarás, niñita.-acotó mientras al igual que el Barón salía de aquella estancia, de manera tan rápida como entro.
Y dejando tras de sí a la castaña total y absolutamente dormida, sumida en sus sueños y siendo completamente inocente de todo lo que se había armado en su habitación, si aquella chica supiera los problemas en que se había metido, sin saber, simplemente no pudiese dormir tan pasiblemente.
Un nuevo día, un día en que quizás terminaría llorando en aquél salón, de nuevo, ya era algo diario, algo que sucedía cada vez que veía a Ronald con Lavender, cuando observaba la cursilería de ambos, era algo que le provocaban ganas de vomitar y que a la vez la llevaban a la profunda tristeza.
Porque no era con ella las cursilerías, porque no era ella a la que Ronald besaba apasionadamente en cada esquina de Hogwarts, porque no era a ella a la que Ron dedicaba las paradas de las Quaffel, y lloraba simplemente porque ella no era la novia de Ronald.
Aquél maldito Weasley de quién se había enamorado, y que ahora odiaba y amaba de la misma forma… ¿Cómo era posible que la persona que más amaba le destrozará el corazón cada día? Y además las constantes salidas de Harry, y el demasiado interés que tenía últimamente por Ginny… ¡Estaba harta! Harta de que le preguntase por la pelirroja cada dos minutos.
Soltó un suspiro frustrado mientras salía de su habitación, un nuevo día, donde nuevamente debía demostrar lo tan inteligente que era, algunas veces odiaba ser tan perfecta, quisiera… ser otra; pero no, no podía hacerlo, por mucho que quisiera no podía ser otra, quizás si dejaba de existir, si su vida terminase, todo, absolutamente todo sería diferente.
Y justo al llegar a la sala común, ellos estaban allí, dándose aquellas grandes muestras de cariño, aquellos besos apasionados que hablaban mucho más que las simples y escuetas palabras melosa que se decían diariamente.
Soltó un suspiro triste y se dirigió hacia el retrato de la dama gorda, para salir definitivamente de aquél lugar, que comenzaba a odiar, exactamente igual que cada rincón de Hogwarts, donde esos dos se besaban tan intensamente.
Se dirigió hacia aquél lugar, necesitaba desahogarse, antes de que comenzarán las clases… ¿Para qué desayunar? ¿Para qué comer? Realmente no lo necesitaba, nada valía, si él, no se fijaba en ella, estaba sumida en una gran depresión que al ver a Ronald frente a frente se volvía en rabia, en odio y luego detrás de todo aquello se volvía en tristeza.
Y nuevamente se echó a llorar, maldito Ronald Weasley, maldita Lavender Brown, eran los únicos uqe hacían desgracias con su estado de ánimo, y con su personalidad.
Ella no era eso, ella no era una llorona, sin embargo allí estaba, mientras miles de lágrimas surcaban por su rostro, queriendo morirse, sólo porque el pelirrojo besaba a alguien que nunca sería ella, la acariciaba y quien sabe que cosas más harían ese par de novios.
Y sin que ella lo supiera allí estaba él, cuidando de ella, desde las sombras, quizás porque ese era su lugar, quizás porque merecía estar sumido en la oscuridad, así la guardaría, la guardaría de todo, porque a pesar de que él estuviese muerto, de que ya no respirara, suspirara o cualquier otra cosa, él podía cuidarla, y lo haría por toda la eternidad si fuese necesario.
Porque era el Barón Sanguinario y estaba enamorado, de ella, de Hermione Granger.
